Apuntes Personales y de Derecho de las Universidades Bernardo O Higgins y Santo Tomas.


1).-CURSO DE HISTORIA DEL DERECHO, DE

DOÑA MAFALDA VICTORIA DÍAZ-MELIÁN

DE HANISCH.

2).-APUNTES SOBRE NUMISMÁTICA.

3).- ORDEN DEL TOISÓN DE ORO.

4).-LA ORATORIA.

5).-APUNTES DE DERECHO POLÍTICO.

6).-HERÁLDICA.

7).-LA VEXILOLOGÍA.

8).-EDUCACIÓN SUPERIOR.

9).-DEMÁS MATERIAS DE DERECHO.

10).-MISCELÁNEO

miércoles, 25 de junio de 2014

Elogio de los jueces escrito por un abogado de Calamandrei

  Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; -Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farias Picon; -Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo ; Francisco Moreno Gallardo ; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa ; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma ; Cristian Quezada Moreno ; Edison Reyes Aramburu ; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala ; Marcelo Yañez Garin; Katherine Alejandra Del Carmen  Lafoy Guzmán
Francia Carolina Vera Valdes


Introducción

Hacía años que había escuchado de la existencia de este libro escrito por el gran maestro del  y gran Abogado  Piero Calamandrei,  y   adquirí finalmente la obra por mera curiosidad intelectual.
Cual fue mi sorpresa cuando al sumergirme en las páginas de este librito (unas 154 páginas), fui descubriendo como, a través de numerosas reflexiones, el autor desgrana su opinión acerca de las relaciones entre la abogacía y la judicatura y de éstas con la Justicia, con una deliciosa lucidez, una fina ironía y una increíble actualidad en los temas tratados.

El autor.

Piero Calamandrei, cuyo nombre nos suena a todos por las citas de los manuales de civil y procesal de la carrera de derecho , fue discípulo de  Giussepe Chiovenda, Catedrático de la Universidad de Florencia y diputado en el Parlamento Italiano, siendo uno de los inspiradores del Código de Procedimiento Civil Italiano de 1940. Está considerado como uno de los procesalistas más insignes del siglo XX, miembro de la  célebre Escuela Italiana, la que nació en 1903, y sus  condiscípulos directos - Carnelutti y Redenti- impartirían sendas cátedras de Derecho Procesal en las principales universidades italianas. Calamandrei concluiría su carrera en Florencia, luego de pasar por las aulas de Messina, Módena y Siena.

Su obra fue rica en cantidad y calidad. Mauro Cappelletti, quien fuera uno de sus discípulos dilectos y uno de los más destacados procesalistas de fines del siglo XX, autor del no superado Proyecto de Acceso a la Justicia Florencia, publicó en In memoria de Piero Calamandrei su extensa bibliografía, la cual sumada a sus dotes en el foro y su contribución a la reconstrucción política de Italia hacen, sin duda, pensar en Calamandrei como un hombre que dejó un surco en su paso por la tierra, desmintiendo a o así la sentencia de Voltaire, la cual, con dureza, señala que la plupart des hommes meurent sans avoir vecu. (La mayoría de los hombres mueren sin haber vivido)

Entre sus obras propiamente procesales destacan La Casación Civil, La Introducción al Estudio Sistemático de las Providencias Cautelares y las Instituciones de Derecho Procesal Civil. Sin embargo, un lugar no menor ocupan sus trabajos vinculados con sus inquietudes profesionales y sociales, entre ellas, sin duda, Demasiados Abogados, La Universidad del Mañana y, por sobre todo, El Elogio de los Jueces escrito por un Abogado, textos que sorprenden por sus agudas reflexiones, cuya actualidad aún permanece viva en los análisis jurídicos

Obras


El primero de tales libros -Demasiados Abogados- fue publicado al poco de cumplir Calamandrei los treinta años. En dicha obra, el joven autor denuncia la "decadencia intelectual y moral de la abogacía italiana", lo que, según indica, está en íntima relación con la proliferación del número de abogados en ejercicio, para lo cual propone una disminución del número de Facultades de Derecho así como un mejoramiento en la calidad de la enseñanza del Derecho.
La Universidad del Mañana, a su vez, publicada un lustro más tarde, profundiza en la crisis de la enseñanza institucional del Derecho, destacando como un punto central la necesidad de superar las lecciones catedráticas por un método socrático y, a su vez, acercar a los alumnos a la práctica de la profesión.
Concluye esta trilogía, verdadera radiografía de la actividad jurídica italiana en la Academia y el Foro, con la publicación del Elogio de los Jueces escritos por un Abogado, unos años más tarde, en 1935, en su primera versión, la cual se complementa con numerosos nuevos párrafos veinte años después. Sus líneas reflejan una fe en los jueces y abogados, recuperada en una edad madura, la cual subsiste no obstante los avatares de un tránsito histórico marcado por las directrices del gobierno fascista.

