Castelar y Ripoll, Emilio. Cádiz, 7.IX.1832 – San Pedro del Pinatar (Murcia), 25.V.1899. Orador y político. En verdad, no pudo tener el que fuera el más celebre tribuno del siglo XIX iberoamericano cuna más adecuada a su destino histórico y biografía personal. Sin embargo, su nacimiento en la trimilenaria ciudad andaluza fue, en gran medida, per accidens, ya que sus raíces familiares eran claramente levantinas. Sólo la inesperada circunstancia del destierro de su padre en la ciudad de Hércules en los comedios de la Década Ominosa a consecuencia de sus simpatías constitucionales determinó la venida al mundo en la capital gaditana de uno de los campeones más ardidos de la libertad en la España contemporánea, cantada siempre invariablemente con airón doceañista. Sin determinismo alguno, es lo cierto, empero, que ambas notas —nacimiento y familia— imprimieron rasgos indelebles en la formación de quien habría de ser el cuarto presidente de la Primera República y en la forja de su personalidad política. Desde luego, una y otra serían enaltecidas por su pluma y palabra en toda ocasión. Desaparecido misteriosamente su progenitor a los pocos meses de su alumbramiento, el inmediato regreso a la tierra solariega con su madre y su única hermana se vio seguido de la instrucción de primeras letras en Sax y en Elda y, ulteriormente, del ingreso en el flamante Instituto de Enseñanza Media de Alicante, donde destacarán ya sus formidables dotes para la oratoria: repentización, fantasía, vocabulario, dicción, mímica..., exhibidas ante los miembros de la acomodada familia materna con vanidad anotada con fuerte trazo en todas las pinturas y semblanzas que, al correr de los años, se hicieran de su vida. A tono con la mentalidad de la época era sin duda la Facultad de Derecho el destino natural del joven retórico, siendo la madrileña la que le recibiera en 1847 y en la que anudara, durante el curso preparatorio seguido en ella, algunas de las amistades que le acompañaran hasta el fin de su existencia por encima de diferencias caracterológicas y, sobre todo, doctrinales y políticas. No obstante, su resuelta inclinación por la historia y el arte le impulsó prontamente a seguir tales enseñanzas. Obtenida en noviembre de 1851 —quizá con el apoyo de su pariente Antonio Aparisi Guijarro, protector de su mocedad— una plaza de alumno en la Escuela Normal de Filosofía, enseñó desde entonces las disciplinas de Literatura latina, Griego, Literatura universal y española con el título de profesor auxiliar la oposición superada en dicha fecha. Al término del año académico siguiente era ya doctor con un estudio sobre Lucano, dado a la imprenta en 1857. Con participación entusiasta en los círculos demócratas de la capital desde un lustro atrás, la revolución de julio de 1854 cumplió algunos de sus deseos, con el ensanchamiento de las libertades y el talante palingenésico que envolviera la atmósfera predominante en el bienio esparterista. Discursos y mítines pronunciados con creciente intensidad y audiencia le abrieron las puertas para una asidua y notable colaboración periodística en diversos diarios, como El Tribuno, La Soberanía Nacional (1855), La Discusión, antes de crear en 1863 —por razones no sólo de autonomía, sino también de búsqueda de la plataforma más adecuada a la defensa de sus ardientes creencias republicanas— su propio órgano de expresión: La Democracia, llamada, como algunos de los anteriores, a marcar época en la historia de la prensa ochocentista. Para entonces, su promotor y director gozaba ya de una sólida reputación académica tras haber obtenido en 1858 la cátedra de Historia de España en la Facultad de Filosofía y Letras de la universidad llamada entonces Central; y de ocupar la igualmente muy reputada del Ateneo madrileño, en la que a lo largo de un cuatrienio dictaría, con éxito arrollador, un ciclo de conferencias en torno al tema por aquellas fechas de palpitante actualidad en la acalorada controversia general de las ideas que inundaba la Europa intelectual: la historia de la civilización en los primeros siglos del cristianismo. Estaba la atmósfera cultural del momento muy cargada y penetrada de politización para esperar de Castelar la asepsia analítica requerida por la exposición rigurosa de una materia propensa de ordinario a la polémica. Los ataques, pues, a las posiciones de sus adversarios y enemigos serían continuos y acerados, hasta el extremo de provocar réplicas de extrema dureza en los medios informativos ultramontanos y conservadores, apoyados, a las veces, por los mismos unionistas. La experiencia atesorada en la ocasión antedicha reforzó sus armas para enfrentarse con otra magna quaestio de mediados del siglo XIX como era la relación entre república y socialismo. Frente a los muchos de sus correligionarios que pensaban que éste constituía la fórmula doctrinal y el sistema de organización más adecuados para un Estado articulado conforme a los principios republicanos, Castelar se alzó, en la batalla periodística que mantuviera al respecto con Pi i Margall, como ardido campeón de un republicanismo insobornablemente individualista, con primacía absoluta de la libertad sobre la igualdad. El combate dialéctico tuvo eco europeo, y proyectará largamente sus secuelas sobre la trayectoria misma del republicanismo hispano; en la que ambos contendientes liderarán, respectivamente, sus dos corrientes principales, enfrentadas tanto por su distinta concepción social como territorial, al defender inflexiblemente Castelar una visión unitaria de España en contraposición a la federal de su antagonista en la prensa madrileña de mediados de los sesenta. Calendas que recogen la aparición en La Democracia con firma de su director de uno de los artículos de mayor resonancia en la bicentenaria historia del periodismo español. Intitulado “El Rasgo”, contenía una acerada glosa de una iniciativa regia sedicentemente altruista de la corona en la que la pluma castelarina encontraba un motivo bastardo, dictado en exclusiva por razones de bajo interés económico. La sanción al autor traspasó los límites administrativos al suspendérselo en su condición académica, lo que provocará, a su vez, la dimisión del rector de la universidad y de algunos de sus claustrales, en gesto solidario con su colega. Al propio tiempo, la consiguiente protesta estudiantil se reprimió con lujo de fuerza por la Guardia Civil veterana con varios muertos y heridos —motín de la noche de San Daniel de 10 de abril de 1865—. El impacto de la jornada se reveló de enorme impacto al fallecer a consecuencia del disgusto que le suscitara el mismo ministro de Fomento, el legendario prohombre y tribuno liberal Alcalá Galiano. Estación final en la accidentada peripecia del clamoroso suceso sería el abandono del poder de Narváez en su penúltimo mandato ministerial y su reemplazo por el postrero de O’Donnell. Justamente en éste se produjo la no menos impactante asonada de los sargentos del madrileño cuartel de San Gil —22 de junio de 1866—, entre cuyos inductores civiles ocuparon lugar importante Castelar y la plana mayor de demócratas y progresistas, por lo que, como muchos de éstos, fue condenado a muerte in absentia. A raíz del fracasado pronunciamiento, tras una fuga rocambolesca al uso de las costumbres políticas de la época —el propio ministro de la Gobernación coadyuvó decididamente a la huida—, Castelar inició un largo peregrinar por varios países europeos, siendo la estadía más recordada al par que dramática la que transcurriera en la Roma de Pío IX. Pese a que expresara con gestos inequívocos sus reservas cara a la alianza con progresistas y aun más con los unionistas en la coalición antisabelina acaudillada por Prim desde las postrimerías de 1866, Castelar se integró en el movimiento, a cuyo servicio puso una pluma especialmente activa en el período que precediera a la Revolución de Septiembre. Las esperanzas albergadas respecto a que el triunfo de la Gloriosa comportara la implantación de la República no tardaron en disiparse en el ánimo de un Castelar repuesto en la cátedra de la que fuera removido en el verano de 1866. La deriva monárquica y autoritaria del régimen, facilitada por ola de anarquía que sacudió a la nación en el otoño de 1868, dio al traste prontamente con la comedida ilusión de su orador más descollante y prestigioso. Reluctante íntimamente a la fórmula federal propugnada por Pi y Estanislao Figueras, sus dos compañeros en el triunvirato directivo republicano, Castelar se entregó, no obstante, de forma agotadora, en los meses que antecedieron a la formación de Cortes Constituyentes, a la misión imposible de que el Gobierno provisional proclamase la República sin la previa anuencia y sanción del órgano legislador. Sin cumplirse en su constitución las expectativas de escaños despertadas en la opinión republicana, Castelar se consagró desde el suyo a difundir los principios de su credo político, en el que los elementos religiosos gozaban de indudable trascendencia. Y fue su defensa la que originaría —el 12 de abril de 1869— uno de los dos o tres instantes mágicos registrados en los anales del Parlamento español, convertido ese día en referencia vertebradora y seña de identidad espiritual de no pocas generaciones iberoamericanas por espacio de casi un siglo. En efecto, el párrafo con que concluyera el extenso e improvisado discurso —“Grande Dios es en Sinaí [...]”—, e incluso la mayor parte de los parágrafos de éste, se erigieron en Biblia de conducta, canon de belleza y modelo de la retórica de mejor ley en libros y comportamientos cívicos y políticos de hornadas enteras de los siglos XIX y XX. Pues, ciertamente, al margen de su vibración religiosa y su valor oratorio, las ideas de solidaridad y tolerancia alcanzan en él una fuerza difícilmente superable. Un diario madrileño de los de mayor ascendiente y crédito, El Imparcial, reflejaba en el siguiente juicio el sentir de la inmensa mayoría de los coetáneos:
