Apuntes Personales y de Derecho de las Universidades Bernardo O Higgins y Santo Tomas.


1).-APUNTES SOBRE NUMISMÁTICA.

2).- ORDEN DEL TOISÓN DE ORO.

3).-LA ORATORIA.

4).-APUNTES DE DERECHO POLÍTICO.

5).-HERÁLDICA.

6).-LA VEXILOLOGÍA.

7).-EDUCACIÓN SUPERIOR.

8).-DEMÁS MATERIAS DE DERECHO.

9).-MISCELÁNEO


jueves, 9 de agosto de 2018

332.-Rey Alfonso XII de España

  Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; -Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farias Picon; -Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo ; Francisco Moreno Gallardo ; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa ; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma ; Cristian Quezada Moreno ; Edison Reyes Aramburu ; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala ; Marcelo Yañez Garin; 

Rey de España, nacido el 28 de noviembre de 1857, en el Palacio Real de Madrid, y muerto, antes de cumplir los veintiocho años, víctima de la tuberculosis, el 25 de noviembre de 1885. Accedió al trono español el 29 de diciembre de 1874, gracias al golpe de Estado que dio el general Martínez Campos.
retrato

Segundo hijo de la reina Isabel II, y primer varón, a los once años tuvo que exiliarse junto con toda la familia real por las convulsiones políticas del Sexenio Revolucionario que provocó el destronamiento de su madre. Alfonso, desde pequeño, dio muestras de ser un príncipe enfermizo y propenso a los resfriados, a lo que se unía su carácter dócil, sencillo y leal para con sus protectores. No obstante, demostró una gran entereza de espíritu, franqueza y jovialidad que le hizo ser muy querido por todo el pueblo. Alfonso XII, como monarca, quizás ha sido el rey más popular y amado por sus súbditos, y en especial por el pueblo de Madrid. Sin duda alguna, hubo en la vida de Alfonso circunstancias que alentaron la faceta popular de este rey, muchas de ellas luego engrandecidas por el sentido romántico que se le dio: el casamiento por amor con su prima María de las Mercedes, la muerte prematura de ésta que postró al rey en un estado de melancolía perpetuo, los diversos amores ilícitos que tuvo el rey, entre los que destaca el que mantuvo con la cantante Elena Sanz, y para finalizar, el hecho de que el rey muriese de la más romántica y popular de las enfermedades: la tuberculosis. Todo este cúmulo de anécdotas, más las que se inventó después el pueblo madrileño, dieron pie para perpetuar la imagen del rey cercano al pueblo, en sus males y en sus alegrías.

El exilio del príncipe Alfonso duró seis años. En un principio, la familia real fijó su residencia en París, donde continuó la sólida formación del príncipe. La corte española en el exilio estaba obligada a vivir con cierta modestia y privaciones, aspecto éste que luego recordaría Alfonso ya de rey, y que le sirvió para adquirir experiencia personal. En el año 1869 siguió la formación de Alfonso en Roma, bajo la protección de su padrino, el papa Pío IX. En ese mismo año, Alfonso fue enviado a Austria para estudiar en uno de los colegios más aristocráticos de Europa, el Theresianum, en la ciudad de Viena. Permaneció en ese colegio tres años, donde el futuro rey recibió experiencias y sorpresas que absorbió con auténtico deleite, resultando ese período crucial en su formación. Fue en Viena donde empezó a desarrollarse intelectualmente y a acercarse progresivamente al mundo de la política, del que había estado ausente hasta el momento.

En España el fracaso de la monarquía demoliberal de Amadeo de Saboya (impuesto por el general Prim), la tercera guerra carlista, la revuelta cantonal y la insurrección cubana, hicieron que ciertos sectores de peso provenientes de las antiguas filas de los moderados y unionistas de la época isabelina, liderados por Cánovas del Castillo, comenzaron a trabajar de firme en una cada vez más factible restauración monárquica en la figura del príncipe Alfonso. Dicha restauración no era posible en la persona de Isabel II, puesto que su regreso hubiera contado con múltiples oposiciones. Cánovas del Castillo pudo convencer a Isabel II para que abdicara en favor de su hijo Alfonso. Así, el 25 de junio de 1870, Isabel se resignó “por razones de Estado” y abdicó sus derechos al trono en su joven hijo, al que se le designó como príncipe de Asturias. Cánovas del Castillo consiguió con esta medida dos propósitos: restaurar la dinastía borbónica en la figura del príncipe Alfonso, más preparado y desvinculado de los modos monárquicos antiguos; y por otra parte, preparar el terreno para instaurar el sistema político del bipartidismo. Cánovas del Castillo se hizo cargo de la educación del príncipe, así como de su posterior proyección política, esperando el momento adecuado para regresar a España.