El libro

Introducción


Ya en la primera imagen contenida en el Elogio de los Jueces escrito por un Abogado -el símbolo de la balanza- indica que los derroteros del libro de Piero Calamandrei hablan de una justicia con rostro humano, tal como cuarenta años más tarde lo reiteraría el Primer Congreso de la Asociación Internacional de Derecho Procesal, en Gante. En su diseño destaca la inclinación, la cual privilegia la justicia representada con una delicada rosa por sobre la ley reflejada en un libro, probablemente un código de la época.


El título de la obra, eso sí, podría llevar a alguna confusión tal como lo reconoce el propio Calamandrei al recordar a los críticos "más benévolos" de su primera edición. Así, a Pietro Panerazi le pareció "un poco pesado", en tanto que a Mariano D'Amelio, "un tanto subjetivo". Santiago Sentís Melendo, uno de sus traductores, señala que acaso lo más conveniente habría sido tan solo "Jueces y Abogados", ya que "no están, en el libro, enfrentados los unos a los otros, sino entremezclados y confundidos".

Dos ediciones 

 En la lectura del Elogio de los Jueces es importante tener presente las distinciones entre la primera edición, publicada en 1935, y la edición definitiva, aparecida en 1955, las cuales contienen importantes diferencias, las que no son sino el reflejo de la época que le tocó vivir a Calamandrei.

Tan relevantes son aquéllas que el ilustre maestro uruguayo Eduardo Couture, al explicar la estructura del Elogio, señala que éste no es un libro, sino dos. En efecto, todos aquellos ensayos que se inician con un asterisco no corresponden a la edición original, los cuales al decir de Sentís Melendo son "rudos y tristes, duros y tácitos".
Sin embargo, más allá de las evidentes diferencias, subyace en la obra una fe en la justicia, que constituye al Elogio de los Jueces en "el libro de la justicia y de sus sacerdotes; no el abogado, viendo, contemplando, al juez, sino la mutua contemplación, con serenidad, con imparcialidad, con suave ironía, de tintas melancólicas. Cuando en algún retrato faltan estas tintas, es que los sujetos retratados no son jueces ni son abogados: el jerarca fascista que viste la toga -para ponerla en ridículo- porque un día se doctoró en derecho; el juez para quien el posible asesinato de un socialista no representa otra cosa que ... "uno menos", no son ni juez ni abogado; son expresiones patológicas de una clase profesional". 

