Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes; Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez; Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo Price Toro; Julio César Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio Ernesto Hernández Jara; Demetrio Protopsaltis Palma;Nelson Gonzalez Urra ; Ricardo Matias Heredia Sanchez; Alamiro Fernandez Acevedo; Soledad García Nannig; Paula Flores Vargas;
|
El caso homicidio Alice Meyer. |
LAS VERSIONES El abogado de la familia Santander inmediatamente asumió sus funciones y realizó un exhaustivo estudio de la situación, dando a conocer tanto a la justicia como a la prensa las actividades y horarios que, según ellos, realizó Mario Santander el día del asesinato de Alice Meyer. Lo que a su juicio realizó el empresario aquel día fue resumido de la siguiente manera: 9.30-14.30: Santander se habría encontrado en un campeonato de golf en el sector de la Dehesa. 14:30-15.30: Ya llegando a su hogar ubicado en el condominio familiar de calle Raúl Labbé 14000, habría dormido una siesta alrededor de una hora. 15:30-18:30: Posteriormente, luego de aquel corto descanso se habría levantado para aprontarse a jugar con sus niños hasta que a las 18.30. 18:30-23:30: Habría detenido el juego con sus hijos para proyectar una película que verían los invitados a un asado que se realizaba en la casa de sus padres, colindante a la suya, y del mismo condominio que compartían exclusivamente los Santander. El asado se habría prolongado hasta las 23.30 horas y Mario Santander habría compartido aquel momento de relajo junto a sus más cercanos. El abogado insistía tajantemente en la absoluta inocencia de su defendido y recalcaba que él no pudo haber salido en ningún momento de la casa sin ser visto ya que los invitados tenían amplia visión hacia el portón metálico que era la única salida posible hacia el exterior. Apoyaba su afirmación en que por lo menos una veintena de personas podían acreditar tal versión. Para muchos, fue a lo menos curioso que la mayoría de estos entusiastas testigos fuesen familiares muy cercanos, tales como; su esposa, hermanos, padres, primos, cuñados, etc. Además Miranda Carrington alegaba que quienes reconocían a Santander como culpable lo hacían tan solo por el hecho de que el empresario tenía un prototipo físico común y desestimaba la docena de testimonios que lo sindicaban como el misterioso compañero de Alice aquel fatídico 15 de diciembre. En tanto, los testigos que presentaba la familia Meyer como la parte querellante era gente humilde que en su mayoría no tenía relación con Alice o entre ellos. De estos numerosos testimonios, se hallaban el del cuidador de una parcela, el portero del Santuario de la Naturaleza, la propietaria de un pequeño quiosco, los ocupantes de un jeep Toyota que paseaban por el lugar, un cadete militar y su novia, una dueña de casa, un auxiliar de escuela, entre otros, quienes unánimemente aseguraban haber visto a Alice esa tarde en su moto acompañada de un hombre, al que reconocían como Mario Santander. 4.1 Los abogados Los testimonios que apuntaban a la culpabilidad del empresario tomaban cada vez más fuerza y a nivel social ya se hacía imposible no verlo como el asesino de la joven de ascendencia alemana. Mientras tanto, y coincidentemente con el primer aniversario de la muerte de Alice, en diciembre de 1986, el juez Fernando Soto Arenas dictó trece órdenes de detención por perjurio y falso testimonio en contra de las personas, del círculo más cercano de los Santander, que declararon haber compartido con el empresario el día del crimen, insistiendo en la total inocencia del inculpado. El dictamen del juez causó un enorme revuelo, sobre todo por la alta posición social de los acusados, entre los que se hallaban médicos, la gerente del Banco Central, la vicepresidenta de una asociación de ahorro y préstamo, entre otros. Ellos, por su parte, recurrieron para su defensa a