Apuntes Personales y de Derecho de las Universidades Bernardo O Higgins y Santo Tomas.


1).-CURSO DE HISTORIA DEL DERECHO, DE

DOÑA MAFALDA VICTORIA DÍAZ-MELIÁN

DE HANISCH.

2).-APUNTES SOBRE NUMISMÁTICA.

3).- ORDEN DEL TOISÓN DE ORO.

4).-LA ORATORIA.

5).-APUNTES DE DERECHO POLÍTICO.

6).-HERÁLDICA.

7).-LA VEXILOLOGÍA.

8).-EDUCACIÓN SUPERIOR.

9).-DEMÁS MATERIAS DE DERECHO.

10).-MISCELÁNEO

lunes, 5 de octubre de 2015

Discurso de Nicolás Salmerón (I)


  Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; -Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farias Picon; -Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo ; Francisco Moreno Gallardo ; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa ; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma ; Cristian Quezada Moreno ; Edison Reyes Aramburu ; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala ; Marcelo Yañez Garin; 
 ANA GONZÁLEZ HUENCHUÑIR 
Nicolás Salmerón y Alonso (1838-1908)

Biografía. 

Político y filósofo español contemporáneo, nacido en Alhama la Seca (Almería) a 10 de abril de 1838. En Almería hizo los estudios de la segunda enseñanza. Después se trasladó a Granada, en cuya Universidad cursó la carrera de Filosofía y Letras y la de Derecho. Ambas las terminó en Madrid, a donde se trasladó en 1856. Sanz del Río, su maestro, conoció muy pronto el mérito de Salmerón, en quien halló un sucesor de su doctrina y un continuador de la obra de su pensamiento. Salmerón sobresalió entre sus compañeros, ya por su talento, ya por su incansable amor al estudio. Terminadas las dos carreras que se han dicho, acudió al Ateneo de Madrid, centro en el que expuso con franqueza sus opiniones, declarándose demócrata socialista y ganando en breve fama de tribuno elocuente y de profundo filósofo. Más tarde se dedicó al periodismo (1860), y se contó, aunque por breve tiempo, entre los redactores de La Discusión, diario madrileño. También fue redactor de La Democracia; pero ciertas cuestiones de doctrina le obligaron a separarse de dicho periódico, que también veía la luz en la capital de España. Cediendo a su vocación por la enseñanza, muy propia de su carácter reflexivo, logró ser nombrado catedrático auxiliar de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. 
En reñidas oposiciones a la cátedra de Historia, vacante en la Universidad de Oviedo, conquistó (1864) el primer lugar de la terna. Deseando permanecer en Madrid, solicitó una plaza de profesor supernumerario, a la sazón vacante en la Universidad Central; pero el Ministro de Fomento no se la dio, a pesar de no ser la primera concesión que hacía de este género. Sacada la plaza a oposición, la obtuvo el joven filósofo después de unos brillantes ejercicios. De acuerdo con Castelar, a quien se había despojado de su cátedra de Historia de España, que fue sacada a oposición, concurrió a esta nueva lid intelectual con el propósito de conservar para el insigne orador aquel puesto, en el caso de que el tribunal se lo concediera a Salmerón; pero éste no pudo realizar sus deseos porque los jueces desestimaron sus ejercicios, no porque fueran malos, sino porque no se ajustaban a las disposiciones de la ley de Instrucción pública. Por oposición entró a desempeñar una cátedra de Filosofía en la Universidad Central (1866), y por el mismo medio se le dio en aquel centro de enseñanza la cátedra de Metafísica (1869). Ventajosamente conocido ya por sus ideas avanzadas, fue nombrado (1867) individuo del comité democrático establecido secretamente en Madrid. De aquí su prisión, verificada por la policía a las altas horas de la noche del 13 de julio de 1867. Cinco meses permaneció Salmerón en la cárcel del Saladero. 
Puesto en libertad, su salud, muy resentida, le obligó a trasladarse a su pueblo natal, en el que, a poco de llegar, cayó gravemente enfermo. Convaleciente vivía Salmerón en la ciudad de Almería, decidido a trasladarlo en breve a Madrid, cuando estalló la revolución de septiembre de 1868. Entonces marchó apresuradamente a la capital de España, en la que fue elegido individuo de la Junta revolucionaria. Iniciadas las reuniones públicas que habían de dar vida a los nuevos partidos, Salmerón concurrió a una celebrada en el Circo de Price, y desagradó a republicanos y monárquicos, porque, lejos de exponer claras afirmaciones, se limitó a recomendar la mayor reflexión antes de decidirse por la república o por la monarquía. Los individuos del gobierno provisional subscribieron un acta en favor de la monarquía, y otro tanto hicieron bien pronto muchos políticos importantes. Salmerón se negó a firmar dicho manifiesto y se apartó de los que le habían subscrito. Poco después se realizaron las elecciones de diputados para las Cortes Constituyentes de 1869. Al presentar su candidatura por Huércal Overa (Almería), publicó Salmerón un extenso manifiesto, que algunos han calificado de Constitución en regla. No obstante su fama, fue derrotado. Por primera vez, logró ser elegido diputado en 1871. Figuró en aquel Congreso entre los jefes del partido republicano, y pronunció un elocuente discurso, no en defensa de la Internacional, sino para demostrar que esta asociación era perfectamente legal. Volvió al Congreso en 1872; y como aún era diputado en 1873, dio su voto a la República (11 de febrero) después de haber sido aceptada la dimisión de Amadeo I. Elegido inmediatamente el poder Ejecutivo, a Salmerón se confió la cartera de Gracia y Justicia (13 de febrero) bajo la presidencia de Figueras, que con todos sus compañeros se retiró del gobierno en 7 de junio del