Estructura


Calamandrei recorre en diecinueve capítulos los diversos aspectos fundamentales de las relaciones entre jueces y abogados.
En la revisión de la fe en los jueces, primer requisito del abogado, se revela una convicción en la justicia que, aun después de los años difíciles, indica que para hacerse dar la razón por el juez basta la honesta convicción en el fundamento de la causa y el respeto de las formas procesales adecuadas, eliminando las malas artes del foro.
En el estudio de la urbanidad (o de la discreción) en los jueces una especial referencia se hace a la probidad, sin la cual no puede haber justicia, incluyéndose en ésta algo tan básico como la puntualidad, la que, sumada a otros puntos, constituye la urbanidad necesaria en el oficio judicial que no demanda vociferaciones y supone la consideración profesional.
El estudio de ciertas semejanzas y de ciertas diferencias entre jueces y abogados indica que las dinámicas que los distinguen no son sino el resultado del tiempo y los derroteros de sus oficios. Así el abogado es la bullidora y generosa juventud del juez, en tanto que el juez es la ancianidad reposada y ascética del abogado. A su vez, mientras el abogado, al asumir una defensa tiene su camino trazado, el juez se enfrenta a un solo deber: el juzgar, más allá de las naturales limitaciones del alma humana.
La oratoria forense se plantea no pocas veces como una negación del razonar de las personas razonables, al privilegiar el monólogo por sobre el diálogo, el cual Calamandrei busca rescatar al interior del proceso, creyéndolo encontrar, por ejemplo, en las interrupciones de los magistrados, las que si bien pueden resultar en desmenuzar el discurso en un diálogo, no obstan a que, en definitiva, quien gane sea la justicia aun en desmedro de la oratoria forense.
En su monólogo el abogado debe actuar probamente, sin traicionar a la verdad y encontrando en ocasiones en el silencio el deber de patrocinio hacia su cliente. Su discurso debe ser breve y claro.
El lenguaje, a su vez, es un resultado que brota sólo de un pensamiento debidamente estimulado, a lo cual, sin duda, contribuyen los estudios jurídicos. La somnolencia de los magistrados es analizada en el estudio de cierta inmovilidad de los jueces en la audiencia pública, a cuya promoción contribuye la estructura de los discursos y cuyo disimulo no pocas veces logran los jueces que asisten a las audiencias con anteojos negros.
 En la revisión de ciertas relaciones entre los abogados y la verdad, Calamandrei analiza la obligada parcialidad del defensor, cuya ausencia "no sólo constituiría una embarazosa repetición del juez, sino que sería el peor enemigo de éste", al favorecer, creyendo ayudar a la justicia, el triunfo de la injusticia contraria.
Se revisa el concepto de la verdad y su interpretación, sus lecturas que permiten captar diversas formas y elementos en un mismo objeto sin distorsionarlo, lo que no se traduce, ciertamente, en la invención de hechos inexistentes, ya que, de ser así, "el abogado, como el historiador, traicionaría su oficio si alterase la verdad relatando hechos inventados; no la traiciona en cambio mientras se limita a recoger y a coordinar, de la cruda realidad, sólo aquellos aspectos que favorecen su tesis".
En la revisión de ciertas aberraciones de los clientes que los jueces deben recordar en disculpas de los abogados, Calamandrei desnuda la diferencia existente entre el gran abogado según el público y aquel que en realidad lo es, el cual debe ayudar a los jueces a decidir según justicia y a los clientes a hacer valer sus propias razones.
En el estudio de ciertas consideraciones sobre la denominada litigiosidad destaca que "el abogado probo debe ser, más que el clínico, el higienista de la vida judicial", evitando así el excesivo recurso al litigio, lo cual, sin embargo, no es necesariamente un signo negativo ya que muchas veces "el recurrir a los tribunales prueba una firme decisión de defender el orden social contra los atropelladores y una sana confianza en la administración de la justicia".
En tal sentido, agrega Calamandrei que "el día en que los tribunales se cerraran por falta de pleitos, no sabría si alegrarme o entristecerme; me alegraría si, en un mundo en que ya no se hallara a nadie dispuesto a ser injusto con los demás, ello significara el advenimiento del amor universal: me apenaría si, en un mundo en que ya no se hallara a nadie dispuesto a rebelarse contra la injusticia de los demás, ello significara el triunfo de la universal cobardía"

En el análisis de las predilecciones de abogados y jueces por las cuestiones de derecho o por las de hecho Calamandrei reivindica la importancia de la cuestión probatoria, base para una sentencia justa y no meramente bella, y en cuya construcción el juez desempeña un rol fundamental en especial en aquellos medios de prueba que, como la testifical, se suelen asociar con posibles abusos a la fe procesal. En tal sentido, "un juez sagaz, resuelto y voluntarioso, que tenga experiencia del alma humana, que disponga de tiempo y no considere como mortificante trabajo de amanuense el empleado en recoger las pruebas, consigue siempre obtener del testigo, aún del más obtuso y del más reacio, alguna preciosa partícula de verdad"

En la revisión del sentimiento y de la lógica en las sentencias, Calamandrei se cuestiona la tradicional lógica del silogismo, destacando el rol que tienen al juzgar la intuición y el sentimiento, lo que le lleva a sugerir que más de alguno diría que "sentencia deriva de sentir". A su vez, no siempre existe una coincidencia entre sentencia bien motivada y sentencia justa, incluso, en ocasiones, "una motivación difusa y muy esmerada, puede revelar en el juez el deseo de disimular, ante sí mismo y ante los demás, a fuerza de arabescos lógicos, la propia perplejidad".
La lógica, además, no puede desconocer el contexto social en que se aplican las normas.

