Apuntes Personales y de Derecho de las Universidades Bernardo O Higgins y Santo Tomas.


1).-CURSO DE HISTORIA DEL DERECHO, DE

DOÑA MAFALDA VICTORIA DÍAZ-MELIÁN

DE HANISCH.

2).-APUNTES SOBRE NUMISMÁTICA.

3).- ORDEN DEL TOISÓN DE ORO.

4).-LA ORATORIA.

5).-APUNTES DE DERECHO POLÍTICO.

6).-HERÁLDICA.

7).-LA VEXILOLOGÍA.

8).-EDUCACIÓN SUPERIOR.

9).-DEMÁS MATERIAS DE DERECHO.

10).-MISCELÁNEO

jueves, 1 de enero de 2015

Discursos de Práxedes Mateo Sagasta (I)


  Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; -Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farias Picon; -Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo ; Francisco Moreno Gallardo ; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa ; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma ; Cristian Quezada Moreno ; Edison Reyes Aramburu ; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala ; Marcelo Yañez Garin; 



Actitud del Gobierno ante las aspiraciones de los Diputados catalanistas
1901-07-19 - Práxedes Mateo Sagasta

No quiere este Gobierno, ni ningún Gobierno, destruir la fuerza que supone el Sr. Robert, en Cataluña, sino que este Gobierno, como todos los Gobiernos, desea aprovecharla. Porque debe saber el Sr. Robert que las fuerzas a que S. S. se ha referido las ha creado Cataluña, pero las ha creado bajo el amparo, bajo el favor, bajo la protección de todos los Gobiernos de España. (Aplausos.) 

Se queja el Sr. Robert del régimen en que vivimos, de la organización del país, y de que por ese régimen y por esa organización no ha llegado España a tener la prosperidad que han alcanzado, afortunadamente para ellos, otros pueblos. Pero el Sr. Robert y los que como él piensan son los que menos razón tienen para quejarse de la organización ni del régimen en que vivimos, porque gracias a ese régimen, Barcelona es una de las poblaciones más importantes del Mediterráneo, y Cataluña es hoy próspera y feliz como no lo ha sido jamás. (Muy bien.- Aplausos.) 

¿Cómo he de negar la aptitud y las energías de los catalanes? Pero esa aptitud y esas energías, hubieran quedado quizá baldías, sin la protección que en todos los tiempos han dado todos los Gobiernos españoles a esa tierra feliz. Cataluña, que tiene todavía el hereu en la familia, Cataluña ha sido el hereu de la pobre España. (Prolongados aplausos.- El Sr. Rusiñol: ¡Muy hermoso; pero no es cierto!- Grandes rumores y protestas.) Pero, ¿quién lo duda? Habrá sido un hereu que ha sabido utilizar los privilegios y las ventajas que su madre le ha concedido. (El Sr. Rusiñol: Ventajas para todo el país. -Protestas y rumores.) 

No; tened tranquilidad, tened calma, porque yo no lo digo en son de hostilidad a Cataluña, sino todo lo contrario; pero no se pueden negar las cosas. 

¿Quién duda que Cataluña se ha hecho rica por España y con España? ¿Quién duda que para hacerse rica, ha habido necesidad de concederla en las leyes ciertos privilegios, que le han dado ventajas sobre sus hermanas, las demás provincias de España? ¿Quién duda que quizá el malestar de nuestras perdidas Antillas?? (El Sr. Rusiñol: Nunca.- El Sr. Ruiz Capdepón: Siempre) ¿Quién duda que quizá el malestar de nuestras perdidas Antillas haya sido debido a la preferencia que daba España a Cataluña? ¿Es esto hostilidad a Cataluña? ¡Ah, no! Ésta es la realidad de los hechos y ésta es la demostración de que Cataluña no haría bien si no estuviera ligada a España como está ligado el hijo querido a la madre amantísima y cariñosa. (Grandes aplausos.) 