Una vez votada en junio la Carta Magna de la Septembrina, el diputado por Zaragoza prosiguió en la Cámara Baja su labor de pedagogía política y patriótica. Por la especial proyección que en la España decimonónica prestaba el Parlamento a la socialización de idearios y pensamientos, fue desde su escaño desde donde llevó a cabo una de las más completas y, particularmente, más divulgadas definiciones del nacionalismo español. Exaltación de los valores evangélicos y de manera muy peraltada del de la libertad se erigiría en pivote de su concepción nacionalista. Con sacrificios sentimentales y alguna que otra contradicción ideológica, Castelar no vaciló en situar en la España imperial el fastigio de la nacionalidad hispana. Fue el Quinientos para él la etapa en que refulgieran más abrillantadamente las cualidades de la “raza” y la cultura hispanas, ora en las letras, ora en las artes, ora en la filosofía y el derecho, semejándole su continuidad una prolongada decadencia hasta la hora, trágica y memorable a un tiempo, de la guerra de la Independencia y las Cortes de Cádiz... Según elocuente y difundida confesión personal, en el cotejo de España con otros grandes países como Francia, Gran Bretaña, Italia —de singular imantación para su espíritu y sensibilidad—, le ocurría igual que en la comparación del rostro de su idolatrada madre con el de otras hermosas mujeres, en que la elección no tenía sombra de duda... Explicitada tal imagen del nacionalismo español en múltiples pasajes de sus discursos parlamentarios y textos académicos, sería en las famosas intervenciones en el Congreso de 3 de noviembre de 1869 y 20 de junio de 1871 cuando tal vez su sentimiento nacionalista ofreciera sus perfiles más característicos al entonar, a propósito de la elección y ocupación por Amadeo de Saboya el trono de España, la loanza de la monarquía de los primeros Austrias. “[...] Y váis a lanzar sobre un pueblo así un monarca extranjero? Si no lo siente, si no se remueve, si no se levanta la nación española de su indiferencia, ah! demostrará algo bien triste, bien doloroso para todos nosotros: demostrará que España ha muerto, que ha muerto en España sus más nobles, sus más antiguos, sus más característicos sentimientos. Nuestros conquistados nos conquistan. Nuestros vasallos vienen a ser nuestros dominadores. De las migajas caídas de los festines de nuestros reyes se formaron cuatro o cinco reinos en Italia. La isla de Cerdeña apenas se veía en el mapa inmenso de nuestros dominios, y la isla de Cerdeña se ha levantado, nos ha conquistado, y no tanto por su esfuerzo, cuanto por nuestra debilidad y nuestra miseria. Si España no se resiente de esta herida, vistámonos de luto como hijos sin madre, porque ha muerto, Sres. diputados, ha muerto nuestra patria [...]. Esta nación [España] de la cual eran alabarderos y nada más que alabarderos, maceros y nada más que maceros, los pobres, los obscuros, los hambrientos Duques de Saboya, los fundadores de la dinastía [...]. Digo y sostengo que los Duques de Saboya seguían hambrientos el carro de Carlos V, de Felipe II y de Felipe V”. Llegada la República, Castelar ocupó la cartera de Estado en la recomposición del gabinete presidido por Estanislao Figueras, primando una vez más su sentido del Estado y la unidad de sus conmilitones que sus opciones y gustos personales. Con íntima tristeza contempló Castelar el irrefrenable deslizamiento de la nueva situación hacia el desorden generalizado, con pulsión contenida del desencanto que ello producía en sus ensueños de juventud e ilusiones de la madurez. A causa de tal ánimo no sorprende que su presidencia se vertebrase por la defensa a ultranza del principio de autoridad como antídoto más eficaz ante el caos que padecía el país cuando, a comienzos de septiembre de 1873, fuera investido de los máximos poderes. Tras suspender las sesiones de unas Cortes transformadas de facto en Convención y con la ayuda de unos ministros que anteponían su sentimiento patriótico al de partido, el cuarto y último presidente de la Primera República drenó sus principales energías a la pacificación del país. El restablecimiento de la malparada disciplina castrense se evidenció prontamente como el instrumento más idóneo; viniendo en auxilio de ello el retorno a la institución militar de los oficiales y jefes del arma de Artillería, separados de sus funciones como resultado de la crisis acaecida en el seno del prestigioso cuerpo en las postrimerías del reinado de don Amadeo como igualmente se descubriría de importancia capital en la reforma a ultranza del ejército republicano la incorporación de cien mil hombres, conforme al procedimiento clásico de las quintas, en otra época denostado por Castelar. Y así, mientras los cantonalistas cartageneros eran doblegados por la escuadra del almirante Lobo y las tropas del general López Domínguez, las de Moriones lograban sofocar el levantamiento carlista del País Vasco. Al propio tiempo, los asuntos de una Hacienda en práctica bancarrota lograron enderezarse y las muy tensionadas relaciones con el Vaticano se encalmaron considerablemente con la presentación a Roma de una amplia y prestigiada hornada episcopal, que obtendría el correspondiente placet pontificio. Entretanto, sin embargo, el frente cubano de la “Guerra chica” comprometía gravemente la obra de gobierno castelariana con una crisis de grandes proporciones. El apresamiento del vapor Virginius con pabellón norteamericano —en realidad, un navío filibustero al servicio de los independentistas cubanos— en aguas internacionales por la corbeta El Tornado —31 de octubre de 1873— y el inmediato fusilamiento, por procedimiento militar sumarísimo, en Santiago de Cuba de cincuenta y tres de sus ocupantes, colocaron a España al borde de la guerra con los Estados Unidos. Una ardua operación diplomática en la que, en un clima enfebrecido por un chovinismo suicida, el presidente del gobierno sólo contó verdaderamente con la colaboración del representante de Madrid en Washington —Polo y Bernabé—, arribó in extremis la solución de la difícil coyuntura. Pocas horas después, con no pocos logros que exhibir en los algo de más cien días de su mandato, expirado el plazo de suspensión del Parlamento, Castelar se presentaba ante sus miembros en un clima de hostilidad universal en los sectores maximalistas del régimen, dueños de su más activa militancia y de la prensa más pugnaz. Rechazado un ultimátum de los prohombres del sistema para dar marcha atrás en su conservadurismo autoritario, e incluso desdecirse de algunas de sus iniciativas más fecundas, Castelar solicitó la confianza de la Cámara, que la recusaría por ciento veinte votos contra cien. Acto seguido, en la madrugada del 3 de enero de 1874, Castelar presentó su dimisión, que no pudo ser tramitada por la interrupción de la sesión debido a la entrada en el palacio de la Carrera de San Jerónimo de una sección de la Guardia Civil, entrada en el recinto por orden del capitán general de Madrid, el artillero Manuel Pavía, el más conspicuo ayudante de Prim y el general de mayor fidelidad a su memoria entre los muchos contemporáneos que tuvieran al marqués de los Castillejos como modelo y espejo. Un oportuno viaje por el extranjero mitigó el dolor que la frustración de su proyecto de una República de corte auténticamente presidencialista en la que la autoridad no se viese incompatible con la democracia y, de otro lado, tampoco a la libertad con la igualdad, depositara inamoviblemente en su trémulo espíritu. Con el paso del tiempo, la acción lenitiva de éste y el retorno con toda intensidad al cultivo de las Humanidades, así como una asidua actividad periodística descomprimieron grandemente su tensión política y, consiguientemente, su entrega a ella. Antes, empero, de que llegara tal momento, su indeficiente elección por