Del amor de los abogados por los jueces y viceversa habla del respeto mutuo entre ellos existentes, de los secretos empeños de los abogados que revelan una admiración profunda por el oficio judicial y de algunas prácticas que indican como debe desenvolverse una relación fluida entre ambos.
En la revisión de las relaciones entre la justicia y la política, inevitablemente Calamandrei reflexiona sobre la evolución de la jurisprudencia judicial bajo el fascismo. A tal respecto, señala que "hubo durante el fascismo, y en número superior al que se podría pensar, magistrados heroicos, dispuestos a perder el puesto y aun a afrontar el confinamiento, con tal de defender su independencia; y hubo una gran cantidad de magistrados adictos a las leyes y dispuestos, sin discutir el régimen de que emanaban, a aplicarlas con decorosa imparcialidad. Pero asimismo hubo, desgraciadamente, algunos magistrados indignos, que por escalar las más elevadas posiciones vendían sin escrúpulos su conciencia". Sin embargo, agrega que no puede dejar de reconocer lo difícil que es administrar justicia en tales circunstancias y, en general, hacerlo de forma tal de separarse de "sus propias opiniones políticas, su fe religiosa, su condición económica, su clase social, sus tradiciones regionales o familiares y hasta sus prejuicios y fobias".
En el análisis del sentido de responsabilidad y del amor a la vida tranquila o del orden judicial, que en
palabras de Calamandrei no es una rama de la burocracia sino una orden religiosa, relata las mayores
exigencias que supone el oficio judicial, al decir que "tan elevada es en nuestra estimación la misión del juez y tan necesaria la confianza en él, que las debilidades humanas que no se notan, o se perdonan en cualquier otro orden de funcionarios públicos, parecen inconcebibles en un magistrado".
En el estudio de la independencia o del conformismo y en general del carácter de los jueces, Calamandrei denuncia la indolencia y el desgano en la labor judicial así como sus dificultades, las que exigen comprender pero dentro de los límites fijados por la ley. De hecho, señala Calamandrei, "si el juez comprendiera lo que hay más allá, posiblemente no la podría aplicar con tranquilidad de conciencia".
En la revisión de ciertas servidumbres físicas, comunes a todos los mortales, a las cuales tampoco los
magistrados pueden sustraerse, Calamandrei revisa la agudeza necesaria pero, a la vez, frágil de los sentidos como lo es el de la audición así como las no menos relevantes exigencias del alimento que retarda el alegato que se extiende.
En el estudio de la arquitectura y del moblaje forenses, Calamandrei reflexiona sobre las mesas, crucifijos y salas que constituyen el escenario judicial.
En la revisión de ciertas tristezas y de ciertos heroísmos de la vida de los abogados, el autor nos presenta a los tribunales como aquellos grises hospitales de toda la humana corrupción, en los cuales los jueces se enfrentan al drama de su soledad, la contemplación de las tristezas humanas y la llegada de la costumbre, hábito que hace perder el sentimiento casi religioso que representa el juzgar.
Finalmente, en de una cierta coincidencia entre los destinos de los jueces y de los abogados une a ambos en un diálogo que termina por reflejar los indisolubles lazos que existen entre ambos.
Recordar una nueva edición de una obra ya pronta a cumplir medio siglo de vida se acerca más a un
homenaje que a un comentario.
Francia Carolina Vera Valdes

LEGADO

 El tiempo no ha borrado la fuerza de sus palabras y, por el contrario, ellas han sido potenciadas, transformándose en iconos de la ciencia procesal. En sus escritos Calamandrei nos evoca, enriqueciendo el ensayo con los toques de la crónica, su visión del mundo forense. Si bien, siguiendo a Walter Benjamin, la paradoja de la narración en cuanto repetición de algo irrepetible como lo es la experiencia podría hacer pensar en una reflexión lejana, ésta, sin embargo, se reconstruye con la visión del lector, el que ha hecho de la obra un clásico, el que es posible asociar a la pluma de otros importantes autores que han contribuido a construir una suerte de oda a la profesión jurídica, tales como Eduardo Couture con los mandamientos del abogado y Ángel Ossorio con el Alma de la Toga.

La obra de Calamandrei permanece vigente como viva crítica de problemas que todavía afectan el ámbito de lo jurídico, desde luego en Demasiados Abogados y en la Universidad del Mañana, así como también en el Elogio de los Jueces.
Lo sorprendente de la obra reside en que habiendo transcurrido varias décadas  del fallecimiento de Piero Calamandrei, no ha perdido su fuerza, sino mas bien lo contrario, ya que sus contenidos, con las necesarias adaptaciones de tiempo y lugar, constituyen enseñanzas plenamente aplicables para quienes desarrollamos nuestra tarea en el foro, y digo "enseñanzas" porque a través de sus reflexiones (algunas con alto contenido poético) los abogados podemos conocer la perspectiva con la que los jueces ven nuestro trabajo en el foro (y viceversa), siempre desde una visión de ineludible y necesaria compenetración entre ambas figuras forenses.
En efecto, en el Elogio de los Jueces temas como la administración de justicia en sistemas autoritarios, el decoro de los magistrados en su vida privada y el carácter necesariamente dinámico de la jurisprudencia, entre otras muchas materias, revelan la actualidad de sus ideas en el Chile de hoy, las que aparecen expresadas con un genio y una pasión que exhala vida, así como con un estilo diáfano y casi poético.