renombrados penalistas que inmediatamente interpusieron recursos de amparo en su favor, buscando cualquier resquicio legal para apelar a la inocencia de sus representados. Los cuñados de Mario Santander Infante, Jaime Didier y Carlos Sepúlveda Seaman, se encontraban en aquel grupo de personas que eran acusadas de falso testimonio, siendo representados por el abogado Luis Ortiz Quiroga, que más tarde, durante el gobierno de Eduardo Frei Ruiz-Tagle, sería elegido Presidente del Directorio de Televisión Nacional de Chile y entre los trabajos que realizaría más adelante se encontraban importantes casos judiciales, como por ejemplo: – Caso Chispas, donde fue defensor de Endesa Chile – Caso Corfo, actuó como defensor de Enzo Bertinelli – Caso Cura “Tato”, fue defensor de los sacerdotes José Andrés Aguirre, cura “Tato” y Fernando Karadima, ambos acusados de pederastia. – Caso Guzmán, fue defensor del Ministerio del Interior y del subsecretario Jorge Burgos; fue defensor de los ex dirigentes de la Unidad Popular Luis Corvalán y José Cademártori durante el Régimen Militar. – Caso Colonia Dignidad, como representante de la comunidad alemana. – Defensor de funcionarios del Ministerio de Obras Públicas en los casos de sobresueldos. – En 2010 defiende al sacerdote Fernando Karadima Mientras tanto, su tía política, Teresa Campbell junto con su esposo Pablo Infante Vergara buscaban el apoyo legal en el renombrado abogado Luis Bates, quien en el 2003 fue nombrado Ministro de Justicia en el gobierno de Ricardo Lagos, ministerio que se vio fuertemente marcado en sus inicios por los escándalos de corrupción que involucraban a personeros de Gobierno. Además, entre sus trabajos más relevantes estuvo el haber integrado el Consejo de Defensa del Estado por 35 años donde fue su presidente entre los años 1993 y 1996. Por su parte, Sonia Kreft, amiga de la familia contrató los servicios del abogado Davor Harasic, que sería reconocido por hacerse cargo del caso “Pinocheques” como abogado del Consejo de Defensa del Estado, pero debió dejarlo a petición del entonces Presidente Frei, quien cerró el sumario en 1995 “por razones de Estado”. Luego, fue duramente cuestionado por su estrecha relación con Pablo Rodríguez Grez, el entonces abogado del General Pinochet, siendo su más férreo aliado en la candidatura a decano, en la que Harasic se presentó en la Pontificia Universidad de Chile. 4.2 Presiones Así el tiempo transcurría, los testigos aparecían, las declaraciones que apoyaban al empresario eran fuertemente cuestionadas, la opinión pública sacaba sus propias conclusiones y Mario Santander continuaba detenido. Rosa Jara mantenía sus dichos y estaba segura de lo que había visto, cuando una tarde de forma inesperada golpearon enérgicamente su puerta, ella abrió un tanto exaltada encontrando en la mampara de la puerta a una mujer que claramente no era de su entorno social. Rosa la saludó en espera curiosa por saber a qué se debía aquella extraña visita. La mujer se identificó como hermana de Mario Santander y le rogó amablemente que se dirigiera donde el juez de la causa para retractarse de sus dichos. Rosa sorprendida por la petición se negó a ir contra sus principios y mentir, aun cuando en ese momento sentía un tanto de empatía por el desesperado estado de la mujer. La amabilidad de la mujer empezó a mutar en agresividad, debido a la negativa de Rosa, y con un tono de soberbia, segura de no ser rechazada, le ofreció quinientos mil pesos. Rosita se mantenía firme en su postura, incluso al escuchar esa cifra que el aquel tiempo, y debido a su precaria situación económica, le resultaba una fuerte suma. La mujer, frente al rechazo, se retiró indignada propinando todo tipo de amenazas. Fue justo ahí, cuando recién Rosa entendió que su tranquilidad se vería amenazada, temiendo por su integridad y la de su familia. Ruth Molina, en tanto, desde su vereda vivía una situación parecida. Comenzaba a recibir