Quiere el Sr. Robert, y los que como él discurren (que no son, ni con mucho, afortunadamente, todos los catalanes), quieren cambiar el sistema en que hoy vivimos, que el Sr. Robert llama centralista, por el sistema regionalista, a cuyo nombre añade S. S. el de catalanista. Está bien, pero yo no sé si a Barcelona le puede convenir ese sistema, y desde luego me parece que no les conviene a las otras provincias catalanas porque las otras provincias catalanas, por lo que yo sé y comprendo, prefieren entenderse con la capital de la Monarquía, con la capital de España, a hacerlo con la capital de Cataluña, es decir, con la capital de la provincia de Barcelona; quieren más estar bajo la intervención del Poder central, del régimen central o como quiera llamarlo el Sr. Robert, que bajo la tutela de la capital de una provincia hermana, cuando es muy posible que esas capitales que quiere S. S. someter a la tutela de Barcelona tengan quizás tantos méritos como pueda tener Barcelona, y seguramente tienen no menos gloriosa historia, tan buen presente y tan lisonjero porvenir. (Muy bien, muy bien.) 

Yo no sé si en el resto de España pensarán como el Sr. Robert: no lo sé, lo dudo mucho, porque será un gran retroceso porque sería deshacer la obra que viene desde hace tanto tiempo elaborándose y que al fin cristalizó. 

Y una vez realizada esa obra, a la que aspiran todos los pueblos que todavía tienen regiones quiere S. S. despedazar a España, aniquilarla, debilitarla, como tiene que debilitarse una Nación que, después de haber vivido con la unidad, se deshace en pedazos; así como se fortifica cuando va por el camino contrario, a unir los pedazos para constituir la unidad total de la Nación. (Muy bien.) 

Su señoría nos ha hablado de los países en que, en efecto, hay todavía regiones, pero regiones muy distintas de las que S. S. reclama, y ha citado S. S. a Alemania. ¿Es que Alemania va por el camino que S. S. pretende, o va por el camino contrario? ¿Sabe S. S. lo que ha hecho el Emperador de Alemania, ese Emperador a quien S. S. con justicia ha alabado tanto? Pues ese Emperador ha aumentado el servicio militar a todo el que no sepa bien el idioma oficial, el alemán. De manera que ese Emperador va por el camino contrario al que S. S. señala. ¿Y sabe por el camino contrario al que S. S. señala? ¿Y sabe S. S. lo que ha hecho con las provincias que fueron francesas? Seguramente lo sabe S. S. ¿Para qué lo he de decir yo ahora? ¿Sabe S. S. lo que se hace en todas partes? Lo contrario de lo que S. S. quiere. Porque, de hacer lo que S. S. desea, ¡ah!, se fomentarían precisamente esas aspiraciones de que nos ha hablado aquí, y que dice que son las aspiraciones de unos cuantos soñadores porque el regionalismo traería como consecuencia inevitable, primero la aspiración a la autonomía, después las aspiraciones a la independencia y por último la aspiración loca del separatismo. (Muy bien.) A eso debemos oponernos con todas nuestras fuerzas. 

Yo no vengo en son de hostilidad hacia los catalanistas, me basta la sensatez con que se han producido, aunque he oído con cierto disgusto algunas palabras del Sr. Robert; pero, al fin, no tienen esas palabras nada que ver con aquellas otras que en Barcelona se pronuncian, y que a mí no me entristecen tanto por los que las pronuncian como por los que las consienten. (Aplausos.) Porque, serán pocos o serán muchos, yo creo que, en efecto, son pocos las que la pronuncian; pero son muchos los que las oyen con una impasibilidad que no cuadra bien con el sentimiento patriótico. (Grandes aplausos.) 

Pero, ¿no se trata más que de la cuestión del regionalismo? ¿Se contentarían con que en lugar de estar dividida la España en 49 provincias, lo estuviera en 14, 15 ó 20 regiones, con tal que el sistema, el régimen fuera igual? 

