Apuntes Personales y de Derecho de las Universidades Bernardo O Higgins y Santo Tomas.


1).-APUNTES SOBRE NUMISMÁTICA.

2).- ORDEN DEL TOISÓN DE ORO.

3).-LA ORATORIA.

4).-APUNTES DE DERECHO POLÍTICO.

5).-HERÁLDICA.

6).-LA VEXILOLOGÍA.

7).-EDUCACIÓN SUPERIOR.

8).-DEMÁS MATERIAS DE DERECHO.

9).-MISCELÁNEO


jueves, 22 de noviembre de 2012

57.-Martinelli moneda de balboa.-a

  Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; -Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farias Picon; -Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo ; Francisco Moreno Gallardo ; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa ; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma ; Cristian Quezada Moreno ; Edison Reyes Aramburu ; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala ; Marcelo Yañez Garin; Katherine Alejandra Del Carmen  Lafoy Guzmán

  
Martinelli moneda de balboa


  

El balboa es la moneda nacional de Panamá .Su nombre es en honor del explorador y conquistador español Vasco Núñez de Balboa.


Adverso

Reverso



Historia.

El balboa reemplazó al peso colombiano en 1904, tras la independencia del país. El balboa ha estado vinculado al dólar estadounidense (que también es de curso legal en Panamá) a un tipo de cambio de 1:1 desde su introducción y siempre ha circulado junto con los dólares.

Balboa



Código ISOPAB
SímboloB/.​ ฿.
Ámbito Panamá
Fracción100 centésimos
BilletesUsa los billetes de dólar estadounidense
Monedas1, 5, 10, 25, 50 centésimos y 1 balboa
EmisorNinguno​

Tasa de cambio fija1 USD = B/.1

La moneda de un balboa está en circulación desde al año 2011. Su apodo,Martinelli, es el apellido del presidente panameño que decidió crear esta divisa,una medida que no disfrutó de demasiada popularidad.


  
Vasco Núñez de Balboa.



Biografía

Núñez de Balboa, Vasco. Jerez de los Caballeros (Badajoz), c. 1475 – Acla (Panamá), 13-19.I.1519. Conquistador, descubridor del océano Pacífico.

Fue fundador y alcalde de Santa María la Antigua del Darién, primera ciudad española en la América continental, y de Acla, así como conquistador de una gran parte de la región transístmica americana. Tuvo los títulos de adelantado de la Mar del Sur y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba.

Debió de nacer hacia 1475, pues Las Casas afirmó que en 1510 era “mancebo de hasta treinta y cinco o pocos más años”. Su padre fue Nuño Arias de Balboa, “hidalgo y de sangre limpia” y su madre una señora de Badajoz de nombre desconocido. Este matrimonio tuvo varios hijos: Gonzalo y Juan, y quizá otros dos llamados Vasco y Alvar. Vasco entró como criado en casa de Pedro Puertocarrero, señor de Moguer, donde se educó en letras, modales y armas. Allí debió de asistir al protagonismo de Moguer en la empresa colombina. A fines de siglo, se trasladó a Sevilla y en 1500 se enroló como escudero en la expedición organizada por el escribano público de Triana Rodrigo de Bastidas y el cartógrafo Juan de la Cosa. Parece que era buen espadachín. Las Casas lo describió como “bien alto y dispuesto de cuerpo, y buenos miembros y fuerzas, y gentil gesto de hombre muy entendido, y para sufrir mucho trabajo”.

La expedición, formada por una nao, una carabela y un bergantín, partió de Cádiz hacia marzo de 1501 y llegó a Coquibacoa o la Guajira, desde donde navegó lentamente (durante cinco meses) hacia occidente, descubriendo la actual costa atlántica colombiana (Santa Marta, bocas del Magdalena, Cartagena, etc.) y luego la costa atlántica panameña desde Urabá hasta un punto desconocido, quizá el Retrete, situado a unas 150 millas del Darién. El mal estado de las naves a causa de la broma (molusco lamelibranquio que perforaba las cuadernas de roble de las quillas) obligó a detener el descubrimiento, ante la amenaza de hundimiento. Juan de la Cosa logró llegar con las naves hasta Jamaica y desde allí a la isla La Española. Intentaron inútilmente reparar las naves y finalmente se hundieron en las cercanías de Puerto Príncipe en febrero de 1502. Los expedicionarios llegaron a pie a Santo Domingo, divididos en tres grupos. Se inició el proceso a Bastidas y tuvo que volver a España, pero Balboa se quedó en la isla de Santo Domingo. 
Debió de participar en la conquista ovandina, pues fue premiado con un reparto de tierras en Salvatierra de la Sabana, población que ayudó a fundar. Inició un negocio de cría de cerdos que le fue mal. Endeudado, fue a Santo Domingo, donde se encontraba en 1509 buscando la forma de salir de la isla. Sus acreedores le impidieron salir en la expedición de Ojeda al Darién y tuvo que esperar hasta que se organizó la del bachiller Martín Fernández de Enciso, socio del anterior y su alcalde mayor, que partió de Santo Domingo el 13 de septiembre de 1510, para reforzar a su jefe y socio, con una nao y un bergantín con cincuenta y dos hombres. Balboa iba de polizón, con su perro Leoncico, escondido en una vela o dentro de un tonel (existen ambas versiones).

 Descubierto en alta mar, estuvo a punto de ser abandonado en una isla desierta por Enciso (parece que era uno de sus acreedores), quien finalmente le dejó a bordo a ruegos de los tripulantes. La flotilla siguió su rumbo a Urabá y encontró frente a Cartagena los restos de la expedición de Ojeda, mandados por Francisco Pizarro. Se supo entonces que había fracasado el intento de poblar San Sebastián en el golfo de Urabá, por lo insalubre del lugar y porque estaba habitado por indios que usaban flechas envenenadas. El propio Ojeda había sido herido y tenido que abandonarlo en busca de refuerzos, tras dejar a sus hombres al mando del Pizarro y con autorización para hacer lo que estimaran conveniente si no regresaba en un plazo de cincuenta días. Los españoles habían cumplido con el plazo, tras el cual habían embarcado en las naves que encontró Enciso.

Enciso puso proa a San Sebastián y, al llegar, naufragó la nao. Comprobó que era cierto cuanto le habían dicho. Es más, los indios habían quemado las treinta chozas construidas por los españoles. Convocó entonces una junta para decidir si regresaban a La Española o buscaban otro lugar para poblar, lo que no parecía fácil. En plena deliberación pidió la palabra Vasco Núñez para decir algo parecido a esto que transcribió el padre Las Casas: 
“Yo me acuerdo, que los años pasados, viniendo por esta costa con Rodrigo de Bastidas a descubrir, entramos en este Golfo, y a la parte de occidente, a mano derecha, según me parece, salimos en tierra y vimos un pueblo de la otra banda de un gran río, que tenía muy fresca y abundante tierra de comida, y la gente de ella no ponía hierba (veneno) en sus flechas”. 

Fue una sugerencia providencial que todos aceptaron, empezando por el propio Enciso. Dejaron 65 hombres en San Sebastián y el resto siguió hasta el lugar señalado por Balboa, que encontraron pasado el golfo, en un río del Darién. Era la provincia del cacique Cémaco, cuyos guerreros fueron vencidos fácilmente por Enciso, que les combatió tras encomendarse a la Virgen de Nuestra Señora del Antigua (Las Casas dio una versión mas idílica del encuentro con los naturales). Los vencedores se apoderaron de la población y quemaron a los homosexuales (muy frecuentes en el istmo), en aplicación de la ley de 1254, y recogieron un pequeño botín de oro. Mandaron luego venir a los que habían quedado en San Sebastián y procedieron a establecer una población que llamaron La Guardia en noviembre de 1510. No hubo fundación formal y Oviedo asegura que unos meses más tarde Balboa decidió bautizarla con el nombre de Santa María de la Antigua del Darién. Fue la primera capital española en la América continental. Su emplazamiento se ha discutido mucho, pero parece ser en un afluente del río Tanela, muy cerca de un buen puerto, que debería de ser Puerto Escondido.

Enciso ejerció provisionalmente el mando, pero se enemistó pronto con sus hombres por haberles prohibido comerciar con oro bajo pena de muerte y se negó además a repartir el botín de oro capturado a los naturales, ya que en su opinión esto le correspondía hacerlo al gobernador Ojeda. Balboa aprovechó la ocasión para minar su autoridad, pidiendo la creación de un Cabildo para que gobernase la ciudad. Se reunieron los conquistadores y resultaron elegidos como alcaldes Vasco Núñez y Benito Palazuelos (sustituido luego por Zamudio). El tesorero fue el médico doctor Alberto, el alguacil Bartolomé Hurtado, y los regidores Diego Albítez, Martín de Zamudio, Esteban Barrantes y Juan de Valdivia. El Cabildo se apoderó de los barcos y empezó a actuar como máxima autoridad local. Protestó Enciso, argumentando que representaba al gobernador Ojeda, de quien era alcalde mayor, pero no pudo presentar su nombramiento porque se había perdido en el naufragio de la nao, según dijo. Los cabildantes no le hicieron caso alguno.

En la segunda quincena de 1510 llegó a Santa María Rodrigo de Colmenares con dos naves y los refuerzos para su jefe Diego de Nicuesa, a quien debía encontrar en algún lugar situado al oeste del golfo de Urabá. En la ciudad no se sabía nada de Nicuesa y Colmenares la abandonó, siguiendo por la costa panameña tras el rastro de su gobernador. Lo encontró pasado Nombre de Dios. Nicuesa había fracasado en su objetivo poblador y le quedaban sólo treinta hombres. Al saber que existía Santa María, decidió ir a la ciudad y reclamarla como parte de su gobernación, ya que estaba pasado el golfo de Urabá y había convenido con Ojeda que Urabá se dividiría por la mitad para sus dos gobernaciones. Tardó mucho en llegar y se le anticiparon las noticias de sus desastres, por lo que el Cabildo de Santa María se juramentó para no recibirle por gobernador. Cuando Nicuesa arribó a Santa María se le conminó a no desembarcar y luego a retirarse. Tras muchos incidentes fue obligado a reembarcarse el 1 de marzo de 1511. 
Puso rumbo a La Española, donde pensaba reclamar sus derechos, pero murió en el naufragio de su nave en alta mar. Fernández de Oviedo atribuye todo esto a maquinaciones de Balboa y Pedro Mártir atribuye culpa a los dos, Enciso y Balboa. Enciso exigió luego dos tercios del botín (sacado el quinto) por su aportación de los barcos y por su supuesto título. Se le negaron; antes al contrario se le acusó de usurpación de autoridad y tentativa de apropiación indebida. Se le puso en libertad, pero decidió ir a España para reclamar sus derechos. Embarcó en la carabela de Colmenares el 4 de abril de 1511. Le acompañaban el alcalde Zamudio y el corregidor Juan de Valdivieso, a quienes Balboa envió a Santo Domingo para pedir ayuda y mercedes. Consecuencia de esto último fue que el virrey Diego Colón reconociera a Vasco Núñez el título de gobernador interino del Darién, desconociendo los derechos de Enciso. Lo mismo haría luego el Rey por Cédula de 23 de diciembre de 1511, en espera de nombrar gobernador en propiedad.