llamados telefónicos un tanto extraños. Como su casa fue una de las primeras que tenía teléfono, cuando sonaba todos los niños salían corriendo a contestar, sin embargo nunca hablaban y sólo cortaban. Luego empezaron extrañas visitas en la noche, automóviles sacaban fotos a la casa y las llamadas no paraban. La situación se complicó aún más cuando un día la profesora jefe de su hijo Víctor, Elizabeth Rojas, del colegio Diego Aracena, habló con Ruth para decirle que temía por él y por sus hermanas, ya que frecuentemente veía como misteriosos automóviles estacionados afuera del colegio que los esperaban y observaban cuando salían, no sabía si era para seguirlos o tan solo intimidarlos. Una noche una llamada despertó a la familia Cabrera, solo se encontraba Ruth con sus hijos puesto que su esposo, como trabajaba de camionero, pasaba más tiempo viajando que en casa. Al otro lado de la línea solo se sentían ruidos como de disparos, lo que alertó definitivamente a Ruth, pidiendo vigilancia policial. Y así estuvieron; con un carabinero de punto fijo las 24 horas en su casa. La situación no parecía auspiciosa, no obstante, pasado un tiempo las cosas se calmaron, se acabó la vigilancia policial y todo siguió como si nada, con la salvedad que Ruth debía ir a declarar con regularidad. Ruth no podía obviar que el miedo ya se estaba apoderando de ella, pensaba en su pequeño hijo Víctor, el mismo que tanto había disfrutado de montar aquella Kawasaki roja el día en que Alice desapareció y sentía como aquellos métodos de intimidación, ya iban causando efecto. Rosa, por su parte, trataba de continuar su vida de manera normal, trabajando, llevando a sus hijos a la escuela, yendo de compras, o cualquier otra actividad que le hiciera olvidar aquel miedo que aún la acompañaba. Ya no era solo una visita, eran varias y cada vez más frecuentes, pero frente a la rotunda negativa de Rosa la mujer ya no apareció más en su puerta. Pensó que lo peor ya había pasado, que tal vez aquellas amenazas eran infundadas producto de la desesperación y trató de olvidar, aunque debía seguir yendo a declarar cada vez que era requerida, para mantener celosamente su versión de los hechos. Los Meyer, mantenían su más férreo apoyo a todas las pericias que realizaba la OS7 con el convencimiento absoluto de la culpabilidad de Mario Santander Infante, sensación que se corroboraba al ser también presa de continuos hostigamientos telefónicos, en el que eran amenazados incluso de muerte si mantenían la postura de acusar al empresario que se encontraba detenido. Esto no lograría intimidarlos, para los Meyer era una prueba más de que iban por el camino correcto. Para ellos, no había duda alguna de quien era el culpable. Tenían todas sus esperanzas cifradas en el juez Fernando Soto Arenas y en quienes él había designado para llegar a la verdad, el OS7. Fue así, como un día José Meyer contestó el teléfono, esperando encontrarse nuevamente con amenazas, pero la voz era distinta, hasta amable, se trataba de una mujer que se identificaba como María Angélica Vargas, esposa de Mario Santander. Ella le pedía que se reunieran porque necesitaba conversar con él. José Meyer sólo escuchaba y la voz le parecía de una persona profundamente acongojada. José tuvo la impresión de que la mujer por fin confesaría que la versión del asado familiar era tan solo un montaje para proteger a su esposo y terminaría aclarándose todo, así que accedió, sin antes aceptar la única y encarecida condición que María Angélica le solicitaba, asistir solo a aquel hotel que ella le especificaba. Tras la llamada telefónica, el padre de Alice le contó al instante a la familia lo que acababa de suceder para posteriormente llamar al OS7 y decidir conjuntamente de qué forma proceder. El OS7, junto con su familia, equipó a José Meyer con toda la tecnología disponible de ese entonces para poder grabar la conversación y despacharlo hasta el punto de encuentro donde