Eso sería una cuestión a discutir. ¡Ah! Yo lo [751] combatiría con toda energía porque me parece un mal camino que debilitaría las fuerzas de la Patria, yo me opondría resueltamente, pero repito que sería una cuestión a discutir. ¿Qué quiere, pues, S. S.? Constituidas las regiones, pedirían la autonomía administrativa, la autonomía política, la autonomía económica; es decir, que lo quieren todo. (Varios Sres. Diputados: Todo, todo.) Pues eso es un pequeño Estado dentro de otro Estado; eso es lo que se llama patria chica dentro de la patria grande y es necesario que todas las patrias chicas desaparezcan, ante la energía, ante la fuerza y ante los medios de la patria grande. (El Sr. Rusiñol: No nos entendemos.- El Sr. Armiñán: ¿Y cuándo era S. S. liberal? El Sr. Rusiñol: Era un pecador. -Rumores.- El señor Armiñán: Pido la palabra). 

Este Gobierno, y entiendo que lo mismo los Gobiernos que le sucedan, se conducirá con Cataluña como se han conducido los anteriores; dará a Cataluña lo que Cataluña merezca, dará a Cataluña lo que con justicia pida, dará a Cataluña más de lo que con justicia pida: pero no se puede dar lo que pretende el Sr. Robert, porque sería en daño de la Nación, y para este, como para todos los Gobiernos, ante todo y sobre todo está la Nación española. (Grandes aplausos.)

Abolición del juramento religioso
1883-02-03 - Práxedes Mateo Sagasta


Señores Diputados, el Congreso acaba de oír el elocuente discurso del Sr. González Serrano, y habrá observado que en realidad no corresponde a la proposición que trataba de defender, porque S. S. no se ha ocupado más que del juramento que han de dar o no han de prestar los Cuerpos Colegisladores, pero no de la extensión que da a este asunto la proposición que ha leído el Sr. Secretario; porque ya, Sres. Diputados, no se trata de si han de jurar o no los Cuerpos Colegisladores; se trata, en el ánimo del Sr. González Serrano, de que no se jure en ninguna parte ni para nada; de que no se jure en los asuntos políticos, ni en los asuntos civiles, ni en los asuntos jurídicos, ni en nada (El Sr. Carvajal: No en nada, sino en esto.) Pues si no se jura en eso, no sé en qué se va a jurar. De manera que ya no se contenta el Sr. González Serrano con la supresión de la fórmula del juramento para los Diputados y Senadores, para los representantes del país en uno y otro Cuerpo Colegislador, sino que ya es necesario que no jure nadie, ni nadie prometa. (El Sr. Carvajal: Eso es otra cosa.) Me alegro de estas interrupciones que me hace mi distinguido amigo el Sr. Carvajal, para que vea el Sr. González Serrano que no soy tan aficionado a interrupciones que no haya quien me dé mucha ventaja. Pero lo cierto, Sres. Diputados, que según el Sr. González Serrano, debemos caminar muy de prisa en estos asuntos, que al fin y al cabo tienen alguna relación con los sentimientos más íntimos de la conciencia, siempre muy respetables, siquiera arranquen de preocupaciones que muchos llaman rancias y que no niego yo que algunas en efecto lo sean, y en adelante, según el Sr. González Serrano, ya no deben jurar su cargo ni los Senadores, ni los Diputados a Cortes, ni siquiera los testigos en las cuestiones jurídicas: es decir que por el momento nos pedís que acabemos en absoluto con el juramento, y después ya no iréis exigiendo que se acabe con otras muchas cosas, imitando en esto a cierto país no muy lejano del nuestro, que de supresión en supresión de muchas cosas que creía que no tenían importancia, ha llegado a un estado a que no quisiera yo ver llegar a nuestra pobre España. 

El Sr. González Serrano empezó por hacer un cargo al Gobierno suponiendo que los hombres que le constituyen ofrecían mucho en la oposición y no cumplían en el poder nada de lo que ofrecieron en la oposición. En eso está S. S. muy equivocado, hasta el punto de que si S. S. quisiera demostrarlo, le costaría mucho trabajo, y en mi opinión no llegaría a conseguirlo, porque nosotros en lo que hasta ahora hemos podido (que no se puede todo de una vez), hemos cumplido cuanto hemos ofrecido en la oposición, y si alguna diferencia está a favor de lo que practicamos, que es bastante más de lo que prometimos; es más, estamos dispuestos a continuar haciendo lo mismo que hasta aquí, porque si no lo hemos hecho ya todo, es porque no es posible hacerlo todo en un instante; pero espere el Sr. González Serrano, y no creo que tenga que esperar mucho, que a pesar del temor que debe inspirarnos el recuerdo que su señoría nos hacía de por dónde se viene la muerte, aun creo que la muerte ha de tardar tanto en venir, que hemos de tener tiempo de cumplir en el poder todo lo que ofrecimos en la oposición. 