Vasco Núñez de Balboa había quedado como la única autoridad del Darién desde el 4 de abril de 1511, cuando lo abandonó Enciso y un mes después de partir Nicuesa. Su gobierno duró tres años durante los cuales realizo la conquista y el descubrimiento del Pacífico. En mayo se dirigió al cacicazgo de Careta para pedir alimentos a su jefe Chima. No se los dio y Balboa le prendió. Acordaron entonces que Chima entregaría anualmente alimentos y algún oro, a cambio de que Balboa le ayudara en su guerra contra el cacique Ponca. El cacique selló el pacto con la entrega de varias mujeres, entre ellas a su hija Anayansi, que tenía trece años y se convirtió en la amante y mujer de Balboa. Chima aceptó ser bautizado con el nombre de Fernando, como el Rey.

Balboa mandó recoger toda la gente de Nicuesa que quedaba en Veragua y la trasladó a Santa María. En agosto de 1511 procedió a organizar la ciudad. Distribuyó solares a los vecinos, se trazaron calles, se construyeron casas y se señalaron sementeras de maíz. Para cumplir lo prometido a Careta, atacó al cacique Ponca. Los naturales se escondieron, por lo que saqueó su territorio. Fernando le pidió entonces que hiciera lo mismo con otro enemigo suyo, el cacique Comogre (su territorio iba del Caribe al río Bayano). Éste recibió bien a los españoles y tras agasajarlos con comida y bebida abundantes, aceptó luego bautizarse como Carlos y les regaló setenta esclavos y piezas de oro, valoradas en unos 4000 pesos. Balboa ordenó separar el quinto real y repartir el resto del botín entre sus hombres, que disputaron por las mejores piezas. Panquiaco, hijo mayor del cacique, intervino para aconsejar a los españoles que fueran a buscar el oro donde abundaba, que era en las tierras de Pocorosa y Tubanamá, cerca de la mar que estaba al Sur, según señaló (por la inflexión del istmo), y a solo tres días de marcha de las montañas del valle de Bayano. Pedro Mártir recogió un discurso muy florido de Panquiaco, que es improbable que lo dijera, y Las Casas creyó que Panquiaco se refería a la riqueza del Perú, cosa aún más improbable. Balboa y sus hombres regresaron a Santa María, donde encontraron a Valdivia, que había regresado de la Española con el nombramiento de Vasco Núñez como gobernador interino por el virrey. 

Balboa le mandó regresar nuevamente a Santo Domingo para informar al virrey de las noticias sobre la Mar del Sur y pedirle un refuerzo de mil hombres, armas y vituallas. Le entregó asimismo el quinto real de los botines logrados hasta entonces, que subían a unos 15.000 pesos. La nave de Valdivia naufragó, por lo que Colón no recibió las noticias ni el quinto real. El año se cerró con el nombramiento real de Balboa el 23 de diciembre de 1511 como gobernador y capitán de la isla de Darién “entre tanto que mandamos proveer de Gobernador e Justicia de la provincia del Darién”. Fue resultado de las gestiones de Zamudio en España, pero no le llegaría a Balboa hasta 1513, por lo que ejerció con el que le había dado Colón.

Ningún historiador ha explicado la razón por la cual Balboa no emprendió la jornada del descubrimiento de la Mar del Sur en 1511, tras recibir los informes de Panquiaco, como sería esperable. Aguanto casi dos años para hacerlo, pese a saber que habría llegado al Pacífico en sólo unas semanas. Balboa dedicó el año 1512 y la mayor parte del año siguiente a establecer buenas relaciones con las tribus de la zona transístmica y, lo que es aún más raro, a realizar su expedición a la culata de Urabá, como si presintiera que allí podría haber otro camino alternativo a la Mar del Sur. Organizó una fuerza de ciento sesenta hombres de la que nombró segundo a Rodrigo de Colmenares y la embarcó en un bergantín y una flotilla de canoas para explorar el golfo. Desembarcó en Urabá y penetró hasta la provincia de Ceracana (su cacique era Abraibe), donde recogió otro botín de oro de 6.000 pesos. Subió luego por el río Atrato hasta el río Sucio, al que llamó Negro, desde donde alcanzó la tribu de Albanumaque. Aquí oyó hablar del mito del Dabaibe (sus hombres cogían pepitas de oro como naranjas y las transportaban en cestas). 

No pudo ir en su busca, porque le llegaron noticias de que en el Darién había surgido una sublevación indígena para destruir Santa María. Regresó a la ciudad y logró deshacer la conspiración urdida por los caciques Cémaco, Abraibe, Abanumaque y Abibaibe en octubre de 1512. Incluso le tendieron una emboscada con cuarenta guerreros disfrazados de campesinos, de la que logró salir indemne por el miedo que les infundió su sola presencia. Pese a todo, la situación de la colonia era mala. Los vecinos llevaban dos años sin refuerzos, viviendo por sus medios, y decidieron pedir ayuda, Construyeron un pequeño bergantín en el que embarcaron el veedor Juan de Quicedo, Colmenares y once tripulantes y partieron el 28 de octubre de 1512. En Santa María quedaron sólo ciento sesenta españoles. Quicedo y Colmenares llegaron a La Española, donde trataron de desacreditar a Balboa, y luego a España en 1513, donde siguieron hablando mal del gobernador, lo que decidió al rey Fernando a enviar un gobernador titular y una fuerza pobladora al Darién.

El descontento de Santa María fue dirigido por los alcaldes y regidores, como el bachiller Corral, cierto Alonso Pérez de la Rúa, Luis de Mercado y Gonzalo de Badajoz. Hicieron una “pesquisa secreta” e intentaron apoderarse del botín de 10.000 pesos de la Tesorería. Balboa encarceló a varios de ellos y los puso luego bajo la custodia de los franciscanos. Llegaron entonces unos refuerzos de La Española, enviados por Colón (Sebastián Ocampo entre ellos). Las Casas afirmó erróneamente que también llegó el nombramiento real de Balboa como gobernador interino, pero fue posterior. Vasco Núñez envió a Colmenares por procurador suyo a La Española, con un memorial para el Rey, fechado el 20 de enero de 1513, en que criticaba a sus antecesores, Nicuesa y Ojeda, y ponderando sus descubrimientos, el cuidado de Santa María, el buen tratamiento dado a los indios, los botines logrados y la enorme riqueza que se escondía en los ríos que iban al otro océano. Ocampo partió con sus naves y tardó mucho en llegar a España. Arribó además enfermo y murió en Sevilla en 1514, transfiriendo a Noya la defensa de Balboa.

Poco después llegaron al Darién varias naves de La Española con víveres, correspondencia y cuatrocientos colonos, según el piloto Juan de Ledesma que iba con ellos, o 150, según Las Casas. En la correspondencia llegó el nombramiento real de Balboa por gobernador interino otorgado por el rey en 1511, así como noticias (quizá de Zamudio) de que el Rey pensaba nombrar un gobernador en propiedad, ajeno a las facciones existentes. Balboa decidió entonces (por qué no lo hizo antes) jugar la carta escondida del descubrimiento del Pacífico, pensando sin duda que era su gran oportunidad para ascender de gobernador interino a propietario. Dejó en Santa María doscientos hombres y salió a su descubrimiento con ciento noventa. Su plan era ir a Careta, Ponca y luego a la tierra de Chima, que le facilitaría las guías y porteadores para llegar a la Mar del Sur. Zarpó del puerto de la ciudad el 1 de septiembre de 1513 con un barco pequeño y nueve canoas rumbo a la tierra de Chima. 
El itinerario que iba a seguir, visto en un mapa moderno, supone cruzar Panamá desde Sasardí Viejo, en la costa atlántica, hasta el golfo de San Miguel, en la pacífica. En la época suponía ir desde Careta, en la costa atlántica, hasta el cacicazgo de Ponca, en la sierra, bajar luego a la de Quareca y subir la sierra de este nombre hasta un lugar desde el cual podría divisar el océano Pacífico. Sabía a dónde iba y por dónde. Aunque tardó veintidós días en cruzar el istmo, sólo anduvo durante unos diez días de ellos. Eso sí, lo hizo al comenzar el invierno tropical, lo que añade otra incógnita al problema de la fecha escogida para la expedición. Los españoles marchaban en fila india por las trochas, seguidos de los porteadores y mujeres de los indios, con lo que sería una columna de varios kilómetros.

Hizo por mar la pequeña travesía hasta Puerto Careta, donde dejó más de la mitad de sus hombres asentados en un real, y partió con sólo 92 soldados y dos sacerdotes. Tras dos días de marcha por la selva alcanzó Ponca. Mandó llamar a su cacique y le interrogó sobre la ruta que debía seguir. Después de esto envió a retaguardia algunos enfermos y siguió hacia la tierra de Quareca, cuyo cacique, llamado Torecha, era enemigo de Ponca. Este trayecto fue el más duro del viaje. Tardaron en cubrirlo cinco días, dado lo abrupto del mismo. Cruzaron el Chucunaque, las fuentes del Artigatí y del Sabanas y finalmente llegaron a su objetivo el 24 de septiembre. En Quareca tuvieron un combate con los indios. Les vencieron fácilmente y saquearon la población. Balboa estableció otro nuevo real de apoyo con quince hombres y partió con el resto, sesenta y cinco soldados y el clérigo. Abandonó Quareca el 25 de septiembre, a las seis de la mañana, dispuesto a subir hasta la cima de las montañas aquel mismo día. Lo logró en unas cuatro horas. Hacia las diez de la mañana los guías le indicaron el lugar desde el cual podría ver la otra mar. Balboa ordenó detenerse a su gente y partió solo, pues deseaba ser el primer español que viera la Mar del Sur. Coronó la montaña en unos minutos y desde allí contempló extasiado el Pacífico. El escribano de la expedición, Andrés de Valderrábano, escribió luego en su diario:
 “Y en martes veinte y cinco de aquel año de mil e quinientos y trece, a las diez horas del día, yendo el capitán Vasco Núñez en la delantera de todos los que llevaba por un monte raso, vido desde encima de la cumbre del la Mar del Sur antes que ninguno de los cristianos compañeros que allí iban”. 
Llamó entonces al resto de sus hombres para que contemplaran la maravilla. A continuación procedió a tomar posesión en nombre de los reyes de Castilla: cortó varias ramas de los árboles, amontonó piedras y grabó sobre los troncos de algunos árboles los nombres del rey Fernando y de la reina Juana. Los indios miraban asombrados toda la ceremonia. Balboa hizo venir al escribano y le ordenó tomar los nombres de todos los que habían estado presentes en el acontecimiento: 67 españoles. El primero era naturalmente el de Balboa, el segundo el del clérigo Andrés de Vera y el tercero el del teniente de la expedición, Francisco Pizarro, el hombre que años después encontraría en dicho océano el fabuloso Perú. El “martes” 25 de septiembre de 1513 cayó en domingo, por lo que Rómoli piensa en un error numérico en el acta del escribano (un domingo no habría pasado inadvertido para los clérigos), y que fuera realmente el martes, pero 27 de septiembre, cuando efectivamente se descubrió la Mar del Sur. Efectivamente, Oviedo transcribió el acta de Valderrábano con el error, de donde lo tomaron todos los historiadores.

