Apuntes Personales y de Derecho de las Universidades Bernardo O Higgins y Santo Tomas.


1).-APUNTES SOBRE NUMISMÁTICA.

2).- ORDEN DEL TOISÓN DE ORO.

3).-LA ORATORIA.

4).-APUNTES DE DERECHO POLÍTICO.

5).-HERÁLDICA.

6).-LA VEXILOLOGÍA.

7).-EDUCACIÓN SUPERIOR.

8).-DEMÁS MATERIAS DE DERECHO.

9).-MISCELÁNEO


martes, 10 de junio de 2014

129.-Discurso de Alejandro Lerroux (III)

  Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; -Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farias Picon; -Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo ; Francisco Moreno Gallardo ; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa ; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma ; Cristian Quezada Moreno ; Edison Reyes Aramburu ; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala ; Marcelo Yañez Garin; Katherine Alejandra Del Carmen  Lafoy Guzmán; 


La rebeldía
1906-09-01 - Alejandro Lerroux

Si habéis de ingresar en una disciplina rutinaria y atávica, de jerarquías y de pontífices, de adhesión incondicional y de respeto sin límites; si venís a continuar la obra deI pasado… jóvenes, plegad la roja bandera, dejad vírgenes las cuartillas. poneos los manguitos y voIved al escritorio, vestíos la blusa y volved al mostrador, coged los libros y volved a la escuela donde se fabrican hombres de provecho sobre los textos de la tradición.

Pero si de verdad se ha encendido en vuestro corazón el fuego de la santa rebeldía, andad, seguid. seguid adelante sin parar, hasta que caigáis reventados en el camino o hasta que os salgan las barbas malditas de los hombres, donde hizo presa Dalila para rendir la fortaleza humana.
Rebelaos contra todo : no hay nada o casi nada bueno.
Rebelaos contra todos : no hay nadie o casi nadie justo.
Si os sale al camino un mozo y os dice : jóvenes. respetad a los viejos, decidle : mozo, entierra a tus muertos. donde no les profanen los vivos.
Si os apostrofan los genios alarmados de vuestra irrupción impetuosa y resonante. contestadles : somos la nueva vida. Adán nace otra vez.
Llevad con vosotros un bolsillo de respetos y un costal de faltas de respeto. El respeto inmoderado crea en el alma gérmenes de servidumbre.
Sed arrogantes como si no hubiera en el mundo nadie ni nada más fuerte que vosotros. No lo hay. La semilla más menuda prende en la grieta del granito, echa raíces, crece, hiende la peña, rasga la montaña, derrumba el castillo secular… triunfa.
Sed imprudentes, como si estuvieseis por encima del Destino y de la Fatalidad.
Sed osados y valerosos, como si tuviéseis atadas a vuestros pies la Victoria y la Muerte.
Sois la vida que se renueva. la naturaleza que triunfa. el pensamiento que ilumina, la voluntad que crea, el amor eterno…
Luchad. hermosa legión de rebeldes, por los santos destinos. por los nobles destinos de una gran raza, de un gran pueblo que perece, de una gran patria que se hunde.
Levantadles para que se incorporen a la Humanidad, de la que están proscriptos hace cuatrocientos años.
Jóvenes bárbaros de hoy, entrad a saco en la civilización decadente y miserable de este país sin ventura, destruid sus templos, acabad con sus dioses, alzad el velo de las novicias y elevadlas a la categoría de madres para virilizar la especie, penetrad en los registros de la propiedad y haced hogueras con sus papeles para que el fuego purifique la infame organización social, entrad en los hogares humildes y levantad legiones de proletarios, para que el mundo tiemble ante sus jueces despiertos.
Hav que hacerlo todo nuevo, con los sillares empolvados, con las vigas humeantes de los viejos edificios derrumbados, pero antes necesitamos la catapulta quc abata los muros y el rodilIo que nivele los solares.
Descubrid el nuevo mundo moral y navegad en su demanda, con todos vuestros bríos juveniles, con todas vuestras audacias apocalípticas.
Seguid, seguid…. No os detengáis ni ante los sepulcros ni ante los altares.No hay nada sagrado en la tierra, más que la tierra y vosotros que la fecundaréis con vuestra ciencia. con vuestro trabajo, con vuestros amores.
La Humanidad tiene una humilde representación en este extremo de Europa. tenido como un puente para pasar al Africa. Es la vieja patria ibera,la madre España. que baña sus pies en dos mares y ciñe a su frente la diadema de los Pirineos.
Ni el pueblo, dieciocho millones de personas, ni la tierra, 500.000 kilómetros cuadrados. están civilizados.El pueblo es esclavo de la iglesia : vive triste, ignorante, hambriento, resignado. cobarde, embrutecido por el dogma y encadenado por el temor al infierno. Hay que destruir la iglesia. La tierra es áspera, esquiva, difícil : necesita que el arado la viole con dolor, metiéndole la reja hasta las entrañas: que el pico rasgue los altozanos y la pala iguale los desniveles y el palustre levante las márgenes por donde han de correr, sangrados, los torrentes de agua que hoy se derraman estériles en ambos mares; necesita Colones que penetren en su alma y descubran sus tesoros, colonos que la cultiven con amor como los viejos árabes, caballeros del terruño que de nuevo con ella se desposen y auxiliados de la ciencia la fuercen a ser madre próvida de treinta millones de habitantes y la permitan por su exportación enviar aguinaldos de su rica despensa, a otros 80 millones de seres que hablan en el mundo nuestro idioma.
“Escuela y despensa” decía el más grande patriota español, don Joaquin Costa.
Para crear la escuela hay que derribar la Iglesia o siquiera cerrarla, o por lo menos reducirla a condiciones de inferioridad.
Para llenar la despensa hay que crear el trabajador y organizar el trabajo.
A toda esa obra gigante se oponen la tradición, la rutina, los derechos creados, los intereses conservadores, el caciquismo, el clericalismo. la mano muerta, el centralismo la estúpida contextura de partidos y programas concebidos por cerebros vaciados en los troqueles que fabricaran el dogma religioso y el despotismo político.
Muchachos, haced saltar todo eso como podáis : como en Francia o como en Rusia. Cread ambiente de abnegación. Difundid el contagio del heroísmo.
Luchad, matad, morid.,.
Y si los que vengan detrás no organizan una sociedad más justa y unos poderes más honrados, la culpa no será suya. sino vuestra.


Vuestra, porque en la hora de hacer habréis sido cobardes o piadosos.