mismo año. Transcurridos algunos días, Salmerón fue elegido presidente de las Cortes (13 de junio). En el discurso de gracias recomendó a los diputados que procuraran amparar los intereses de las clases conservadoras; pidió que se hiciera una república para todos los españoles; proclamó la República federal; aconsejó que la minoría se disciplinase y que fuese prudente la mayoría. Antes se había negado a entrar en el Ministerio que presidía Pí y Margall. Este no tardó en renunciar la presidencia del poder Ejecutivo después de la insurrección de Cartagena. Entonces Salmerón, que para sucederle obtuvo 119 votos contra 93 que deseaban la continuación de Pí en el gobierno, aceptó la presidencia de la República, teniendo por Ministros a Soler y Plá (Estado), Maisonnave (Gobernación), José Carvajal (Hacienda), González Iscar (Guerra), Moreno Rodríguez (Fomento) y Palanca (Ultramar). Esto sucedió en 18 de julio de 1873. Al presentarse en las Cortes Salmerón dio las gracias a los que le habían honrado con su voto; se felicitó de que la izquierda hubiese ido al Parlamento; elogió la conducta de los monárquicos, que concurrían a la salvación de la patria; declaró que continuaba siendo republicano federal; encareció la necesidad del orden, y afirmó que sería inexorable con los trastornadores de la paz, castigando lo mismo a los jefes que a los soldados. Luego pidió consejo sobre la guerra civil y la reorganización del ejército a los generales marqués del Duero, marqués de la Habana, Turón, Quesada, Mata y Alós, Makenna, Lemerik, Izquierdo, Jovellar, Balmaseda y otros; hizo algunos nombramientos oportunos; disolvió los regimientos que habían fraternizado con los cantonales; declaró piratas a las tripulaciones de los buques sublevados, y pidió a las Cortes autorización para que las Diputaciones provinciales pudiesen imponer contribuciones a los carlistas. En vano trabajó para que el cantón valenciano reconociese a la Asamblea y al gobierno. De aquí que diera a Arsenio Martínez Campos el mando militar de Valencia y del ejército de operaciones en aquel distrito (V. Martínez Campos, Arsenio), con lo que consiguió que las tropas vencedoras entrasen en Valencia en 8 de agosto. 
Al mismo tiempo confió a Pavía la campaña contra los cantonales andaluces, siendo el resultado también favorable al gobierno (V. Pavía y Rodríguez de Albuquerque, Manuel), que tampoco descuidó el sitio de Cartagena. Intentó además Salmerón restablecer el cuerpo de artillería, pero no pudo conseguirlo por los obstáculos que le pusieron hombres tan influyentes como Castelar. Había sido siempre partidario de la abolición de la pena de muerte. Las Cortes discutieron en aquellos días la conveniencia de aplicar o no aquella pena; Salmerón, firme en sus convicciones, que al presente no ha variado, [230] molestado también por los ataques de una parte de la Cámara, dimitió la presidencia de la República, para no firmar una sentencia de muerte (7 de septiembre de 1873). Le sucedió Castelar, que dejó vacante la presidencia de las Cortes, puesto al que fue elevado Salmerón al cabo de dos días por unanimidad de votos. He aquí las palabras que ante la Cámara pronunció Salmerón poco antes de dejar el gobierno: «Mientras no se inspire (la Cámara) en otros principios, mientras no tenga otro sentido, mientras estos estrechos moldes de los partidos políticos no se abran y deje de haber ese egoísmo, esa pasión mezquina y satánica, que enorgullecía al Sr. Pí y Margall por ser objeto de ella, de parte de los conservadores, y que á mí me contrista, yo he muerto para la política contemporánea, porque creo que por ese medio, ni el Derecho, ni la civilización, ni el progreso, ni la justicia se afirmaran jamás en los pueblos modernos.» A los pocos días de ser elegido presidente de las Cortes éstas suspendieron sus tareas, que reanudaron en 2 de enero de 1874. En el interregno parlamentario el Ministerio de Castelar se enajenó las simpatías del centro y de la izquierda por el abuso de la dictadura.
 Al abrirse de nuevo las Cortes en la fecha citada, Salmerón continuaba siendo su presidente y Castelar era aún jefe del gobierno. Este último fue objeto de un voto de censura, por lo que presentó la dimisión con todos sus colegas. Los amigos de Salmerón habían votado contra Castelar. Tratábase de organizar otro Ministerio presidido por Salmerón cuando las tropas que mandaba el general Pavía disolvieron por la fuerza aquellas Cortes, no sin que Salmerón, desde la presidencia, propusiera a los diputados (3 de enero) la resistencia pasiva. Fuera del salón de Sesiones, Salmerón, con 20 ó 30 diputados, entró en el archivo, pero a los pocos momentos salió a la calle. Al día siguiente presentó al Tribunal Supremo de Justicia la denuncia contra el golpe de Estado realizado por Pavía; pero el Tribunal le contestó aceptando los hechos consumados. Apartado de la vida pública desde aquel suceso, vio, sin embargo, con disgusto la proclamación de Alfonso XII (30 de diciembre de 1874). Con otros varios catedráticos fue despojado de su cátedra en 1875 y se vio obligado a refugiarse en Francia. 
En París hizo causa común con Ruiz Zorrilla, con quien firmó dos manifiestos republicanos dirigidos a los españoles (septiembre de 1876 y diciembre de 1879). Con el mismo político y con otros muchos subscribió el manifiesto que en abril de 1880 señaló el nacimiento del partido republicano progresista, cuya jefatura se confió a Ruiz Zorrilla. En Francia conquistó gran crédito como abogado, y en tal concepto ganó el sustento de su familia, que en dicha capital le acompañaba.
Tumba