debía ir solo. José iba incómodo con tanto aparataje en su cuerpo y los nervios no le permitían pensar tan claro como necesitaba hacerlo en tal importante ocasión. Al llegar, saludó brevemente a la mujer, quien lo invitó a tomar asiento para conversar. El padre de Alice, nervioso por no ser descubierto portando las grabadoras y los cables que lo cubrían, no lograba prestar la suficiente atención a lo que María Angélica le quería decir. Por una parte, le pedía que desistieran con las acciones judiciales y, por otra, parecía reconocer la culpabilidad, pero siempre siendo meticulosa en el uso de sus palabras por lo que José no lograba descifrar exactamente a qué apuntaba la conversación. Hasta que repentinamente, tras mucho preámbulo, la mujer le insinuó que arreglaran el asunto extrajudicialmente. Tal proposición, molestó de tal forma al progenitor de Alice que se retiró indignado y ofendido por lo que acababa de escuchar sin siquiera haber finalizado aquel encuentro. Paralelamente en la casa de los Meyer la histeria se hacía generalizada, ya que no podían contener lo que sentían, pensaban que, tal vez, esta conversación sería el inicio de la justicia. Con aquello se acabaría la tortura que llevaban tantos meses soportando y sería la pieza clave para llegar a la anhelada verdad. José retornaba a su hogar con una sensación amarga de no haber escuchado algo que permitirá explícitamente dilucidar el caso, pero confiaba en que con lo que ya se tenía en las grabadoras pudiera haber alguna frase que llevara a reafirmar la culpabilidad de quien él estaba seguro había asesinado a su hija. Lamentablemente, eso nunca se concretó, ya que debido a la precaria tecnología que contaba el OS7 las grabadoras no funcionaron correctamente cuando debían hacerlo y los peritos fueron incapaces de reproducir la conversación. En tanto, las ruedas de reconocimiento se volvían cada vez más complejas debido a los cambios físicos que Mario Santander experimentaba en cada una. De ser un joven corpulento, con bigotes gruesos y cabello oscuro frondoso, pasaba a estar mucho más delgado, sin bigotes, en incluso pelo corto haciendo complicado el reconocimiento de aquellos que lo vieron con su apariencia habitual. De esto fue testigo el Juez Fernando Soto Arenas, que veía como antes sus ojos Mario Santander cambiaba intencionalmente en cada reconocimiento y se presentaba silencioso, inmutable y frío en sus tratos. Aún así los testigos lo sindicaban indudablemente como el joven que habían visto. 3 La acusación Mientras todo transcurría entre acusaciones de falso testimonio, hostigamientos y amenazas, ahora las miradas giraban desde Mario Santander al juez de la causa Fernando Soto Arenas. Esto puesto que, desde la defensa del acusado, comenzaron a surgir serias críticas a la idoneidad del magistrado como instructor de la causa hasta el grado de ser acusado formalmente de prevaricación, es decir, del delito consistente en dictar a sabiendas una resolución injusta. Esta acusación se realizó, a pesar que en la prensa se lo catalogaba como un juez acucioso y se le atribuía un importante celo profesional para resguardar el expediente de las filtraciones públicas, con el objetivo de mantener la rigurosidad de la causa. Así, habiendo transcurrido un año y medio de la apertura del caso el juez ya era una figura controvertida. La acusación de la defensa que pedía la inhabilitación del magistrado atribuyéndole haber tomado partido abiertamente por la culpabilidad de Mario Santander, empezó a tomar mayor fuerza cuando el director de Investigaciones, Fernando Paredes, presentó, paralelamente con la defensa, una queja disciplinaria en su contra por sacar a su institución del caso y poner en su reemplazo al OS7. Toda esta batahola concluyó abruptamente cuando el 15 de junio de 1987 Soto Arenas es removido del proceso Meyer y se designada como ministra en visita extraordinaria a la magistrada Raquel Camposano, reconocida