 

 

 


 







El Estatuto de Cataluña
1932-05-19 - Alejandro Lerroux

Señores diputados: No vengo a pronunciar un discurso 
de polémica; vengo a hacer una información. Se ha dicho, lo ha dicho el 
más ilustre y más desdichado de nuestros escritores, que la pluma es la 
lengua del alma; yo me atrevería, si no pareciera irreverencia, a decir de mi 
parte que el silencio es una manera de expresar las intenciones. Pudiera 
suceder que después de tanto tiempo como por una asistencia asidua al 
Parlamento es esta la primera ocasión –la segunda: pero la primera fue 
incidental- en que tengo el honor de dirigirme a él, hubiese quien tratase de 
interpretar este largo silencio mío de una manera contraria a mis intenciones. 
Ha significado respeto y deseo de que los hombres que, como yo, 
tienen una larga tradición parlamentaria a la cual no pueden sustraerse, no 
pesasen de manera alguna -ya sé que yo pesaría muy poco; pero algo 
pudiera pesar- sobre la libre espontaneidad de una colectividad en la que 
todos estábamos ansiosos de ver, y en parte hemos podido satisfacer nuestra 
ansiedad, cómo surgían nuevos valores espirituales y nuevos valores 
intelectuales. 

Va a hacer, precisamente pasado mañana, treinta y un años de que por 
primera vez una Junta de escrutinio me proclamó diputado por Barcelona. 
Desde entonces, con breves interrupciones, debidas a los azares de la 
política, yo no he dejado apenas una legislatura sin tomar parte en los 
trabajos del Parlamento. Hablé mucho y aprendí mucho, porque aquí se 
viene a aprender, y por aquello mucho que hablé, entendí que ahora me 
tocaba, no la penitencia, sino la ventaja de oír y de seguir aprendiendo, 
porque en un país que iba a organizarse y que ya está organizándose en 
un Estado nuevo, con nuevas representaciones, necesariamente habían 
de venir aquí personalidades -que antes no tuvieron ocasión de hacerlo, o 
porque no quisieron o porque las circunstancias políticas no les fueron 
propicias- a enaltecer el medio parlamentario y a ponernos a todos en 
camino, como antorchas que se encienden en la obscuridad, de buscar el 
porvenir que necesitamos para nuestra patria. 

En esta desventura de unos años de tiranía que últimamente padeció 
España, los que habíamos frecuentado constantemente el Parlamento, 
acostumbrados a un continuo dinamismo, no podíamos resignarnos, no 
ya solamente por el hábito, sino por el impulso de la protesta que nacía 
espontánea en nuestra conciencia, a la quietud y a la abstención. Ya que 
no podíamos intervenir en la vida pública, procuramos por todos los medios 
que a mano hubimos allegar lo indispensable para poner a las fuerzas 
políticas que comulgaban en nuestras ideas y a nuestros afines, en condiciones 
de realizar un hecho de fuerza que redimiese a España de la vergüenza 
de la Dictadura y a nosotros de una esclavitud a la que ya íbamos 
pareciendo resignados. Pero los partidos republicanos, como el partido 
socialista, como las organizaciones obreras, como todas las fuerzas no 
dinásticas, andaban muy dispersos, y en distintos conatos por los que 
procuramos concentrar en una organización, en un frente único –como 
con frase heredada de la guerra se está diciendo y se viene diciendo hace 
tiempo-, como no pudiéramos lograr esa aspiración de nuestros espíritus, 
en el año 1926, por iniciativas ajenas a la disciplina de los partidos republicanos 
históricos, llegamos a la fortuna de una inteligencia en una reunión 
celebrada, que, por haber concurrido a ella distintos elementos políticos, 
tomó el nombre de Alianza republicana. 

El partido socialista, en cuya disciplina y en cuya colaboración fundábamos 
grandes esperanzas, no habría de entenderse con nosotros para 
ningún fin inmediato sino cuando todos los republicanos estuviésemos unidos. 
Nos unimos y procuramos inmediatamente contar con el concurso del 
partido socialista y de otras organizaciones obreras de nuestro país. Muchos 
de los que me escuchan –algunos desde el altísimo sitial- son testigos 
de mayor excepción de las gestiones persistentes que la representación 
de Alianza republicana hizo para conseguir esa colaboración del partido 
socialista, que considerábamos necesaria, indispensable, para el hecho 
de acercarnos a la posibilidad del triunfo de la República. Sin haberlo 
logrado, un día un marino republicano, amigo mío, me dirigió una carta, en 
la que se nos brindaban posibilidades de contar con fuerzas militares importantes 
que tomasen una iniciativa a favor de la República. Cumplí el 
deber de convocar al Consejo Nacional de Alianza republicana, que se 
reunió inmediatamente, y por su acuerdo consultamos a otro marino, republicano 
también, que como el anteriormente aludido se sienta en estos 
bancos, para persuadirnos de que no había en la comunicación del primero 
nada que excediese los límites de lo verosímil. Y en ese momento, habiendo 
adquirido la convicción de posibilidades que excedían de nuestras 
fuerzas para su realización, entendimos que debíamos acudir a más sectores. 
Lo hicimos así, y se convocó a una nueva reunión, a la cual concurrieron 
representantes del partido derecha republicana, ya existente; del partido 
radical socialista, de los partidos que se sumaban a la Alianza, y hubo 
que lamentar la ausencia –motivada por las necesidades del veraneo- de 
otras personas cuyo concurso nos parecía indispensable y de alguna del 
partido socialista con la que habíamos siempre contado como un elemento 
simpatizante. 

Se discutió allí la manera de llevar a cabo una organización revolucionaria 
que pudiese aprovechar la oferta que se había recibido, y se entendió 
que era indispensable para lograrlo o intentarlo con probabilidades de éxito, 
celebrar otra reunión a la que acudiesen los elementos ausentes a que 
antes me he referido. Y, en efecto, convocamos a una reunión para el día 
17 de septiembre de 1930, en la ciudad de San Sebastián. He ahí el origen 
del llamado pacto de San Sebastián, que se ha comentado y se sigue 
comentando de tantas maneras. A mí me importaba, por fidelidad a la 
verdad, hacer referencia a estos antecedentes para lo que luego se conocerá. 


En la última reunión celebrada en Madrid, que precedió a la de San 
Sebastián, alguien sugirió la idea de que fuesen invitados los diferentes 
partidos catalanistas de izquierda que vivían con personalidad independiente 
en Cataluña. Como ocurre siempre en estos casos, el silencio fue 
para mí una respuesta tácita. Yo recordé en el acto, sin animosidad de 
ninguna especie, que por aquellos días quien hoy es ilustre compañero 
nuestro había declarado su incompatibilidad y la de su partido conmigo, y 
no para oponerme, sino para hacerlo constar, dije que yo, por mi parte, 
para contribuir al advenimiento de la República, no era incompatible con 
nadie, y, por consiguiente, que no me oponía a que en la reunión que se 
convocaba estuvieran presentes partidos que, sin ser nacionales, tenían, 
sin embargo, en un sector importante de la nación una fuerza interesante. 