Alguna seguridad debía inspirar al Sr. González Serrano respecto a este punto, lo que ha ocurrido precisamente en esta cuestión del juramento, en que S. S. dice que no hemos hecho nada más que establecer una especie de contubernio con el partido conservador; afirmación por cierto que el Sr. González Serrano contradijo poco después al decir que el partido conservador no quería variar un ápice en estas cuestiones, porque si el partido conservador estuviera, como el Sr. González Serrano dice, aferrado al statu quo en esta materia, mal podía haber entrado en la transacción que patrióticamente ha realizado, por la cual yo le felicito y creo que debe felicitarle el país. 

Pero en esta cuestión, S. S. lo ha dicho, hay muchos entre nuestros amigos, como los hay entre los de S. S., que quieren la supresión del juramento, pero hay otros muchos que no la quieren; y como he dicho que esta no es una cuestión de partido, ni debe ser una cuestión de partido ni aquí ni en ningún país, resulta que el partido constitucional, cuando estuvo en la oposición, no pudo como partido hacer ese ofrecimiento para practicarlo estando en el poder. Podrán algunos individuos del partido constitucional tener las ideas que tiene S. S., aunque no en la extensión que S. S. les da; pero como bandera del partido, yo no sé que el partido constitucional haya incluido la supresión del juramento, y es más, no sé que haya levantado esta bandera ningún partido. 

En esta cuestión el Gobierno ha procedido como debía proceder. En lugar de dejar que esta sea una cuestión de partido y esencialmente de partido, provocando luchas de partido a partido sobre la supresión o continuación del juramento, ha debido procurar que haya una transacción entre todos los partidos, porque no hay nada que ponga más en ridículo a un país en asuntos tan graves como este y que afectan a intereses tan sagrados, que el estar variando de criterio a cada cambio de partido, haciendo que hoy desaparezca el juramento porque vienen unos hombres al poder, y que mañana se restablezca porque son otros los encargados de dirigir los destinos del país. Esa es una falta de formalidad que no quiero que mi país cometa. 

Por consiguiente, el Gobierno ha esperado a que [758] entrando la reflexión en unos y en otros, se llegase a una fórmula de transacción, y cuando ha creído que había llegado ese momento ha planteado la cuestión que antes no le había parecido conveniente plantear. Y por eso, y no porque creyera el Gobierno que era una cuestión baladí, la ha dejado a la iniciativa del Parlamento. ¡La iniciativa del Parlamento! ¿Es que S. S. cree que sólo son dignas de la resolución y de la iniciativa del Parlamento las cuestiones baladíes? 

En el momento en que el Gobierno ha visto que había cierta elasticidad patriótica en este punto de parte del partido conservador, y que no había oposición sistemática, oposición tenaz ni mucho menos de parte del partido de la izquierda, entonces es cuando el Gobierno, aprovechando el momento oportuno, ha planteado la cuestión, para resolverla de una vez con el acuerdo del mayor número de partidos posible. 

Y la ha resuelto, ¿cómo? Poniendo el Reglamento en armonía con la Constitución del Estado, y llevando al Reglamento el espíritu de tolerancia religiosa que consigna nuestra Constitución. Al Sr. González Serrano le parece que este paso es pequeño, que esto no vale nada: pues a mí me parece muy importante, y sobre todo la manera como se está realizando; que en otras ocasiones y en otros tiempos, estas cuestiones que en algo se rozan con los asuntos religiosos, nos hubieran traído grandes perturbaciones, por lo menos dentro de la política, como se viene haciendo en este país, mientras que ahora lo hacemos con calma y con prudencia, como puede hacerse en el país más normal, más tranquilo y acostumbrado a este género de debates, que haya en el mundo. 