Extracto de su libro

Para concluir y para dar un empujoncito a aquellos que os atraiga la idea de embarcaros en su lectura os dejo algunas píldoras del libro. Juzgar vosotros mismos.

"Todo abogado vive en su patrocinio ciertos momentos durante los cuales, olvidando las sutilezas de los Códigos, los artificios de la elocuencia, la sagacidad del debate, no siente ya la toga que lleva puesta ni ve que los jueces están envueltos en sus pliegues; y se dirige a ellos mirándoles de igual a igual, con las palabras sencillas con que la conciencia del hombre se dirige fraternalmente a la conciencia de su semejante para convencerlo de la verdad. En estos momentos la palabra "justicia" vuelve a ser fresca y nueva como si se pronunciase entonces por primera vez; y quien la pronuncia siente en la voz un temblor discreto y suplicante como el que se siente en las palabras del creyente que reza. Bastan estos momentos de humilde y solemne sinceridad humana para limpiar a la abogacía de todas sus miserias".

"Sería útil que, entre las varias prueban que los candidatos a la abogacía hubiesen de superar con el fin de ser habilitados para el ejercicio de la profesión, se comprendiese también una prueba de resistencia nerviosa como la que se exige a los aviadores aspirantes. No puede ser un buen abogado quien está siempre dispuesto a perder la cabeza por una palabra mal entendida, o que ante la villanía del adversario, sepa reaccionar solamente recurriendo al tradicional gesto de los abogados de la vieja escuela de agarrar el tintero para tirarlo. La noble pasión del abogado debe ser siempre consciente y razonable; tener tan dominados los nervios, que sepa responder a la ofensa con una sonrisa amable y dar las gracias con una correcta inclinación al presidente autoritario que le priva del uso de la palabra. Observo siempre la vociferación no es indicio de energía y que la repentina violencia no es indicio de verdadero valor; perder la cabeza durante el debate representa casi siempre hacer perder la causa al cliente".

Óptimo es el abogado de quien el juez, terminada la discusión, no recuerda ni los gestos, ni la cara, ni el nombre; pero recuerda exactamente los argumentos que, salidos de aquella toga sin nombre, harán triunfar la causa del cliente"

"La justicia no sabe qué hacer con aquellos abogados que acuden a los Tribunales, no para aclarar a los jueces las razones del cliente, sino para mostrarse y poner de manifiesto sus propias cualidades oratorias. El defensor debe tratar únicamente de proyectar sus dotes de claridad sobre los hechos y sobre los argumentos de la causa, y de mantener en la sombra la propia persona, a la manera de esos modernísimos mecanismos de iluminación, llamados difusores, que escondiendo la fuente luminosa, hacen aparecer las cosas como transparentes por su agradable fosforescencia interna. Al contrario de las lámparas de luz directa, prepotentes y descaradas: que deslumbran a quien las mira y alrededor sobre los objetos, no se ve más que oscuridad".

"Sin probidad, no puede haber justicia; pero probidad quiere decir también puntualidad, que sería una probidad de orden inferior a utilizar en las prácticas secundarias de administración ordinaria. Esto puede referirse también al abogado cuya probidad se revela en forma modesta, pero continua, en la precisión con que ordena los traslados, en la compostura con que viste la toga, en la claridad de su escritura, en la parsimonia de su discurso, en la diligencia con que atiende a presentar los escritos en el plazo señalado. Y esto, sin ofensa de nadie, se dice también a los jueces, cuya probidad no consiste solamente en no dejarse corromper, sino también, por ejemplo, en no hacer esperar dos horas en el pasillo a los abogados y a las partes citadas para dar principio a una prueba testifical".