Acudieron, en efecto, a San Sebastián, no solamente los aludidos partidos 
catalanistas, las fuerzas a que acabo de referirme, las personalidades 
a quienes también aludí anteriormente, sino, de igual modo, una nueva 
organización republicana que había surgido en Galicia. Se celebró la 
sesión, solemne, severa, emocionante. Los primeros que hablaron fueron 
los representantes de los partidos catalanistas, y hubo de hacerlo persona 
a la que, teniendo todas mis simpatías, no la molesto si digo que tiene 
también la fama de ser de las que se expresan con mayor aspereza. Planteó 
con claridad el problema, y un ilustre hombre público, a quien no me 
parece discreto aludir más concretamente en estos momentos, por la alta 
situación que ocupa en la República, tomó la palabra; fijó los términos de 
la cuestión, estableció los límites de las concesiones que nosotros podíamos 
hacer y dijo que, de una parte, el reconocimiento de la personalidad 
de Cataluña había de basarse en que Cataluña declarase, a su vez, el 
reconocimiento de los derechos del hombre –ni una línea menos-, y, como 
máximo límite, la obligación que se contraía de que el día en que la República 
triunfante convocase Cortes Constituyentes, las aspiraciones de Cataluña, 
en forma de Estatuto, viniesen a someterse a la deliberación de las 
Cortes. 

Hablaron algunos compañeros –unos con más, otros con menos 
nervosidad; en general, con templaza-, y también, por la especial situación 
que yo ocupaba (no sé si decirlo, porque puede parecer una alabanza, por 
la modestia con que procuro producirme en todas las ocasiones), yo había 
callado; pero entendí que en esos momentos, como en éstos, el silencio 
podía parecer interpretado o podía prestarse a interpretaciones que estuvieran 
en pugna con mi estado de conciencia, y pedía la palabra, y tuve el 
honor de manifestar que aplaudía y alababa la franqueza y la claridad con 
que la representación de los partidos catalanistas había expuesto sus aspiraciones, 
porque entendía que era preferible que conociésemos las ambiciones 
máximas de esos grupos que no que caminásemos a ciegas, pensando 
que detrás de cada expresión había una reserva mental que podía 
envolver algo con la cual no podíamos, cordialmente, entendernos con 
nuestros interlocutores. Y poco más fue motivo de aquella reunión. Se 
nombraron unas comisiones para ejecutar los acuerdos que se adoptaron, 
y se disolvió la reunión, sin que de ella haya ocultado yo palabra alguna, 
porque lo que me callo es cuestión puramente personal, que entra en ese 
acervo de sacrificio callado que yo vengo realizando en servicio de la República, 
y que no me propongo exponer como mérito, con aspiraciones a 
ninguna compensación. 

De modo, señores diputados, que si dais crédito a esta referencia de 
aquella reunión, como espero, porque ella se compadece bien con la que 
antes de ahora hizo mi querido amigo D. Miguel Maura, veis que por primera 
vez, después de tantos años de luchas, la representación de los partidos 
catalanistas, de acuerdo con los partidos republicanos (todavía entonces 
no figuraba allí con representación autorizada el partido socialista), 
se avenían a traer su pleito a las Cortes Constituyentes de la República y 
ofrecían que cuando este hecho tuviese lugar, ellos se supeditarían a lo 
que resultase como acuerdo de las Cortes Constituyentes. 

Se ha dicho fuera de aquí que ese pacto de San Sebastián fue una 
hipoteca que se hizo a favor de la República y a costa de la integridad de la 
nación. Yo lo entrego a vuestro juicio, y si no fuera porque quien lo ha dicho 
está cumpliendo en el extranjero voluntariamente la penitencia de sus pecados, 
yo me atrevería a recordarle que quien sirvió a una monarquía que 
en Bayona vendió el país a Napoleón, y ha seguido sirviéndola en su propio 
tiempo y en su edad juvenil bajo un régimen de dictadura que comprometió 
a la monarquía llevándola a humillarse en el Vaticano, a humillarse 
también en el Quirinal, y terminó por hacer que se ausentase de la Sociedad 
de Naciones la representación de nuestro país cuando acababa de 
conquistar en aquella alta representación una personalidad internacional 
que había perdido, no puede echar sobre aquellos hombres de buena voluntad, 
españoles, patriotas, y con excepción mía, por aquel acto, todos 
ellos insignes, la calumnia y la injuria que de esas acusaciones lanzadas 
en la Prensa se derivan. (Muy bien.) 

Lo que después ha pasado es bien conocido. Las comisiones nombradas 
en San Sebastián, que se encargaron de gestionar el concurso del 
partido socialista y de otras organizaciones obreras, cumplieron su deber 
hasta el extremo y con el éxito que representa el hecho público de que en el 
triunfo de la República apareció la Conjunción republicanosocialista. Se 
convocaron las Cortes Constituyentes; a ellas acudió una numerosa representación 
catalanista, que ahí está sentada; ha tomado parte en las discusiones 
de nuestra Constitución: ha discutido con más o menos pasión, ha 
defendido sus puntos de vista. Ciertamente, en la Constitución no se fijó el 
criterio federal que algunos sentimos y defendemos; pero se fijaron, de 
conformidad y con asentimiento de esa representación catalanista, aquellos 
artículos por los cuales ha sido posible que la región catalana organice 
su Gobierno, Gobierno provisional; confeccione su Estatuto, venga aquí y 
lo presente, forme parte de la Comisión dictaminadora y comience a discutirse. 
Yo no sé que pueda darse una prueba más categórica, de conformidad 
con el compromiso de San Sebastián, de subordinarse al acuerdo de 
las Cortes Constituyentes. 

Todos los representantes de Cataluña son hombres de honor; todos los 
representantes de Cataluña, que lo son de los partidos catalanistas, tienen 
el valor de sus propios actos. Lo que aquí no digan es porque no lo tienen 
en el alma, o porque, teniéndolo inspirado por la pasión, lo subordinan a 
los dictados de la razón, que en eso se diferencian los hombres de responsabilidad 
de los que no tienen ninguna. Y yo tengo la seguridad de que lo 
que quiera que se diga fuera de aquí no tiene ni en su pensamiento ni en su 
corazón asilo de ninguna especie. Tampoco lo tendrá en sus labios. No 
puede ser que los que vienen aquí caballeros a someterse a la soberanía 
nacional, que ha empezado a discutir el Estatuto por el cual Cataluña ha 
de adquirir su personalidad regional, vayan luego fuera de aquí, ni en su 
intención ni en su acción, a sublevarse contra la soberanía nacional. (Muy 
bien.) 