Los españoles descendieron hasta la costa y acamparon en Chape, cuyos habitantes huyeron. El cacicazgo los ostentaba una mujer, a la que no vio Balboa, que mandó llamar a los que habían quedado en Quareca. Cuando todos estuvieron reunidos, el 29 de septiembre, fiesta de san Miguel Arcángel, preparó la ceremonia de la toma de posesión. Seleccionó a veintiséis hombres y partió con ellos hasta la misma orilla del mar. Todos lucían sus mejores galas de combate; corazas, cascos, plumas y llevaban en vanguardia un estandarte con la imagen de la Virgen y las armas de Castilla. Había llegado a un ancón de un golfo que en el futuro se llamaría de San Miguel. Eran las dos de la tarde y la playa ofrecía aspecto deplorable, pues había marea baja y parecía un inmenso fangal. Balboa había calculado mal la marea, al regirse por el océano Atlántico. En vista del panorama existente, los españoles decidieron posponer la ceremonia. Se sentaron en la playa y esperaron que subiera la marea. Entonces y sólo entonces consideró Vasco Núñez que había un marco adecuado para la toma de posesión. El escribano Valderrábano anotó a este respecto:
 “Llegó [Balboa] a la ribera a la hora de vísperas y el agua era menguante. Y sentáronse él y los que con él fueron, y estuvieron esperando que el agua creciese, porque de bajamar había mucha lama e mala entrada, y estando así (sentados) creció la mar, e vista de todos, mucho y con gran ímpetu”.
Balboa se puso la coraza y el yelmo, tomó el estandarte en la mano derecha y con la espada desnuda en la izquierda se adentró algunos pasos, hasta que el agua le llegó a las rodillas. Luego empezó a pasear de un lado para otro diciendo: 
“Vivan los muy altos e poderosos señores reyes don Fernando e doña Juana, Reyes de Castilla e de León, e de Aragón, etc. en cuyo nombre e por la corona real de Castilla tomo e aprehendo la posesión real e corporal e actualmente destas mares e tierras, e costas, e puertos, e islas australes”.
 Preguntó luego desafiante si alguien se oponía a la posesión, pero nadie replicó. A continuación preguntó si los españoles presentes estaban dispuestos a defender con sus vidas la posesión por los reyes de Castilla, a lo que contestaron todos afirmativamente. Después ordenó al escribano dar fe del acto y escribir los nombres de todos los presentes. Valderrábano anotó veintiséis nombres, encabezados por los de Balboa y Pizarro. Los testigos probaron el agua y aseguraron que era salada, como la de la otra mar. Por último Balboa dio unos sablazos a las aguas y salió a la playa, donde hizo con un puñal tres cruces en los árboles, en nombre de la Santísima Trinidad. Los acompañantes secundaron su acción cortando ramas y grabando cruces. Todo el formalismo quedó así cumplido.

Al caer la tarde regresaron a Chape, donde el hermano de la cacica les obsequió oro y perlas. Balboa exploró los alrededores pues quería encontrar las perlas por su propia mano. Embarcó a sesenta hombres en unas piraguas y navegó por un brazo del río Congo hasta Cuquera, donde cogió a los indios otra buena cantidad de perlas y oro. Volvió a Chape y pidió más canoas. Se embarcó en ellas el 17 de octubre con sus hombres, dispuesto a llegar a las islas de las perlas. Al día siguiente arribó a las tierras del cacique Tumaca, unas veinte millas al norte del golfo de San Miguel. Lo bautizó como “golfo de San Lucas”, aunque los indios lo llamaban Chitarraga. El cacique Tumaca le dijo que las perlas estaban en las islas que se veían a lo lejos. Balboa trató de conseguir una gran canoa para llegar a ellas, pero no pudieron alistarla hasta el 29, cuando se adentró con ella en el mar acompañado de veintitrés españoles. Había mar gruesa y sólo pudo navegar hasta la desembocadura del río Chiman, desde donde tuvo que contentarse con ver la silueta de la isla de Terarequí, que distaba unas veinte millas. La bautizó como “Isla Rica”. Valderrábano volvió a levantar acta con el testimonio de los veintitrés tripulantes de la canoa. Se dirigieron luego al lugar donde los indios pescaban las perlas. Varios buceadores indígenas sacaron cuatro grandes cestas de ostras. Los españoles las abrieron con voracidad, esperando encontrar perlas, pero no hallaron ninguna, y se quedaron extrañados de que los indios se comían su contenido. Volvieron a Tumaca y desde allí, el 23 de noviembre, emprendieron el regreso a Santa María. Habían estado casi un mes en la costa del Pacífico.

Regresaron por un camino distinto, con objeto de descubrir otras tierras y recoger más botines. Dieron un rodeo para pasar del río Maje al Bayano. Llegaron al cacicazgo de Thevaca y luego a los de Pacra y Bucheribuca. Entraron en Pocorosa el 8 de diciembre. Desde allí hicieron una incursión a la provincia cacique Tamaname, donde se sospechaba que existían minas de oro. Resultó un fracaso y volvieron a Pocorosa. Los hombres estaban exhaustos y Balboa se hallaba enfermo de fiebres (quizá de paludismo), por lo que se hacía transportar en una hamaca. Desde Pocorosa siguieron a Comogre el 1 de enero de 1514 (el viejo cacique había muerto, sucediéndole Ponquiaco); luego a Ponca y Careta, en cuyo puerto embarcaron (en el mismo bergantín que les trajo) hasta Santa María. Atracaron en su puerto el 19 de enero de 1514. El balance de la entrada no podía ser mejor: habían descubierto la Mar del Sur y recogido un botín de más de dos mil pesos en oro y perlas, y no habían perdido un solo hombre.

Balboa recibió en Santa María unas noticias alarmantes que le trajo el comerciante Pedro de Arbolancha desde La Española: la nave de Valdivia que llevó el quinto real había naufragado y los procuradores y Enciso habían informado en contra suya, por lo que el Rey había nombrado un nuevo gobernador para el Darién, rebautizado como “Castilla del Oro”. Se llamaba Pedro Arias de Ávila y estaba próximo a llegar con una gran flota y dos mil colonos. Vasco se apresuró a comunicar al Rey su descubrimiento. Hizo una relación del mismo y un mapa de la Mar del Sur, que adjuntó al nuevo quinto real, a una petición de que se le nombrase gobernador de la Mar del Sur y a una relación de los vecinos de Santa María sobre sus servicios. Lo envió a La Española con Arbolancha, pero sus enemigos hicieron desaparecer los documentos. En espera de la llegada de Pedrarias envió a Andrés Garavito con ochenta hombres para descubrir otra vía alternativa hacia el Pacífico; desde Bea a las fuentes del río Arquiati, confluencia de los ríos Payá y Tuira y golfo de San Miguel. Fue el camino llamado ‘del Suegro’, porque el cacique de Tamahe casó a su hija con Garavito.

Pedrarias arribó al puerto de Santa María el 26 de junio de 1514, con diecisiete buques y unos dos mil colonos, artesanos y funcionarios (obispo incluido). Desembarcó y mandó notificar su llegada a Balboa, poniéndose en camino a la ciudad. Balboa recibió la noticia cuando estaba reparando el tejado de una casa y salió a recibirle inmediatamente con la ropa de trabajo que tenía; una camisa y un calzón viejo de algodón. El encuentro se produjo en mitad del camino entre la ciudad y su puerto y no pudo ser más ridículo. Pedrarias portaba armadura completa y cabalgaba sobre un caballo enjaezado, rodeado de su señora, sus parientes y criados. Tras él venía el obispo bajo palio, con mitra y cruz de plata, rodeado de religiosos, precediendo una comitiva de funcionarios (tesorero, veedor, alguacil, etc.), soldados, abanderados, mujeres, traíllas de perros, etc. Balboa besó el anillo del obispo e hizo una reverencia a Pedrarias, que le entregó sus credenciales. Las miró, las besó y las puso sobre su cabeza, como era preceptivo. Se hicieron las presentaciones de turno y ambos grupos regresaron a la ciudad. 
Cuando Pedrarias contempló Santa María se quedó asombrado, pues eran sólo unas doscientas casas de tablas y paja en las que vivían quinientos españoles y mil quinientos indios de servicio. No tenía infraestructura para recibir aquella enorme población que le acompañaba. Pedrarias pidió a Balboa un informe pormenorizado de la colonia: fuentes de aprovisionamiento, tribus confederadas y hasta el camino para llegar a la Mar del Sur. Balboa se los entregó puntualmente, pero estos papeles se han perdido. El nuevo gobernador ordenó entonces al licenciado Espinosa que abriera juicio de residencia a Balboa, lo que era usual, e inició por su cuenta una pesquisa secreta sobre la actuación de su predecesor, lo que era insólito. Intervino el obispo y la pesquisa secreta quedó pendiente. Como Santa María no podía albergar una población de dos mil quinientos españoles, Pedrarias ordenó una serie de campañas contra los territorios indígenas; cinco expediciones para descubrir minas de oro y, en realidad, para quitarse bocas en la ciudad. Produjeron un botín de 30.000 pesos, pero destruyeron la labor pacificadora de Balboa y dejaron a los naturales enemistados con los españoles.

El 20 de marzo de 1515 llegó a Santa María el nombramiento real de Vasco Núñez como adelantado de la Mar del Sur (se había dado por cédula de 23 de septiembre de 1514) y gobernador de las provincias de Panamá y Coiba, aunque sujeto a Pedrarias. Éste quiso guardarse la Cédula pero se opusieron el obispo y varios funcionarios. Tuvo que entregársela a regañadientes, pero prohibió a Balboa reclutar gentes para sus empresas descubridoras, ya que dijo necesitar todos los hombres que había en Castilla del Oro. Balboa mandó entonces a Garavito a la isla La Española para que los reclutara. Tenía el proyecto de fundar poblaciones a orillas de los dos océanos, bien en el eje Careta-golfo de San Miguel, bien en el que luego sería Nombre de Dios-Panamá, y construir unas naves para navegar doscientas o trescientas leguas por la Mar del Sur con objeto de encontrar las islas de la Especiería. De no hallar éstas, pensaba singlar hacia el sur para tratar de hallar un paso interoceánico en América, cosa que preocupaba al Rey. Eran grandes proyectos que lamentablemente no pudo acometer.

Pedrarias viajó a Careta, pero tuvo que regresar rápidamente a Santa María a causa de un cólico hepático. Allí encontró sesenta soldados de Cuba, que habían llegado a petición de Balboa. Acusó a éste de conspiración y rebelión frustrada y le metió en una jaula en el patio de su casa. Balboa estuvo allí dos meses, hasta que un día Pedrarias le abrió la jaula, le pidió perdón y le concedió la mano de su hija María. Balboa no lo pensó dos veces y aceptó los esponsales, lo que disgustó mucho a su amante Anayansi. La reconciliación tuvo otras dependencias, como construir una población en Careta (sería Acla), no emplear más de ochenta hombres en sus empresas y concluirlas en un plazo máximo de año y medio.

Balboa fundó Acla a fines de 1516, donde organizó la Compañía de la Mar del Sur, con aportaciones de accionistas de Santa María. Luego mandó construir las piezas necesarias para ensamblar varios bergantines que pensaba botar en el Pacífico (se decía que la broma no atacaba la madera de aquel lugar, lo que resultó falso). En 1517 envió a Francisco de Compañón a la costa pacífica, para que escogiera el lugar apropiado para el astillero. En agosto de 1517 comenzó a trasladar las piezas de los bergantines, así como las jarcias, brea, velas, anclas, etc. El propio Balboa cargó con tablones. El astillero se montó junto al río de las Balsas (posiblemente el Chucunaque, cerca de la actual Yavisa). Los españoles trabajaron en cuadrillas que se ocupaban de talar árboles, construir las naves, recoger víveres y en abrir un buen camino a Acla. Cuando estaba todo listo para la botadura sobrevino una riada del Chucunaque que arrastró el astillero al mar. Balboa, apesadumbrado, hizo reunir el Consejo de la Compañía para decidir qué hacer. Se acordó seguir adelante. 
El adelantado botó los bergantines, pero se hundieron de inmediato a causa de la broma. Pidió a su suegro otro plazo y dinero y volvió a empezar con unos préstamos. Balboa reflotó los bergantines, les tapó las vías de agua y se embarcó en ellos hasta llegar a una de las islas de las Perlas; la Isla Rica o Isla del Rey (antigua Terarequí), que había sido esquilmada por Morales, un lugarteniente de Pedrarias. No se desanimó por ello, sin embargo. Construyó otras dos naves y navegó hacia el sur (la ruta al Perú), hasta alcanzar un puerto que llamó Puerto Peñas (creyó que estaba lleno de arrecifes, pero eran ballenas en realidad), el mismo lugar que luego Pizarro bautizó como Puerto Piñas (actual Jaqué). Desde allí regresó a Chochama y al golfo de San Miguel. Envió entonces a Valderrábano a Santa María para que insistiese ante Pedrarias en la solicitud de una prórroga. En vez de ésta, le llegó la noticia de que el Rey había sustituido a Pedrarias por un nuevo gobernador llamado Lope de Sosa, que estaba próximo a llegar. Surgió entonces la “traición” de Balboa, que le costó la vida.