Pues este es un gran progreso, Sr. González Serrano; progreso que no obtendríamos probablemente si nos fuéramos todos a las exageraciones a que S. S. quiere conducirnos, en cuyo caso obtendríamos aquí, con más razón que en otras partes, los mismos funestos resultados que en otras partes tienen esas exageraciones. 

Que yo aplaudo las exterioridades que en Inglaterra y otros países se practican, sin profundizar las cuestiones y sin observar que esas exterioridades no son obstáculo allí al desenvolvimiento de ninguna de las libertades. 

Pues precisamente, Sr. González Serrano, porque sé que esas exterioridades no son obstáculo al desenvolvimiento de la libertad en Inglaterra, y porque sé más, porque sé que por conservar esas exterioridades, ese desenvolvimiento se ha realizado con gran prosperidad para aquel país, es por lo que me encanta aquella peluca blanca del Presidente, aquella saca de lana sobre la que se sienta, y aquellas ceremonias religiosas con que se inauguran siempre los debates parlamentarios en aquel país. Como he visto que nada de esto es incompatible con la libertad y con el progreso, y como he visto que el país en donde eso se realiza es más libre y más próspero, o uno de los más libres y de los más prósperos de la tierra, por eso quiero seguir el ejemplo, no sólo en el desenvolvimiento de las libertades, sino en la base de la formalidad, de la seriedad, de la importancia que le dan estas exterioridades (Muy bien.) 

Señores, ¡qué empeño de destruirlo todo, cuando no nos embaraza para nada en nuestra marcha y en nuestro camino! ¡Qué empeño en prescindir de lo pasado, como si los pueblos no vivieran tanto como de la vida material, de la vida moral! ¡Ah señores! ¡qué empeño! Pues a mí esas exterioridades me hacen, Sr. González Serrano, y no tengo reparo ninguno en confesarlo, el mismo efecto, y me producen el mismo respeto que aquel venerable anciano que sentado en su sillón sin poderse mover, me cuenta con labios trémulos los hechos que en su tiempo se realizaron. No me sirven, no, sin duda alguna quizá, para el presente; pero ¡ah! ¡qué enseñanza, qué estímulo y qué ejemplo para el porvenir! Bueno es que leamos los libros de los pensadores que, privilegiados por su inteligencia, prevén quizá el porvenir y lo determinan; pero no debemos despreciar los libros del pasado, los libros que otros escribieron, porque de esa manera podemos sentar con más seguridad el pie en el camino que los que prevén el porvenir nos anuncian, estableciendo y partiendo de la base de los que ya pasaron, y que no por haber pasado merecen menos respeto que los que están por venir. 

Pero el Sr. González Serrano preguntaba: ¿para qué sirve el juramento? Para nada, contestaba en seguida. Y yo me hago esta reflexión: pues si no sirve para nada, entonces, ¿por qué tanto empeño en hacerle desaparecer? ¡ah! Pero el Sr. González Serrano está equivocado; sirve para algo. Su señoría decía que no tenemos nosotros autoridad, y sobre todo yo, acerca de cuya personalidad S. S. ha caído en una serie de contradicciones, porque yo que no hago nada ni tengo iniciativa para nada, soy el causante de que el juramento no desaparezca, y soy el causante de todo lo que está pasando. Pero decía el Sr. González Serrano antes: " ¿Por qué, a pesar de haber muchos partidarios que quieren la supresión del juramento aun dentro de la mayoría, el juramento se sostiene? Pues se sostiene el juramento porque hay un Sr. Ministro que es una institución en este sitio. " 

Bien ha hecho el Sr. González Serrano en decir que no recogía ese run-run de las conversaciones de café y de gacetillas de periódicos, que no merece otra importancia semejante aseveración. 

Yo no he sido nunca partidario de la abolición del juramento, y S. S. no me habrá oído una sola palabra, desde que esta discusión se inició, que demuestre que lo haya sido jamás, ni lo sea. Yo he querido siempre que la fórmula del Reglamento se ponga en armonía con la Constitución del Estado, ni más ni menos; pero no he creído conveniente que en España hagamos lo que no se hace en ningún país, y sobre todo, lo que no han hecho los liberales de ninguna parte; porque es bueno que lo sepa ¡no lo ha de saber! Lo sabe mejor que yo el Sr. González Serrano, que cuanto más liberal es un país, es más, cuanto más republicano, más aferrado está a las fórmulas del juramento; y que si hay algún país donde el juramento, el compromiso, la promesa o la adhesión de alguna manera considerado, se haya suprimido, no lo podemos citar aquí como ejemplo ni de progreso, ni de libertad, ni de orden, ni de otra porción de cosas que necesita tener la España y todo país regularmente organizado. 