Hay una realidad a la que hubiera sido necio intentar sustraerse. Es 
esa realidad viva, que de manera tan elocuente en su discurso ha expuesto 
mi querido amigo y compañero el Sr. Hurtado. No podemos desconocerla; 
podemos discutirla, apreciarla desde distintos puntos de vista, someterla 
en nuestra discusión al más acerbo análisis, ¿por qué no?, al más apasionado 
análisis. ¿Por qué no la pasión en estos debates, con tal de que 
tenga las expresiones que son acostumbradas entre personas que saben 
respetarse y estimarse? Cuando, hace unos momentos, palabras del Sr. 
Hurtado suscitaban pasión, recibía ya la más categórica impresión de que 
éste es y sigue siendo, a pesar de su labor agotadora, un cuerpo vivo que 
siente todos los problemas del país. Que se discuta, sí, con serenidad; 
pero que se discuta con pasión. Serenidad en las palabras, en los conceptos, 
en los juicios; pasión en la intención de acertar con aquellas soluciones 
que todos propugnamos como más convenientes para la patria común. 
(Muy bien.) 

Pero yo difiero de los que sostienen que hay un problema catalán, y un 
problema gallego, y un problema vasco, y un problema andaluz. No; yo 
sostengo que no hay más que un problema de reorganización nacional, 
porque en nuestro país no se ha llegado todavía, desventuradamente, a 
aquella integración que ha hecho en otras porciones de la superficie del 
globo, de un conjunto de pueblos en su origen diferenciado, una unidad 
política superior, que ha cumplido fines superiores también sirviendo a la 
civilización y al progreso. Porque nuestra historia es un constante proceso 
de integración y desintegración. 

Salieron los Municipios de la obscuridad de la Edad Media con todas 
aquellas magníficas libertades, monumento glorioso a que historiadores 
extranjeros han aludido como libros en los que podrían venir a estudiar 
espíritu de libertad otros países, y comenzó por afinidades, probablemente 
de territorio antes que espirituales y económicas, una integración regional. 

No me importa ni voy a entrar a discutir cuáles fueron Estados y cuáles 
fueron naciones; eso, para otro lugar; aquí lo que a mi tema interesa es 
hacer constar que en ese proceso de integración y desintegración se llegó 
a un momento, el de los Reyes Católicos, en que España parecía integrada 
en una unidad política y espiritual y económica superior llamada a cumplir 
grandes destinos. Pero es que después los herederos de aquellos reyes, 
que no dejaron cumplida esa misión porque no la consolidaron, al 
establecer la tiranía el absolutismo, iniciaron un proceso de desintegración, 
que, con varia suerte y alternativas varias, ha venido sucediéndose 
hasta nuestros días; pero constantemente, a pesar de todas las vicisitudes, 
en España, como en otros países, todo caminaba hacia esa unidad 
política superior; se vió singularmente que aquella aspiración y aquel espíritu 
que palpitaba en todos los pueblos peninsulares no había muerto en 
aquella epopeya en que se levantaron todos contra la invasión napoleónica, 
huérfanos de dirección, huérfanos de instituciones rectoras, entregados a 
su propia iniciativa, constituyéndose en regiones y por regiones, con Gobiernos 
distintos, sino que por ese mismo impulso de aspiración hacia la 
unidad ni del territorio de Cataluña; se llamó y se habló de la guerra de la 
independencia nacional; no se llamó ni se habló de la guerra de la independencia 
regional. (Muy bien.) No porque con esto se obscureciesen las regiones, 
ni desapareciesen las que habían dado ocasión a aquella magnífica 
epopeya y a aquel levantamiento y resurrección del espíritu de España, 
no; sino porque todas ellas comprendían, por un instinto que vive siempre 
en el espíritu progresivo del pueblo, que solamente por una solidaridad de 
afinidades, que solamente por una inteligencia –que no se realiza mediante 
un procedimiento, porque hay más de uno- podría llegar esta porción de 
territorio, que se engarza por el Norte, mediante los Pirineos, a Europa, y 
está ceñido por distintos mares, como una diadema, en el resto de su 
periferia, a tener una personalidad que fuese considerada en el mundo. 

Pero siguiendo las vicisitudes de ese proceso de integración y desintegración 
durante todo el siglo pasado, un día el infortunio de aquellos reyes, 
sobre los cuales venían cayendo las maldiciones de la Historia, hizo que se 
despertara España, habiendo perdido hasta el último trozo de territorio 
colonial: en un verdadero estado de catástrofe, sin instituciones tampoco 
que la rigieran vigorosamente, sin sentimiento de patriotismo que se levantase 
a protestar contra aquella guerra absurda que nos había despojado, 
aislados en el mundo, por una sustracción que habíamos hecho en holocausto 
a la existencia de la monarquía, de nuestro concurso a la política 
internacional, faltos de estadistas, sin partidos fuertes y hasta con la peseta 
enferma, entonces muy por debajo de la par en relación al signo de 
cambio de todos los demás pueblos. No podía ser la situación más desastrosa: 
en el proceso de integración y desintegración, la alternativa correspondía, 
entonces, naturalmente, a la desintegración. 

Coincidiendo con aquel momento, de la propia manera que en todas 
las vicisitudes de la Historia los pueblos recién solidarizados, cuando sienten 
que la tiranía priva de las libertades a uno de ellos, todos los demás se 
disgregan para defender las suyas propias , surgió en Cataluña un movimiento 
nacionalista, que en las evoluciones posteriores tomó distintos aspectos. 
No puede dudarse de que en aquel momento surgió como una 
protesta contra una monarquía que nos había llevado a aquel desastre; 
surgió como una aspiración a que si las demás porciones del territorio no 
tenían energías suficientes para redimirse, ella, con las que se atribuía y 
tenía, pudiera, convirtiéndose en nacionalidad independiente, salvar al 
menos esa personalidad. Y así, en ese momento, en esa coincidencia a 
que hizo alusión el Sr. Hurtado, aparecí yo en Cataluña. Y es cierto: en el 
acto se produjo el choque entre dos sentimientos contrarios, porque entonces 
no prevalecía allí la razón: lo que prevalecía era el sentimiento; y yo, 
en efecto, representé las aspiraciones, no solamente de españoles, sino 
también de muchos catalanes que no habían perdido la serenidad y entendían 
que el separatismo era una demencia que a quien primero de todos 
perjudicaba era a Cataluña. 

Pero es que en la lucha y en la adversidad se aprende, y mi espíritu 
federal aprendía en aquel momento de la Historia que cuando los pueblos 
llegan a semejantes situaciones, para reducir esas diferencias la fuerza no 
sirve, porque esos son problemas que sólo se curan con la libertad, y que 
era necesario respetar modalidades, aspiraciones románticas, disparatadas, 
si se quiere, más en la expresión que en el hecho, para conseguir 
llegar a un estado de inteligencia que permitiese, juntos los unos y los 
otros, encontrar fórmulas de avenencia. 