"Es posible que el oficio del abogado exija más ingenio y más fantasía que el del juez; hallar los argumentos, que es trabajo del abogado, es, técnicamente, más arduo que escoger entre los ya expuestos por los defensores. ¡Pero qué angustia, qué responsabilidad moral en esta selección! El abogado, cuando ha aceptado la defensa de una causa, tiene su camino trazado; puede estar sereno como el soldado en la trinchera, al cual la tronera indica hacia qué parte debe disparar. Pero el juez, antes de decidirse, tiene necesidad de una fuerza de carácter que puede faltar al abogado; debe tener el valor de ejercitar la función de juzgar, que es casi divina, aunque sienta dentro de sí todas las debilidades y acaso todas las bajezas del hombre; debe tener el dominio de reducir a silencio una voz inquieta que le pregunta lo que habría hecho su fragilidad humana si se hubiese encontrado en las mismas condiciones del justiciable; debe estar tan seguro de su deber, que olvide, cada vez que pronuncia una sentencia, la amonestación eterna que le viene de la Montaña: No juzgar".

"El abogado que habla tiene la sensación casi acústica de los momentos en que su palabra llega a convencer al juez, y de aquellos en que lo deja en duda y hasta le molesta. Es como un fenómeno de resonancia: a veces se siente que los argumentos que salen de la boca del abogado están al unísono con la disposición del juez y le hacen vibrar; otras, su voz resuena falsa y sin eco, como aislada en el vacío. Y cuando más fuerza el abogado el tono, tratando de superar lo molesto de este aislamiento, tanto más se le hace imposible ponerse a tono con quien lo escucha".

"La burla más maligna que un juez puede hacer a un abogado, es dejarle hablar sin interrumpirle cuando se da cuenta de que dice cosas inútiles o perjudiciales a la defensa que sostiene"

"Para juzgar la utilidad procesal de los abogados es necesario no mirar al defensor aislado, cuya actividad unilateral y parcial, tomada en sí, puede parecer hecha exprofeso para desviar a los jueces de su camino, sino que se hace preciso considerar el funcionamiento en el proceso de dos defensores contrapuestos, cada uno de los cuales con su propia parcialidad, justifica y hace necesaria la parcialidad del contrario"

"Imparcial debe ser el juez, que es uno, por encima de los contendientes; pero los abogados están hechos para ser parciales, no sólo porque la verdad se alcanza más fácilmente escalándola desde dos partes, sino porque la parcialidad del uno es el impulso que engendra el contraimpulso del adversario, el empuje que excita la reacción del contrario y que, a través de una serie de oscilaciones casi pendulares, de un extremo al otro, permite al juez hallar lo justo en el punto de equilibrio. Los abogados proporcionan al juez las sustancias elementales de cuya combinación nace en cierto momento, en el justo medio, la decisión imparcial, síntesis química de dos contrapuestas parcialidades. Deben ser considerados como "par" en el sentido que esta expresión tiene en mecánica: sistema de dos fuerzas equivalentes, las cuales, obrando sobre líneas paralelas en dirección opuesta, engendran el movimiento, que da vida al proceso, y encuentra reposo en la justicia".

"Se dice que los abogados no aman a los jueces todo lo que éstos se merecen. Y, sin embargo, yo conozco ciertos defensores que, para mejor persuadir a los jueces, con la dulzura de su acento, con la armonía del gesto y con la graduación de sus sonrisas, aprenden de memoria sus discursos y los ensayan delante del espejo. ¿Qué enamorado llegaría a tal paroxismo de sumisión, hasta preparar de esta manera las frases irresistibles que habrá de susurrar a su amada?"

"Preguntó un joven abogado, que tenía el celo del neófito: - He defendido tres pleitos: en dos de los cuales estaba convencido de tener razón, he trabajado muchas semanas para preparar largos escritos, todos llenos de admirable doctrina; en el tercero, en que me parecía no tenerla, me he limitado a echar fuera cuatro líneas para preparar una prueba testifical; los dos primeros los he perdido; el tercero lo he ganado".

BIOGRAFÍA

Piero Calamandrei (Florencia; 1889 - 1956) fue un jurista, político y periodista italiano, considerado como uno de los padres de la Constitución de 1948. Se recibió de abogado en Pisa en 1912; en 1915 fue nominado por concurso público profesor de derecho procesal civil en la Universidad de Messina; en 1918 fue llamado a la Universidad de Modena, en 1920 a la de Siena y en 1924 a la nueva Facultad de derecho de Florencia, donde tuvo hasta su muerte la cátedra de derecho procesal civil. Su fama se debe tanto a su obra política como a su obra jurídica como procesalista.

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