No se conoce bien cuál fue el delito de la “traición”. En versión de Fernández de Oviedo, que vio el expediente, consistió en que Balboa se precipitó ante la noticia de la llegada del nuevo gobernador, pensando que éste le iba a prohibir realizar descubrimientos en la Mar del Sur, y decidió fundar una población en la costa del Pacifico, exactamente en Chepavare, en el camino de Chepo a Panamá, para salir desde allí al océano con dirección sur, donde los indios decían que había muchas riquezas (el Perú). Balboa creía, al parecer, que si continuaba Pedrarias como gobernador podría realizar su navegación, en lo que se confundió. Envió a Santa María a sus fieles Valderrábano, Garavito, Muñoz, el archidiácono Pérez y Luis Botello. El último de éstos debía anticiparse y llegar a Acla para saber si había arribado Sosa. Tuvo la mala fortuna de ser detenido por un centinela y conducido a presencia de Francisco Benítez, enemigo de Balboa, que le hizo confesar todo el plan, comunicado de inmediato a Pedrarias. Todos sus compañeros fueron detenidos al llegar a Santa María. Pedrarias ordenó al tesorero Puente que levantara una acusación formal contra Balboa. 

Luego se trasladó a Acla, desde donde escribió una carta muy cariñosa a su yerno, rogándole que se presentara en dicha población para tratar de los asuntos de la expedición que deseaba realizar. Balboa no receló nada. Al entrar en Acla fue apresado y acusado del delito de traición. Se le tuvo preso en la casa de Juan de Castañeda, adonde fue a visitarle Pedrarias para decirle que no se preocupara, porque había sido detenido por algunas acusaciones seguramente infundadas. En una segunda visita cambió de tono y le acusó de haber traicionado al Rey y a él. Mandó ponerle guardias y trasladarlo a la cárcel común. En el proceso testimoniaron todos los enemigos de Balboa y hasta su amigo Garavito, que estaba enamorado de Anayansi y había sido rechazado por ésta. Pedrarias añadió al expediente su pesquisa secreta e infinidad de acusaciones, como haberle dado informes falsos sobre los indios para que fracasara en sus entradas, haber maltratado a los indios contra sus instrucciones, haber actuado malintencionadamente contra Ojeda y Nicuesa y, sobre todo, haber urdido un plan para proclamarse independiente en la Mar del Sur. Pedrarias negó la apelación y le condenó a muerte.

Se levantó un cadalso en la plaza mayor de Acla, donde se cumplió la sentencia un día desconocido de la semana del 13 al 21 de enero de 1519. Se ajustició a Balboa, Fernando de Arguello, Luis Botello, Hernández Muñoz y Andrés Valderrábano. Antes de que le cortaran la cabeza, Balboa tomó la palabra y dijo a los presentes que todo era una falsedad y que jamás había traicionado al Rey. Las cabezas de los sentenciados cayeron sobre una artesa vieja. 
Fernández de Oviedo, testigo del suceso, afirma que “E desde una casa que estaba diez o doce pasos de donde los degollaban (como carneros, uno a par de otro) estaba Pedrarias mirándolos por entre las cañas de la pared de una casa o bohío”.
Lamentablemente no existen obras, ni tampoco ninguna colección de los documentos que hizo Balboa, salvo los publicados por Altolaguirre como apéndice a su conocida biografía de este personaje, muchos de los cuales proceden de testimonios recogidos por Fernández de Oviedo. El padre Las Casas buscó informaciones para tratar la figura de Balboa, pero no aportó documentación. Tampoco ofreció ninguno Anglería, que se limitó a recoger datos sobre el descubridor del Mar del Sur, fiel a su forma de trabajar. De estos tres cronistas, el más valioso es el primero, que coincidió once meses en el Darién con Balboa (luego volvió) y le conoció personalmente, pero fue un historiador muy poco proclive a Pedrarias Dávila, con quien tuvo algunos diferendos. El padre Las Casas no perdonó a Balboa su trato con los indios, especialmente los aperramientos y quema de homosexuales. Otro cronista interesante fue Andagoya, pero lo difuminó todo en beneficio de enaltecer su propia figura como precursor del descubrimiento del Perú.

Bibl.: G. Fernández de Oviedo y Valdés, Historia general y natural de las Indias, Islas y Tierra-firme del mar Océano, Madrid, Imprenta de la Real Academia de la Historia, 1851-1855; B. de Las Casas, Historia de las Indias, Madrid, 1875-1876; A. Ruiz de Obregón y Retortillo, Vasco Núñez de Balboa: Historia del descubrimiento del Océano Pacífico, Barcelona, Editorial Maucci, 1913; A. de Altolaguirre y Duvale, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, Real Academia de la Historia, 1914; C. Bayle, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, Razón y Fe, 1923; J. Escofet, Vasco Núñez de Balboa o el descubrimiento del Pacífico, Barcelona, 1923; Ch. L. G. Anderson, Vasco Núñez de Balboa, Buenos Aires, Emecé, 1944; A. Tapia Rivera, Vasco Núñez de Balboa, drama histórico en tres actos, San Juan de Puerto Rico, Imprenta Venezuela, 1944; M. J. Quintana, Vasco Núñez de Balboa, Buenos Aires, Emecé, 1945; T. Alvarado Garaicoa, Vasco Núñez de Balboa, Adelantado de la costa del Mar del Sur, Guayaquil, Imprenta de la Universidad, 1950; O. Mendez Pereira, Núñez de Balboa: el tesoro del Dabaibe, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1951; K. Romoli, Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico, Madrid, Espasa Calpe, 1955; F. Morales Padrón, Balboa y Magallanes-Elcano, Madrid, Publicaciones Españolas, 1956; A. S. de Larragoiti, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, Talleres Gráficos Victoria, 1958; O. Pereira, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, Ediciones Nuestra Raza, 1975; O. V. Garrison, Balboa el conquistador: la odisea de Vasco Núñez, descubridor del Pacífico, Barcelona, Editorial Grijalbo, 1977; D. J. Boorstin, The Discoverers, New Y ork, Random House, 1983; J. R. Martínez Rivas, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, Historia 16, 1987; M. Lucena Salmoral, Vasco Núñez de Balboa, descubridor de la Mar del Sur, Madrid, Anaya, 1988; J. L. Pereira Iglesias, Vasco Núñez de Balboa, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1989; M. Ash, Vasco Núñez de Balboa, Chicago, Childrens Press, 1990; VV. AA., The Oxford Book of Exploration, Oxford, University Press, 1993.


 
Pedro Arias Dávila.




Biografía

Arias Dávila, Pedro. Pedrarias Dávila. Segovia, c. 1440 – León (Nicaragua), 6.III.1531. Gobernador de Castilla del Oro y de Nicaragua.

Es uno de los conquistadores más denostados de la historia de América, a causa de haber mandado decapitar a dos figuras extraordinariamente atrayentes para la misma, como fueron Vasco Núñez de Balboa y Gil González Dávila, descubridores de la Mar del Sur y de Nicaragua. No cuenta con ningún panegirista y resultó además antipático a casi todos los cronistas, que se explayaron contando sus ambiciones, hurtos, trapisondas y crueldades, a excepción de Pedro Mártir, que tampoco rompió lanzas a su favor y para quien era prácticamente un desconocido. Gonzalo Fernández de Oviedo, que le trató largamente, y con el que tuvo varios diferendos, le consideró un modelo de vicios, una verdadera maldición para sus gobernados y hasta el presunto inductor de un intento de asesinato contra su persona. El padre Las Casas le calificó como uno de los conquistadores más crueles de todos los tiempos por matar y esclavizar indios e hizo este epitafio a su figura histórica: 
“Pluguiere a Dios que Pedrarias nunca asomara a aquella tierra, porque no fue sino una llama de fuego que a muchas provincias abrasó y consumió”. 
Tampoco le favoreció Andagoya y mucho menos el obispo Quevedo, que en sus cartas asumió la defensa incondicional de Balboa por su voluntad o por sus intereses. La biografía de Pedrarias es por ello bastante atípica, pues recoge una obra importante realizada por un personaje de escasas virtudes y multitud de vicios. Pedrarias hizo historia mientras marchaba por la vida cortando cabezas, encarcelando a sus enemigos, matando y esclavizando indios, y abusando del poder en su propio beneficio, para acumular una inmensa fortuna. Y la hizo como gobernador de Castilla del Oro desde 1514 hasta 1526 y de Nicaragua desde 1526 a 1531, y dejando un rosario de ciudades fundadas por él o por su mandato en la joven América, tales como Acla, Panamá, Nombre de Dios, Natá, Bruselas, León la Vieja, Granada, Santa María de la Buena Esperanza, Villahermosa y Las Minas.

Pedro Arias Dávila o Pedrarias Dávila, como se le llamó siempre, nació en Segovia, hacia 1440 y era hijo tercero de su homónimo Pedrarias Dávila, alias el Valiente, segundo señor de las villas de Puñoenrostro, Alcobendas y Torrejón de Velasco, y de su segunda mujer María Ortiz de Valdivieso. Los Arias Dávila eran unos nobles advenedizos. El primer Arias noble fue su abuelo, llamado Diego Arias, un personaje bastante curioso, por cierto. Había nacido en Ávila y según la maledicencia popular fue un humilde judío converso casado con una tabernera de Madrid. Se estableció en Segovia en la época de Juan II y se dedicó a la venta ambulante de especias. Con el favor de Juan Pacheco, se convirtió en recaudador de alcabalas y rentas del príncipe don Enrique, pero su carrera se vio frenada por haber cometido un crimen. Fue condenado a la pena capital, de la que lo libró el príncipe que, prendado de sus dotes (que no han trascendido), le nombró secretario suyo y le hizo tomar el apellido Arias. Al subir luego al trono con el nombre de Enrique IV, Diego fue nombrado contador mayor de Castilla, cargo que desempeñó durante muchos años. El matrimonio de Diego Arias y la real o supuesta tabernera de Madrid tuvo tres hijos, que fueron Juan, Pedro y Gerónimo. 