Mi amigo el Sr. Hurtado reconocerá (y yo me lamenté de ello antes de 
ahora, aunque no he sido nunca plañidero) que de muchas maneras intenté 
yo compenetrarme con el alma catalana mediante la convivencia en sus 
centros de cultura; pero es que en esos centros de cultura, prevaleciendo 
también el sentimiento de protesta, no solamente contra el Estado oficial, 
no solamente contra los autores de aquel estado de cosas, sino contra los 
que hablábamos el idioma de España y contra los que de una manera 
extraoficial allí la representábamos, me negaron esa convivencia que muchas 
veces yo, humildemente, solicité. 

Y, sin embargo, él ha recordado que yo, combatido por todos (no podía 
ser, por consiguiente, una lagotería que hacía al sentimiento contrario), 
hasta el extremo de que llegó un momento en que mi criado no pudo encontrar 
en el mercado quien le vendiese los menesteres necesarios para 
mi despensa, elevé la bandera de mi patria con los colores entonces nacionales, 
y en ella, tributo debido a la realidad, persistencia de mi propósito de 
cordialidad y de fraternidad, incluí las barras de la bandera catalana. Porque 
allí hay un hecho que no se puede negar: hay un idioma, hay un sentimiento, 
hay una literatura, hay un arte –yo no digo una cultura, porque no 
diferencio las culturas-; hay, evidentemente, una personalidad, y esa personalidad 
exaltada, vigorizada. Cuando yo llegué allí, Sr. Hurtado, en muchas 
familias que hoy llamaríamos familias bien, era síntoma de mal tono 
hablar en idioma catalán; poco después dejaba de ser de mal tono, y entonces 
penetraba ese signo de la espiritualidad de un pueblo y de una raza 
en todos los hogares, de tal manera, que luego aquel movimiento formidable 
de «Solidaridad catalana» nos arrollaba a todos y traía aquí, como 
habéis traído ahora, íntegra o casi íntegra, la representación parlamentaria, 
y a los contrarios nos reducía a la nada, y los más intransigentes nos 
negaban todos los derechos. 

Podrá parecer a la representación catalana que acaso estas lamentaciones 
en este instante, que no ha podido contener mi alma, son inoportunas. 
Sí; yo declaro que no estaba en mi ánimo decirlo; pero me parecía 
que, llegado el momento, y habiéndose venido a mi imaginación, y como 
un quejido a mí, yo, a quien esta tarde habéis recibido con tan amoroso 
acento para que contribuya al triunfo de vuestro ideal, tenía que deciros a 
costa de cuántos sacrificios he aprendido cuáles son vuestros derechos, 
sin olvidar cuáles son los de la nación. (Aplausos en la minoría radical.) 

Negar que existe el hecho sería negaros a vosotros mismos. ¡Qué mejor 
testimonio de la existencia del hecho que el de que toda aquella representación 
que antes venía de Cataluña, bastante amañada muchas veces 
–no quisiera lastimar sentimientos de personas que tienen mi consideración 
y que me oyen tan de cerca-, que tantas veces viniera aquí con el 
auxilio del caciquismo, haya venido con el voto espontáneo de aquel pueblo 
-no entro a juzgar si acertado o desacertado- a representar sus aspiraciones! 
De ahí deduzco otra vez que el hecho existe. 

¿Soslayarlo? ¡Ah! No: la República no tiene derecho a soslayarlo, porque 
si la República ha venido a algo, ha sido a reorganizar el Estado, ha 
sido a hacer una patria nueva, ha sido a afrontar todos los problemas 
valientemente, en plenitud de responsabilidad y de conciencia. Soslayarlos 
no es resolverlos. Un Gobierno que los soslayara no haría más que 
adquirir una responsabilidad personal; unas Cortes que los soslayaran 
adquirirían una responsabilidad criminal, porque habrían cometido un delito 
de lesa patria. (Muy bien. Muy bien.) 

Habéis venido, y cumpliendo estrictamente los requisitos, los preceptos 
que establece la Constitución, habéis traído vuestro proyecto de Estatuto, 
se ha sometido a examen de la Comisión, la Comisión ha dictaminado; 
pero esto, que repito por tercera vez, sin ánimo de refrescar vuestra 
memoria, sino de afianzar mi argumentación, representa un noble allanamiento 
al compromiso contraído, al que seguís siendo, como nosotros, 
leales, en San Sebastián, de estar a lo que acordasen las Cortes; esto no 
ha estado precedido de algo que hubiese sido necesario y muy interesante. 
Vosotros veis, y de ello se lamentaba el Sr. Hurtado, que protesta se ha 
levantado en el país entero contra esto que estamos discutiendo o vamos 
a discutir. ¿Por qué? En parte, porque nada se hizo, debido acaso a esa 
adustez, que es también sinceridad, de vuestro carácter, para cohonestar 
aquellas expresiones que, rápidamente, y algunas veces malignamente 
propaladas en los papeles, han llevado a todas partes la casi certidumbre 
de que, mal que pese a vuestra noble actitud, allí queda, creen ellos, que 
una mayoría dispuesta a rebelarse contra todo lo que aquí acordéis, porque 
en ella alienta el espíritu separatista, y no está dispuesta a más que a 
una concesión del Estatuto integral. 

Habéis incurrido vosotros, pertenecientes a un pueblo tan ducho en las 
artes de la propaganda, en una omisión no propagando suficientemente 
ese Estatuto, porque yo os aseguro que a la hora presente el 90 por 100 de 
las personas que llevan en sus labios sinceramente, la mayor parte de 
buena fe, anatemas contra el Estatuto, no lo han leído. Pero yo digo; si 
hubiesen leído, no ya el Estatuto, que se presta a esos recelos, porque es 
maximalista (luego me ocuparé de eso), sino el dictamen de la Comisión, 
yo os aseguro que toda esa pasión que se ha levantado por ahí estaría 
muy atenuada, no digo extinguida. Es verdad que esa misma imprevisión 
se echa de ver como omisión en el Gobierno, no lo digo como censura, 
sino como cariñosa observación; a estas fechas, señor presidente del Consejo 
de Ministros, ¡cuánto hubiera contribuido a la paz espiritual que no 
faltase en el tablón de anuncios de ningún Ayuntamiento de España una 
copia del dictamen de la Comisión sobre el Estatuto de Cataluña, y cuánto 
hubiese contribuido al conocimiento y a la pacificación de los espíritus el 
que muchos millones de esos ejemplares se hubiesen extendido por toda 
España (Murmullos.) 

¿Quiero yo decir con esto que el dictamen de la Comisión satisfaga 
mis anhelos y calme mis inquietudes y pueda calmar los recelos de la 
opinión nacional, ahora tan exacerbada? No; quiero decir que es necesaria 
una base de discusión, una base de conocimiento, y que no la hemos 
tenido. 