 Llamados al poder los liberales en febrero de 1881, Albareda, Ministro de Fomento, repuso en sus cátedras a los profesores separados por Orovio en 1875, y el gobierno decretó la amnistía para todos los desterrados políticos. Entonces Salmerón visitó temporalmente la capital de España, pero aún vivió algún tiempo en la de Francia. Después fijó su residencia en Madrid (1884) y volvió a explicar su cátedra de Metafísica, que sigue desempeñando en la Universidad Central, luciendo su profundo juicio filosófico, su erudición vastísima en la materia y su incomparable palabra. Como candidato del partido republicano progresista, fue elegido diputado a Cortes por Madrid (abril de 1886); y proclamado como tal en 14 de mayo, no juró, pero prometió respeto a la Constitución (11 de junio). Hallábase recorriendo el Noroeste de España, donde había pronunciado algunos discursos políticos, cuando estalló en Madrid (19 de septiembre de 1886) una revolución republicana. Regresó apresuradamente a dicha capital y dirigió los trabajos de la minoría republicana del Congreso encaminados a obtener el indulto de Villacampa, jefe de aquella revolución, y de otros sublevados. A nombre de dicha minoría visitó al presidente del Consejo de Ministros (Sagasta) para pedirle el perdón de aquellos revolucionarios, amenazados por la pena de muerte, declarando que la minoría republicana había sido dolorosamenle sorprendida por la revolución del 19 de septiembre. Villacampa y sus compañeros conservaron la vida. 
Transcurridos algunos meses Salmerón concurrió con sus amigos a la Asamblea del partido republicano progresista celebrada en Madrid, y no estando conforme con los acuerdos de la mayoría de la misma, se retiró de ella antes de que terminaran sus sesiones. Los 10 comités de distrito que en la capital de España tenían los republicanos progresistas censuraron la conducta de su representante en el Congreso, y entonces Salmerón, reconociendo que estaba en desacuerdo con los electores, renunció el cargo de diputado. No mucho más tarde, con Azcárate, Pedregal, Labra y otros políticos notables, organizó el partido republicano centralista, que le reconoce por jefe. Asistió a la Asamblea republicana verificada en Madrid en 1890 con propósitos de unión; pero en ella, al tomar acuerdos, unió sus votos a los de los diputados republicanos que allí quedaron en minoría, y para explicar su conducta publicó un manifiesto en La Justicia (1º de marzo), diario madrileño y su órgano en la prensa. En las elecciones generales para diputados a Cortes hechas más tarde siendo Cánovas jefe del gobierno, Salmerón presentó su candidatura por el distrito de Gracia (Barcelona), y aunque se aseguró que había obtenido la mayoría de los sufragios, oficialmente apareció derrotado, y aquellas Cortes terminaron su vida sin que Salmerón hubiese tomado asiento en el Congreso. Con Pí y los representantes del partido republicano progresista acordó en los comienzos del año de 1893 las bases de una coalición republicana aceptada por Ruiz Zorrilla y que apareció con gran fuerza en el meeting republicano celebrado en Madrid en la noche del 4 de febrero de 1893 en el Circo de Rivas. Allí pronunció un elocuente discurso, y otro en Zaragoza, en un meeting verificado pocos días después (20 de febrero) en el Teatro de Goya, donde al salir el público se halló debajo de una butaca del salón de descanso una bomba cuya mecha apagó un obrero. Resultado de la coalición fue el triunfo completo de la candidatura republicana, en la que iba comprendido Salmerón, en la capital de España, al hacerse nuevas elecciones de diputados a Cortes por el gobierno que presidía Sagasta. 
Además Salmerón fue elegido diputado por el distrito de Gracia (Barcelona), donde se hallaba el día de la elección. En seguida regresó a Madrid, cap. en la que fue recibido (15 de marzo de 1893) en la estación por gran número de republicanos que lo acompañaron hasta su casa. En otro viaje de propaganda visitó, pronunciando discursos, Badajoz, donde se celebró un meeting (junio) de republicanos españoles y portugueses, Ciudad Rodrigo y Salamanca (día 27). Después recorrió Asturias, dejando oír su voz en Gijón (11 de septiembre), Oviedo (día 18) y otras poblaciones. De vuelta en Madrid, inició conferencias del nuevo curso en el Círculo de la Unión Mercantil, desarrollando el tema de la moralidad pública, (11 de noviembre de 1893). En octubre del año siguiente marchó a Lisboa; pero antes de que realizase allí acto político ninguno de importancia, el gobierno portugués decretó su prisión, que fue muy breve, y su expulsión del territorio portugués, inmediatamente realizada. Resuelta por Sagasta una crisis, dando la cartera de Ultramar al posibilista Abarzuza, Salmerón en el Congreso, tratando el asunto, pronunció un discurso de enérgica oposición, y censuró con la mayor dureza (29 de noviembre de 1894) la conducta del nuevo Ministro, republicano hasta la víspera de su entrada en el gobierno. Abarzuza envió sus padrinos a Salmerón, que nombró los suyos, pero no llegó a verificarse un lance de honor. No es para olvidar la parte activa que Salmerón había tomado algún tiempo antes en la campaña obstruccionista de los diputados republicanos para impedir el aplazamiento de las elecciones municipales. Al efecto había pronunciado varios discursos en la famosa sesión del Congreso comenzada en la tarde del 10 de mayo y acabada en la del 13 de dicho mes del año de 1893. 
Concurrió más tarde a la inauguración del Centro Republicano de Castellón de la Plana, en el que, en un discurso, declaró (17 de diciembre de 1894) que era necesario persistir en la evolución, considerando la revolución como el último instante de aquélla. Añadió que era necesario respetar los derechos de la Iglesia, no combatiéndola más que en el caso de que provocara a la guerra por intransigencia del fanatismo. Dijo también que hacía falta organizar y enaltecer al ejército con el servicio obligatorio, la justicia militar y la reorganización del material de guerra, agregando que no pediría al ejército que se sublevara, si bien trataría de convencerle de que la monarquía era incompatible con la felicidad del país y el bien de la patria. Otro discurso semejante pronunció en Valencia (19 de diciembre). Su último acto importante hasta el día (febrero de 1896) ha sido su intervención en los debates del Congreso al discutirse las causas de la crisis que había dado entrada en el gobierno a los conservadores (marzo 1895), presididos por Cánovas. Residiendo en París, Salmerón, con Fernández de los Ríos y Tomás Rodríguez Pinilla, había traducido al castellano los Estudios sobre la historia de la humanidad, por Laurent, aunque la traducción se publicó en Madrid (1879, 5 t. en fol.). Notable es el trabajo que sobre el concepto de la Metafísica había insertado años antes en la Revista de la Universidad de Madrid. De sus Discursos parlamentarios existe una edición (Madrid, 1881, en 8º mayor), con un prólogo de Gumersindo de Azcárate.