El primero fue el más prestigioso de la familia. Fue amigo de personajes influyentes, como los Borgias, consiguió ser obispo de Segovia y acumuló una gran fortuna, que dejó a su sobrino Pedrarias, el americano. El segundo nació en Segovia y fue conocido con el sobrenombre del Valiente. Parece que lo fue en efecto. Casó con María Ortiz Cota y luego con María Ortiz Valdivieso. Fue capitán general en las guerras de Navarra, miembro del Consejo de Enrique IV, y participó en la toma de Torrejón de Velasco. Pedro Arias fue el segundo señor de las villas de Puñoenrostro, Alcobendas y Torrejón de Velasco. El matrimonio tuvo ocho hijos: Diego, Juan, Pedro, Catalina, Elvira, Alonso, Francisco y Hernán. El tercero fue el llamado Pedrarias Dávila. Fue paje en la Corte de Juan II y abrazó luego la carrera de las armas. Durante el reinado de Enrique IV se distinguió en la Guerra de Sucesión de la Corona de Castilla y tuvo fama de ser uno de los caballeros más apuestos de la Corte del rey impotente, exhibiendo vestidos ostentosos y haciendo alarde de costumbres fastuosas, por lo que fue conocido con el sobrenombre de El Galán. Era además muy valiente, por lo que se le llamó asimismo El Bravo. Más tarde, durante la campaña para la toma de Granada (1481-1492), demostró ser experto en las justas y torneos, de lo que le vino ser apodado el Gran Justador. 

Pedrarias Dávila El Galán, El Bravo y El Gran Justador llevó más tarde otro sobrenombre, impuesto por el padre Las Casas, que fue el de Furor domini, por sus actuaciones americanas, tratando inhumanamente a los indios y con excesiva dureza a no pocos españoles. Entre los años 1508 y 1511 participó en las campañas del cardenal Cisneros en el norte de África, bajo las órdenes de Pedro Navarro. Asistió a la conquista y defensa de Orán y a la toma de Bujía el 5 de enero de 1510, lo que le valió el grado de coronel y varias mercedes. Se casó con la también segoviana Isabel de Bobadilla y Peñalosa, sobrina de la marquesa de Moya y Peñalosa, Beatriz de Bobadilla, camarera y amiga de la reina Isabel la Católica. Esta marquesa de Moya tenía tanto ascendiente en la Corte que el pueblo inventó entonces el dicho de “después de la Reina de Castilla, la Bobadilla”. Isabel de Bobadilla, la que se casó con Pedrarias, era, según Las Casas, una “matrona varonil” y le ayudó a salir de no pocas dificultades. Tenía veinte años menos que su esposo y una educación refinada. Trajo al mundo nueve hijos, pero no dudó en dejar en Castilla a siete de ellos, todavía niños, para acompañar a su esposo al Darién.

A principios de junio de 1513 se anunció la elección de Pedrarias como gobernador del Darién, produciéndose una avalancha de protestas por parte de otros pretendientes. ¿Por qué le escogió el Rey como gobernador? Lo dice claramente Fernández de Oviedo:

 “Don Joan Rodríguez de Fonseca era presidente del Consejo de las Indias y capellán mayor y privado del Rey y a su suplicación y por su respecto fue elegido por gobernador y capitán general un caballero de Segovia, llamado Pedrarias Dávila, hermano de Joan Arias Dávila, que después fue el primer conde de Puñoenrrostro”.

 En realidad el Rey nombró primero a Diego del Águila, que renunció al cargo, moviendo entonces Fonseca todas sus influencias a favor de Pedrarias. El nombramiento se ratificó el 27 de julio del mismo año. Pedrarias tenía ya sesenta y tres años y varias enfermedades graves. En cuanto a la gobernación del Darién que se le otorgó fue rebautizada entonces por el rey Fernando el Católico como Castilla del Oro. Eran las dos gobernaciones de Tierrafirme que antaño se otorgaron a Ojeda y Nicuesa e iban desde el cabo de la Vela, en la Guajira, hasta Veragua, en Panamá. El nombramiento había precedido al informe de Balboa sobre el descubrimiento de la Mar del Sur, enviado a España en 1514.

Sorprende el enorme número de personas que se enviaron con Pedrarias; unos dos mil. Parece que se debió a los informes del hijo del cacique Comogre, de cuya boca los procuradores Caicedo y Colmenares escucharon exageraciones sobre las riquezas que había en las tierras de la Mar del Sur, por lo que, según Las Casas, llevaron a España la idea de que “el oro con redes se pescaba. Las cuales oídas, y que había dicho el hijo de Comogre ser menester mill hombres, creció al Rey e al obispo de Burgos [...] a enviar mas gruesa armada de la que se pensaba”

No se trataba de una expedición descubridora, sino colonizadora, como se indicó en el título dado a Pedrarias: “e porque agora enviamos a poblar”. Fernando el Católico concedió numerosas mercedes a quienes fueran en este viaje, ofreciendo sufragar los costos del pasaje, el matalotaje para el camino y la alimentación hasta un mes después de llegados al Darién. La Corona había montado una gran colonización para la América continental, similar a la que dirigió Ovando en 1502 para las grandes Antillas, pero en la que debían tenerse en cuenta las recomendaciones sobre buen tratamiento a los indios, dadas por las juntas de Burgos, Valladolid y Madrid, de las que vino a resultar el Requerimiento que habría que leer a los indios antes de cada conquista. Todo esto se le recomendó a Pedrarias en sus Instrucciones, dadas el 4 de agosto de 1513.

Fue una expedición por todo lo alto. No sólo por la cantidad de barcos y hombres, que la convirtieron en la mayor de cuantas se habían mandado a las Indias, sino también por la calidad de muchos de sus integrantes. Era la primera vez que se enviaba un obispo a América, fray Juan Quevedo, acompañado de todo su séquito (un deán, un arcediano, un chantre, un maestrescuela, varios canónigos, tres sacristanes y un arcipreste), y de un gobernador con una nómina casi completa de funcionarios (tesorero, contador, factor, alcalde, escribano, etc.), cuyo costo superaba los cinco millones de maravedís. Se enrolaron en ella muchos personajes que luego harían la historia, como Diego de Almagro, Hernando de Soto, Fernández de Oviedo (iba como veedor), Francisco de Montejo, Sebastián de Benalcázar, Bernal Díaz del Castillo, etc. Martín Fernández de Enciso iba como alguacil mayor. La armada costó cincuenta y cuatro mil ducados y estaba integrada por veintidós embarcaciones a cuyo bordo iban algo más de dos mil hombres. Zarpó de Sanlúcar el 11 de abril de 1514 y siguió la ruta a Canarias, la Dominica y Santa Marta, donde empezaba la Gobernación. Pedrarias escogió aquel lugar para cumplir el mandato real de estrenar el Requerimiento.

 Este famoso documento se leía a los indios en castellano, idioma que desconocían, explicándoles cosas que no entendían, como que el obispo de Roma era descendiente de Jesucristo, y que sus sucesores habían escrito unas bulas (en latín) autorizando a los reyes españoles para ocupar las Indias con objeto de expansionar la religión cristiana y subordinarlas a la Iglesia. La última parte de dicho Requerimiento les amenazaba con muertes y esclavizaciones si no aceptaban la presencia española. Los indios samarios recibieron a los españoles a flechazos y los españoles tuvieron que hacer uso de las armas, dando muerte a numerosos “rebeldes”. Oviedo aconsejó a Pedrarias que se guardarse el Requerimiento y Las Casas argumentó ampliamente sobre lo inútil de leer tal Requerimiento a los naturales. Resultado de todo fue un botín de siete mil pesos, según Oviedo, o mil, según Pedrarias, que siempre procuraba rebanarle algo al fisco.

Reembarcaron el 15 de junio y siguieron por la costa hasta llegar al puerto de Santa María la Antigua el 29 de junio de 1514. Desde allí se dirigieron hacia la ciudad. El alcalde interino Balboa les salió al encuentro y les dio la bienvenida, besando las órdenes reales que se le entregaron. Luego les acompañó a Santa María, que era un conjunto de bohíos o chozas, donde vivían los quinientos quince conquistadores del Darién. Nadie ha explicado cómo pudieron acomodarse en ellos los dos mil españoles que llegaron. Al día siguiente Pedrarias tuvo una larga conversación con Balboa en la que le pidió una relación detallada de las conquistas. Balboa la entregó por escrito, con los pormenores de los caciques aliados, lugares donde había hallado oro, la ruta de su descubrimiento de la Mar del Sur, etc. 

Este documento ha desaparecido, así como la copia que se envió al Rey. Pedrarias ordenó hacer entonces el juicio de residencia contra Balboa, que tramitaría el alcalde mayor Gaspar de Espinosa, pero inició también por su cuenta una pesquisa secreta sobre su predecesor. Se le incautaron los bienes y se empezaron a tomar los testimonios pertinentes. Pedrarias proyectó enviar a Balboa a España con el juicio de residencia, pero se opuso el obispo, aconsejándole disimular, para evitar que el Rey supiese todo lo que había hecho en el Darién. Aceptó. Balboa envió, sin embargo, un informe al Rey con sus méritos a través del hidalgo Pedro de Arbolancha. Desde entonces los pobladores quedaron divididos en los dos bandos de partidarios de Balboa (con el obispo y clérigos) y de Pedrarias.

La hasta entonces próspera colonia del Darién se convirtió pronto en un lugar invivible, ya que no había forma de alimentar a una población que se había multiplicado por cinco de la noche a la mañana. La hambruna vino acompañada de la “modorra”, una enfermedad que daba fiebre, una somnolencia profunda y complicaciones pulmonares o renales. El propio Pedrarias enfermó a los ocho días de llegar, y gravemente, por sus sesenta y cuatro años. Los médicos aconsejaron trasladarle a Caribari, donde sufrió una hemiplejia. Pedrarias salió con vida, aunque quedó muy flaco y manco del brazo izquierdo. Unos setecientos pobladores murieron de hambre y modorra en sólo un mes, y siete u ocho meses después la población había quedado reducida a la mitad, según Andagoya. 

Las Casas hizo un relato dramático de esta situación, señalando “cada día de hambre y enfermedades morían, y más de hambre y falta de refrigerio, que de las enfermedades [...] Cresció esta calamidad de hambre en tanto grado, que morían dando quejidos ‘dame pan’ muchos caballeros y que dejaban en Castilla empeñados sus mayorazgos, y otros que daban un sayón de seda carmesí e otros vestidos ricos porque les diesen una libra de pan de maíz o bizcocho de Castilla o cazabi [...] Nunca parece que se vido cosa igual; que personas tan vestidas de ropas ricas de seda y aún parte de brocado, que valían muchos dineros, se cayesen a cada paso muertas de pura hambre”.

 Se ha señalado que esta enorme mortandad indujo a Pedrarias a programar las entradas conquistadoras a los territorios panameños, pero en realidad no fue así. Las puso en marcha apenas recién llegado y se hicieron paralelamente a la gran mortandad. Proyectó cinco expediciones desde Santa María para buscar oro, alimentos y localizar posibles asentamientos en el Pacífico, con los que esperaba contrarrestar la fama de Balboa, inmovilizado a causa de su juicio de residencia. Las expediciones robaron el oro y mataron y esclavizaron a los indios. Fernández de Oviedo las calificó de “monterías”, que es lo que realmente fueron. En poco tiempo destruyeron toda la obra de alianzas de Balboa y volvieron intransitable el istmo. Andagoya dice que “en todas estas jornadas nunca procuraron de hacer ajustes de paz, ni de poblar, solamente era traer indios y oro al Darién y acabarse allí”. Pedrarias atribuyó los desastres a las informaciones de Balboa.