Cánovas del Castillo mandó al príncipe a seguir sus estudios a Inglaterra, a la academia militar de Sandhurt. La intención de tal medida era dotar a Alfonso de una adecuada preparación militar, a la vez que aprendiera el sistema monárquico constitucionalista inglés, del cual Cánovas era un ferviente admirador. Con motivo del decimoséptimo cumpleaños del príncipe (con capacidad legal para reinar), Cánovas del Castillo preparó y alentó la lectura pública del famoso Manifiesto de Sandhurst por parte del príncipe. Aquel documento era toda una declaración de intenciones expositivas del eventual programa que llevaría a cabo el futuro rey en caso de que los españoles le llamaran para ocupar el trono, como el mismo Alfonso declaraba en el texto. En este documento, el príncipe hacía mención a su legitimidad, pero sin aludir para nada a una posible continuidad del régimen isabelino, sino a un régimen nuevo, abierto hacia todas las tendencias. La conclusión es que Alfonso prometía una monarquía restaurada. El manifiesto cayó sobre un terreno ya bastante propicio para la causa alfonsina. El 3 de enero de 1874, el general Pavía dio un golpe de Estado, irrumpiendo en las Cortes montado a caballo, cuando éstas estaban votando para la elección de un nuevo presidente republicano, toda vez que Emilio Castelarhabía sido obligado a dimitir por los disturbios que asolaban al país. Esta acción militar no fue un intento de derribar a la República, sino más bien para intentar poner orden en el caos político. Se formó un gobierno provisional comandado por el incombustible general Francisco Serrano y basado en una constante indefinición y ambigüedad lo que hizo que el final de la Primera República española se acelerase. Este hecho se produjo el 29 de diciembre de 1874 con el último pronunciamiento militar exitoso de viejo corte isabelino, a cargo del general Martínez Campos, quien se había sublevado en Sagunto, proclamando por su cuenta a Alfonso XII como rey de España. El 30 de diciembre se constituyó un gobierno provisional bajo la dirección de Cánovas del Castillo. Realmente, el golpe militar de Martínez Campos disgustó profundamente a Cánovas del Castillo, que estaba preparando el triunfo de la restauración por medio exclusivamente legales y políticos. Martínez Campos, en su proclama golpista dirigida a Cánovas del Castillo, le desveló que no tenía intención alguna de lucrarse ni de acceder al poder, como realmente así fue. Por lo tanto, el triunfo político correspondió totalmente a Cánovas del Castillo, apareciendo ante los ojos de todo el mundo como el padre de la Restauración. Martínez Campos pasó inmediatamente a un segundo plano.

El 9 de enero de 1875 entraba Alfonso XII en Barcelona, ya como rey de todos los españoles. Seguidamente, el 14 de ese mismo mes hacía lo propio en Madrid, bajo el delirio de todo el pueblo que lo aclamaba con auténtico fervor y pasión. El recibimiento del pueblo fue inenarrable, sin precedente alguno desde la llegada de Fernando VII, su abuelo, en 1814. En seguida fue identificado como Alfonso XII el Pacificador, ya que fue presentado como el símbolo de la concordia y de la reconstrucción. Alfonso XII aglutinó en torno a su persona las simpatías de todos los espectros políticos del país, a excepción de los últimos reductos carlistas. Cánovas del Castillo, en su puesto de jefe del nuevo gobierno, comenzó a diseñar el nuevo sistema político de la Restauración. Alfonso XII supo responder a la confianza que en él se depositaba. Su reinado fue el más tranquilo del siglo XIX español, se logró la paz y la prosperidad. Alfonso XII dejó obrar a los políticos, reinando siempre constitucionalmente y con un exquisito tacto, puesto que nunca dejó entrever simpatías o antipatías hacia los distintos bandos políticos. Fue un rey absolutamente neutral, tal como él mismo se había propuesto y presentado en el famoso manifiesto inglés. Aunque su papel político fue pasivo, desde el año 1883 empezó a intervenir activamente en los asuntos de Estado, siempre en un papel de árbitro. Su muerte prematura impidió constatar el alcance y los resultados de dicha orientación.

Como militar se adjudicó un gran éxito al comandar personalmente las tropas reales en la tercera guerra contra los carlistas. Gracias a su presencia, las tropas reales, desorientadas y sin saber qué régimen defendían, pudieron reagruparse en torno a un ideal y preparar a fondo una gran campaña ofensiva. La campaña terminó victoriosamente en el año 1876, con el problema del carlismo resuelto definitivamente. También se logró zanjar la peligrosa insurrección cubana con la Paz de Zanjón en el año 1878.