DISCURSO ANTE LAS CORTES CONSTITUYENTES DE LA I REPÚBLICA ESPAÑOLA AL OCUPAR POR PRIMERA VEZ EL SILLÓN PRESIDENCIAL DEL CONGRESO
¿Acaso la democracia es el predominio o el imperio de una clase, contra el resto de las clases y de los partidos políticos?

Nicolás Salmerón 

[13 de Junio de 1873]

SEÑORES DIPUTADOS CONSTITUYENTES:

Tan difícil corro honroso el cargo que acabáis conferirme; jamás soñé alcanzarlo, porque nunca creí merecerlo, careciendo de la autoridad y condiciones personales necesarias para ocupar este altísimo sitial. Pero ya que vuestros votos aquí me han elevado estad seguros de que hasta donde mis fuerzas alcancen, en cuanto una voluntad firme e inquebrantable valga, habré de contribuir, con la autoridad que me habéis conferido, que juntos todos, sin divisiones, porque no debe haberlas cuando se trata de la salud de la patria y del honor de la República, cumplamos la misión que nos ha confiado el país, demostrando que los principios republicanos afirman el derecho y garantizan la paz de todos los españoles, y estableciendo una legalidad común que acabe para siempre con esa serie de reacciones y de revoluciones que trae perturbados los ánimos, y que tan hondamente ha quebrantado todos los intereses de la nación (Bien, bien).
Permitidme, Sres. Diputados, por más que carezcan de autoridad personal, algunas reflexiones sobre la misión de las Cortes Constituyentes de la República española. Pensemos cuáles son las condiciones en que vienen a emprender su augusta obra, cuáles las dificultades que tienen que vencer, cuál el derrotero que la razón y el patriotismo de consuno les trazan, y cuál, por último, el fin seguro a que habrán de llegar, si en la justicia se inspiran.
Sois por plenitud de derecho los representantes de la nación española; es en vano que los enemigos de la República pretendan desconocer, ni amenguar siquiera, la soberana representación que habéis recibido por virtud de un llamamiento legal que el asentimiento unánime del país ha sancionado, y que los principios constitucionales imponían sobre la voluntad de todos los poderes y sobre los intereses de todos los partidos. Mas es lo cierto que, por una serie de circunstancias que todos debemos deplorar, y en que todas las parcialidades políticas tienen alguna parte, incluso nosotros (que es bueno decir toda la verdad, por más que la verdad amargue); es lo cierto, repito, que estas Cortes se componen, en su cuasitotalidad, de republicanos federales, y que faltan los representantes de otros intereses, de otras aspiraciones, parcialidades políticas enteras de las que han venido disputándose el imperio de España, y a quienes tanto debe la causa de la libertad y del progreso.
Por esto, si firmes y seguros con la representación que de derecho nos corresponde, tenemos que cumplir una misión más alta que la de servir y favorecer los intereses y las aspiraciones del partido republicano, es necesario que por nuestra conducta, por nuestras obras, por el bien que a nuestros adversarios mismos deparemos, lleguemos a ser de hecho, en la realidad, la representación genuina de la nación. Haced que las Cortes, que hasta ahora parecen la representación exclusiva del partido republicano federal, lleguen ser las Cortes de la nación española, y que las clases conservadoras tengan que agradecernos el haber amparado sus propios intereses tan bien como si aquí hubieran tenido una fuerte y poderosa representación: ¿qué misión mas santa, más augusta, se ha encomendado jamás a ningún partido político? (Aplausos)
Impórteos poco, Sres. Diputados, que se pueda decir que por virtud del retraimiento no tienen representación aquí las demás parcialidades políticas. Estad seguros de que, inspirándonos en los principios que siempre ha predicado la democracia española; de que siguiendo el camino iniciado por las minorías que han combatido desde aquellos bancos, nunca por el poder, siempre por el derecho, tendréis la representación de todo lo que vale, de todo lo que debe ponderar en la política de los pueblos libres; que en tanto vale, en cuanto a la razón y en la justicia se sustenta (Aplausos).
Pues bien, señores; ¿representa acaso la democracia el predominio o el imperio de una clase, de una parcialidad, en el organismo de las sociedades, contra el resto de las clases y de los partidos políticos? No, y mil veces no. La democracia no representa el predominio ni el imperio arbitrario de una clase, de un estado por numeroso que sea, sobre y contra los otros; no es el predominio ni el imperio del cuarto estado contra las clases que han venido abriendo el camino del progreso y de la civilización humana, y que por lo mismo han ejercido el poder.
Cierto es que la democracia trae el cuarto estado a la vida política, todavía desheredado en la esfera económica de aquellas condiciones sin las cuales no tiene el poder político el vigor interno que las fuerzas sociales le prestan; pero es cierto también que al traerlo a la vida política y social no es para que domine con exclusivo imperio, no es para que imponga servidumbre a las demás clases y a los demás partidos; es para que establezca, es para que consolide (y a nosotros nos toca esta misión) el reinado del derecho, bajo el cual todos alcancen la misma dignidad y puedan ejercer igual soberanía. Decid, si no, por qué los derechos de la personalidad humana son el evangelio de la democracia.