Huesca en los diferentes parlamentos de la Restauración Alfonsina, propició la defensa de su obra y del credo insobornable que la alimentase. Viejos y nuevos temas a la manera de la separación de la Iglesia y el Estado, el sufragio universal o el servicio militar obligatorio se retomaron por una voz que conservaba intacto su magnetismo retórico. Conjuntamente, lecturas y experiencias decantaron en su ánimo la exactitud de la imprecación que le dirigiera en vísperas de la llegada de don Amadeo que, “si difícil era hacer una monarquía con escasa cimentación social, aun lo era más construir una república sin republicanos [...]”, corroborando su intuición de la imposibilidad de ésta por el atávico monarquismo de Castilla... Sean cuales fueren las causas verdaderas del enfriamiento, que no renuncia ni abdicación, de sus miras políticas, éstas se centraron en la plenitud del canovismo en influir intramuros a las clases dirigentes en su completa democratización, con la asunción sin restricciones de las banderas de la Gloriosa. “Mejor lista civil que guerra civil”. Tal lema del minoritario pero muy influyente partido Posibilista que fundara y dirigiese, sintetizaba palmariamente el pensamiento castelariano cara al escenario y las metas en que querría desenvolverse la corriente republicana obediente a su liderazgo. Prevalido en parte de su íntima amistad con Cánovas y diplomáticas relaciones con Sagasta, que le permitía un cierto margen de ascendencia sobre el rumbo de la Restauración, no levantó obstáculos frente al desenvolvimiento de una monarquía parlamentaria que, por la lógica del proceso histórico tal y como lo entendía Castelar, desembocaría en otra auténticamente democrática, conforme al modelo seguido por la británica, bien conocido y admirado por él. El camino recorrido en su entrañada Italia por la otra en tiempo despreciada dinastía saboyana era, a sus ojos, la prueba indubitable de la viabilidad del modelo en el marco de las monarquías mediterráneas. Al encontrar que en el “quiquenio glorioso” sagastino las leyes del jurado y el sufragio universal habían encontrado acomodo en la legislación del régimen de Sagunto, licenció a sus menguadas huestes —en gran proporción, asentadas prontamente en el partido del “Viejo Pastor”— y se engolfó casi por entero en las aguas de la investigación histórica y la creación literaria, con frecuentes y, a las veces, prolongados viajes por Francia e Italia, en la que fuera recibido en dos ocasiones por el mismo León XIII, por el que sentía una viva y correspondida simpatía. En total oposición con Pi y Salmerón —por los que había anidado una ilimitada antipatía— respecto a la estrategia y táctica que debiera seguir el republicanismo finisecular, la crisis noventaochentista le arrancó de su voluntario exilio público, alarmado por el desarrollo de los nacionalismos periféricos y aún del simple autonomismo conque el partido conservador encabezado por Silvela procurara desatascar la situación de parálisis entre Madrid y aquéllos. Reingresado en el Congreso en las elecciones de abril de 1899, tras no pocas dificultades salvadas por la generosidad de su opositor Juan de la Cierva, los planes ambiciosos acariciados por Castelar respecto a un republicanismo palintocrático quedaron en el limbo de los propósitos por su tránsito acaecido en el mes siguiente. La España oficial tampoco desmintió con ocasión de su muerte su incoercible proclividad por la mezquindad. Al cantor epinicio de las hazañas de los antiguos españoles en ambos hemisferios y al restaurador de su moral y fuerza en la crítica coyuntura del otoño de 1873 se le negaron por parte del ministro de la Guerra, el “general cristiano”, C. Polavieja, los honores militares. Afortunadamente, y como también no es infrecuente en las costumbres nacionales, la noble y caballerosa figura de Arsenio Martínez Campos en unión de otros varios compañeros de armas escoltaron el multitudinario recorrido fúnebre —de unas cuarenta mil personas— hasta la madrileña Colegiata Sacramental de San Ginés, donde esperó el juicio de la Historia. Aunque su figura aún no ha tenido el estudio condigno a su importancia, la mayor parte de los especialistas de la segunda mitad del siglo XIX se muestran contestes en señalar su relevancia como introductor de una de las corrientes esenciales del republicanismo hispano, así como descubren una considerable unanimidad en ponderar su prudente y meritoria tarea gobernante en período tan breve como el que estuviera al frente del país. Menos favorable es el juicio acerca de su prolífica labor historiográfica. La escasa acribia documental, el exceso de formalismo y retórica, el artificio y gratuidad de muchos planteamientos y, en fin, su incoercible tendencia subjetivista y pathos teatral invalidan un quehacer que tiene quizá su máximo y actual valor en la atención por la vertiente artística del trabajo histórico. En punto a su menos extensa producción literaria, no se aleja mucho del citado, el juicio merecido a la crítica hodierna. Novelas y ensayos decaen mucho en la comparación con las viñetas y, sobre todo, cuadros y estampas de viaje, acreedores a una lectura reposada. Obras de ~: Ernesto. Novela original de costumbres, Madrid, Imprenta de Gaspar y Roig, 1855; Lucano. Su vida, su genio, su poema, Madrid, Marín Laviña, 1857; La Hermana de la Caridad, Madrid, Imprenta de J. A. García, 1857; Ideas democráticas: La fórmula del progreso, Madrid, I. Casas y Díaz, 1858; La redención del esclavo, Madrid, Librería de A. de San Martín, editor, 1859; Cartas a un Obispo sobre la libertad de la Iglesia, Madrid, A. Galdó, 1864; Recuerdos de Italia, Madrid, Fortanet, 1872; Vida de Lord Byron, Madrid, La Propaganda Literaria, 1873; Historia de un corazón, Madrid, Aribau y Cía, 1874; Un año en París, Madrid, Est. Tipográfico de El Globo, 1875; Estudios históricos sobre la Edad Media y otros fragmentos, Madrid, Librería de A. de San Martín, editor, 1875; Cartas sobre política europea, Madrid, Librería de A. San Martín, editor, 1876, 2 vols.; La Rusia contemporánea. Bocetos históricos, Madrid, Aribau y Cía, 1881; Las guerras de América y Egipto. Historia contemporánea, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1883; León Gambetta, Madrid, Imprenta de El Día, 1883; Historia del año 1884, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1884; Galería histórica de mujeres célebres, Madrid, Álvarez Hermanos, 1886-1888, 8 vols.; Nerón. Estudio histórico, Barcelona, Montaner y Simón, 1891-1893; Historia del descubrimiento de América, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1892; Obras Escogidas, pról. de Á. Pulido, Madrid, Imprenta Gráfica Universal, 1922-1923, 12 vols.; Discursos parlamentarios, ed. de J. Vilches, Madrid, Congreso de los Diputados, 2003. Bibl.: A. Sánchez del Real, Castelar, su vida, su carácter, sus costumbres, sus obras, sus discursos, influencias en la idea democrática, etc., Barcelona, Salvador Manero, 1873; M. González Araco, Castelar, su vida y su muerte. Bosquejo historico-biografico, Madrid, Sucesores de Rivadeneyra, 1900; G. Alberola, Semblanza de Castelar, Madrid, Ambrosio Pérez y Cía, 1904; B. Jarnes, Castelar, hombre del Sinaí, Madrid, Espasa Calpe, 1935; M. Almagro San Martín, La pequeña historia. Cincuenta años de vida española (1880-1930), Madrid, Afrodisio Aguado, 1954; A. Eiras Roel, El Partido Demócrata español (1849‑1868), Madrid, Rialp, 1961; C. Llorca, Emilio Castelar, Precursor de la Democracia Cristiana, Madrid, Biblioteca Nueva, 1966; C. A. M. Hennessy, La República Federal en España. Pi y Margall y el movimiento republicano federal, 1868‑1874, Madrid, Aguilar, 1967; J. Andrés Gallego, “La última evolución política de Castelar”, en Hispania, n.º 115 (1970), págs. 358‑393; C. Dardé, “Los partidos republicanos en la primera etapa de la Restauración”, en J. M. Jover Zamora, El siglo xix en España: doce estudios, Barcelona, Planeta, 1974, págs. 433‑462; M. Espadas Burgos, “La cuestión del ‘Virginius’ y la crisis cubana durante la I República”, en Estudios de Historia Contemporánea, I (1976), págs. 329‑354; N. Alcalá Zamora, La oratoria española, Barcelona, Grijalbo, 1976; A. Martínez de las Heras, La crisis cubana en el arranque del sexenio democrático, Madrid, Universidad Complutense, 1986, 2 vols; G. Gómez Ferrer, “Cuba en el horizonte internacional de la República de 1873”, en Quinto Centenario, 10 (1986), págs. 121‑128; N. Townson (ed.), El republicanismo en España (1830-1977), Madrid, Alianza, 1994; J. Rubio, La cuestión de Cuba y las relaciones con los Estados Unidos durante el reinado de Alfonso XII. Los orígenes del “desastre” de 1898, Madrid, Ministerio de Asuntos Exteriores, 1995; J. Vilches, Emilio Castelar. La patria y la república, Madrid, Biblioteca Nueva, 2001 |
Castelar Digital visitó la Casa Natal de Emilio Castelar en España. Por: Gabriel Colonna, Leandro Fernández Vivas.