En marzo de 1515 llegó a Santa María el nombramiento de Balboa como gobernador de Panamá y Coiba y adelantado de la Mar del Sur (consecuencia de las noticias sobre el descubrimiento del Pacífico), expedidas el anterior 23 de septiembre. Señalaba que Panamá y Coiba quedaban supeditadas a Castilla del Oro. Pedrarias retuvo los documentos varias semanas (argumentaba que no podía entregarlos a Balboa por estar éste aún sujeto a juicio de residencia), pero tuvo que dárselos por presión del obispo Quevedo. Aprovechó la ocasión para acusarle ante el Monarca de ambicioso y envidioso. 
A partir de entonces puso todos los impedimentos posibles para evitar que Balboa fuera a su gobernación, prohibiéndole reclutar hombres o hacer acopio de alimentos en Castilla del Oro. Presionó además a Espinosa para que acabase el juicio de residencia de Balboa, que llevaba desde hacía diez meses, en el que salió condenado por más de un millón y medio de maravedís, pagaderos con los bienes embargados al residenciado, lo que en la práctica suponía dejarle sin “un pan de comer, pues quedaba como el más pobre hombre de la tierra”, como dijo el obispo Quevedo. Balboa, resentido, escribió un informe al Rey el 26 de octubre de 1515, recogiendo los agravios de que era objeto y explicando que Pedrarias estaba muy viejo y enfermo y que no le preocupaban sus hombres “aunque se quede la mitad de la gente perdida en las entradas. 
Nunca ha castigado los daños y muertes de hombres que se han hecho en las entradas”, añadiendo que “es hombre que metido en sus granjerías y codicias, no se acuerda si es gobernador”. Oviedo, Las Casas y hasta Andagoya coincidieron con él en muchas de tales acusaciones. Ciertamente Pedrarias había convertido el Darién en un inmenso coto de caza de esclavos, justificados por el uso del Requerimiento como patente de corso. De la venta de cada esclavo exigía dos partes para sí, otra para el alcalde mayor y oficiales de la Hacienda y una tercera para la Iglesia como limosna. Andagoya señaló que los capitanes “traían grandes cabalgadas de gente presos en cadenas y con todo el oro que podían haber. Y esta orden se tuvo cerca de tres años”. Las Casas señaló esta política esclavista con tintes mucho más dramáticos, como es natural.

Las cabalgadas prosiguieron durante todo el año 1515 con capitanes como Gonzalo de Badajoz, Alonso Pérez de la Rúa, Gaspar de Morales (recogió ciento diez marcos de perlas en la isla Terarequí y en el archipiélago de las Perlas) y Francisco de Becerra. Gonzalo de Badajoz saqueó los cacicazgos de Natá y Escoria en los que sembró el terror. Las tribus se confederaron contra los españoles y cayeron sobre ellos en el camino de regreso. Les quitaron un botín de ciento cincuenta mil pesos de oro y cuatrocientos esclavos. El derrumbe de la colonización española era ya evidente a fines de 1515, cuando Pedrarias decidió dirigir personalmente una expedición de castigo. Reunió casi todos los efectivos que le quedaban (doscientos cincuenta hombres y doce caballos) y partió por mar en tres carabelas y un bergantín el 28 de noviembre de 1515. Desembarcó en Acla, donde proyectó erigir una población. No pudo hacerlo, sin embargo, porque un ataque hepático le obligó a regresar a Santa María. Sufría el “mal de la yjada” (quizá cólicos renales, hepáticos o intestinales) y tenía una llaga en la región genital. Antes de partir dio órdenes a Gaspar de Espinosa para que completara el viaje proyectado. 

Espinosa fue a la desconocida península de Azuero, donde recogió un gran botín de oro y de esclavos. Balboa había aprovechado la ausencia de Pedrarias de Santa María para enviar a su fiel Andrés Garabito a Cuba y Santo Domingo, con objeto de reclutar soldados para efectuar su entrada a la mar del sur. Garabito cumplió su comisión y regresó con sólo sesenta hombres, pero se llevó la sorpresa de ser apresado por Pedrarias, que había vuelto de Acla a causa de su enfermedad. El gobernador se sintió traicionado y mandó detener a Balboa para incoarle un proceso por rebeldía. Para tenerlo a buen recaudo mandó encerrarlo en una jaula de madera situada en su propia casa. Se horrorizaron el obispo Quevedo y los partidarios de Balboa, que suplicaron en su favor y el asunto se solucionó negociando una boda; la de Balboa con María de Peñalosa, hija de Pedrarias, que estaba en España. El obispo ofició el matrimonio por poderes en abril de 1516 y Vasco Núñez salió de la jaula convertido en el yerno del gobernador. El suegro le premió ordenándole poblar en Acla, con ochenta hombres, cosa que hizo con enorme eficiencia. En la misma luna de miel Pedrarias condescendió en permitir que Balboa dirigiera su expedición a la mar del Sur. Eso sí, debía realizarla en un plazo de año y medio como máximo.

Empezó entonces el ultimo episodio de la vida de Balboa que se verá a pinceladas, ya que sólo interesa aquí su final, cuando se interrelacionó de nuevo con la de Pedrarias. El adelantado creó la Compañía de la Mar del Sur con sus amigos y se empezó a preparar su viaje en agosto de 1517, construyendo en Acla unos bergantines por piezas, que trasladó luego por tierra, para ensamblarlos y botarlos en el Pacífico. 

Las piezas de madera llegaron podridas y Balboa convocó un Consejo con los socios de la Compañía, que decidió pedir a Pedrarias una prórroga de cuatro meses para la empresa (caducaba en San Juan de 1518). Pedrarias condescendió con el plazo y la Compañía construyó finalmente dos bergantines, en los que Balboa llegó a la isla de las Perlas, que encontró esquilmada por Morales. Dejó allí parte de sus hombres para que hicieran otras embarcaciones y navegó hacia el sur hasta llegar a Chochama o Jaqué. Le dijeron que más al sur había tierras muy ricas (el Perú), pero tuvo que regresar a Panamá, porque se le acababa el nuevo plazo. Al llegar al golfo de San Miguel supo que Pedrarias había sido relevado por un nuevo gobernador, Lope de Sosa, que estaba a punto de llegar. Necesitaba más tiempo para su empresa y decidió enviar a Santa María a sus fieles Valderrábano, Garavito, Muñoz, el archidiácono Pérez y Luis Botello para que averiguaran si Sosa había llegado. Botello debía anticiparse y llegar a Acla, pero tuvo la mala fortuna de ser detenido por Francisco Benítez, enemigo de Balboa, que le hizo confesar todo el plan, comunicado de inmediato a Pedrarias. Todos sus compañeros fueron apresados al llegar a Santa María y Pedrarias concluyó que Balboa había intentado rebelarse contra él, pues, como dice Las Casas, “siempre de él estuvo sospechoso, que nunca pudo tragarlo”.

 Ordenó al tesorero Puente que levantara una acusación formal contra Balboa y se trasladó a Acla, desde donde escribió una carta muy cariñosa a su yerno, rogándole que se presentara en dicha población para tratar de los asuntos de la expedición que deseaba realizar. Tras esto mandó a Pizarro que saliera a su encuentro con un destacamento y lo apresara. Balboa no receló nada y fue detenido al entrar en Acla, acusado de traición. El adelantado estuvo preso en la casa de Juan de Castañeda, a donde fue a visitarle su suegro para decirle que no se preocupara, porque se le habían hecho algunas acusaciones seguramente infundadas. En una segunda visita cambió de tono y le acusó de haber traicionado al Rey y a él. Mandó ponerle guardias y trasladarlo a la cárcel común.

 En el proceso testimoniaron todos los enemigos de Balboa y hasta su amigo Garavito. Pedrarias añadió al expediente su pesquisa secreta y otros muchos cargos. Espinosa diligenció todo el proceso con increíble rapidez (luego recibiría su premio, suplantando a Balboa) y el adelantado fue condenado a pena de muerte, junto con sus cómplices Arguello, Botello, Muñoz y Valderrábano. Pedrarias negó la apelación. Se levantó un cadalso en la plaza mayor de Acla y se cumplió la sentencia un día desconocido de la semana del 13 al 21 de enero de 1519. Antes de que le cortaran la cabeza, Balboa tomó la palabra y dijo a los presentes que todo era una falsedad y que jamás había traicionado al Rey. Fernández de Oviedo, testigo del suceso, confirma la inocencia de Balboa en el delito de traición al Rey y afirma que Dios permitió que muriera para pagar la muerte de Nicuesa “e no por lo que el pregón (de Pedrarias) decía, porque la que llamaban traición, ninguno la tuvo por tal”. Este cronista tuvo en sus manos y leyó el proceso contra Balboa, asegurando luego que fue el móvil de Pedrarias para atentar dos veces contra su vida. El proceso, por cierto, desapareció misteriosamente después de habérselo devuelto a Pedrarias.

Pedrarias trató luego de borrar todo vestigio de la colonización de Balboa, empezado por sustituir a Santa María por otra capital, pero situada en el Pacífico. Tenía prisa, pues sabía que su sucesor Lope de Sosa (nombrado en septiembre de 1518) estaba a punto de llegar. Preparó una gran expedición de trescientos hombres, y partió de Acla inmediatamente llevando consigo al licenciado Espinosa. Cruzó el istmo por la ruta de Balboa y llegó a las islas de las Perlas, desde donde bajó por la costa para fundar la ciudad de Panamá el 15 de agosto de 1519. Parece que no hubo fundación formal, pues muchos soldados dijeron que el sitio no reunía condiciones apropiadas, y algunos historiadores han pensado que sólo se “depositó”, en espera de poder encontrar un emplazamiento más adecuado. El lugar era muy caliente, estaba rodeado de ciénagas, no tenía buena disposición para construir un puerto, y no había ni siquiera una población indígena.
 Era lo que su nombre indígena indicaba “un lugar con abundancia de peces”. En cualquier caso, allí y entonces se erigió la primera ciudad española y europea del Pacífico en lo que hoy se conoce como “Panamá la Antigua”, donde estuvo hasta que el filibustero Morgan la incendió en 1671, lo que decidió a los vecinos a acabar con el “depósito”, trasladándola a su emplazamiento actual. Se repartieron solares entre los vecinos y se levantaron las primeras viviendas. Luego, el 5 de noviembre del mismo año, se repartieron incluso encomiendas, con indios cueva de los poblados próximos. Pedrarias mandó a su fiel Espinosa para que trajera del norte bastimentos e indios, que se sacaron de los cacicazgos de París y Natá. En el último de éstos se fundó la villa de Santiago (luego Natá), que asentaría el propio Pedrarias en 1522. El gobernador previó además que se fundase el mismo año 1519 otra población en el Atlántico, que fue la de Nombre de Dios. La erigió Diego Alvites donde estaban las ruinas de la antigua fortaleza erigida por Nicuesa. Quedó así marcado el eje Nombre de Dios-Panamá por el que transitaría todo el tráfico comercial de Suramérica durante los siglos posteriores.

Tras la fundación de Panamá, Pedrarias convocó a los vecinos para proponerles enviar un procurador al nuevo monarca español y logró convencerles para que le eligieran a él, ya que quería medrar en la Corte. Regresó luego a Santa María con el doble propósito de que sus vecinos ratificaran su nombramiento de procurador y de despoblar dicha ciudad. Encontró, sin embargo, bastante oposición a ambas cosas. Los vecinos se opusieron a nombrarle, lo que le colocó en una situación muy difícil. Salió de ella de la forma más imprevisible, como de costumbre, pues el 8 de mayo de 1520 falleció Lope de Sosa, sin haber desembarcado siquiera de la nave que le trajo de España. Era un hombre mayor y vino enfermo durante toda la travesía. Pedrarias volvió así a quedar como gobernador, al menos interino. Disimuló su alegría y le hizo un espléndido entierro a Sosa. Luego repartió prebendas entre su séquito. Dos meses y medio después llegó Fernández de Oviedo con su título de regidor perpetuo de Santa María, ciudad por la que lucharía para evitar que Pedrarias la arruinara. Fue una batalla inútil, por lo que decidió regresar a España en 1523. Pedrarias logró trasladar la iglesia obispal y casi todos los vecinos a Panamá, dejando deshabitada la que fuera primera ciudad de la América continental, que fue devorada por la selva.