Alfonso XII se embarcó en la realización de una política populista con el objeto de revalorizar la institución monárquica. Para ello viajó por todo el país, recabando adhesiones y simpatías del pueblo, inaugurando líneas de ferrocarriles, asistiendo a fundaciones de hospitales y acudiendo a zonas catastróficas y pobres del país. También se realizó una gran gira por Austria, Alemania y Francia. Precisamente, a su paso por Alemania, hizo un comentario favorable al Reich alemán, insinuando la posibilidad de una alianza con Alemania. Esta noticia fue tomada por Francia, enemiga de Alemania, como una afrenta y amenaza, lo que provocó una crisis entre Francia y España que a punto estuvo de resolverse por las armas. Alfonso XII arregló el asunto no dándole la mayor importancia, por lo que poco a poco el clima de sosiego fue restablecido entre ambas delegaciones diplomáticas.



Alfonso XII se casó dos veces. El 23 de enero de 1878 con su prima, doña María de las Mercedes de Orleans, hija de los duques de Montpellier. La boda fue muy popular y sonada en todo el reino. Cinco meses después moría la reina, a la edad de diecisiete años: la última reina cantada y alabada por los romances del pueblo.
En octubre de 1878, Alfonso XII sufrió un atentado del que salió indemne. El 29 de noviembre, presionado por el gobierno, Alfonso XII contrajo nuevamente matrimonio con la archiduquesa María Cristina de Habsburgo-Lorena, con la que tuvo dos hijas, las infantas María de las Mercedes y María Teresa. En 1883 su salud comenzó a dar síntomas preocupantes; su eterno catarro mal curado derivó en una tuberculosis profunda que le hizo postrarse en cama. Todo el año de 1885 fue un lento declinar de la salud del rey que preocupó a los políticos del momento, puesto que el rey no había cumplido aún los veintisiete años y carecía de descendencia masculina. Su estado se agravó de tal modo en el otoño de ese año que acabó muriendo el 25 de noviembre. La reina María Cristina quedaba encinta, por lo que se demoró, hasta el nacimiento del hijo o hija póstumo, toda decisión en cuanto al problema sucesorio, abriéndose así el período de regencia fijado en el Pacto del Pardo. Por fin, nació el fruto de la unión, era un niño y reinaría con el nombre de Alfonso XIII.

El sistema canovista: La Restauración

Una de las características fundamentales del período denominado de la Restauración fue la reformulación del Estado liberal, encauzando la actividad política dentro de la disciplina de los partidos políticos, y en el marco de las libertades ciudadanas, aunque esto último no llegó a pasar de un plano nominal. Cánovas del Castillo fue el ideólogo de este entramado político, que consagraba la idea de una soberanía compartida entre las Cortes y el monarca, donde ambos poderes sancionaban la Constitución y el corpus legal por el que se debía regir la nación. Para ello, Cánovas del Castillo promulgó la Constitución de 1878, la cual respondía perfectamente a su ideario político: encontrar un verdadero ámbito de encuentro y diálogo de las fuerzas políticas imperantes, aglutinadas en dos únicos partidos que se alternarían con perfecta sintonía en el poder. El objetivo era lograr una especie de co-soberanía entre el rey y las Cortes, con una primacía de esta última sobre el primero.