por ser una denodada defensora del General Pinochet. El juez, relegado del caso negaba absolutamente todo tipo de acusación y nunca se pudo demostrar su participación en los temas que se le responsabilizaba, incluso la Corte Suprema, posteriormente, negaría las acusaciones que se le hacían ratificando su inocencia. Aún así, con todo esto a su favor, no fue reintegrado a la causa dejando todo su trabajo en las manos de la jueza Camposano. Raquel Camposano era conocida como la jueza de hierro, con una personalidad que intimidaba incluso a sus más cercanos hacía augurar que llevaría al caso con profesionalismo y pulcritud. |
CAPÍTULO 5 COMIENZA EL DESENLACE Ya con 19 meses como reo, Mario Santander vislumbraba una salida, cuando la jueza Camposano al mando del caso decide retirar de las pericias al OS7 para instalar nuevamente a Policía de Investigaciones. Es en este escenario que los testigos que aseguraban haber visto al empresario iban echando pie atrás uno a uno y declarando sin justificación alguna haber mentido. Hasta “Topo Gigio” que siempre aseguró haber sido testigo ocular del asesinato, ahora se retractaba de sus dichos. Una de las tantas personas que se retractó fue precisamente Ruth Molina. Todo empezó una vez que estando en su casa y atendiendo el negocio recibió una llamada telefónica amenazando de muerte si mantenía sus declaraciones. El llamado logró su cometido y Ruth se desdijo cambiando su versión. Declaró que todo era mentira, añadiendo que jamás nadie estuvo ese día en la casa y que no existía ninguna moto ni hombre alto de bigotes. Todo esto para proteger a su familia y a su propia integridad física. No parecía haber una respuesta clara para lo que estaba ocurriendo, pero el panorama repentinamente se transformaba para inclinarse a la inocencia de Mario Santander y con ello favorecer a los testigos de éste que ya se encontraban impune de la acusación de falso testimonio que se les había presentado por el magistrado anterior. La opinión pública se hallaba conmocionada por el inesperado vuelco, todos tenían su propio punto de vista y ya se trataba de un tema obligado en el que cada uno tenía elaborada su propia teoría. Rosa Jara tampoco podía entender como tantas personas se iban retractando, dejando en el más extraño desamparo lo que ella misma había visto. Tenía muchas preguntas y confiaba en entender un poco más cuando es llamada por la jueza Camposano para presentar nuevamente su declaración. Tuvo nuevamente una rueda de reconocimiento, en la cual Rosa, a pesar del cambio físico de Mario Santander, no tuvo problema en reconocerlo tras lo cual es llamada por la jueza para conversar directamente con ella. Por supuesto, Rosa sin mayores aprehensiones, accedió. Una vez en su oficina, Rosa pudo comprobar personalmente la seriedad y frialdad con la que se le reconocía a la magistrado, cuando tras haberle contado todo lo que ella había visto ese domingo de diciembre la jueza le habría ofrecido la suma de un millón de pesos con la condición de retractarse y decir que había mentido en la declaración anterior. Impactada y algo incrédula, Rosa se negó a recibir el dinero por mentir, mientras que la jueza le habría preguntado sorprendida si no le tenía miedo a la familia. Rosa le respondió que sólo le temía a Dios. Con esas escuetas palabras, la breve reunión dio por finalizada. Rosa no podía lograba asimilar como una autoridad pudiese estar haciendo este tipo de petición, pero al mismo tiempo sentía que en el entorno político y social que vivía el país no podría buscar amparo en otro lado u organización, así que prefirió callar y hasta olvidar aquel breve pero desagradable encuentro. Rosa de esta forma entendió que aquel joven que tantas veces reconoció como el acompañante de Alice no iba a pasar mucho tiempo más tras rejas. Y no se equivocaba, durante el segundo semestre de ese año, la investigación del caso Meyer cambió continuamente de ministros y