Una placa de mármol cuelga desde la pared. Una grandes letras de metal, quizás bronce oxidado, una pluma y un escudo dan marco al mensaje. Un único número indica la dirección. Dos aldabas de hierro en medio de dos grandes puertas de madera dan entrada a una casa histórica. El cartel de mármol data de 1904, la casa es de principios del siglo XIX. El mensaje y un ilustre propietario son el motivo por lo que este medio viajó hasta Cádiz. Lejos está España de Castelar, pero fue aquel país el que brindó nombre a esta ciudad. En el número 1 de la Plaza de la Candelaria se encuentra la Casa Natal de Emilio Castelar Ripoll, abogado, político, periodista, historiador y escritor ibérico. Figura elegida por el jurisconsulto argentino Estanislao Zeballos para darle nombre al pueblo donde vivía al oeste de Buenos Aires. Cádiz es una isla unida por una angosta lengua de tierra a otra aún más pequeña. Ubicada en Andalucía, es mojada por las aguas del océano atlántico, aunque no está lejos de Gibraltar, por lo que su clima es parecido al mediterráneo, aunque sin escapar de su historia oceánica. Tierra de marineros de ultramar y comerciantes de todo tipo, esconde en sus angostas calles recuerdos de otras épocas. Desde el Teatro Romano, ruinas semi desenterradas que hablan de césares y emperadores, a los solares donde se creó y firmó la Constitución de 1812, la primera carta magna moderna de España en tiempos en que la península estaba bajo el control de Napoleón y sólo algunos poblados podían reconocerse independientes. En esta tumultuosa ciudad, Manuel Castelar, que se dedicaba al negocio del cambio de dinero, y María Antonia Ripoll, pensadora liberal, decidieron tener circunstancialmente a su hijo, un 7 de septiembre de 1832. Castelar Digital viajó a Cádiz e investigó en el ayuntamiento de la ciudad para saber más sobre aquel inicio de vida histórico. La familia Castelar Ripoll integraba los círculos liberales de la época, entendiendo ‘liberales’ no con la descripción del siglo XXI sino como aquellos que buscaban dejar de lado las doctrinas monárquicas en búsqueda de representación política e igualdad legal. En una ciudad portuaria, en la que diariamente llegaban barcos con noticias de las ex colonias, con información de nuevas repúblicas y otros sistemas de gobierno, sin reyes ni emperadores, era lógico que surgiera un político republicano como Emilio Castelar. Cádiz es una ciudad particular. Anclada en el tiempo y recorrida constantemente por turistas, con cruceros que llegan a sus muelles del noreste cada día y castillos amurallados de otras épocas hacia el oeste. La Caleta es su mejor playa, donde el sol se acuesta cada tarde y es el espacio propicio para las mejores fotos. Gabriel Colonna, Director de Castelar Digital, fue el enviado especial que tras encontrar la Casa Natal de Castelar pudo también disfrutar del paisaje. “Cádiz es una saliente de tierra, una gran isla conectada por un largo puente. Muy portuaria pero con hermosas playas. La zona más bella es la punta oeste, con dos fortalezas, la playita de la caleta, muy pintoresca. Toda la costa que da al mar es una playa extensa, mirás hasta el horizonte y es playa. El casco histórico, con la Catedral, las callecitas empedradas y el centro antiguo completan su belleza. Con recorrer sólo cinco o seis cuadras volvés a encontrar el mar, de un lado o del otro de la isla. Es ideal para caminarla toda”, destacó el vecino. En el barrio identificado como El Pópulo, encerrada entre callecitas adoquinadas y con un color cálido inundándolo todo, se encuentra la Plaza de la Candelaria. Colmada de árboles de distintas especies y rodeada de pequeños comercios, en su centro erige la estatua a Emilio Castelar. El lugar elegido no fue al azar, en una de sus calles se encuentra la Casa Natal de Castelar. Allí este medio golpeó las puertas. Los herrajes de metal demostraban los años. El timbre mudo solo sirvió para confirmar lo señalado en el ayuntamiento, la casa continúa siendo una vivienda de uso privado y no está abierta al público, se desconoce su interior y no se cree que se haya preservado las habitaciones o mobiliario de la época en que era habitada por el primer presidente. El pequeño emilio vivió sus primeros 7 años en esa casa, pero tras la muerte de su padre, se mudó junto con su madre a otro pueblo. Elda fue el lugar donde disfrutó su infancia hasta la juventud, a poco más de 600 kilómetros de Cádiz, al norte de Alicante, allí formó su personalidad y consolidó los pensamientos que lo llevarían a ser un hombre importante en la historia de España. Emilio Castelar comenzó su vida pública a mediados del Siglo XIX cuando era Profesor en la Universidad de Madrid y confeso opositor al reinado de Isabel II, la monarca posterior a Fernando VII, aquel que fue capturado por Napoleón y que permitió los primeros indicios de independencia en Buenos Aires en 1810. Paralelamente a la docencia, Castelar escribía en diversos periódicos, y hasta fundó uno propio, desde donde manifestaba su posición política ante la corona, lo que le valió una condena a muerte en 1868 por la que debió exiliarse en Francia. Apenas un año después, la Reina Isabel II fue depuesta y tras varios cargos menores, Emilio Castelar fue nombrado Presidente de la llamada Primera República Española, un mandato que duró apenas unos meses, pero dejó su huella histórica. Ciudad de Castelar. Cuando a principios del Siglo XX las autoridades del Ferrocarril Oeste en Argentina decidieron establecer una parada entre las estaciones de Morón e Ituzaingó se le colocó como nombre sólo el kilómetro donde estaba ubicada en relación a la estación terminal. Kilómetro 22 era apenas un apeadero, pero para diciembre de 1913 la consideración cambió y comenzó a brindar funciones de estación: se vendían pasajes, se enviaba encomienda y hasta se podía comunicar por telégrafo. Los vecinos de la zona decidieron entonces bautizar a la estación y en primera instancia se propuso el nombre de Estanislao Zeballos en homenaje a un célebre vecino quien pocos años antes había sido Diputado, Ministro de Justicia y hasta Ministro de Relaciones Exteriores. Fue el mismo Zeballos el que rechazó el homenaje pero sugirió el nombre Emilio Castelar para destacar la figura de su par español. Desde entonces la estación se conoció como Castelar y el 15 de dicembre 1971 una ley provincial la reconoció como la Ciudad de Castelar. Sorprendentemente, en España no existe ningún pueblo o ciudad que recuerda a Emilio Castelar. La placa de mármol en la fachada del edificio tiene la misma edad que el monumento al centro de la Plaza de la Candelaria. En este, un Emilio Castelar erguido, mano en alto, anteojos colgando y saco abierto, muestra la actitud que exponía en su oratoria, la que le valió elogios y admiración. Casi 9600 kilómetros separan Castelar de Cádiz, un océano de por medio y varios aeropuertos, pero el nombre común señala una historia común. Castelar Digital logró unir la historia de su pueblo natal con la casa de aquel prócer, a veces desconocido, que le da nombre a su lugar e identidad. |
Discurso de Emilio Castelar (I)
Discurso de Emilio Castelar (II)
Discurso de Emilio Castelar (III)
Discurso de Emilio Castelar (IV)
Discurso de Emilio Castelar (V)
Discurso de Emilio Castelar (VI)
Discurso de Emilio Castelar (VII)
Emilio Castelar y los judíos: una reevaluación. Nitai Shinan Recibido: 03-01-2016 | Aceptado: 27-04-2016 Resumen El famoso orador Emilio Castelar y Ripoll es considerado hoy por el público español un filosemita exaltado y comprometido con la causa judía en Europa. En este artículo reexamino los comentarios y las afirmaciones que dedicó Castelar a los judíos y al judaísmo durante toda su trayectoria literaria, la cual muestra a un liberal español que, como cristiano, sostenía muchas ideas antijudías tomadas de la tradición, hasta que el descubrimiento, poco antes de la Revolución Gloriosa de 1868, de los sefarditas orientales que conservaban el idioma castellano removió su conciencia nacionalista española y acrecentó su determinación de simpatizar con los judíos sefardíes, vistos ahora desde el prisma del patriotismo, y de combatir por la total libertad religiosa y de cultos. Shinan, N. (2016), Emilio Castelar y los judíos: una reevaluación. Miscelánea de Estudios Árabes y Hebraicos. Sección Hebreo, 65: 101-118. 