La práctica política se realizaba mediante la petición del rey de formar gobierno, el cual debía ser sancionado por las Cortes a propuesta del rey. El nuevo primer ministro, elegido a su vez por propuesta del rey y previa aceptación del parlamento, tenía la capacidad para disolver las Cortes y convocar nuevas elecciones en las que, con toda probabilidad, obtendría la mayoría absoluta, gracias a toda una red de intereses políticos y socioeconómicos existentes en todo el país (caciquismo). El mecanismo de cambio gubernamental quedaba depositado, no en la voluntad de los electores, sino en el principio de la alternancia obligada de partidos dinásticos en el poder; cosa ésta que se quedó bien fijada en el llamado Pacto del Pardo de 1885. Este acuerdo, sustancialmente, se fijó sobre la base de la rotación en el poder de ambos partidos, el liberal y el conservador, basado en la solidaridad esencial entre ambos. Esta circunstancia implicó que ambos partidos hicieran causa común frente a cualquier pretensión de “asalto al Estado”, o contra un posible tercer partido que pudiera poner en peligro el sistema bipartidista. Estas dos formaciones políticas eran y estaban formadas por: el Partido Liberal Conservador, liderado por Cánovas del Castillo, que aglutinaba a toda la derecha moderada de antes de la Revolución de 1868; y el Partido Liberal Fusionista, dirigido por Práxedes Mateo Sagasta, que aunó en torno suyo a todos los grupos procedentes del Sexenio revolucionario que aceptaron la nueva legalidad. Realmente, ambas formaciones fueron muy similares en cuanto a ideario político y bases sociales, aunque el partido de Sagasta amplió un poco más su espectro social, integrando no sólo a aristócratas y notables, sino también a sectores de los grandes propietarios agrarios, comerciantes de grandes núcleos urbanos e industriales. Donde realmente coincidieron ambos partidos fue en su ideario económico, puesto que ambos defendieron a ultranza la política proteccionista y la propiedad privada en los medios de producción. Se asistió al nacimiento de la burguesía propietaria, tanto financiera como industrial y a la restauración de las grandes propiedades agrarias, grupos éstos que poco a poco se irían conformando en un núcleo homogéneo de poder, junto con el sector militar, con intereses de ideologías claramente definidas ya a principios del siglo XX.
La Restauración, en definitiva, permitió la aparición de una elite encargada de ejercer y ejercitar el poder y que surgió precisamente de ese bloque homogéneo y oligárquico. El modelo instaurado y desarrollado desde 1875 por Cánovas del Castillo funcionó a la perfección durante todo el reinado de Alfonso XII y durante los primeros años de la regencia. El sistema empezó a mostrar sus fallos, en el año 1898, y llegó a mostrarse totalmente anacrónico y obsoleto en el año 1909, debido al terremoto político que significó la Semana Trágica de Barcelona. El tropiezo colonial africano del año 1921 dio la señal para el comienza de una ofensiva general contra el trono y el ejército, respectivamente representados por el rey Alfonso XIII y el general Primo de Rivera. En el año 1923, la dictadura impuesta por Primo de Rivera puso fin definitivo al sistema canovista.
A pesar de lo efímero del reinado de Alfonso XII, éste presenta rasgos de gran trascendencia, con elementos renovadores. Fue de hecho el primer monarca constitucional pleno, a semejanza de los existentes en varios países europeos. Bajo su reinado, España accedió a la modernidad con un impulso renovador en todos sus ámbitos, auspiciados por la Corona. Se trataba de realizar un definitivo viraje que sustrajese definitivamente al país del estancamiento generalizado en el que se encontraba sumido desde hacía siglos. Con Alfonso XII se lograron esos fines.


Alfonso XII. Madrid, 28.XI.1857 – 25.XI.1885. Rey de España.

Alfonso de Borbón y Borbón, hijo de Isabel II y de su esposo el rey consorte don Francisco de Asís de Borbón y Borbón, nació en el Palacio Real de Madrid el 28 de noviembre de 1857. Bautizado el 7 de diciembre del mismo año en la capilla de Palacio, se le impusieron los nombres de Alfonso, Francisco de Asís, Fernando, Pío, Juan, María, Gregorio y Pelagio, siendo su padrino el pontífice Pío IX representado por el nuncio Banli: el mismo Pontífice que en 1870 le administraría, en Roma, la Primera Comunión.

Muy niño aún, don Alfonso acompañó a sus padres en las visitas que éstos hicieron a las diversas provincias españolas. En Covadonga fue confirmado, recibiendo un nombre más, el simbólico de Pelayo.

Jefe del cuarto del Príncipe y orientador de su educación fue el marqués de Alcañices, José Nicolás de Ossorio y Silva —padre del que había de ser con el tiempo íntimo amigo del Rey, el duque de Sesto—. A partir de 1865 sustituyó a aquél el conde de Ezpeleta de Beire, asistido por el general Álvarez Osorio, jefe de Estudios, el canónigo sevillano Cayetano Fernández, encargado de las clases de Religión —al que a su vez sustituiría el arzobispo de Burgos, Fernando de la Cuesta y Primo de Rivera—, así como los gentiles hombres Bernardo Ulibarri, Isidro Losa y Guillermo Morphy —otro de los futuros íntimos del Rey, a quien serviría de secretario hasta su muerte—.

Sobrevenida la revolución de 1868, tras la batalla de Alcolea, la Familia Real hubo de abandonar el país (30 de septiembre), internándose en Francia; tras una breve estancia en el castillo de Pau, cedido por Napoleón III, quedó instalada en París, primero en el palacio Rohan, luego en el Basilewski (rebautizado palacio de Castilla). Don Francisco de Asís se retiró a como Epinay; la separación entre los reales esposos sería definitiva.

El príncipe, que contaba once años, fue matriculado en el Colegio Stanislas, donde siguió, “con aprovechamiento”, un solo curso, al que se añadieron clases particulares: así, Morphy le inició en materias políticas y constitucionales.

El 25 de junio de 1870, la Reina abdicó en su único hijo varón, en solemne ceremonia celebrada en el palacio de Castilla: los más sensatos miembros del partido isabelino (unionistas, y algún moderado), entre los que destacaban Sesto y el marqués de Molins, lograron convencer a Isabel II de que tomara esta decisión, ya aconsejada el año anterior por varios destacados políticos de su reinado, encabezados por Bravo Murillo.