Pero fuera de eso, si en alguna parte deja de existir el juramento, o ha sido por la imposibilidad de establecer una fórmula, dada la diversidad de los miembros que le constituyen, como sucede en el Congreso alemán, o ha sido en países que no disfrutan verdaderamente libertad; pero en los países que aquí se nos presentan siempre como ejemplo de países liberales, observadlo, allí el juramento está establecido y se mantiene hasta como un precepto constitucional. Y no quiero de- [759] cir, ya que de los republicanos hablo, lo que pasa en los Estado Unidos, en que el juramento es mucho más intenso, es mucho más eficaz, es mucho más profundo que lo es la fórmula del juramento nuestro. 

Por consiguiente, si no estorba para nada el juramento al desarrollo de la libertad, ni al desenvolvimiento del progreso, ni a su prosperidad, en ninguno de aquellos países, ¿por qué lo hemos de quitar en España, cuando vamos a chocar contra el sentimiento que es necesario respetar más mientras ese sentimiento no sea un obstáculo para nada? ¿Por qué no respetarle, si de todos modos sería respetable aun cuando se quitase el juramento? 

Pero dice el Sr. González Serrano: "es que el juramento, es que la promesa es un obstáculo que se pone, es una traba que se establece para la soberanía nacional. " Yo no lo sé, porque ya me lo va haciendo dudar la repetición de este argumento; pero me parece a mí que en los Estados Unidos se practica bien constante y permanentemente el ejercicio de la soberanía nacional y hasta ahora no se le ha ocurrido a ningún americano el decir que el juramento sea un obstáculo a la soberanía nacional. Y lo mismo sucede en todos los países donde la soberanía nacional ha sido base y origen de los Poderes públicos y de las instituciones que los rigen. No se le ha ocurrido a ningún italiano hasta ahora decir que el juramento sea un obstáculo a la soberanía nacional. 

Pero dice el Sr. González Serrano: " ¿es que al exigirnos a nosotros, republicanos, el juramento, se pretende que hayamos de dejar de ser republicanos? " No; lo que se pretende es que seáis leales; eso es lo que se pretende. Lo que se pretende es que no se metan dentro de las instituciones, y por los medios que las instituciones procuran y a la sombra de estas instituciones, para herir a mansalva y con la protección que las instituciones les prestan, a estas mismas instituciones; esto y no más es lo que se pretende. Y para esto no hay que dejar de ser republicano: el que no quiera, que no lo deje. 

Pero dice S. S.: "es que vosotros no tenéis autoridad para exigirnos a nosotros el juramento, porque habéis sido perjuros. " Lo que es a mí no me puede el Sr. González Serrano hacer semejante cargo, porque desde el momento en que yo en alguna ocasión con parte de mi partido me puse enfrente de las instituciones, desde aquel instante me puse ya fuera de la legalidad; y el origen y la causa y el fundamento de la abstención de una parte del partido progresista entonces fue éste, ni más ni menos que éste, el de que nosotros nos creíamos obligados si acudíamos a los colegios electorales, o si éramos investidos con el carácter de Diputados o Senadores, a venir aquí a prestar fidelidad a las instituciones, y nosotros no queríamos prestarla en aquella ocasión; por eso nos separamos del Parlamento y hasta de la prensa. 

Pues a vosotros no se os exige tanto, ni mucho menos; lo único que se os pide es que dentro del cargo seis leales a las instituciones. Esto es ni más ni menos lo que significa para vosotros el juramento. 