Esto es lo que en mi opinión, Sres. Diputados, la democracia representa. No teman, pues, las clases conservadoras el advenimiento del cuarto estado a la vida política; no teman la demanda de reformas sociales necesarias para ejercer el poder político; que si el recuerdo de su larga servidumbre a veces le exacerba el derecho que invoca, ni consiente venganzas, ni reclama violencias.
Si esto es así, Sres Diputados, aún cuando por el retraimiento aparezca que somos sólo Cortes que representan un partido político, podemos decir que bajo nuestra bandera, bajo nuestro principio, que es el derecho, no hay intereses, no hay elementos, no hay clases sociales que no tengan su legítima, su genuina representación; representación más alta, mas ilustre que la que pudieran alcanzar aquí por el órgano de los mismos interesados en mantener sus seculares privilegios. Señores Diputados, si esta misión habéis de cumplir, dadas las criticas circunstancias por las que atravesamos, en el aislamiento de los demás partidos, hasta del mismo que proclamó con nosotros la República; con la insurrección en numerosas provincias a nombre de principios que la justicia condena y que el progreso de los tiempos hace imposible; con la administración desquiciada, con el Tesoro exhausto de recursos, con la relajación de la disciplina en el ejército y un de todo vínculo de la autoridad, porque descoyuntada de todo punto ha encontrado a la sociedad española la República el día de su advenimiento, necesitáis armaros de una gran prudencia, de una gran serenidad de ánimo y de un gran dominio sobre vosotros mismos, de tal suerte que no lleguéis jamás a dar oídos a la pasión ni al interés de partido, y que podáis sobreponeros a lo que ha perdido aquí a todas las situaciones anteriores, a lo que ha acabado con la Monarquía, y a lo que de seguro, si prevaleciera acabaría con la República : al egoísmo.
Aprended, señores, como dice un vulgar refrán de nuestra lengua, a escarmentar en cabeza ajena; ved que se ha perdido la Monarquía, no tanto porque no contara aún en nuestra patria elementos todavía fuertes y poderosos, sino porque quisieron hacer que la Monarquía fuera y sirviera sólo para los dinásticos, desde el punto en que dejó de ser bandera de principios bajo la cual vivieran todos los españoles, la Monarquía se lizo imposible, y cavó por sí misma. Pues si nosotros pretendiéramos hacer la República sólo para los republicanos, sobre cometer un crimen terrible para el cual jamás podríamos esperar perdón de las generaciones presentes, ni pedir conmiseración a nuestra memoria de las generaciones futuras, mataríamos en el instante mismo la República. ¿Y bajo este espíritu exclusivo y egoísta, verdaderamente satánico, pretenderéis implantarla en España?
Es preciso, es indispensable que con la mano puesta sobre nuestra conciencia, y nuestra razón fija en el ideal eterno de la justicia, pensemos en hacer la República para España; que nos apresuremos a invi tar, a excitar, y si necesario fuere, a rogar a todas las clases que ahora parecen fuera de la organización republicana, que vengan a cooperar con nosotros a un fin que no se encierra en los estrechos límites de un partido, sino que debe abrazar todos los ámbitos de la patria rejuvenecer nuestro espíritu para afirmar de una vez y definitivamente el imperio de la libertad.
Yo desde aquí, aunque poca autoridad mi voz alcance, he de decir también a las clases conservadoras, que acaso tengan menos estrechez de miras que los partidos políticos que las representan, que no solo no deben temer los principios que la democracia entraña, y cuya forma genuina es la República, pero ni siquiera los que trae consigo la organización federal.
Contra la división histórica que la jerarquía cerrada de las clases sociales ha venido durante largos siglos elaborando, nosotros no predicamos, nosotros no pretendemos: nosotros, por lo contrario, rechazamos con todas las fuerzas de un ánimo entero y varonil la disolución social que en algunas torpes y erradas tendencias se sostenga y propague; que si afirmamos como un principio fundamental de la sociedad humana la igualdad, no queremos la desorganización; antes bien, nosotros establecemos como principio el libre organismo de la igualdad humana, en el cual y bajo el cual caben todos los elementos sociales, por contrarios que sean, pudiendo todas las clases, por grande que sea el antagonismo que el interés y las preocupaciones hayan engendrado, venir a constituirse según los fines racionales humanos, que son los únicos que prestan savia y aliento a la civilización y pueden afirmar la definitiva armonía de las sociedades. Nosotros, es cierto, condenamos los privilegios históricos que ya nada absolutamente representan; mas no precisamente por odio ni aversión, sino porque los han condenado los tiempos, porque son títulos verdaderamente caducos. Lo que fuere, lo que
deseamos, lo que afirmamos es que todas las fuerzas sociales libremente se organicen; las de arriba, las de abajo y las de en medio; que todos estos grandes, que todos estos nuevos organismos sociales constituidos, informen su espíritu en la Constitución democrática federal, de suerte que todos ellos de consuno, y en su peculiar representación, puedan alcanzar el poder, que hasta ahora se ha venido negando a los menos fuertes, a los más ínfimos, que son en cambio los que soportan el pesa de la vida.