1.Introducción. En los meses de otoño de 1999, cuando los ecos de las conmemoraciones del primer centenario de la muerte de Emilio Castelar aún no se habían extinguido, la revista Raíces –propiedad de la empresa editorial Libros de Sefarad– decidió dedicar su volumen número 40 a los comentarios sobre los judíos del famoso orador español. La publicación, una selección bien meditada de textos famosos suyos, prologada por Isidoro González García, salió a la luz por el deseo de los redactores de «recordar la figura de Emilio Castelar» 1. Para no manchar este supuesto buen recuerdo, eligieron los editores los tres textos en los que más se distinguió Castelar en la defensa de los judíos: su ensayo sobre el Gueto de Roma publicado en 1872, su evaluación del asunto Dreyfus en 1898 y una trascripción de sus palabras sobre los judíos pronunciadas por él en su ya famoso discurso sobre la libertad religiosa de 12 de abril 1869 en las Cortes Constituyentes. Este discurso influyó mucho sobre su médico y amigo personal Ángel Pulido Fernández, que lo señaló como uno de los motivos de su actividad en favor de la reconciliación entre España y los españoles de la raza sefardí 2. Me parece que esta fama de filosemita que adquirió Castelar con el tiempo es un poco engañosa y está muy lejos de reflejar muchos comentarios suyos, algunos de los cuales distaban mucho de alabar a los judíos. Este fenómeno fue observado por Gonzalo Álvarez Chillida, quien, analizando las criticas de Castelar sobre el exclusivismo y el egoísmo judío, expresadas en su libro La civilización en los cinco primeros siglos del cristianismo (Madrid 1858), le achacaba una cierta ambigüedad en sus opiniones acerca de los judíos 3. Pienso, no obstante, que tal vez es posible buscar alguna otra explicación a las diferentes actitudes de Castelar, teniendo en cuenta los diferentes contextos y circunstancias en las que estos fueron escritos o dichos. La selección de la revista Raíces refleja sus opiniones durante el gran debate de 1869 sobre la libertad religiosa y las posteriores también se expresaron en momentos en que Castelar se enfrentaba con la cuestión de la tolerancia religiosa. Su libro de 1858, en cambio, fue publicado una década antes del comienzo de esta gran polémica, tenía un carácter histórico menos actual y reflejaba sus visiones sobre el nacimiento y desarrollo del cristianismo. Es de suponer que las profundas convicciones cristianas de Emilio Castelar y la imagen peyorativa de los judíos en la literatura cristiana tradicional, influyeran no poco en las evaluaciones históricas negativas del judaísmo y de los judíos que aparecen en dicho libro. En este artículo reexamino los comentarios y las afirmaciones que dedicó Castelar a los judíos y al judaísmo, analizando las citas mencionadas ya por Gonzalo Álvarez Chillida e Isidoro González García, pero también citas de otros ensayos o libros suyos rara vez comentadas hasta hoy. Al examinar los cambios y las constantes expresados en estas citas y las circunstancias que los motivaron, creo poder ofrecer al lector un resumen más exacto y fiel del pensamiento de Emilio Castelar sobre los judíos y tal vez poner en duda su fama posterior de filosemita exaltado. Debemos afirmar, no obstante, que a pesar de la imagen que uno puede obtener del mencionado artículo de Raíces, Castelar no se interesaba mucho en los judíos. Sus comentarios sobre ellos estuvieron motivados a veces por sus investigaciones históricas en otras materias, a veces por un encuentro esporádico con figuras judías o por el eco internacional que tenía una u otra noticia sobre los judíos, como las matanzas de 1881 ó 1891 en Rusia. Esta menguada presencia puede alejar, tal vez, la figura de Castelar del esfuerzo cultural de algunos intelectuales españoles decimonónicos en reivindicar la herencia judía en la historia de España, como son los casos de José Amador de los Ríos y de Fidel Fita 4. No obstante, la gran resonancia que tuvo su famoso discurso sobre la libertad religiosa del 12 de abril de 1869 –en el cual sí abundan referencias a los judíos– en la conciencia del país nos obliga a estudiar de cerca su pensamiento para comprender mejor el problema judío en la España del siglo XIX. 2.Datos biográficos de Castelar. Parece un poco trivial comentar extensivamente la biografía de Emilio Castelar, uno de los personajes más conocidos del siglo diecinueve español, y tal vez uno de los mejores documentados. Mencionaremos solamente sus rasgos biográficos más notables que le distinguían en su tiempo. Nació en Cádiz en 1832, hijo de padre liberal, fallecido al poco de su nacimiento. Su niñez y su juventud las vivió en Elda y en Alicante bajo la tutela de su piadosa madre. Se trasladó a Madrid en 1848, estudió y enseñó en la Escuela Normal de Filosofía y fue catedrático de Historia de España en la Universidad Central desde 1857 hasta su dimisión, acontecida en el 19 de marzo de 1875. Desde el 25 de septiembre de 1854, fecha en la cual sobresalió por su primer discurso en el Teatro de Oriente, militó en las filas del naciente partido democrático, organizando una campaña propagandista en la prensa para empujar el régimen moderado por el camino de la apertura democrática. En 1865 esta osadía le resultó cara, y fue despedido de su puesto universitario por ironizar sobre la supuesta generosidad de la reina por consentir la venta de parte de su patrimonio para pagar las deudas del Estado. Este despido incitó los famosos motines estudiantiles de la noche de San Daniel, el 10 de abril, cuyas duras represiones causaron una crisis gubernamental, que culminó con la dimisión del gobierno Narváez y de la restitución de Castelar a su cátedra. En 1866, por su supuesta complicidad en un fallido intento de revolución democrática (la de los sargentos del cuartel de San Gil) Castelar huyó a Francia, de donde viajó a Italia y Suiza, manteniendo contactos con los personajes más destacados del movimiento republicano europeo. La Revolución Gloriosa le abrió las puertas de su patria, en donde destacó por sus discursos en favor de la república y de la libertad religiosa en las diferentes sesiones de Cortes entre 1869 y 1871. En el otoño de 1873, durante la primera república, ascendió al puesto de presidente del poder ejecutivo. El 3 de enero de 1874 renunció al puesto, fracasando en su intento de conseguir el apoyo de la cámara para su política de orden y de acercamiento al ejército y a los liberales conservadores. En 1876, tras la restauración de la monarquía borbónica, decidió Castelar participar en el nuevo sistema político y trabajar desde dentro para conseguir la implementación de reformas democráticas. Para ayudarse en este objetivo, creó en 1880 el partido posibilista, y lo disolvió en 1888 justificando la decisión por la aprobación por las Cortes de algunas medidas democráticas (justicia por jurados, derechos de reunión y asociación, sufragio universal poco después), que hicieron innecesaria su presencia en la arena política. Desde entonces hasta su muerte en 1899 se retiró de la política activa concentrándose exclusivamente en el mundo de la literatura 5. Su pensamiento político y cultural fue una mezcla de ideario cristiano, liberalismo democrático con rasgos krausistas y kantianos, romanticismo literario y una ciega creencia en el progreso y en la fuerza redentora de la libertad. Según Luis Esteve Ibáñez, Emilio Castelar fue tal vez la figura más destacada del catolicismo liberal en la España de la segunda mitad del siglo XIX 6. La actividad literaria de Castelar es bastante menos conocida 7 que su actividad política y contiene más de ciento cincuenta libros e innumerables artículos y ensayos. Su creación literaria abarca una multitud de géneros: novelas, discursos políticos, ensayos históricos y filosóficos y crónicas internacionales 8. Dada la inmensa cantidad de sus publicaciones no nos atrevemos a analizarlas todas, pero revisamos un número bastante largo de escritos de cada género para encontrar en ellos referencias a los judíos. 3.El Cristianismo y la igualdad del Hombre. Casi desde el inicio de su carrera de orador, hubo Castelar de defenderse de las acusaciones de herejía dirigidas contra su persona por sus adversarios políticos, alegando su profundo cristianismo. Así, en un artículo publicado en la revista La Discusión, escribió Castelar (31 de julio 1857): Después de todo, lo confieso, la idea más arrigada en mi alma es la idea religiosa. Una cruz, la aguja de un campanario, una capilla de piedra […] el eco de la campana de la oración en la hora de crépusculo, todo, todo me llama a orar, todo me revela con sus encantos la verdad del sentimiento religioso que me enseñó mi madre 9. Este cristianismo sentimental le motivaba, en su discurso de 5 de mayo de 1869 sobre la libertad religiosa, a dar preferencia a los símbolos católicos contrastándolos con el protestantismo «cuyo hielo seca mi alma» 10. En su libro de prosa apocalíptica La redención del esclavo, escrito cuando fue atormentado por la muerte de su madre (Madrid 1859), las descripciones de la Trinidad y del pecado original son bastante ortodoxas 11. No obstante, Castelar no puede ser considerado un cristiano estrictamente apegado a la doctrina oficial católica, sus hábitos o prácticas. Por ejemplo, el símbolo general del cristianismo, el Cristo crucificado para redimir los pecados de la humanidad, tiene un lugar muy secundario en su obra. Parece que esta creencia fue parte integral de su ideario personal e íntimo, pero en sus escritos mostraba, en cambio, un cierto anti-dogmatismo. En su ensayo En las lagunas, publicado en la primera parte de su libro de viajes Recuerdos de Italia, relató la discusión que mantuvo en la primavera de 1868 con un monje armenio del monasterio de San Lázaro de los Armenios en Venecia. Cuando la discusión se enfocaba en la cuestión de la fe en el mundo moderno, evitó Castelar la discusión del símbolo de la redención Cristiana solicitada por el monje con sus palabras: «Líbreme Dios de contradecir ningún dogma, los respeto profundamente todos». Luego se negó a debatir la cuestión del milagro, por el deseo de evitar una disputa teológica: «No hablemos de nuestras opiniones individuales, porque entonces nuestros debates serán disputas». Por lo tanto, para resolver la crisis religiosa de la humanidad, que no se compone solamente de católicos, es indispensable, respondió Castelar al monje, buscar la solución en las esferas de la razón y de la ciencia. Este planteamiento reflejaba, tal vez, ecos del pensamiento krausista 12. Lo que sí aparece y con protagonismo en sus escritos, es el Cristo social que hermanó y unificó a los pueblos divididos en diferentes naciones, castas y razas, fundando la libertad y la