Los graves acontecimientos internacionales (la guerra franco-prusiana y sus consecuencias inmediatas) determinaron el traslado de la Familia Real española a Ginebra. En 1872, don Alfonso —cuya educación dirigía entonces el brigadier O’Ryan—, ingresó en el prestigioso Colegio Theresianum, de Viena, donde cursó estudios hasta 1872, en que se incorporó a la academia Militar de Sandhurst, en Inglaterra, siguiendo el consejo de Cánovas del Castillo, que desde 1873 dirigía el movimiento político que había de llevar a la Restauración.

En contraste con el caso de Isabel II, cuyas lamentables carencias en educación —intelectual y política— contribuyeron eficazmente al fracaso de su reinado, don Alfonso se formó en contacto con los más variados ambientes sociales y culturales, y en los mejores colegios de Europa. Dominando varios idiomas; familiarizado con sistemas políticos que iban del autoritarismo paternalista del emperador Francisco José al parlamentarismo británico de la reina Victoria, y dotado de una inteligencia despierta, de una clara intuición y de una generosidad y amplitud de miras verdaderamente regias, Alfonso XII iba a ser el Rey ideal para coronar el proyecto integrador de Cánovas.

En diciembre de 1874, el pronunciamiento de Martínez Campos precipitó los acontecimientos, al conseguir que prácticamente todos los mandos del Ejército se sumasen a la iniciativa de aquél, cuando al frente de la brigada Dabán proclamó Rey a Alfonso XII en Sagunto. Aunque el proyecto canovista —basado en una proclamación democrática del Rey en el seno de las Cortes en que necesariamente había de desembocar la “república sin parlamento” del general Serrano—, estaba en contradicción con un nuevo recurso a las armas, hubo de asumir los resultados del golpe militar, haciéndose cargo del Gobierno-regencia en que le ratificó el ya rey Alfonso, desde París, donde se encontraba al recibir la noticia del pronunciamiento. Por lo demás, la compenetración de don Alfonso con el programa político de Cánovas, había quedado expresada en el manifiesto de Sandhurst, publicado con ocasión del cumpleaños del Príncipe en noviembre anterior, documento que mostraba una clara divergencia con respecto a la tradición moderada, al afirmar una voluntad integradora con respecto a las dos Españas en guerra, apuntando a un sistema centro, preconizado ahora por el mismo Cánovas que en otro tiempo había sido el artífice del “partido centro” (la Unión Liberal encabezada por O’Donnell).

El párrafo final del manifiesto reflejaba, perfectamente, la voluntad de concordia entre la posición integrista y la vocación democrática enfrentadas en 1868: “Llegado el caso, fácil será que se entiendan y concierten, para todas las cuestiones por resolver, un príncipe leal y un pueblo libre. Sea lo que quiera mi suerte, no dejaré de ser un buen español, ni como todos mis antepasados, buen católico, ni como hombre de mi siglo, verdaderamente liberal”.

Alfonso XII entró en España por Barcelona, donde tuvo un recibimiento entusiasta (9 de enero de 1875).

Allí confirmó en sus poderes a Cánovas, y siguió viaje por Valencia, para hacer su entrada triunfal en Madrid el 14 del mismo mes. Cuatro días más tarde partía —vía Zaragoza— a fin de ponerse al frente de las tropas que luchaban contra el carlismo. En Peralta lanzó un manifiesto conciliador a los combatientes carlistas, que no tuvo efecto alguno. En Lácar estuvo a punto de ser sorprendido por un destacamento enemigo, pero logró ponerse a salvo dejando bien probado su valor personal. De regreso a Madrid, visitó en Logroño al viejo general Espartero —todo un símbolo— que le impuso su propia cruz laureada de San Fernando. Secundando la política integradora de Cánovas, tomó contacto también con Serrano y Sagasta —respectivamente, jefe del Estado y jefe del Gobierno a cuyos poderes había puesto fin la Restauración—.

Ruiz Zorrilla, en cambio, marcó distancias, manteniendo un republicanismo a ultranza desde su exilio en Francia, donde no tardaría en lanzarse a vías conspiradoras.

La Constitución de 1876, elaborada en las Cortes reunidas el año anterior por un breve Gobierno Jovellar, y de la que fue auténtico artífice Cánovas, y redactor Alonso Martínez, abrió camino a una política tan alejada del moderantismo isabelino —que cifraba su programa en el restablecimiento de la Constitución de 1845— como de la democracia del 69: aspiró a un equilibrio ecléctico entre ambos. El artículo 11 —el más polémico de la Constitución de 1869, que establecía la libertad de cultos— fue sustituido por una prudente “tolerancia de cultos” que, de hecho, estaba muy próxima a aquélla. En cuanto a los poderes del Rey, quedaron fijados en la “regia prerrogativa” —que convertía al poder moderador en árbitro entre los partidos—, y en el mando supremo del Ejército. Como Rey soldado, Alfonso XII había de ser el factor fundamental para asegurar el civilismo al que aspiraba Cánovas, clausurando al “régimen de los generales”. El mismo año 1876 concluía la guerra carlista: el Rey, asesorado por el general Quesada, dirigió la ofensiva final, entrando en Pamplona el 28 de febrero, al mismo tiempo que el llamado Carlos VII cruzaba la frontera. Dos años después, la colaboración entre los dos jefes que habían conducido las operaciones en España —Martínez Campos y Jovellar— permitió poner fin a la guerra de los diez años (paz de Zanjón). La concordia ideológica y la conclusión de los conflictos armados, en España y en Ultramar, justificaron el honroso apelativo del Monarca, el Pacificador.