Si de suyo exige la República federal tales organismos, presta con ellos también todas las condiciones que es posible pedir, y que con derecho pueden reclamarse, de la organización política del Estado para la resolución de todas las cuestiones sociales.
No olvidéis, Sres. Diputados, que no se puede pedir, que no se puede demandar que en una hora, que en un instante cambien las condiciones sociales de la vida de un pueblo; no penséis que tales reformas sean obra exclusiva de un partido. Todas las instituciones, todos los fines humanos necesitan cooperar para que
se realicen y cumplan: si no, son obras efímeras que duran sólo lo que uno de esos fugaces relámpagos que cruzan en noche lóbrega y tormentosa por el horizonte. Las reformas sociales deben además atempe rarse a las condiciones particulares, cuasi siempre locales, que, en medio de la complejidad de las circunstancias históricas de la vida de los pueblos, hacen que cambie el problema social de una región a otra, con ser el mismo el principio de justicia bajo el cual deba resolverse. Pues a estas exigencias únicamente puede satisfacerla organización democrático-federal.
El intento de cambiar las condiciones sociales cortando con la tajante revolucionaria todos los obstáculos que puedan oponerse, hace de todo punto insoluble el problema, tormentosos sus medios, estériles sus procedimientos, y aun inicuos sus resultados.
En cambio, si desde el Estado nacional hasta el Municipio se afirma la peculiar soberanía de los organismos políticos, y los organismos sociales se constituyen libremente según los fines humanos, entonces desaparece el despotismo de las reformas impuestas de arriba, y adquiere el derecho aquella flexibilidad que el progreso de la justicia exige.
En este sentido, pues, Sres. Diputados, valga decir desde lo alto de este sitio a las clases conservadoras que no teman que la República federal vaya a quebrantar la unidad de la patria, ni herir inicuamente los intereses que ellas representan. De ninguna suerte. Antes, por lo contrario, viene a preparar la suave pendiente que debe conducirnos a realizar las reformas sociales que el derecho del cuarto estado reclama, y que la justicia y hasta el buen sentido aconsejan a las clases conservadoras que se anticipen a otorgarle.
No quiero molestar por más tiempo vuestra atención, Sres. Diputados; voy a acabar: mas antes me habréis de permitir que os diga que es absolutamente indispensable, aún cuando se constituya una fuerte mayoría, aun cuando haya una minoría también fuerte y disciplinada, que todos, absolutamente todos, prestemos nuestro acatamiento, ofrezcamos el obsequio de nuestro voluntario respeto a los acuerdos de la Asamblea; que si no lo hacemos los republicanos, que si no lo hacemos los interesados en afirmar y consolidar el imperio de la República federal en España, ¿tendríamos derecho a esperar que lo prestaran nuestros adversarios, acaso apercibidos ya, si por nuestras discordias interiores nos destrozamos, para repartirse nuestros despojos y sepultar con oprobio el régimen democrático?
iEs necesario, Sres. Diputados, que la minoría se discipline en este sentido; que sepa que hay una Asamblea soberana por la voluntad del .pueblo, por la fuerza del derecho, por el asentimiento del país, y aun por el respeto de nuestros propios adversarios; y que, manteniendo la pureza indubitable de sus intenciones, mas templando su ardor y su impaciencia en los procedimientos , considere que más se han de ganar y conquistar las reformas con la razón y haciendo que la justicia llegue a prevalecer entre los hombres, que imponiéndolas por la fuerza.
¡Ah, Sres. Diputados! ¡Qué poco vale la fuerza en el mundo! Por más que aparezca ante el juicio grosero de ciertas gentes que la fuerza es lo único que impera en las sociedades, porque avasalla a los individuos y a los pueblos, la verdad es que la fuerza sólo
sirve para a cosa, para derribar los obstáculos que se oponen en el camino de la civilización; que sólo se consolidan, sólo se afirman en la vida de los pueblos, que por algo es el hombre un ser racional, aquellas obras que se fundan en los eternos principios de la razón y que sirven a los fines divinos de la justicia.
Es, pues de todo punto indispensable que la minoría preste ese gran servicio; y, crea en la palabra de un amigo verdaderamente desinteresado, tanto mas ganarán sus propias ideas cuanto más fíe a la moderación y menos a la impaciencia.,
Por su parte la mayoría, aunque se sienta fuerte por el número y enaltecida por la representación que la está encomendada fura de su propio partido, sabrá mantener aquella moderación y prudencia necesarias para demostrar que n se vence a las minorías con la fuerza de los votos, sino primero y principalmente por la fuerza de la razón de las ideas. Y si no, recordad que ha poco existía una Asamblea en la cual era muy corto el número de republicanos, y por la fuerza de las ideas, por esa virtud verdaderamente divina que poseen, venció aquel pequeño número a una inmensa mayoría en tres batallas consecutivas. Consecuencia de ellas es esta Cámara Constituyente, a la cual saludo, esperando que sepa servir al alto fin que la patria le ha encomendado (Aplausos).