igualdad democráticas. Influido por Ernesto Renán pero también por las palabras de San Pablo en la Epístola a los Gálatas (3:26-28), 13 afirmó Castelar que Cristo había fundado el concepto de la igualdad entre los hombres, lo que engendraría con el tiempo una nueva idea, nunca conocida antes: la humanidad. El liberalismo, por lo tanto, no contradice el cristianismo sino que es su continuación lógica, siendo su misión extender la igualdad religiosa que afirmaba el cristianismo a la esfera civil y a la política para acercar la humanidad a la realización del reinado de Dios. Así en el opúsculo Defensa de la fórmula del progreso (Madrid 1870) 14, destinado a contrarrestar los ataques del moderado Manuel Bretón de los Herreros a su anterior escrito La fórmula del progreso, quien había rechazado la identidad que establecía Castelar entre la democracia y el progreso, escribió Castelar: Me pregunta por mi religión, me pregunta por mi creencia. Y mi religión es la de aquel que, habiendo creado los cielos y la tierra, descendió de la eternidad a romper las cadenas del esclavo, a exaltar la dignidad de la mujer, aconsolar a los pobres y a los humildes, y a unir en amor y paz todos los hombres, y a predicar la libertad, y a consagrar la igualdad en nuestra naturaleza; a decirnos que todos, desde el ser más humilde hasta el que se cree más poderoso, desde el que ha nacido en pobre choza hasta el que ciñe corona o tiara, que somos hijos de Dios; doctrina santísima, eterno ideal de la civilización, eterna ley de nuestra conducta 15. En el opúsculo que engendró toda esta disputa, La fórmula del progreso, la identidad entre la democracia y el mensaje del cristianismo es destacada más fuertemente cuando afirmaba Castelar: La democracia que profesamos, lejos de ser anti-religiosa, como pretenden nuestros enemigos, es esencialmente cristiana […] Sí, la libertad ha descendido del cielo, la libertad es cristiana, la democracia es la aplicación social del cristianismo […] La libertad […] es también de origen cristiano […] La democracia, que es la consecuencia del cristianismo, quiere una ley, un derecho igual para todos 16. Todas estas ideas están ya contenidas, según Castelar, en la concepción platónica del hombre, un espacio de revelación divina que comunica a la gente la unidad de la conciencia humana. El suplicio y la muerte de Cristo fueron necesarios para difundir esta revelación, hermanándola con la revelación de «la unidad de la naturaleza divina, que se revelará entre los relámpagos del Sinaí». Aquella revelación ya era conocida y espiritualizada en los diálogos de la Academia Platónica pero cuando pasó de la esfera metafísica a la esfera de la moral y del derecho llegó el tiempo de difundirla. Pero para que estas dos revelaciones pudiesen ser conocidas y aceptadas por la gente común, no fue bastante que estas ideas «quedaran como ideas sin realidad y sin forma en las vanas abstracciones de las escuelas», hubo una necesitad absoluta de un redentor «para divulgar la idea, que la lleva viva en el corazón […] que la reparte entre el pueblo, que enciende las iras de los viejos ídolos y de las inmóviles sectas, que da su vida en afrentoso suplicio por los débiles» 17. Esta obra de unión y unificación fue continuada por San Pablo, que en su carácter mixto de judío y romano había juntado la idea de la unidad de Dios con la idea de la unidad de la conciencia humana 18. 4.Los judíos. Su misión, pecado y castigo Obviamente, el interés de Castelar por las raíces del cristianismo, lo condujo a preocuparse también por el judaísmo histórico en su relación con el nacimiento del cristianismo. Así, en sus escritos de la sexta y séptima década del siglo XIX, Castelar mencionó algunas veces a los judíos. Según él, la esencia del judaísmo se manifestó en la revelación del monte Sinaí, que fijó la idea de la unidad de Dios, cuya voluntad reina en el mundo. La aceptación y la recepción de esta unidad monoteísta fueron una condición previa para que brote su consecuencia lógica: la idea de la unidad de la humanidad como cuerpo único ante el único Dios. Las dos ideas rechazaban el concepto idolátrico antiguo del destino, que podía a su vez tanto fomentar disensiones entre elegidos y réprobos como achacar a algunos grupos humanos rasgos particulares e inmutables determinados por los diferentes dioses (el sistema de las castas en la India por ejemplo). La supervivencia de este concepto erróneo podría hacer fracasar cualquier intento de implementación de un regimen democrático e igualitario. La providencia debía, por lo tanto, erradicarlo completamente de la conciencia humana 19. Pero la revelación en el monte de Sinaí tenía para Castelar una significación más profunda que un mero reconocimiento de la unidad de Dios. Él la interpretaba como un paradigma de las revelaciones recurrentes o de importantes hitos en la historia que adelantaron la humanidad en la vía del progreso 20. Así por ejemplo, debatiendo los logros de la Revolución Francesa, la denominó «el Sinaí de la revolución» cuando «la tempestad se desencadenaba sobre el mundo […] el espíritu humano, hablando por boca de Francia, arrojó en el mundo la santa idea de la igualdad civil, de la igualdad política, de la verdadera libertad». El 1 de febrero de 1870, durante una de sus numerosísimas intervenciones en las Cortes, comparó Castelar las discusiones de la Asamblea con la revelación del Sinaí: Es tristísimo dividirse y separarse por cuestiones personales o por cuestiones de intereses; pero las grandes luchas del pensamiento, las grandes guerras de las ideas ennoblecen a todos los hombres, y mucho más que a todos los hombres, a estas grandes asambleas, a estas cordilleras de altos sinaís, donde se reunen la luz y las tempestades que en su mente trae toda generación para cumplir el trabajo nunca interrumpido del progreso universal. La liberación de los esclavos durante la Guerra de Secesión Americana fue también comparada a la revelación de Sinaí: Dios, que brillaste con tanta gloria, como en las cumbres del Sinaí, en las rotondas del Capitolio de Washington, allá en aquellos días de la abolición de la servidumbre 21. Pero, haciendo caso omiso de las consideraciones paradigmáticas, la revelación sinaítica era menos importante para Castelar que la revelación cristiana posterior. Esta última difundió la idea de la unidad de Dios entre todas las naciones, que la revelación primera y su oráculo en el Templo de Jerusalén guardaban solamente para el pueblo judío. Esta estrechez particularista ya no fue suficiente para el confinamiento de una idea de rasgo universal y la idea debía romper su propia custodia: cuando el huevo que guarda en su seno el polluelo, le ha dado ya la suficiente vida, se quiebra para abrirle paso y prestar a sus alas más ancho espacio. El Templo debía quebrarse, el Templo de una sola nación, para dejar paso al Dios de todas las naciones, al Dios reconciliado con toda la humanidad 22. Los judíos, según Castelar, habrían podido comenzar este proceso de difusión general, pero estaban ciegos ante el mensaje de la redención universal cristiana por dos faltas principales: el materialismo «que como asquerosa lepra cubría al pueblo escogido» y como consecuencia su anhelo de poder terrenal. Este deseo determinaba su creencia en un Dios omnipotente que tenía que descender a la tierra «inundado de luz, precedido del trueno, armado del rayo» para darles la dominación universal. No fue posible para los judíos «consagrarse a un Dios sujeto a la pobreza y a la muerte» y terminaron rechazando a Cristo 23. Esta actitud tendría para ellos consecuencias fatales y el mensaje redentor del cristianismo exigía la eliminación de su poder para aclarar el camino a su desarrollo universal. La destrucción de Jerusalén y su Templo, por su rivalidad ideológica, fueron inevitables. Castelar fustigó duramente a los judíos por su papel en las persecuciones de los primeros cristianos, punto que parece molestarle mucho más que su pretendido papel en la crucifixión. Mientras describe el asedio romano sobre Jerusalén en 70 dC, no vertió ninguna lágrima sobre los sufrimientos de la población hambrienta, escogiendo justificar este castigo que «cayó sobre aquella ciudad por haberse empeñado en ahogar en sus brazos a los apóstoles de Dios y por haberse opuesto a la salvación y al progreso del mundo». Pero no solamente los judíos de entonces sufrieron este duro castigo, también los judíos de su tiempo, el siglo XIX, no podían liberarse de sus consecuencias, y así: diez y ocho siglos han pasado después de esta gran catástrofe, y aún no han vuelto a levantar su Templo ni a unirse en el hogar de sus padres. La constante catarata del tiempo no ha podido borrar la marca de la esclavitud en su frente. Así se pagan los vicios de la corrupción y del materialismo 24. Este materialismo que achacó Castelar a los judíos lo motivó a valorar negativamente su papel en Europa del siglo XIX, considerándolos ricos avaros, especuladores de la bolsa y colaboradores con los regímenes que oprimían a los pueblos. En su libro Defensa de la fórmula del progreso fustigó Castelar al rey francés Luis Felipe de Orleans por olvidar que recibió su poder gracias a un alzamiento popular y democrático,«entregándose en cuerpo y alma a los reyes de la época, a los judíos, a los banqueros, a los agiotistas, a los usureros, a la bolsa, al mercado» 25. En su libro Un año en París, que reunía las impresiones anteriormente publicadas entre 1866 y 1868 durante su exilio en París, se burló Castelar de los judíos. Comentando el cierre de las puertas de muchas tiendas y el abandono de la bolsa en el gran ayuno judío (Yom Kippur), alabó Castelar a Dios por forzar a los grandes judíos ricos, Rothschild (Rostchild en el original), Péreire y Mirés, que son capaces «de comerse todos los tesoros de las naciones de Europa», a ayunar al menos un día. Castelar recordó allí a sus lectores las dos grandes invenciones de los judíos: «la idea más metafísica, la idea de la unidad de Dios y la idea más positiva, la idea de la letra de cambio» 26. 