¿Es que eso os cuesta trabajo? ¿Es que para eso tenéis que sacrificar vuestros ideales? No, absolutamente no. Podéis continuar en vuestros ideales, y dentro del cargo que dentro de las instituciones habéis conseguido, ser leales a estas instituciones; y en eso estriba la moralidad. Y dada la transacción que por ejemplo se ha establecido en el Senado, y que no sé si el Congreso se servirá aceptar en el dictamen que hay presentado o va a presentarse, adoptar una cosa parecida o igual, de modo que así tendríais todos los medios de salvar vuestras opiniones. 

¿No queréis prestar el juramento religioso? ¿Creéis que vuestra conciencia se violenta colocando la mano sobre los Santos Evangelios, que es el juramento que después de todo han de prestar casi todos los Diputados que vengan aquí representando a su país? ¿Creéis que repugna a vuestra conciencia poner la mano sobre los Santos Evangelios para jurar fidelidad y obediencia a las instituciones? Pues tenéis la libertad de prometerla bajo vuestro honor, en lo cual no hacéis nada que no sea digno; podéis hacerlo con la frente muy levantada, porque en último resultado lo que hacéis no es más que prestar acatamiento y respeto a las instituciones, que es principio vuestro y nuestro, y tenemos proclamado, sancionado y mantenido. 

Y mientras eso sucede, y mientras la soberanía nacional por una de sus grandes manifestaciones no demuestre lo contrario, todos, nosotros y vosotros, cualesquiera que sean vuestros ideales, a esas instituciones les debemos igual acatamiento y respeto. Pues a eso es, ni más ni menos, a lo que os obligáis al prestar el juramento o al hacer la promesa, cosa que podéis hacer con la frente levantada y conservando vuestros ideales para el porvenir, que yo lo creo, afortunadamente para mi Patria, muy lejano, tan lejano, que el Sr. González Serrano con ser tan joven no ha de verlo realizado. 

Y voy a concluir, Sres. Diputados, pidiendo al Congreso que tal como viene la proposición del Sr. González Serrano, no la tome en consideración; porque hay que advertir que la proposición no es lo que ha dicho el Sr. González Serrano en su brillante discurso, sino que tiene una extensión mucho mayor. 


Lo que S. S. ha dicho en su discurso es lo que será punto de discusión dentro de breves días; y si la proposición no dijera más que eso, no había para qué tomarla en consideración, porque de eso se está ocupando una Comisión que ha de dar dictamen. Pero S. S. quiere más; S. S. quiere que no juren, no solamente los Diputados y Senadores, sino que no jure nadie, y a eso el Gobierno se opone y pide al Congreso que se oponga también. He dicho.

Sobre la edad de voto
1869-04-08 - Práxedes Mateo Sagasta

Señores, yo no sé si en la clasificación que ha hecho el señor Orense de santones y santoncitos me colocará a mí en la primera o en la segunda de esas categorías: yo creo que no soy ni santón ni santoncito: si los santones del partido progresista han rechazado siempre a la juventud, no me corresponde a mí esa clasificación, que no la he rechazado ni quiero rechazarla; yo espero mucho de la juventud, y aunque no soy viejo todavía, me hago sin duda la ilusión de ser más joven de lo que soy realmente, por [908] que me encuentro mucho mejor entre los jóvenes que entre los viejos. 

El Sr. Marqués de Albaida cree que el Gobierno provisional estableció la edad de 25 años para gozar del derecho electoral solo por rechazar a la juventud: esto no exacto. El Gobierno no rechazó a la juventud; el Gobierno no quitó a la juventud lo que la juventud no tenía: la juventud comprendida entra los 20 y los 25 años no ha usado nunca del derecho electoral; el Ministro que tiene la honra de dirigir la palabra a las Cortes había que sujetarse a algún criterio para la concesión del derecho de sufragio, y creyó adoptar el criterio más liberal. 