Caso judicial importante de Salmerón


Ruina y mugre en la casa de la infanta Eulalia

Una enorme casona manchega y un castillo del siglo XVI son los vestigios más maltratados y olvidados de la familia Borbón. El conjunto amenaza ruina total a pesar de su ilustre pasado.
Una enorme casona manchega y un castillo del siglo XVI son los vestigios más maltratados y olvidados de la familia Borbón. Allí donde un día hubo festejos reales, misas y trasiego de personalidades hoy queda un sofá cochambroso, colchones mugrientos y techos a punto de desplomarse. Es la finca de Castillejo, adquirida por María Cristina de Borbón-Dos Sicilias nada más enviudar de Fernando VII y casarse en secreto con Fernando Muñoz, duque de Riánsares. En los siete años que duró su regencia (1833-1840), la monarca accidental pasó ciertas temporadas de retiro y descanso en este lugar, probablemente en compañía de su hija, todavía una niña, Isabel II.
Cuesta imaginar el esplendor de Castillejo hoy. La finca se encuentra en un recodo escondido de Saelices (Cuenca), en mitad del monte, muy cerca del yacimiento celta y romano de Segóbriga. No parece más que un amasijo de vigas de madera y mampostería derruida. Nadie pisa este lugar más que para cultivar los pastos que lo rodean. Y, desde luego, nadie se interna en sus salones y en su desconchada capilla.
La finca permitió durante décadas a distintas ramas de los Borbones descansar del trasiego de Madrid con cierta intimidad
De hecho, muy pocos en Saelices conocen la real historia de este sitio, adquirido por María Cristina de Borbón probablemente influida por su segundo marido, Fernando Muñoz, natural de la cercana Tarancón. Estas más de 1.500 hectáreas de tierra de cultivo y varias edificaciones, entre ellas el castillo cuyo origen algunos historiadores datan de la época musulmana, permitieron durante décadas a distintas ramas de los Borbones descansar del trasiego de Madrid con cierta intimidad.
Aunque a nadie le interesa hoy este terreno, tras la muerte en el exilio de la conocida como Reina Gobernadora en 1878, se abrió una enconada guerra por la herencia de la finca entre los descendientes de la casa Borbón (en especial sus nietas, las infantas doña Paz y doña Eulalia, hijas Isabel II) y los ocho hijos, simples nobles, que María Cristina había engendrado con el Duque de Riánsares.
Ilustres como Salmerón, Maura y Gamazo tuvieron que interceder en la guerra abierta por la herencia de esta finca abandonada
Así lo relata María Victoria Cavero en su libro 'Paz de Borbón, la Infanta de Villa Paz': "El testamento —y por lo tanto— su herencia originarían una enconada polémica y el litigio durante más de veinte años entre los herederos de la familia real y la morganática. Una Junta de ilustres personalidades del Foro, entre los que figuraban nada más y nada menos que Salmerón, Maura y Gamazo, lograrán hacer efectiva la testamentería".
Finalmente, los Borbones se quedan con la herencia y dividen la enorme finca en dos: los terrenos al norte del río Gigüela serán propiedad de doña Eulalia con la denominación de Castillejo. Los terrenos al sur del río serán para doña Paz con el nombre de Luján. Doña Paz se estableció con carácter permanente en su nueva posesión y se hizo construir un palacio llamado Villa Paz, que en el franquismo sería famosa por ser la ilustre casa de descanso (y lugar de matrimonio) del torero Luis Miguel Dominguín y su esposa Lucía Bosé. Un escenario de grandes fiestas y peregrinación de lo más granado de la farándula española y también de Hollywood, atraídos por la presencia de Ava Gardner. Sin embargo, apenas un kilómetro al norte, la finca de Castillejo, en manos de doña Eulalia, no gozó del mismo destino.
La infanta Eulalia de Borbón en su juventud