Vivimos en un régimen de opinión, y no basta con que nosotros, en 
pleno derecho legal, nos llamemos representantes de la opinión pública; 
es menester que constantemente, después de haberla halagado con la 
posibilidad en muchos casos del referéndum, esa opinión pública esté tan 
bien informada como nosotros de los asuntos de trascendencia que van a 
discutirse en el Parlamento. Y no lo está. Por eso, en el momento actual, si 
examinamos todos nuestro estado de conciencia individual, encontrare 
mos esto que a mí me parece indudable e indiscutible: discutiremos tan 
largamente como sea necesario, con la minuciosidad que será conveniente, 
tan a fondo como interesa hacerlo, todos los artículos y todas las cuestiones 
que abarque el Estatuto, que son muchas, muy graves y muy complejas; 
pero, aun así, por ahí seguirá el mismo estado de opinión, y cuando 
lleguemos a votar todos –lo mismo unos que otros-, votaremos con el 
convencimiento de que votamos un dictamen del Gobierno, y echamos 
sobre el Gobierno la responsabilidad que le atribuirá la opinión pública por 
haber dado paso a una aspiración separatista en una región española. Y 
yo os digo que mi partido y que la minoría que tengo el honor de representar 
no puede, ni debe, ni quiere, abroquelarse en trinchera de esta naturaleza, 
que más bien parecería alevosa emboscada para combatir al Gobierno. 
(Muy bien, muy bien.) 

Por eso, lo que yo vengo a pedir, lo que yo vengo a iniciar, después de 
esto que no puedo llamar preámbulo porque es demasiado largo, es una 
discusión serena, concitante si se quiere, de todas las palabras del dictamen 
sobre el Estatuto; pero a pediros también que acordéis un Estatuto. 
Porque si por una causa cualquiera la discusión se interrumpiera, el Parlamento 
acabase sus tareas y quedara sin resolver este problema, dejaríais 
a ese Gobierno, o al que le suceda, una cuestión muy grave y muy ardua, 
que no sé si siquiera con la colaboración de todos vosotros podría resolverse 
en paz o habría necesidad, en defensa de la soberanía, de la autoridad 
del Estado y de la unidad nacional, de apelar a las armas, abriendo un 
abismo que difícilmente podría llenarse después en mucho tiempo, y que 
constituiría una dificultad que surgiría constantemente ante el paso progresivo 
de la República, que si quiere incorporarse a la civilización contemporánea, 
tiene que andar muy de prisa. 

De modo que aquí no estamos tratando una cuestión de partido, sino 
una cuestión nacional, y yo os digo que para mí esta cuestión consiste 
nada menos que en esto. Porque, queramos o no queramos –lo ha dicho 
noble y francamente el Sr. Hurtado-, el sentimiento separatista vive y alienta 
todavía en el alma catalana, no sé en qué proporción: pero en proporción 
suficiente para alarmar mi espíritu, y la labor que deben hacer las 
Cortes consiste en reconquistar a Cataluña para España por la justicia, por 
la libertad y por el amor. (Muy bien, muy bien.) 

Y ahora estoy en condiciones de entrar a tratar concretamente, no muy 
largamente, del Estatuto; mejor dicho, del dictamen de la Comisión sobre 
el Estatuto. Yo os quisiera decir que ese dictamen no es aquel que yo, en 
mis ilusiones, leyendo el Estatuto, hubiese redactado. Habéis traído un 
Estatuto maximalista. Yo me lo explico; soy ya bastante viejo para explicármelo 
y comprender todo. Me lo explico como una doble táctica, porque 
vosotros sois hombres bastante razonables y bastante experimentados para 
comprender que todo lo que pedís no os lo iba a conceder el Parlamento. 
Pero esa doble táctica tiene este doble fin: de un lado, y yo os lo aplaudo, 
contener la violencia de aquellas masas, en parte respetables, porque son 
electores, que constituyen vuestra clientela; de otro lado, ofrecer margen 
suficiente al Gobierno y a la Comisión dictaminadora para que, cercenando 
unas cosas y discutiendo vosotros para que sean las que menos os 
importen, os concedan aquellas otras sobre las cuales vais a levantar vuestra 
personalidad regional. 

Es un Estatuto maximalista; el dictamen no dejará un Estatuto 
minimalista. Yo hubiera concebido un dictamen mediante el cual el Estatuto 
de Cataluña, para Cataluña, hubiese tenido la flexibilidad bastante para 
que, planteando en principio todas las aspiraciones que vosotros aspiráis 
a realizar, no levantase suspicacias patrióticas, patrióticas, aunque a vosotros 
os puedan parecer patrioteras –no descontéis la buena fe con que 
sienten la patria muchos que están equivocados-, porque de ese modo 
hubieran encontrado manera, practicando el Estatuto en la sucesión del 
tiempo (no me entrego a centurias, ni siquiera a quinquenios), quienes 
están preparados por ensayos anteriores, a cuyo éxito formal yo contribuí, 
para gobernarse a sí mismos, de poder demostrar rápidamente la competencia 
y la experiencia necesarias para hacerlo en la plenitud de facultades 
a que aspiran. 

Pero yo os quiero decir, sin reservas mentales, que la integridad, no ya 
del Estatuto, sino del dictamen de la Comisión, en muchas partes, me 
inspira grandes temores. ¡Ah! Si yo supiese que los que iban a constituir 
durante buen número de años el Gobierno de la Generalidad, los que iban 
a interpretar los acuerdos del Estatuto, los que iban a ejercer los derechos 
que el Estatuto contenga habían de ser los que en estas Cortes han oído la 
voz de España, han sentido el corazón de España, han visto la sinceridad 
de los representantes de otras regiones, que han discutido y que van a 
discutir con vosotros, y que, hombres de corazón, modificado su juicio, 
amoldado su temperamento a la realidad, sabrían, aun cediendo de su 
derecho, acompasar la marcha de su gobierno a las conveniencias armónicas 
del país entero, para que no surgiesen esos recelos que siempre que 
surjan serán dificultades para vosotros; si yo supiese eso, no tendría inconveniente 
en deciros: no el dictamen, el Estatuto, salvando algunos particulares 
de que luego hablaré. ¿Pero estáis seguros de que mañana, cuando 
convoquéis al pueblo catalán a las elecciones, de las cuales han de salir la 
Generalidad y el Parlamento catalán, seréis vosotros mismos los elegidos, 
que por el hecho de haber venido aquí os habéis compenetrado con España, 
que ésta es magia del corazón de España, ésta es la simpatía extraordinaria 
de Madrid, que convierte en españoles a los separatistas y a 
los más antagónicos en madrileños; atracción de la raza que tiene una 
historia de generosidad tan amplia, que la derramó por el mundo entero, 
por toda la tierra, en forma que no hubo una raza que pudiera llamarse 
subordinada, humillada, explotada por ella, que en todas partes va dejando 
con su recuerdo una unción cuasi evangélica, que está resucitando en 
la Historia por la labor de los hombres que quieren hacer justicia a nuestra 
patria? 