El 23 de enero de 1878 tuvo lugar —pese a la oposición de la reina Isabel— la boda del Rey con su prima, María Mercedes de Orleáns, de la que estaba profundamente enamorado. Desgraciadamente, la joven soberana —diecisiete años— falleció cinco meses más tarde. El Rey hubo de contraer nuevo matrimonio (29 de noviembre de 1879), esta vez por estricta razón de Estado, con la archiduquesa María Cristina de Habsburgo-Lorena, que desempeñaría un papel ejemplar en el trono, pero no contó nunca con el amor de su marido. De este enlace nacerían tres hijos: la princesa Mercedes (1881), la infanta María Teresa (1883), y el que ceñiría la corona como Alfonso XIII, nacido seis meses después de la muerte de su padre.

En todo momento el Rey supo desempeñar con perfecta pulcritud el papel de árbitro entre los dos partidos —liberal conservador y liberal progresista— que dieron vida al “sistema centro” antes referido. Su lealtad a Cánovas fue una constante en su conducta; y en algún momento crucial demostró serlo a pesar del propio Cánovas. Efectivamente, fue iniciativa del Monarca —haciendo uso de la regia prerrogativa— la llamada al poder de los “constitucionalistas” de Sagasta en 1881, iniciando así, de hecho, el futuro “turnismo”.

El mando del Partido conservador se había prolongado por espacio de seis años, y empezaba a insinuarse en el horizonte el fantasma de los “obstáculos tradicionales” que, identificado con la política de Isabel II, había provocado el hundimiento del trono en 1868. Alfonso XII acreditó ahora el carácter liberal de la Monarquía: situación contrapuesta a la típica de la época isabelina, caracterizada por el mantenimiento en el poder de un solo partido.

Contribuyó eficazmente a la consolidación de la monarquía alfonsina, que ésta coincidiese con una excelente coyuntura económica: el decenio 1876-1886, el período más brillante, en este sentido, del siglo XIX, identificado en Cataluña con la llamada “febre d’or”.

Precisamente en relación con las nuevas inquietudes que esa realidad estimulaba en la burguesía catalana, demostró Alfonso XII, una vez más, su acertada concepción de España y de la monarquía. En efecto, en el último año de su reinado tomó contacto con el incipiente catalanismo organizado, una de cuyas motivaciones radicaban en la lucha para restablecer un sistema proteccionista. La cordial acogida del Rey a los portadores del memorial de greuges (agravios) —Guimerá, Almirall, Verdaguer, Collell y Maspons— puso de relieve la amplitud de horizontes que definen el españolismo de don Alfonso, no muy acorde con la política que en esa misma época presidía el arreglo comercial o modus vivendi en Inglaterra.

De que el régimen estaba perfectamente consolidado dio pruebas concluyentes el fracaso de los intentos de retorno al viejo sistema de los pronunciamientos.

En 1883 se produjo el que, fraguado desde París por Ruiz Zorrilla, fracasó rotundamente en Badajoz y —en sus posteriores secuencias— en Santo Domingo de la Calzada y en la Seo de Urgell. La solidez del Régimen se probó asimismo en el ámbito internacional: el Régimen demostró su simpatía hacia Alemania con el viaje del Rey a Berlín en 1883 —lo que tuvo como contrapartida la mala acogida que le dispensaron en París a su regreso—. En cualquier caso, ese episodio contribuyó a acentuar la adhesión del pueblo español hacia su joven Rey, demostrada clamorosamente a su regreso. La buena relación de don Alfonso con el emperador Guillermo I evitó que, en septiembre de 1885, la cuestión de las Carolinas degenerase en un rompimiento armado; y así, pudo resolverse mediante el arbitraje del papa León XIII.