Se planteó entonces el problema de nombrar nuevamente gobernador de Castilla del Oro y en momentos en que Isabel de Bobadilla andaba por España promocionando a su marido. Había partido de Santa María en 1520 con un gran arcón en el que iba el producto de seis años de rapiñas de Pedrarias; muchas perlas y mucho oro. La noble dama llevaba aquella fortuna para ablandar el juicio de residencia que debía hacerse a su marido, pero como había muerto Sosa, cambió de objetivo y la empleó en conseguir que se le prorrogara el mandato. Pedrarias fue confirmado como gobernador de Castilla del Oro el 7 de septiembre de 1520 “por la confianza que tenemos de la voluntad que en el servicio de Dios, nuestro señor e nuestro, e bien de esas provincias e naturales de ellas tenéis”. Parecía una burla. 
En cuanto al juicio de residencia a Pedrarias se confió a Rodríguez de Alarconcillo, que había ido con Sosa. No pudo emprenderlo hasta agosto y septiembre de 1522, cuando le llegaron las órdenes y para entonces Rodríguez de Alarconcillo bailaba ya al son de Pedrarias, que le había nombrado teniente general del Gobierno y le había colmado de mercedes. Naturalmente el juicio fue una pantomima. En ninguna de las sesenta y ocho preguntas del interrogatorio se aludió a la muerte de Balboa. Pedrarias coaccionó testigos y utilizó el anuncio de un próximo reparto de indios para que callaran otros muchos. Pedrarias salió triunfante de su residencia y emprendió la distribución de las encomiendas el 22 de octubre de 1522, volviendo a favorecer a sus paniaguados. Protestaron muchos y Pedrarias lo anuló para evitar reclamos a la Corte, pero tampoco se volvieron a repartir de forma satisfactoria.

En 1522 Pedrarias Dávila tenía más de ochenta años y varias enfermedades crónicas, pero empezó a desarrollar una actividad febril en la periferia panameña, que le ocuparon sus últimos nueve años de vida. Le seguían guiando los intereses personales, indudablemente, pero también la idea de convertir Panamá en el centro de penetración de todo su entorno en Centro y Suramérica. Ese mismo año Andagoya hizo su famosa expedición a Chochama, partiendo del golfo de San Miguel hacia el sur. Llegó a un territorio del Chocó que denominaban Birú, lo que le sirvió para pretender luego haber descubierto el Perú. Regresó a Panamá, donde le comunicó la noticia a Pedrarias, pero como había quedado inútil para poder cabalgar durante tres años, Pedrarias, dice él, “me rogó que diese la jornada a Pizarro y Almagro y al P. Luque, que eran compañeros, porque tan gran cosa no parase de seguirla”. Añadió que luego se las ingenió para entrar con ellos en el negocio, “y ansí Pedrarias y ellos tres, que fueron cuatro, hicieron cada uno compañía por su cuarta parte”. La aportación de Pedrarias a tal compañía fue de una ternera.

El 21 de enero de 1522 zarparon de la isla de las Perlas cuatro naves para descubrir las tierras y un posible estrecho interoceánico en la costa norpacífica de Panamá. Las mandaban el capitán Gil González Dávila y el piloto Andrés Niño, que habían obtenido de la Corona la oportuna capitulación en 1518. Habían llegado a Acla en 1520 con doscientos hombres dispuestos a continuar con la empresa inconclusa de Balboa, utilizando incluso sus naves. Pedrarias les puso todos los obstáculos posibles durante dos años, hasta que finalmente le hicieron también socio de su empresa, por consejo de Alonso de la Puente y Diego Márquez. 

La aportación del gobernador fue nuevamente simbólica, trescientos pesos, pero bastó para allanar todos los impedimentos. La expedición siguió rumbo norte y de ella vino a resultar el descubrimiento de Nicaragua. González Dávila regresó a Panamá el 25 de junio de 1523 con las naves en mal estado y más de noventa mil pesos de oro. Pedrarias exigió su parte y comenzó a presionarle, por lo que Dávila decidió huir a Santo Domingo, desde donde envió el oro al Emperador y le pidió el gobierno del territorio que había descubierto. Pedrarias se enteró de todo y tomó medidas eficaces. Escribió una carta al Emperador indicando que le correspondía el territorio descubierto y preparó una expedición para anexarse Nicaragua por la fuerza. Un ataque de gota, añadido a la malaria que padecía, le impidió ir en persona y tuvo que delegar el objetivo en Francisco Hernández de Córdoba. Éste cumplió sus órdenes. 
Partió de Panamá en 1523 al frente de una gran armada, recorrió parte de Costa Rica y Nicaragua y fundó en 1524 la población de Bruselas, en el golfo de Nicoya (primera de Costa Rica), a la que siguieron las de Granada, el mismo año, a orillas del lago de Nicaragua; León (el 15 de junio de 1524), a orillas del lago Xolotlán, donde se instaló la capital del territorio, y Segovia, donde construyó una fortaleza. Repartió los indios e inició exploraciones periféricas, entre las que destacó una que descubrió el río San Juan o Desaguadero, a la salida del lago de Nicaragua. De todas sus actuaciones dio puntual cuenta a Pedrarias por medio de Sebastián de Benalcázar. No tardó en producirse el enfrentamiento entre Hernández de Córdoba y González Dávila, que ambos buscaron.

 El último de ellos salió malparado del mismo, sobre todo tras la aparición de Cristóbal de Olid y Francisco de las Casas, enviados por Hernán Cortés para anexionar Honduras a México. En cuanto a Hernández de Córdoba, cometió el mismo error que González Dávila, pues pretendió erigirse gobernador de la provincia que había descubierto y conquistado. Envió a España a su amigo Andrés de Cereceda para que solicitase a Carlos I el gobierno de Nicaragua y viajó a Santo Domingo para reclutar unas tropas con las que fue a Honduras con objeto de subir desde allí hasta el lago grande de Nicaragua. Una vez en este último territorio solicitó el respaldo de los ayuntamientos de las poblaciones que había fundado. Pedrarias montó en cólera y preparó una gran fuerza para ir contra el rebelde. Al frente de ella con sus ochenta y seis años, partió de Panamá en enero de 1526. Hernández de Córdoba se entregó candorosamente a Pedrarias, pensando que le perdonaría su deserción. No le conocía bien. El gobernador le apresó y le levantó un proceso por traición, en el que resultó culpable. Pedrarias ordenó que fuera degollado en la misma ciudad que había fundado. Murió decapitado en la plaza mayor de León la Vieja en julio de 1526.

Pedrarias se posesionó del gobierno de Nicaragua que ejerció durante seis meses y regresó a Panamá, donde se encontró con la sorpresa del nuevo gobernador Pedro de los Ríos y de su segundo juicio de residencia, que se publicó el 9 de febrero de 1527. Cuando estaba a punto de empezar recibió la visita de Diego de Almagro, que venía a reclamarle su aportación para el descubrimiento del Perú. El conquistador había dejado a su socio Pizarro en la isla del Gallo y había ido a Panamá por refuerzos. Fue a ver a Pedrarias y le pidió ayuda económica en presencia de Fernández de Oviedo, que nos dejó testimonio de esta entrevista. Pedrarias reaccionó con altivez, acusando a Almagro y Pizarro de originar desórdenes y muertes y Almagro le contestó entonces: “Pagad, si queréis gozar de esta empresa, pues que no sudáis, ni trabajáis en ella, ni habéis puesto en ello sino una ternera que nos disteis al tiempo de la partida, que podría valer dos o tres pesos de oro, o alzad la mano del negocio”. Pedrarias pidió cuatro mil pesos por salirse del negocio. Almagro le ofreció quinientos y al cabo convinieron en zanjarlo todo por mil. El incidente muestra otra de las muchas marrullerías de Pedrarias, que otorgaba descubrimientos y conquistas como si fueran negocios particulares.

En 1527 Pedrarias se enfrentó a su segundo juicio de residencia, que resultó igual que el primero. Lo emprendió el licenciado Juan de Salmerón, alcalde mayor de Pedro de los Ríos, que fue incapaz de desenredar la maraña de testigos falsos y de influencias en que se vio inmerso. Muchas de ellas venían de la misma Corte, donde actuaba una vez más, y con gran habilidad, Isabel de Bobadilla. Se le juzgó por su actuación a partir de 1522, cuando se había hecho el juicio anterior, y resultó implicado en cuarenta y siete acusaciones, instruyéndose sumario sobre veintitrés de ellas por extorsión, malversación de fondos, fraude, violación de correspondencia, etc. Todas las acusaciones cayeron en saco roto y Pedrarias volvió a salir airoso de su segundo juicio de residencia, y premiado además con el gobierno de Nicaragua. Esto último fue otro golpe de suerte, hábilmente manipulado. La suerte fue el fallecimiento de Gil González Dávila, el descubridor y gobernador de Nicaragua, y la manipulación la hizo Isabel de Bobadilla en la Corte, convenciendo a la Corona de que su marido era a quien le correspondía dicho gobierno. El 16 de marzo de 1526 se expidió el nombramiento de Pedrarias Dávila como gobernador y capitán general de Nicaragua.

Pedrarias dejó Panamá en manos del nuevo gobernador Pedro de los Ríos y viajó a Nicaragua en 1528, con otro gran séquito en el que figuraban Diego Álvarez Osorio, primer obispo de la gobernación, así como Francisco de Castañeda, alcalde mayor, Diego de la Tobilla como tesorero y Alonso Pérez de Valer como veedor. Encontró el territorio conmocionado, pues Diego López de Salcedo, gobernador de Honduras, había ocupado ilegalmente parte del mismo y había provocado un motín de los españoles y una rebelión de los indios.

 Pedrarias le encontró refugiado de sus enemigos en una iglesia y le trasladó a la fortaleza de León, donde lo retuvo siete meses. Hasta que firmó un acuerdo de límites entre Honduras y Nicaragua y pago de una multa de veinte mil pesos. Nicaragua presentaba una evidente falta de pobladores que Pedrarias trató de paliar trayéndolos de las grandes Antillas. Llegaron unos doscientos, con los que ordenó hacer una penetración en busca del desaguadero del lago del lago de Nicaragua (río de San Juan). La puso bajo el mando de su lugarteniente Martín de Estete, acompañado del capitán Rojas. Estete cometió bastantes atrocidades en su entrada, llegó al cabo Gracias a Dios y fundó el Pueblo de las Minas, donde quedó Rojas mientras que Estete volvió a León para informar a Pedrarias.

 El gobernador le envió luego (1530) a Guatemala, para que ocupara parte de su territorio, pero Estete fue rechazado por los hombres de Alvarado y tuvo que retirarse fracasado, aunque con dos mil indios esclavizados y encadenados. La captura y venta de indios esclavos se convirtió en el gran negocio de Nicaragua, como antaño ocurriera en Panamá. Pedrarias consintió con el mismo e incluso organizó su venta con destino a Panamá (donde eran requeridos para la conquista del Perú). Esto originó una gran disminución de la población aborigen nicaragüense, acelerada por las epidemias. Los viejos modelos del Darién se repitieron en Nicaragua y el alcalde mayor, licenciado Castañeda, asumió un papel parecido al que tuvo Fernández de Oviedo, acusando al gobernador Pedrarias de nepotismo (por colocar a sus amigos y familiares en los cargos públicos), reformar las encomiendas en beneficio de sus paniaguados, traficar con los esclavos indígenas, y no denunciar a sus capitanes cuando cometían abusos con los naturales.