Me diréis que ninguna obra puede salir perfecta de primera intención 
de manos del artista. Ya lo sé: ése es prodigio que se puede pedir a la 
suerte o al genio; a la razón, generalmente, no. Pero por eso mismo, yo os 
digo que debierais haber confeccionado un Estatuto y la Comisión un dictamen 
en términos tales, que no hubiese rigidez alguna que se opusiese a 
nuestro deseo de establecer, por la letra y por el hecho, entre vuestro Estatuto 
y nuestra Constitución, una confraternidad; yo os pediría que en muchas 
cosas, en algunas cosas, hubieseis cedido, con reserva de pedirlas 
más adelante. ¿Para qué? Para dar una prenda, no de vuestra buena fe, 
porque todos, vosotros como nosotros, somos hombres leales; pero todos, 
vosotros como nosotros, estamos expuestos a que nos desborde la representación 
que ostentamos, los que han delegado en nosotros su representación, 
y nos desautoricen, en tanto que si paulatinamente, establecidas 
las delegaciones o las cesiones de facultades que el Estado ha de hacer al 
Estatuto de Cataluña, fueran ellas ensayándose, las suspicacias, los recelos, 
desaparecían, con esta inmensa ventaja: que vueltos los ojos de otras 
regiones que están en condiciones, como Cataluña, de ostentar una personalidad, 
podrían aprender en la práctica de vuestro gobierno qué defectos 
habrían de evitar para mañana, al solicitar iguales beneficios, con qué 
amplitud, o con qué restricciones podrían traer aquí la expresión de su 
voluntad. 

Mis compañeros de minoría, que en las reuniones que hemos celebrado 
se han ocupado detenidamente del dictamen de la Comisión sobre el 
Estatuto de Cataluña, se encargarán de analizar minuciosamente –porque 
vosotros no teníais qué concedernos; pero nos habéis reconocido el derecho 
a analizar con esta minuciosidad- todos los problemas que abarca el 
Estatuto: yo voy a limitarme a muy poco, para hacer una afirmación concreta 
en lo que se refiere a la justicia, a la enseñanza; y creo que los términos 
en que se produce el dictamen de la Comisión ofrecen posibilidad de 
que lleguemos todos a un acuerdo. Pensad en esto, en lo que no hay la 
menor molestia para vosotros: yo, que conozco el catalán y que conozco el 
pensamiento catalán traducido al castellano, cuando se ve obligado a escribir 
en nuestro idioma nacional, he conocido en el dictamen qué es lo que 
se debe al dictado de plumas catalanas. Eso tiene este inconveniente: que 
muchos no están habituados como yo a interpretar los giros de vuestro 
idioma cuando los traducís al castellano; yo sé lo que quieren decir, y casi 
instintivamente, sin parar mientes en la forma, me voy al fondo. Pero todos 
no pueden hacer lo mismo, y hay expresiones, son expresiones; pero estamos 
tocando un problema tan vidrioso y tan delicado, que esas expresiones 
(también lo decía el Sr. Hurtado, que, aunque más joven que yo, puede 
ser maestro mío en tantas cosas, y de él estoy aprendiendo en su discurso 
de esta tarde), aunque insignificantes al parecer, son, sin embargo, 
importantísimas para dar viabilidad a soluciones posibles de este problema. 


Hay una cuestión sobre la que yo llamo la atención del Parlamento, la 
atención de la Comisión y la atención del Gobierno: la de los señores representantes 
de Cataluña está llamada por su propio interés, y no es necesario 
invocarla, que si no la tuvieran acuciada en todos los momentos 
faltarían a su deber: me refiero a la cuestión de orden público. El artículo 
14 de la Constitución, en sus apartados cuarto, séptimo y dieciséis, establece 
cuáles son los servicios y las fuerzas que han de quedar en Cataluña 
en representación del Estado nacional. El artículo 11 del dictamen de la 
Comisión, en su apartado segundo, hace diferenciación entre lo que es 
servicio de policía y servicio de orden público, y establece el modo y manera 
cómo la Generalidad podrá hacer uso de las fuerzas que la República 
española dejare en Cataluña. En primer lugar, y en vuestro propio interés, 
os digo que hay en esto una obscuridad y una confusión que entraña un 
grave problema. ¿Vais a pedir que la República aparte de Cataluña la Guardia 
civil, la Guardia de Seguridad y los agentes de Vigilancia? Tendréis que 
reemplazarlos. ¿Vais a reemplazarlos con gentes que no están preparadas, 
que no tienen experiencia? Para reemplazar la experiencia y el prestigio 
que la tradición acumula sobre esos agentes que España tendría que 
retirar de Cataluña, tenéis que aumentar el número, y aumentando el número 
tendréis que militarizarlos, porque vuestros problemas de establecimiento 
del Estatuto, complicándose con los problemas de orden social y 
agravados en las circunstancias presentes con las complicaciones de orden 
económico, son de tal naturaleza que no podréis reemplazar número 
por número. 

Tendréis que aumentarlos, tendréis que pertrecharlos, tendréis que 
municionarlos, y -¿para qué vamos a engañarnos si más vale hablar con 
toda claridad?- ¿sabéis lo que pensará esa opinión que anda alrededor 
nuestro creando ese ambiente a que antes unos y otros nos hemos referido? 
Que organizáis un ejército que el día de mañana, aun contra vuestra 
voluntad, puede levantarse enfrente de la soberanía de España. Y yo os 
digo: tenéis en Cataluña, en todas vuestras ciudades y aun en todos vuestros 
pueblos, la Guardia municipal para los servicios urbanos; tenéis para 
el servicio rural los mozos de escuadra; tenéis el Somatén tradicional, que 
es una guardia ciudadana; todo esto no ha suspendido sus funciones, convive 
con la Guardia civil, con los guardias de Seguridad y con los agentes 
de vigilancia: ¿qué inconveniente hay en que siga esa convivencia, por lo 
menos para irla extinguiendo paulatinamente? Lo que antes pudo ser, ¿por 
qué no podrá ser ahora? ¡Ah!, es que vosotros, probablemente, veríais en 
eso una ofensa, una injuria por la desconfianza. Pudiera ser que fuese una 
desconfianza –no nos engañemos-; pero ¡si las cosas son así! De la propia 
manera que no podemos soslayar, sino que hay que plantear y resolver 
eso. Si pareciese desconfianza, si vosotros estáis seguros de que no se ha 
de producir motivo alguno que justifique esa desconfianza, ¿qué interés va 
a tener España en sentir sobrecargado su presupuesto con el sostenimiento 
de una fuerza que rápidamente demostrase que no sería necesaria? 