debido a que la magistrada Camposano salió con licencia médica, fue tres veces subrogada hasta que por fin reasumió el 16 octubre. Para ese entonces, la defensa de Santander había solicitado en numerosas oportunidades la libertad bajo fianza que la Corte de Apelaciones había denegado. Sin embargo, el 17 de noviembre, a un mes de haber vuelto plenamente a sus labores, la jueza Raquel Camposano finalmente acoge la petición y decreta sorpresivamente la libertad para el entonces único imputado por el asesinato de Alice Meyer. De esta manera, Mario Santander abandonaba ese mismo día la Penitenciaría. A la mañana siguiente, desde su propio hogar el empresario, asesorado por sus abogados, decide citar a una conferencia de prensa, en esta llamaba la atención la extrema serenidad del procesado al responder cada pregunta. En la conferencia, insistió categóricamente en que con él se cometió un atropello, que le pudo haber pasado a cualquiera pero que en su caso se equivocaron ya que poseía los recursos necesarios para poder defenderse. Además se refirió a la situación económica holgada de su familia, que se prestaba para especulaciones, acotando que mientras estuvo en la cárcel detenido, había aprendido la lección de que tener dinero en este país era un pecado. Los Santander estaba felices celebrando, con gran algarabía, la salida del miembro de la familia acusado de asesinato, y que por tanto tiempo estuvo en el ojo del huracán. Sin embargo, este fervor duraría muy poco ya que la Corte Suprema acogió una orden de no innovar presentada por Marcelo Cibié, abogado de la familia Meyer, que lo obligó a regresar a la Penitenciaría, fue así como esta libertad duró tan sólo 22 horas. 5.1 El nuevo rumbo de los acontecimientos Los abogados de los Santander, dejaron caer nuevamente toda su artillería para sacar de prisión al empresario que se encontraba otra vez tras las rejas. Hasta que algunas semanas más tarde, el 1 de diciembre de 1987 el procesado recibió el beneficio de la libertad provisional que le permitió abandonar la cárcel de Pedro Montt, a la que nunca más regresaría, alegando en varios medios de comunicación su más absoluta inocencia y haciendo énfasis de no sentir vergüenza por los meses que estuvo preso. Aunque estaba en libertad, esta era bajo fianza por lo que Santander tuvo que esperar un año exacto, hasta el 1 de diciembre de 1988, para que la ministra Raquel Camposano emitiera el fallo de primera instancia, absolviéndolo de toda responsabilidad en el homicidio. La magistrada estimó que los antecedentes que había no eran suficientes para acreditar su participación. Ahora los testigos que sostenían sus declaraciones iniciales eran muy pocos, entre ellos nuevamente “Topo Gigio”, quien anteriormente se había retractado. Sin embargo, para la ministra Camposano, tales declaraciones no tenían valor probatorio calificándolas como falta de veracidad, provenientes de un hombre con bajo nivel intelectual. Esto, apoyada en las declaraciones que él mismo había realizado, donde reconocía abiertamente fumar marihuana, aspirar neoprén, ingerir bebidas alcohólicas y asistir frecuentemente al sitio eriazo donde apareció el cuerpo de Alice para mirar a las parejas teniendo relaciones sexuales. Así, la jueza desestimó las declaraciones de José Contreras, que sostenían la culpabilidad de Santander, concluyendo que el hombre presentaba rasgos anormales de personalidad. De esta manera, aumentaba el número de los que se iban retractando, y los pocos que quedaban manteniendo sus declaraciones iniciales iban siendo desestimados uno a uno por la magistrado de la causa por motivos a lo menos curiosos como: por bajo nivel educacional, poco confiable, no creíble, bajo nivel cultural, etc. Entre estos casos estuvo el de Rosa Jara quien fue también desestimada, cuando la magistrado argumentó que la mujer había confundido a la pareja que vio aquel 15 de diciembre, esto a pesar que Rosa insistía en