 El 5 de octubre de 1529 escribió al Monarca pidiéndole que relevara al gobernador porque “estaba muy viejo e muy enfermo”, y añadiendo que estaba “tullido, casi siempre en la cama, y no puede andar, si no es en una silla sentado”. La tensión existente entre el gobernador y el alcalde mayor estalló con motivo de la elección de Cabildo de León para 1530, pues ambos trataron de acaparar los cargos para sus partidarios, pero el gobernador evitó que tuviera mayor trascendencia. Pedrarias siguió empeorando de sus enfermedades y perdió su última batalla, que fue lograr que su primogénito Diego Arias heredara la gobernación. En cambio logró que su hija María, la que había prometido a Balboa, se casara con Rodrigo de Contreras, que le sucedió como gobernador de Nicaragua, provincia que se convertiría luego en un feudo de los Contreras. Pedrarias murió finalmente en León el 6 de marzo de 1531 con noventa y un años. Fue enterrado con todo boato en la iglesia del monasterio de Nuestra Señora de la Merced, donde vivió sus últimos meses. Paradójicamente el Instituto de Cultura Nicaragüense encontró en la cripta de esta última iglesia en el año 2000 los restos mortales de quien se considera que fue su insubordinado Francisco Hernández de Córdoba, fundador de la ciudad de León la Vieja. Eso sí carece de la cabeza que le cortara el Furor domini cuatrocientos setenta y cuatro años antes.

Lamentablemente no existen obras, ni tampoco ninguna colección de los documentos de Pedrarias, salvo algunos relativos a los nombramientos y cartas que hizo él mismo, Balboa u otros personajes de Panamá y Nicaragua, que figuran como apéndices en sus biografías principales o en las colecciones documentales americanas.


Bibl.: P. Gorostiza, Pedrarias Dávila: Drama en cinco actos, de los cuales el cuarto esta dirigido en dos cuadros, Madrid, Imprenta Nacional, 1838; G. Fernández de Oviedo y Valdés, Historia general y natural de las Indias, Islas y Tierra-firme del mar Océano, ed. de J. Amador de los Ríos, Madrid, Imprenta de la Real Academia de la Historia, 1851-1855, 4 vols.; B. de las Casas, Historia de las Indias, ahora por primera vez dada a luz por el marques de la Fuensanta del Valle y D. José Sancho Rayon, Madrid, M. Ginesta, 1875-1876, 5 vols.; M. M.ª de Peralta, Costa Rica, Nicaragua y Panamá en el siglo xvi: su historia y sus límites según los documentos del Archivo de Indias de Sevilla, del de Simancas, etc., Madrid, M. Ginés, 1883; Á. de Altolaguirre y Duvale, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, Real Academia de la Historia, 1914; C. Bayle, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, Biblioteca Razón y Fe, 1923; P. Cieza de León, La Crónica del Perú, Madrid, Espasa Calpe, 1932; Ch. L. G. Anderson, Vasco Núñez de Balboa, Buenos Aires, Emecé, 1944; P. Álvarez Rubiano, Pedrarias Dávila. Contribución a la figura del “Gran Justador”, Gobernador de Castilla del Oro y Nicaragua, Madrid, Consejo Superior de Investigaciones Científicas-Instituto Gonzalo Fernández de Oviedo, 1944; P. M. de Anglería, Décadas del Nuevo Mundo, Buenos Aires, 1944; C. Molina Arguello, El gobernador de Nicaragua en el siglo xvi. Contribución al estudio de la Historia del Derecho nicaragüense, Sevilla, Ediciones de la Escuela de Estudios Hispano-Americanos de Sevilla, 1949; O. Méndez Pereira, Núñez de Balboa: el tesoro del Dabaibe, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1951; P. de Andagoya, Relación de los sucesos de Pedrarias Dávila en las provincias de tierra firme o Castilla del Oro, y de lo ocurrido en el descubrimiento de la Mar del Sur y costas del Perú y Nicaragua, escrita por el adelantado [...], en Obras de D. Martín Fernández de Navarrete, ed. y est. prelim. de C. Seco Serrano, t. II, Madrid, Atlas, 1954 (Biblioteca de Autores Españoles); Colección Somoza, Documentos para la historia de Nicaragua, seleccionados y ordenados por A. Vega Bolanos, Madrid, Viuda de Galo Sáez, 1954-1957, 17 vols.; K. Romoli, Vasco Núñez de Balboa, descubridor del Pacífico, trad. esp. de F. Ximénez de Sandoval, Madrid, Espasa Calpe, 1955; F. Morales Padrón, Balboa y Magallanes-Elcano, Madrid, Publicaciones Españolas, 1956; A. S. de Larragoiti, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, 1958; F. Cantera Burgos, Pedrarias Dávila y Cota; capitán general y gobernador de Castilla de Oro y Nicaragua: sus antecedentes judíos, Madrid, Universidad- Facultad de Filosofía y Letras, 1971; A. Castillero Calvo, Políticas de poblamiento en Castilla del Oro y Veragua en los orígenes de la colonización, Panamá, Editorial Universitaria, 1972; O. V. Garrison, Balboa el conquistador: la odisea de Vasco Núñez, descubridor del Pacífico, Barcelona, Grijalbo, 1977; C. M. de Gasteazoro, “Aproximaciones a Pedrarias Dávila”, en Antología de la ciudad de Panamá, t. I, Panamá, Instituto Nacional de Cultura, 1977; D. Stanislawski, The transformation of Nicaragua, 1519-1548, Berkeley, University of California Press, 1983; J. R. Martínez Rivas, Vasco Núñez de Balboa, Madrid, Historia 16, 1987; J. L. Pereira Iglesias, Vasco Núñez de Balboa, Mérida, Editora Regional de Extremadura, 1989; M. Ash, Vasco Núñez de Balboa, Chicago, 1990; M. del C. Mena García, Pedrarias Dávila o “La Ira de Dios”: Una historia olvidada, Sevilla, Universidad, 1992; R. Hanbury- Tenison (ed.), The Oxford Book of Exploration, Oxford, Oxford University Press, 1993; O. Castro Vega, La ira de Dios: Pedrarias Dávila, San José, Litografía e Imprenta Lil, 1996; M. Reverte, “Biopatología de Pedrarias Dávila”, en Actas del III Congreso Hispanoamericano de Historia, Cartagena, 1999.



Hay que resaltar que desde el 2011 en Panamá comenzó a circular la moneda "Balboa" con valor equivalente a un dólar, de colores dorado y plateado. Y esto, luego de que el Banco Nacional comunicó que a partir del 16 de noviembre de 2018, no se despacharan billetes de un dólar.

Explicó que confeccionar una moneda de un dólar cuesta 0.25 centavos aproximadamente y se pone a circular por un valor de un dólar, por lo cual el Estado gana cerca de 0.75 centavos por cada una, ese ingreso se conoce como “Señoreaje”; y ella tiene una vida útil de más de 20 años.
Dejar de circular las monedas de un dólar, para el economista Raúl Moreira, señaló que  a Panamá le cuesta aproximadamente 1.25 dólares adquirir un billete de un dólar, o sea, que por cada billete que se adquiere en Estados Unidos se pierde aproximadamente 0.25 centavos; y esos billetes tienen una vida de solo 5 años.

Si las monedas tuvieran sentimientos, esta estaría seriamente acomplejada.

 
La monedita que nadie quiere.

Acabo de salir del súper. El gentil muchacho que me empacó el mercado, me acompañó al garaje y metió las bolsas en el baúl del carro, trató de disimularlo pero igual pude ver la decepción en su cara cuando le di la propina. ¿Será que pensó que le di un “cuara”? Qué va, sabe que es un martinelli, pero estas monedas no hallan gracia con nadie. Aunque vale un dólar, es como plata de segunda categoría.
Cuando voy a la farmacia y tengo que pagar 90 centavos con un billete de $5, el cajero me advierte, un poquito apenado, “solo tengo martinellis, ¿no le molesta?”, a lo que le contesto “plata es plata” (igual, si solo tiene martinellis, ¿de qué me sirve rezongar o rehusarme a que me dé $4 de vuelto en las infames monedas?). Luego procede a explicarme que hay gente que simple y llanamente se niega a aceptar la oveja negra del dinero. Pobre moneda, ¿qué culpa tiene de su dudoso origen y malhabida reputación? 
Hasta el nombre con el que ha sido bautizada tiene connotaciones medio despectivas.
Por supuesto, prefiero billetes a  ese poco de monedas pesadas que ocupan espacio y que nadie quiere. No es nada más que te las encaletaron a ti, sino que sabes que va a ser engorroso deshacerte de ellas. Es como una papa caliente. Quieres deshacerte rápido de ellas, pero no encuentras cómo. Las máquinas dispensadoras de sodas y burundangas no las reciben, no puedes usarlas ni para pagar el estacionamiento, y los parquímetros tampoco las aceptan. Y cuando vas a utilizarlas de propina, te miran feo.
Si tienes billetes de un dólar y martinellis, apuesto que vas a tratar de gastar primero las monedas. Es más, sospecho que la mayoría de las personas prefiere tener cuatro “cuaras” en su billetera que un solo martinelli. Por lo menos yo, cuando tengo que pagar algo y las uso, me invade una sensación de triunfo. Eso es lo que se siente. Como meter un gol.
Lástima que no valen su peso en oro. Tal vez así la cosa sería diferente.


Monedas de un balboa 

El rechazo a la moneda de un balboa (dólar) conocida como "Martinelli" continúa tanto entre los propios panameños como extranjeros de paso por el país pues su valor circulante es solamente local.


 
  07/08/2012

Los panameños son reacios a atesorar el balboa al igual que los bancos porque no está respaldado por el dólar
El rechazo a la moneda de un balboa (dólar) conocida como “Martinelli” continúa tanto entre los propios panameños como extranjeros de paso por el país pues su valor circulante es solamente local.
El Ministerio de Economía y Finanzas ha explicado en reiteradas ocasiones que aunque la dolarización en Panamá data de 1903 y el país carece de moneda propia que lo inhibe como emisor, sí hay precedentes de acuñación de circulante, como las monedas fraccionarias de uno a 50 céntimos.
No obstante los panameños son reacios a atesorar el balboa al igual que los bancos porque no está respaldado por el dólar. De hecho, el balboa es solo un concepto, pues la moneda circulante con valor como tal es la divisa estadounidense.
El gobierno argumenta su decisión de ir sustituyendo el billete de papel de baja nominación con el ahorro que significa, pues está demostrado que éste se deteriora en seis meses lo cual obliga a estarlo adquiriendo constantemente de la Reserva Federal de Estados Unidos.
La moneda de metal es duradera y como se acuña por el país los costos son menores. Las protestas se deben a que cada vez hay menos billetes de a uno y más “Martinellis”, confirmó Alberto Diamond, superintendente de bancos.
Según el gobierno, la acuñación inicial del balboa demandó una inversión cercana a 10 millones de dólares y produjo un señoreaje de 30 millones que ingresaron a las arcas del Tesoro Nacional. Se estudia acuñar monedas de dos y cinco dólares.

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