Pero aún queda otro problema: el de las fuerzas del Ejército. ¿Van a 
subsistir y permanecer tal como están las que están ahora? (Un señor 
diputado: No.) No tomo en cuenta contestaciones esporádicas que se me 
den, porque no representan todavía un criterio oficial ni de la Comisión ni 
del Gobierno; conjeturo, hago hipótesis y discurro. Si el Gobierno las man 
tiene tal como están, el Ejército va a tomar allí la categoría de un ejército 
colonial de ocupación; va a parecerlo; se va a prestar a esas interpretaciones. 
¿No? –respondo a un movimiento de cabeza de un diputado de toda 
mi estimación-. ¿No? Pues dicen el dictamen de la Comisión, y probablemente 
dirá el Estatuto que se apruebe, cuándo, cómo y de qué manera la 
Generalidad tendrá el derecho de hacer uso de las fuerzas del Ejército para 
reprimir los casos de desorden público. Es decir, que el ejército, bajo las 
órdenes de la Generalidad, acudirá a reprimir las cuestiones en que se 
altere el orden público. 

Pensadlo bien; yo no he visto en la calle, para alterar el orden público, 
nunca, como no fuera para venir a gritar contra mí «¡Muera!», agentes de 
bolsa, banqueros, ni gente bien; para alterar el orden público he visto siempre 
en la vía pública a la clase trabajadora; y el ejército, a requerimiento de 
la Generalidad, cuando vuestras fuerzas no puedan reprimir el desorden, 
acudirá a reprimirlo. ¿Es éste el papel que corresponde al Ejército de la 
nación, cuando en todas partes se están vigorizando las fuerzas de la Guardia 
civil para que no tenga que entrar en choque en los conciertos de orden 
social con la clase obrera? Ni por el prestigio de la nación ni por el prestigio 
del Ejército; y si el Ejército que hay actualmente tuviera que reducirse, ¿no 
teméis que llegue un momento cualquiera en que de un choque resulte tal 
estado de inferioridad, que por esa inferioridad, que infiere una afrenta al 
Ejército nacional, el resto del país se levantase otra vez contra vosotros, 
aun estando enteramente ausentes del conflicto vuestra intención, vuestra 
voluntad y hasta vuestra responsabilidad? Yo os pido a todos que meditéis 
acerca de esto y que estéis dispuestos a hacer todo linaje de concesiones, 
que limite al mínimo posible el contenido de este artículo del dictamen de 
la Comisión. 

No; yo no puedo votar un artículo que entregue la representación militar 
de mi país a las órdenes de un poder regional, que lo manejará únicamente 
en funciones de policía: porque eso de los conflictos extrarregionales 
y superregionales yo no lo he sabido entender; a mí me ha parecido una 
cosa que no está escrita. 

Hay otra parte del dictamen que es necesario que discutamos a fondo, 
señores diputados, y entro en un asunto que no puede ser más ajeno a mi 
competencia y hasta a mi afición; pero en el pormenor y en el detalle diputados 
hay en esta minoría que habrán de analizarlo profundamente; yo voy 
a ocuparme solamente de lo general: me estoy refiriendo a la cuestión de 
hacienda. 

Se me antoja –es posible que no pase de ser una ligereza de mi juicio- 
que la Comisión ha redactado los artículos (cinco me parece que son los 
referentes a este asunto) con el ánimo alegre y demasiado ligero. Comprendo 
perfectamente (no podéis hacerme la injusticia de presumir lo contrario) 
que una entidad que va a organizarse ha de pensar, después que ha 
pensado en la parte espiritual contenida en el Estatuto, en la parte material, 
y tiene que pensar en los medios que han de constituir su Hacienda 
privativa; pero también creo que cuando habéis pensado en esto, como 
siempre, y es natural, y eso demuestra lo profundo de la gravedad del 
problema y lo profundamente arraigado que está en vuestro ánimo, en 
estas cuestiones se produce siempre la entidad que las plantea con un 
poco y, si no os ofende, con un mucho, de egoísmo, se mira exclusivamente 
a la personalidad; Cataluña no ha mirado más que a la región que va a 
constituir; al resto de la nación yo creo que no ha mirado más que para 
pedirle lo que necesita. También es natural, no se lo va a pedir a Francia, 
no se la va a pedir a Portugal; pero, al pedir, ha debido tener en cuenta 
circunstancias conexas. 

En un país de régimen federal, nada más fácil que resolver esta cuestión. 
Ya se que en el programa federal de D. Francisco Pi y Margall tiene 
una solución simple y facilísima; también sé que ningún federal, ni aun los 
más ortodoxos –no los llamo recalcitrantes, porque yo también lo soy-, ni 
aun los más ortodoxos, en las actuales circunstancias propondría la aplicación 
de esas fórmulas del programa federal, sin estudiar previamente la 
economía del mundo, la economía de Europa y la economía de España. 
¿La habéis tenido en cuenta? 

En los momentos de evolución económica y del sistema tributario, que 
toma por base el producto para transformarse en impuesto global sobre la 
renta, vosotros, señores catalanes, no olvidar que no estáis divorciados de 
la economía española y que vuestro florecimiento económico dependerá 
del nuestro. Por ello yo he pedido y os pido que midáis bien lo que pedís, y 
aprovecho, señores, el momento para decir al ministro de Hacienda que 
España necesita una amplia reforma tributaria, porque hay aspiraciones y 
deberes que no se pueden olvidar. 

Así, pues, las cargas del Estado deben ser satisfechas por todos los 
pueblos y regiones. 

Y ahora, señores, es de tal manera nacional el partido que tengo que 
dirigir, que os diré que como yo opina una mayoría, y que hay otros que 
piensan de manera distinta. Por eso siempre aprende uno algo nuevo; yo, 
contra lo que se decía, no he venido a hacer oposición al Gobierno; pero yo 
no admito lecciones de nadie, ni del banco azul a los escaños rojos, y por 
ello declaro que se da la paradoja de que aun no contando aquí con la 
mayoría, sí contamos con la de la calle. 

Nosotros no tenemos apetencia de poder; pero si éste fuese resignado, 
nosotros nos haríamos cargo de él, o bien pidiéndolo o bien exigiéndolo; 
pero nada de emboscadas, aun cuando sabemos la reacción y la anarquía 
que reina en el campo. 

Pero nosotros, señores, sentimos la patria, y nuestros votos condicionados 
serán a base de que no haya nada en el dictamen que roce la unidad 
nacional. 

Y nada más. (Aplausos.) 

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