El principio que le sirvió de guía fue el siguiente: " todo ciudadano que esté en el pleno goce de sus derechos civiles debe gozar de todos los derechos políticos no hay en el decreto sobre sufragio universal, absolutamente más que esa restricción." ¿Por qué el Gobierno provisional no concedió entonces a los jóvenes de 20 25 años el goce de los derechos políticos y especialmente el de sufragio, que es uno de los principales? Porque hablando de sujetarse a un criterio, se sujetó a ese que acabo de indicar: no creyó que la mayor edad para ejercer los derechos políticos deba ser menor que aquel que me exige para ejercer los derechos civiles: yo ya que el Gobierno pudo entonces variar la edad para ejercer los derechos civiles; pero a mí no me corresponde eso, y aunque me hubiera correspondido, no hubiera creído prudente variar aisladamente una de las bases que constituyen nuestro Código civil. Hubiera yo deseado, como el Sr. Orense, que la mayor edad para ejercer los derechos políticos fuera menor, más temprana que la de 25 años; pero me encontré ya esa base establecida, podía variarla y me parecía anómalo determinar una edad menor de la que se exige para el ejercicio de los derechos civiles. 

Hay además otra circunstancia: el mal uso que un ciudadano pueda hacer de sus derechos civiles más bien daña a su persona y a sus intereses particulares que a los generales de la sociedad, mientras que lo contrario ocurre con el mal uso de los derechos políticos. Por esta razón, en algunos países que bien pueden servirnos de modelo en cuestiones de libertad, se exige una mayor edad para el ejercicio de los derechos políticos que para el de los derechos civiles: ¿habíamos aquí de establecer nosotros lo contrario de lo que está establecido en naciones que tantos ejemplos dignos de imitar pueden darnos en la práctica de la libertad? 

Es de advertir, señores que yo no estoy por esto; y no creo que deba exigirse para el ejercicio de los derechos civiles más edad que para el de los políticos, aun teniendo presente que el buen o mal uso de los primeros compete y atañe directamente, inmediatamente, a la persona y a los intereses particulares del que los ejerce mientras que el ejercicio de los derechos políticos influye generalmente en los intereses sociales; pero cuando menos no estoy porque la edad para el ejercicio de los de techos políticos no sea menor de la que se requiere para el ejercicio de los civiles. Si yo hubiera encontrado en el Código establecida una edad menor de 25 años para el goce de los derechos civiles, la hubiera aceptado con mucho gusto para el uso del derecho electoral; no sé si se deba rebajar hasta los 20 años; quizá sea esto demasiado; de todos modos creo que debe rebajarse algo de los 15. El Sr. Ministro de Gracia y Justicia ha de traer muy pronto a la aprobación de las Cortes Constituyentes el Código civil, en cuyo título I está la cuestión de los derechos civiles: si allí se rebaja, como creo que se rebajará, la mayor edad para el goce, de los derechos civiles, rebajada quedará también para los políticos. 

No me opongo yo, pues, antes bien ruego a los señores Diputados que tomen en consideración la proposición del Sr. Orense, aunque no creo como S.S. que deba pasar a la comisión constitucional, porque la cuestión me parece pequeña y de detalle para que tenga cabida en el Código fundamental: hay otra comisión, que es la de ley electoral, que está llamada a dar dictamen más directamente sobre este asunto, a la cual creo que corresponde el examen, el estadio y el acuerdo sobre esta proposición, y a esta comisión creo que deba pasar el asunto. Si el señor Orense está conforme con esta observación, no encuentro inconveniente en que la proposición sea tomada en consideración por las Cortes; si no lo está, tampoco tengo yo por mi parte inconveniente alguno: no hay más sino que no creo yo que el asunto sea bastante grave y tanga la importancia suficiente para figurar en el Código fundamental. 

Participando yo, pues, en parte, de las opiniones del Sr. Orense; no siendo mi ánimo rechazar de ninguna manera a la juventud; esperando antes bien de ella grandes pruebas de patriotismo y de actividad e inteligencia políticas, suplico a los Sres. Diputados que tomen en consideración la proposición del Sr. Orense; pero al mismo tiempo creo que, en vez de pasar a la comisión de Constitución, que tampoco había de hacer ya nada en el asunto, una vez presentado y puesto a discusión su trabajo completo, debe pasar a la comisión de Ley electoral. 


Yo me alegraría mucho de que esta solución que yo propongo fuese del agrado del Sr. Orense, y que conviniera conmigo en la oportunidad, en la procedencia y en la conveniencia de pasar su proposición a la comisión de ley electoral, en vez de ser a la de Constitución, como su señoría ha pedido en su discurso.

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