estar segura que se trataba de Mario Santander. Para ese entonces, la vida de los Santander parecía continuar ajena a los procesos judiciales que se llevaban a cabo en el ámbito público y paralelamente María Angélica Vargas, la mujer de Santander, esperaba su tercer hijo. La normalidad parecía haber vuelto a sus vidas y ya no era raro ver nuevamente a Santander jugando golf en el Club de La Dehesa. La tranquilidad que proyectaba la familia no era incongruente a lo que estaba por suceder, ni se trataba de una confianza desmedida, ya que el tiempo cerraría el caso con la balanza hacia el ahora ex-reo Mario Santander Infante. Los sucesos posteriores que permitieron la total absolución del empresario en el caso y el más oscuro olvido para encontrar al culpable del asesinato de Alice Meyer, e incluso de Delfín Díaz, ocurrieron de la siguiente manera: – Septiembre de 1989, la tercera sala de la Corte de Apelaciones confirma por unanimidad la absolución de Santander dictaminada anteriormente por la ministra Raquel Camposano. – Enero de 1991, la Corte Suprema confirma las sentencias anteriores, y en otro pronunciamiento, esta vez dividido, resolvió que un juez sustanciara un nuevo proceso para investigar, de manera circunstancial, la participación y responsabilidad de José Contreras, alias “Topo Gigio”, en el homicidio de Alice Meyer. – El 26 de febrero del mismo año, en ese mismo proceso, “Topo Gigio” se retractó declarando que había mentido y que nunca presenció el crimen, contradiciendo las múltiples declaraciones que él mismo había mantenido firmemente durante casi cinco años. Esta fue la sucesión de los hechos consecutivamente que desencadenó en que el juicio de Mario Santander, único inculpado en el asesinato de la joven deportista, quedara cerrado, no sólo eso, sino que además con sentencia ejecutoriada, lo que significa que no podía ser reabierto salvo que, con antecedentes nuevos, se intentara un recurso de revisión, que a esa altura y tras años de infructíferas diligencias terminaron por agotar a los cercanos de Alice. La familia Meyer aseguraba que prefería dejar atrás las heridas del pasado y poder aspirar a algo de paz que les permitiera realizar el real duelo que no pudieron tener en todo aquel período y que esperaban que el tiempo pudiera al menos mitigar el terrible dolor de haber perdido a una hija y hermana en la más absoluta impunidad. La misma suerte corrió la investigación de la muerte de Delfín Díaz, esta parte del proceso fue sobreseído temporalmente por la ministra Camposano. Período que resultó ser demasiado, dejándolo también en el más profundo de los olvidos con la única expectativa de esperar pacientemente su prescripción. Así, sin encontrar respuestas, y sin siquiera haber podido limpiar el nombre de su hijo, Brígida Méndez, madre de Delfín, luego de los extenuantes y difíciles acontecimientos enfermó gravemente, según sus cercanos, ansiando demostrar que su hijo no había tenido nada que ver en el homicidio de Alice y que su muerte no había sido producto de un simple suicidio. Ella, falleció con el enconado anhelo que la opinión pública supiera que aunque su familia era pobre, en ningún caso era de asesinos, como se les hizo figurar. La tristeza e impotencia nunca le permitieron retomar su cotidianeidad, hasta el punto de que sus cercanos sienten que fueron estos desoladores sentimientos los que terminaron por apagar su vida. Rosa Jara perpleja por la propuesta recibida y el desenlace inesperado del caso creyó que el asunto para ella había quedado hasta ahí, tan sólo podía sentir una profunda empatía con la familia Meyer que parecía estar destrozada por la impune situación que enfrentaban y que se había desencadenado aquel fatídico diciembre del ya tan lejano 1985. Sin embargo, Rosa no imaginaba que para ella las cosas no habían terminado en aquella oficina con la jueza Camposano, al poco tiempo se percató de que una presencia extraña parecía