5.Del obstaculo a la prueba. Hemos visto que hasta mediados de los años sesenta los comentarios de Castelar sobre los judíos fueron en general negativos. Fueron criticados por su papel en las persecuciones del cristianismo, por su lujuria y su amor al lucro y por sus servicios bancarios a los regímenes opresivos de Europa, como el del monarca Luis Felipe. Parece que esta actitud estaba influida por el antijudaísmo tradicional de la sociedad española, mostrándonos que no tenía ningún conocimiento real del pueblo judío o de sus problemas. Solamente el surgimiento de la cuestión de la libertad religiosa a partir de mediados de los años sesenta, trajo un cambio decisivo en las actitudes de Castelar hacia los judíos, que comenzaban a ser más benignas y comprensivas. Ya en 1864 en sus cartas al Obispo de Tarazona sobre la libertad de la Iglesia, criticó Castelar a ésta por sus posturas anti-modernistas, entre las cuales destacaban su oposición al concordato austriaco por razón de la emancipación de los judíos, y la contribución a su expulsión de las naciones o de la vida civil 27. No obstante, fueron los grandes debates sobre la libertad religiosa en las Cortes revolucionarias de 1869, los que empujaron más a Castelar hacia posiciones filosemitas. Ya en su discurso sobre el proyecto constitucional, el 7 de abril de 1869, censuró a la Iglesia por oprimir a los judíos y condenó a San Vicente Ferrer por incitar a los cristianos de Toledo a degollarlos en masa 28. Pero fue su famosa intervención de 12 de abril de 1869 en el debate sobre la libertad religiosa la que le valió la aureola de filosemita exaltado. En esta fecha, subió a la tribuna parlamentaria el diputado por Vitoria, el canónigo carlista Vicente Manterola, encargado de la respuesta tradicionalista a las demandas republicanas de establecer la libertad de cultos. En su discurso desafió a Castelar a animar a los judíos a levantar de nuevo el Templo de Jerusalén y de establecer un pueblo «con su cetro, con su bandera o con su presidente», declarando al mismo tiempo, que en el momento en el que los judíos consiguiesen establecer una república, la iglesia católica moriría porque «se ha matado la palabra de Dios» 29. En estas afirmaciones trató Manterola de aliviar a la Iglesia Católica de su parte de la responsabilidad por las persecuciones de los judíos, explicándolas como parte de su divino castigo, pero así mismo atacó indirectamente a Castelar, quien había justificado diez años antes este castigo de los judíos, aunque con su claro sentido progresista. Castelar comprendió que sus explicaciones de cátedra sobre la historia del progreso y su encarnación en la democracia ya no podían servirle cuando se interpretaba la historia de los judíos de una manera inversa a la suya. Mientras él utilizaba esta historia para demostrar la inevitabilidad del progreso, sus adversarios la utilizaban para criticar sus creencias democráticas y resucitar ideas fatalistas que él ya había rechazado antes 30. Entonces, Castelar decidió olvidar sus antiguas palabras y rechazar cualquier conexión entre los judíos que crucificaron a Cristo y los judíos de hoy. Esta disociación la expresó en su famoso discurso: ¿Cree el Sr. Manterola en el dogma terrible de que los hijos son responsables de las culpas de sus padres? ¿Cree el Sr. Manterola que los judíos de hoy son los que mataron a Cristo? Pues yo no lo creo; yo soy más cristiano que todo eso, yo creo en la justicia y en la misericordia divina. Grande es Dios en el Sinaí 31; el trueno le precede, el rayo le acompaña, la luz le envuelve, la tierra tiembla, los montes se desgajan; pero hay un Dios más grande, más grande todavía, que no es el majestuoso Dios del Sinaí, sino el humilde Dios del Calvario, clavado en una cruz, herido, yerto, coronado de espinas, con la hiel en los labios, y sin embargo, diciendo: “¡Padre mío, perdónalos, perdona a mis verdugos, perdona a mis perseguidores, porque no saben lo que se hacen!” 32. Grande es la religión del poder, pero es más grande la religión del amor; grande es la religión de la justicia implacable, pero es más grande la religión del perdón misericordioso; y yo, en nombre de esta religión; yo, en nombre del Evangelio, vengo aquí, a pediros que escribáis en vuestro Código fundamental la libertad religiosa, es decir, libertad, fraternidad, igualdad entre todos los hombres 33. Pero las nuevas sensibilidades que se desarrollaban en Castelar mientras duraban los debates sobre la tolerancia religiosa no son suficientes para explicar este cambio fenomenal, que parece que fue más profundo que un simple movimiento táctico temporal. Creo poder atribuir este cambio a los encuentros que mantuvo con judíos de origen sefardí durante su viaje a Italia en 1868, especialmente cuando tuvo la oportunidad de escuchar el castellano o el judeo-español, suceso que le llevó algunas veces casi al éxtasis. Así, su encuentro en Florencia con un matrimonio judío sefardí del oriente, de viaje por el país, le convenció para jurarse que «si alguna vez obtenía la confianza de mis conciudadanos para el magisterio altísimo de legislador» combatiría para conseguir la libertad religiosa total. Además su profundo amor a España le parecía tibio comparándolo con el de la raza sefardí: Que perseguida como manada de fieras, injuriada por toda clase de afrentas, desarraigada del suelo nacional, en la dispersión, en el destierro de cuatro siglos, aún vuelve los ojos con amor a las tierras donde el sol se pone, y aún habla la lengua de sus perseguidores, a la manera que los antiguos israelitas entonaban los cánticos de sus profetas en las orillas del Éufrates 34. El hito principal de estos emotivos encuentros fue su visita a la sinagoga de la comunidad portuguesa de Liorna, que le emocionó mucho, observando sobre todo los apellidos españoles inscritos en sus paredes. Contemplando estos, se acercó al guía local y Castelar le comentó: «Nombres de mi lengua, nombres de mi patria» a lo cual respondió el guía: «Nosotros todavía enseñamos el hebreo en la hermosa lengua española, todavía tenemos escuelas de español, todavía enseñamos a traducir las primeras páginas de la Biblia en lengua española, porque no hemos olvidado nunca, después de más de tres siglos de injusticia, que allí están, que en aquella tierra están los huesos de nuestros padres» 35. A partir de estos encuentros, las opiniones expresadas por Castelar acerca de los judíos fueron casi siempre positivas, justificando así su fama de filosemita exaltado. Más de una vez recriminó a la Iglesia y a la sociedad intolerante del pasado, las persecuciones de los judíos españoles en la Edad Media; así como también acusó a las autoridades religiosas y seculares del siglo XIX europeo cuando autorizaban, fomentaban o no ponían coto a las discriminaciones de los judíos. Lamentó el daño económico y cultural que había causado a España la expulsión de su minoría judía, y reconoció su contribución a la economía y cultura española. Para probarlo mencionó algunas famosas figuras mundiales de origen judeoespañol, como Espinoza, Disraely o Manin, «que brillan en el mundo y que hubieran brillado en España sin la expulsión de los judíos» 36. Las visiones de Castelar no eran solamente retrospectivas. Incluían también unas claras exigencias dirigidas a los católicos para que cambiasen sus actitudes históricas hacia el pueblo judío, recordándoles las similitudes que existen entre las dos religiones («nosotros creemos todos los principales dogmas judíos, su Dios es nuestro Dios, su Ley es nuestra Ley, su Libro nuestro Libro») 37, y su deber histórico de reconocerles a los judíos su papel en el nacimiento de la fe Cristiana misma. Castelar incluso llegó a suavizar y relativizar el crimen de deicidio, recordando a sus lectores que los redentores eran muchos y que casi todos «han muerto al pie de su obra» asesinados por sus pueblos 38. No obstante, sobre ninguno de ellos caía la maldición que envuelve el pueblo judío, a pesar de que sus crímenes no fueron peores. ¿No sacrificaron, por ejemplo, comenta Castelar, los griegos al «revelador de la conciencia humana» (Socrates)? De la agonía y crucifixión de Cristo no sacaba ahora ninguna acusación personal en contra de los judíos, interpretando así el contecimiento en un sentido general y no acusativo, dentro de «la eterna epopeya de la libertad religiosa» 39. En sus Crónicas internacionales y en otros ensayos sobre la realidad europea de su tiempo, escritos en los años ochenta y noventa, no perdía Castelar ninguna oportunidad para defender a los judíos de las acusaciones antisemitas y de criticar a sus perseguidores. En 1883 condenó Castelar duramente la agitación del movimiento antisemita en Alemania, recordando a los antisemitas el judaísmo de Cristo y de algunos de los santos del cristianismo. El febrero de 1891 fue el prefecto de Odesa el blanco de sus tiros por no solamente no defender a los judíos vejados «cruelmente por las costumbres universales», sino también por «exacérbalas