En todo momento, el Rey gozó de una extraordinaria popularidad. Es curioso que a esta popularidad contribuyese incluso el “donjuanismo” impenitente de don Alfonso, muy dado a aventuras extramatrimoniales, de las cuales dos tuvieron especial resonancia —la de su devaneo con Adela Borghi y, de forma mucho más estable, sus amores con Elena Sanz, de la que tuvo dos hijos—. Pero, por encima de su perfecta adecuación al papel de Rey constitucional y, por encima también de su valor a toda prueba y de su simpática llaneza, lo que explica y justifica plenamente la popularidad del Rey es su entrega sin regateos al servicio de su pueblo cuando éste se vio afectado por desgracias o catástrofes colectivas. Así, su asistencia a los perjudicados por las inundaciones de Murcia, y sobre todo, su extraordinaria labor de socorro a los afectados por los terremotos de Andalucía oriental a finales de 1884, cuando ya su salud era muy precaria; acto de caridad que se repitió en agosto de 1885 al ceder las salas del palacio de Aranjuez para hospitalizar a los afectados por la epidemia colérica, y su presencia personal junto a los mismos, pese al veto que el Gobierno había opuesto a ello.

Dos meses después, el 25 de noviembre de 1885, el Monarca, minado por la tuberculosis, falleció en el palacio del Pardo, en medio de la desolación de su pueblo. Su muerte dio ocasión al prudente acuerdo que los dos partidos del sistema pactaron para sucederse pacíficamente en el poder, llamado por ello impropiamente, Pacto de El Pardo.