"Se sabe que las dos infantas visitaban con frecuencia Saelices. Pero mientras Villa Paz fue un enclave importante para las grandes personalidades de Cuenca y también de Madrid, hay muy poca información sobre lo que sucedió en Castillejo con doña Eulalia", explica el historiador local Manuel Amores. Durante la Guerra Civil, la casona y sus explanadas acogieron "un banco de sangre" para los combatientes republicanos de las Brigadas Internacionales y albergaron una "fantástica biblioteca" de la que no queda ni rastro, narra Amores. Días atrás, el escritor Enrique Domínguez Millán reclamó poner en valor el conjunto de Castillejo y Luján y rendir honores a la infanta Paz, muy implicada con el desarrollo local, en un artículo en 'La Tribuna de Cuenca'.


Doña Eulalia no se implicó, a diferencia de su hermana, en la vida social de Cuenca. Durante unos años mantuvo su casa y trató de reconstruir el castillo sin demasiado éxito. No se sabe si por falta de fondos o por falta de tiempo, dada la conocida vida errante de la infanta, quien adoraba viajar por Europa y América. A los pocos años de heredar la finca la cedió a su hijo Luis Fernando de Orleans, cuya administración "le producía una renta de 25.000 pesetas" de la época, según recoge la obra de Cavero. Ese dinero tampoco fue suficiente para reconstruir el histórico castillo junto a la casona, y finalmente Luis Fernando se desharía de su herencia. La fortificación que la preside figura desde el año 2007 en la Lista Roja del Patrimonio de la asociación Hispania Nostra, aunque consta como bien protegido por decreto desde abril de 1949.
La casona y el castillo más maltratado de los Borbones ejerce como metáfora de lo que fue la figura de su propietaria para la familia real, que siempre trató de repudiarla. Fue conocida en la Corte como "la oveja negra" de los Borbones e incluso "la infanta republicana" por su carácter fuerte, sus opiniones inteligentes y mordaces y su vida disoluta para los estándares de la época. Su sobrino, Alfonso XIII, fue quien más padeció sus salidas de tono, que hoy vemos como de auténtica vanguardia.
La casona y el castillo más maltratado de los Borbones ejerce como metáfora de lo que fue la figura de la infanta Eulalia para la familia real
Uno de los momentos más tensos fue la publicación en Francia del libro 'Au fil de la vie' ('A lo largo de la vida'), en el que la infanta se lamenta del retraso cultural y el cariz retrógrado de España y defiende a ultranza la emancipación de la mujer, exigiendo sus derechos como persona autónoma no dependiente de la voluntad del marido de turno. La obra fue calificada como inmoral y escandalosa en la corte de Borbón y se prohibió la distribución en nuestro país.

La infanta pasó de la palabra a la acción en multitud de ocasiones. Un ejemplo: fue la primera aristócrata en separarse de su marido, Antonio de Orleans, con el que se casó obligada por su hermano Alfonso XII para reforzar las alianzas reales. Ocurrió en 1900, más de un siglo antes de que la infanta Elena se divorciase de Jaime de Marichalar. Alfonso XIII montó en cólera por la actitud de su tía y la mandó al exilio durante diez años. Fue en esos años de destierro en París cuando ella sirvió la venganza fría con 'Au fil de la vie'.

Curiosamente, Alfonso XIII adoraba viajar en coche desde Madrid hasta Saelices para visitar a su tía doña Paz en su mansión. Para ello, debía circular por un camino de monte bajo y rodear la casa de su odiada tía Eulalia dos kilómetros antes de llegar a su destino. También Luis Miguel Dominguín y el enorme séquito de personalidades que durante casi un siglo frecuentaron Villa Paz y su entorno, transitaron la colindante finca arruinada en innumerables monterías y paseos.
La ruina avanzada de la finca de Castillejo actúa como metáfora perfecta de lo que fue la infanta Eulalia para la casa de Borbón: una figura infravalorada y sumida en el olvido. Casi nadie en Saelices conoce la historia de este lugar. "No sabía que existía esta casa hasta hace poco. ¿Era de los Borbones, dices? No tenía ni idea", responde la única persona que hay en todo el páramo, un joven de Saelices que se ha acercado con un detector de metales para ver si encuentra algo entre los plásticos, zapatos raídos, toneladas de hierro y mobiliario viejo. Tanto la casona como el castillo de Castillejo no tienen ya ninguna opción de ser restaurados.

La infanta Eulalia falleció en Irún en 1958 a los 96 años de edad. Consta que en estos últimos años recibía con cariño las visitas que le hacía su entonces joven bisnieto Juan Carlos I.

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