acompañarla para cualquier lado donde se dirigiera, desde la escuela de sus niños hasta su trabajo, o en cualquier otro lado donde estuviera. Ella terminó acostumbrándose a que durante décadas un individuo al que denominaba como “detective”, fuese su silencioso compañero que la miraba desde lejos. Rosa, al principio, con pánico trataba de escabullirse de aquel hombre, pero al correr de los años se dio cuenta que aunque no era cómoda la situación al menos había resultado ser inofensivo así que logró convivir con ello, entendiendo que no le quedaba otra opción. De alguna forma, los Meyer, ya sentían hace meses que el cúmulo de pruebas que con Soto Arenas parecía el inicio de las respuestas, se iba desmoronando en un fallo adverso. Agobiados con el acoso periodístico, y largas sesiones infructíferas de declaraciones que solo conseguían provocar más dolor, acataron el fallo con una dignidad y entereza que impresionaba a los observantes, entendiendo que aun si llegaran a dar con el real culpable. Alice ya no estaría ahí con ellos para abrazarlos como solía hacerlo. El dolor no cesaría con una sentencia justa, quizás los tranquilizaría, pero ciertamente no les devolvería aquella alegría de vivir que perdieron tan dramáticamente el día de su desaparición. Para los amigos de la joven, en tanto, lo que sucedía era irreal y aquella confianza ciega en la justicia, que en un principio abrazaban tenazmente, se disipó como si se hubiese tratado de un sueño que se interrumpe con el tenue comenzar de un nuevo amanecer. No era fácil llevar aquel dolor, para nadie resultaba sencillo tan sólo imaginar cómo sería la vida sin Alice. Y no se equivocaban, los años venideros no serían mejores que los difíciles momentos por los que ya habían atravesado. Dicen que el peor dolor en la vida es perder un hijo, José y Erika pasaron por ese sufrimiento, sintiendo como su corazón se desgarraba cada vez que algo les hacía recordar a su pequeña. Pero en su caso, el dolor cobraba más fuerza al haber sido acosados e intimidados constantemente durante aquel período. Justo cuando sentían que el dolor ya no podía ser más fuerte, aparece la irrisoria sentencia que dejaba en libertad al único hombre, que más de una docena de individuos apuntaba como el responsable de aquellos aborrecibles hechos, terminando por destruir cualquier mínimo vestigio de paz para la familia. |
CONCLUSIONES Santiago de 1985 fue el marco para uno de los asesinatos más famoso que tenga recuerdo el país, la muerte de Alice Meyer. Fue un caso marcado por extraños hechos, irregularidades en el proceso, destituciones, fuertes presiones, amenazas e intentos de soborno que terminaron por cerrar un emblemático caso sin hallar al culpable. |
Youtube. |
La Otra Frontera es un canal donde Sofía Lameiro y Georgina Moreno analizan la actualidad política, económica y social de México, para lo cual es necesario atravesar diversas fronteras: en el tiempo y la distancia. Transmitimos desde París, Francia y Guadalajara, Jalisco, México, todos los sábados de 11:00 a 12:00. |
El suicidio de santander Infante pone fin a la historia de este importante crimen.
ResponderEliminarFalta informacion y hay hechos incorrectos
ResponderEliminarHorriblemente lacerante historia inmerecida para sus victimas todas como cruel inhumana despreciable de sus victimarios amparadores encubridores todos. Alice Meyer QEPD
ResponderEliminarHago mias las opiniones vertidas anteriormente bajo unknown. mister1fv@gmail.com
ResponderEliminarQue horror... mismo modus operandi hecharle la culpa a alguien que no se pudo defender por interdicto pobre o porque justo "se suicido"...como el "caso Anfruns"...la mano de los servicios de inteligencia detras....
ResponderEliminarPero mi yo interno se cuestiona ...que habra pasado con la descendencia del Sr Santander...siempre ....siempre las pesimas acciones se pagan....lo terrible es que a veces es a traves de sus descendientes....la vida cobra