Bibl.: M. Lafuente, Historia General de España: desde los tiempos primitivos hasta la muerte de Fernando VII, vol. 25, Barcelona, Montaner y Simón, 1887-1890; J. Francos Rodríguez, En tiempos de Alfonso XII, 1875-1885, Madrid, Renacimiento, 1917; Conde de Benalúa, Memorias, Madrid, Blass, 1924; Marqués de Lema, De la Revolución a la Restauración, Madrid, Voluntad, 1927, 2 vols.; A. M.ª Fabié, Cánovas del Castillo. Su juventud, su edad madura, su vejez, Barcelona, Gustavo Gili, 1928; M.ª P. de Borbón, Cuatro revoluciones e intermedios, Madrid, Espasa, 1935; A. Figueroa y Torres, conde de Romanones, Doña María Cristina de Habsburgo Lorena, Madrid, Austral, 1935; Pedro de Répide, Alfonso XII. La Restauración de un trono, Madrid, Nuestra Raza, 1936; Marqués de Rozalejo, Cheste o todo un siglo, Madrid, Espasa, 1939; M. Izquierdo Hernández, Historia clínica de la Restauración, Madrid, Plus Ultra, 1946; M. Almagro San Martín, Bajo los tres últimos Borbones, Madrid, Afrodisio Aguado, 1948; J. M.ª García Escudero, De Cánovas a la República, Madrid, Rialp, 1951; M. Almagro San Martín, La pequeña historia. Cincuenta años de vida española, Madrid, Afrodisio Aguado, 1954; M. Fernández Almagro, Historia política de la España contemporánea, t. I, Madrid, Pegaso, 1956-1959; M. García Venero, Alfonso XII, el Rey sin ventura, Madrid, 1960; J. Cortés Cavanillas, El Rey romántico, Barcelona, Juventud, 1961; J. Cortés Cavanillas, María Cristina de Austria, reina regente de España de 1885 a 1902, Barcelona, Juventud, 1961; J. Salom Costa, España en la Europa de Bismarck. La política exterior de Cánovas, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC), 1967; M. Fernández Almagro, Cánovas. Su vida. Su política, Madrid, Tebas, 1972; L. Díez del Corral, El liberalismo Doctrinario, Madrid, Instituto de Estudios Políticos, 1973; J. Varela Ortega, Los amigos políticos. Partidos, elecciones y caciquismo en la Restauración, 1875- 1900, Madrid, Alianza, 1977; J. A. Cánovas del Castillo, La Restauración monárquica de 1875 y la España de la Restauración, Madrid, Real Monasterio de El Escorial, 1978; E. R. Beck, A time of triumph and sorrow. Spanish politic during the reign of Alfonso XII, 1874-1885, Carbondale, Southern Illinois University Press, 1979; J. M.ª Jover Zamora, “La época de la Restauración. Panorama político-social, 1875-1902”, en M. Tuñón de Lara (dir.), Historia de España, Barcelona, Labor, 1981. Vol. VIII, págs. 269-406; J. Andrés Gallego (coord.), “Revolución y Restauración, 1868-1931”, en Historia General de Europa y de América, Madrid, Rialp, 1981-1982, t. XVI, 2 vols.; C. Seco Serrano, Viñetas históricas, Madrid, Austral, Espasa Calpe, 1983; M. M. Campomar Fornieles, La cuestión religiosa en la Restauración, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1984; R. Carr, España, 1808-1975, Barcelona, Ariel, 1984 (2.ª ed.); A. Figueroa, marqués de Santo Floro, Epistolario de la Restauración, Introd. histórica por C. Seco Serrano, Madrid, Rialp, 1985; C. Seco Serrano, Militarismo y civilismo en la España contemporánea, Madrid, Instituto de Estudios Económicos, 1985; E. de Borbón, Memorias, Barcelona, Juventud, 1987; A. M.ª Calero, “La prerrogativa regia en la Restauración. Teoría y práctica (1875-1902)”, en Revista de Estudios Políticos (enero-marzo 1987), págs. 273- 315; J. M.ª Serrano Sanz, El viraje proteccionista de la Restauración. La política comercial española, 1875-1895, Madrid, Siglo XXI, 1987; C. Robles, Insurrección o legalidad. Los católicos y la Restauración, Madrid, CSIC, 1988; F. Montero, “La Restauración”, en Á. Martínez de Velasco, Manual de Historia de España, siglo xix, Madrid, Historia 16, 1990, págs. 307-503; M. Espadas Burgos, Alfonso XII y los orígenes de la Restauración, Madrid, CSIC, 1990; A. de Sagrera, Una rusa en España. Sofía, duquesa de Sesto, Madrid, Espasa Calpe, 1990; F. Montero, “La Restauración”, en Á. Martínez de Velasco, Manual de Historia de España, siglo XIX, Historia 16, 1990, págs. 307-503; M. Martínez Cuadrado, Restauración y crisis de la Monarquía, 1875-1931, Madrid, Alianza, 1991 (2.ª ed.); E. Ferrer, M.ª T. Puga y E. Rojas, Matrimonio de amor, matrimonio de Estado: vida de Alfonso XII y vicisitudes de su reinado, Barcelona, Eiunsa, 1993; R. de la Cierva, La otra vida de Alfonso XII, Madrid, Fénix, 1994; J. Rubio, La cuestión de Cuba y las relaciones con los Estados Unidos durante el reinado de Alfonso XII. Los orígenes del “desastre” de 1898; Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1995; J. Cepeda Adán, Sagasta, el político de las horas difíciles, Madrid, Fundación Universitaria Española, 1995; J. L. Comellas, Cánovas del Castillo, Barcelona, Ariel, 1997; J. del Corral, El Madrid de Alfonso XII, Madrid, Biblioteca Básica de Madrid, 1997; C. Dardé, La Restauración, 1875-1902. Alfonso XII y la regencia de María Cristina, Madrid, Historia 16-Temas de Hoy, 1997; A. de Sagrera, La Reina Mercedes, Madrid, Compañía Literaria, 1995; A. Duarte, La época de la Restauración, Barcelona, Hipótesis, 1997; C. Seco Serrano, Cánovas y la Restauración, Madrid, Comisión Nacional Conmemorativa del Centenario de Cánovas, Ministerio de Educación y Cultura, Argentaria, 1997, págs. 83-95; M. Suárez Cortina (ed.), La Restauración entre el liberalismo y la democracia, Madrid, Alianza, 1997; J. Varela Ortega, “Sobre la naturaleza del sistema político de la Restauración”, en G. Cortázar (ed.), en Nación y Estado en la España liberal, Madrid, Noesis, 1997, págs. 195-208; L. Arranz, “La Restauración (1875-1902). El triunfo del liberalismo integrador”, en J. M.ª Marco (coord.); Genealogía del liberalismo español, 1759-1931, Madrid, Fundación para el Análisis y los Conflictos Sociales, 1998, págs. 189- 235; M. Barrios, El gran amor prohibido de Alfonso XII, Madrid, Temas de Hoy, 1998; I. Margarit, La vida y la época de Alfonso XII, Barcelona, Planeta, 1998; J. Rubio, El reinado de Alfonso XII. Problemas iniciales y relaciones con la Santa Sede, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1998; J. Tusell y F. Portero (ed.), Antonio Cánovas y el sistema político de la Restauración, Madrid, Biblioteca Nueva, 1998; M.ª Á. Lario González, El Rey, piloto sin brújula. La Corona y el sistema político de la Restauración, 1875-1902, Madrid, UNED/Biblioteca Nueva, 1999; M. Suárez Cortina (ed.), La cultura española en la Restauración, Santander, Sociedad Menéndez Pelayo, 1999; C. Dardé, Sagasta y el liberalismo español, catálogo de exposición, Madrid, Eds. Umbral, 2000; M. Espadas Burgos, (coord.), La época de la Restauración (1875-1902), vol. I, en J. M.ª Jover Zamora (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XXXVI, Madrid, Espasa Calpe, 2000; C. Seco Serrano, Historia del conservadurismo español, Madrid, Temas de Hoy, 2000; C. Dardé, Alfonso XII, Madrid, Arlanza Ediciones, 2001; J. R. Milán García, Sagasta, o el arte de hacer política, Madrid, Biblioteca Nueva, 2001.


II. Izabella spanyol királynő (Mujer con poder real en una monarquía.)
Bourbon Ferenc spanyol király

Letícia spanyol királyné ( esposa de un rey )

No hay comentarios:

Publicar un comentario