él con sus mandatos y con sus ejemplos» 40. Pero a pesar de sus fuertes ataques, parece que nunca comprendió la esencia y el carácter moderno del movimiento antisemita, viéndolo solamente como un resurgimiento temporal del odio religioso de la Edad Media. «Entre las plagas» escribió «que pudieran caer sobre la humanidad con más atroz pesadumbre, acaso fuera el retroceso a los combates religiosos la primera» 41. Las manifestaciones antisemíticas en Francia durante el caso Dreyfus inquietaron mucho a Castelar, que temía que estos actos de intolerancia pudieran echar a perder los frutos de la Revolución Francesa, dinamitar el desarrollo progresivo de la sociedad humana y envolverla por fin en el «caos feudal y teocrático de la horrorosa Edad Media». A Castelar le molestaba no solamente que surgieran estas manifestaciones, sino también que lo hicieran en un lugar como París, la ciudad más progresista del mundo, la ciudad de la Revolución. Tal fenómeno simplemente no podía entrar en su pensamiento: Yo creí [que] el antisemitismo [era] –comenta– una enfermedad oriental, una enfermedad de los moscovitas, una enfermedad de los croatas, una enfermedad de los rumanos, una enfermedad de los vieneses, una enfermedad imposible de adquirir aquí, donde nuestra sangre se colora y calienta en el oxígeno de la libertad. Comprendo que Viena y Petersburgo imiten siempre a París; no comprendo que París imite a Viena y Petersburgo 42. Así pues, los judíos que eran para él antes un estorbo al progreso fueron ahora una prueba de su fuerza y vitalidad, por lo que llamó Castelar, ya en 1883, en vísperas de las manifestaciones antisemitas alemanas, a los gobiernos europeos y americanos a «aumentar la tolerancia en la misma proporción y medida» en que aumentaban todas las manifestaciones de odio religioso 43. En 1898, casi en el lecho de muerte, no osaba Castelar dudar en su creencia básica sobre el inevitable desarrollo del ideal del progreso, y se consolaba pensando que el antisemitismo no sería más que una pesadilla pasajera y que «el mundo no retrocederá jamás a esa barbarie». El siglo XX desmintió todas estas ilusiones y el mundo estaría pronto inmerso en una realidad sangrienta ante la cual las grandes persecuciones religiosas de la Edad Media no pueden ni compararse 44. Castelar moriría un año después, todavía ilusionando. 6.Bibliografía Alberola, G. De (1950), Emilio Castelar. Memorias de un secretario, Madrid: Prensa Española. Álvarez Chillida, G. (2002), El antisemitismo en España. La imagen del judío (1812-2002), Madrid: Marcial Pons. Apéndice Bibliográfico (2003), En Morales Sánchez, I. - Coca Ramiírez, F. (coords.), Emilio Castelar. Nuevas aportaciones, Cádiz: Servicio de Publicaciones de la Universidad de Cádiz: 131-254. Castelar, E. (1855), Ernesto, Madrid: Gaspar y Roig. Edit. — (1856), Nuestras ideas (18 de Julio 1856), En: Idem., Recuerdos y esperanzas, Madrid: Librería de A. San Martín: 75-86. — (1858a), La Civilización en los cinco primeros siglos del cristianismo, [I], Madrid: Manuel Gómez Marín. — (1858b), La fórmula del progreso, Madrid: Estab. Tip. de J. Casas y Díaz. — (1859a), El cristianismo (Febrero 1859), En: Idem., Recuerdos y esperanzas, I, Madrid: Librería de A. 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La biografía propia de Castelar fue escrita por él en tercera persona o por el Dr. Pulido, en Castelar, 1923a: cxviii-cxxviii. Para un resumen corto de su biografía ver: Sanz Morales, 2004: 150-153. Ver también Vilches, 2003: 3-65; Jarnés, 1971; Llorca, 1966; Sanz de Bremond, 1971; y más recientemente Villacorta Baños, 2009: xii-xiv, xxxix-lxxii. Sobre algunos puntos claves de su vida ver Villacorta Baños, 2009: cvi, nota 191. 6. Esteve Ibáñez, 1990: 279, 281. Esta obra sigue siendo todavía el resumen más extenso del pensamiento de Castelar 7. Desde 1876, cuando renunció a su cátedra en la Universidad Central, como protesta ante las nuevas restricciones puestas por el gobierno de Cánovas a la libertad de cátedra, la escritura se convertiría, prácticamente, en su único medio de ganarse la vida. Esta conexión entre producción literaria y situación financiera le obligaba explotar al máximo sus dotes literarias, escribiendo más de cien pliegos al día y a aceptar constantemente nuevos encargos para conseguir recursos financieros, los cuales no siempre podía cumplir o entregar en el tiempo convenido. A su muerte dejó deudas de más de cien mil pesetas, Alberola, 1950: 34-35; Trenc Ballester, 2002: 117-121; Villacorta Baños, 2009: lxxi-lxxii, lxxiv-lxxv. 8. Se puede consultar la lista más completa de los escritos de Castelar en el sitio web <http://www.ensayistas.org/filosofos/spain/castelar/biblio-de.htm> La lista fue elaborada por el Grupo de Investigación de Retórica Actual (ERA) vinculada a la Universidad de Cádiz; ver: Morales Sánchez - Coca Ramírez, 2003: 19-21; Apéndice bibliográfico, 2003: 131-254; Villacorta Baños, 2009: lxxxvii-xcix. 9. Citado por Llorca, 1966: 140. 10. La cita completa es: “Yo, sres. Diputados, no pertenezco al mundo de la teología y de la fe. Pertenezco, creo pertenecer, al mundo de la filosofía y de la razón. Pero si alguna vez hubiera de volver al mundo del que partí, no abrazaría, ciertamente, la religión protestante, cuyo hielo seca mi alma, seca mi corazón, seca mi consciencia; esa religión protestante, eterna enemiga de mi patria, de mi raza y de mi historia. Volvería al hermoso altar que me inspiró los más grandes sentimientos de mi vida, volvería a postrarme de hinojos ante la Virgen santa que serenó con su sonrisa mis primeras pasiones, volvería a empapar mi espíritu en el aroma del incienso”. Castelar, 2003c: 163. Tales afirmaciones de fe abundan en la obra de Castelar, ver por ejemplo: Castelar, 2003a: 732; Castelar, 1858b: 119; Castelar, 1858a: 6; Ruiz de la Cierva, 2001: 309–310. 11. Castelar, 1859c: 9-10, 77-90. En su artículo “El cristianismo” publicado de nuevo en su colección de escritos Recuerdos y Esperanzas aludió Castelar a la humanidad, que «próxima siempre antes a desfallecer, recordando su pecado contra Dios, redimida ya por la sangre derramada en el calvario»; Castelar, 1859a: 19; Villacorta Baños: xliv. Estas demostraciones no le salvaron de las acusaciones de herejía y panteísmo: Palacio Valdez, [1878]: 116-117; Menéndez y Pelayo, 1945: 433-434. 12. Castelar, 2006b: 254-257, 260-261; Esteve Ibáñez: 1990: 284-285, 297. 13. «Pues todos sois hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús, porque todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos. Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos vosotros sois uno en Cristo Jesús». 14. Esta edición recoge artículos que fueron publicados originalmente en revistas en fechas cercanas a la polémica y, por lo tanto, reflejan su forma de pensar en los años 1858-1859. 15. Castelar, 1870: 49. 16. Castelar, 1858b: 118-119, 122. Ver también Castelar, 1859a: 5-6; Castelar,1856: 75-78. 17. Emilio Castelar, 2006a: 195-196. Según Castelar, Cristo no fue el único redentor en la historia humana, también Lincoln o Sócrates pueden ser considerados como tales: Emilio Castelar, 2003e: 335. 18. Castelar, 1858a: 430; Castelar, 1880: 11-12. Castelar interpretaba el cristianismo como una obra de síntesis entre tendencias opuestas: la revelación judaica, la idea de la libertad humana de Platón, el verbo alejandrino y el concepto romano de la humanidad; ver: Castelar, 1880: 7, 9-12, 17-20; Esteva Ibañez, 1990: 261-263. 19. Castelar, 1858a: 130-132; Castelar, 2006b: 264; Castelar, 2006a: 195; Castelar, 1999b: 35. 20. La importancia de la revelación del Sinaí en el pensamiento de Castelar ya fue conocida por Benjamin Jarnés que le llamó «el hombre del Sinaí». Eligió esta denominación, por la resonancia entre la retórica castelariana y los sonidos emitidos antes de la revelación de la ley de Moisés, y por considerar a Castelar como «Moisés de la república española», cuya misión era traer la república a las multitudes como Moisés trajo las tablas de la Ley a los israelitas. Ver Jarnés, 1971: 19, 21, 27, 34, 36-37. Jarnés no analizó, no obstante, las diferentes apariciones de la palabra Sinaí en el legado cultural de Castelar. 21. Castelar, 1858b: 67; Castelar, 2003b: 308; Castelar,1923b: 90 22. Castelar, 1858a: 452. 23. Castelar, 1859b: 99-100. 24. Castelar, 1858a: 455; Castelar, 1859b: 100; Castelar, 1858b: 87. Parece casi imposible que la misma pluma que escribió tan duras invectivas en contra de los judíos pueda cambiar tan totalmente su visión diez años después, hasta contradecir sus palabras mismas y rechazar la conexión que hizo antes entre los judíos del tiempo de Cristo y los judíos de su siglo. Ya comentaremos esta transformación. Ver: Castelar, 1923c: 287-288. 25. Castelar, 1870: 26. Para afirmar tal cosa, es plausible que Castelar se viera influido por el antisemitismo francés de izquierdas muy en boga en Francia del mediados del siglo XIX. Incluso la expresión «reyes de la época» es utilizada por el fourierista Alphonse Toussenel en su libro Les juifs, rois de l’epoque: histoire de la féodalité financière (Paris: 1847). 26. Castelar, 1875: 262. Es de notar que ni siquiera en su posterior ensayo El Gueto de Roma, lleno de compasión hacia los judíos, no pierde ocasión para criticarlos por su «desenfrenado amor al lucro y todo su egoísmo»; pero esta vez matizó sus defectos observando que «mayores que sus defectos son sus desgracias»: Castelar, 1999b: 34-35. 27. Castelar, 1864: 29-30. 28. Castelar, 2003d: 138. Luego le acusó de forjar la fábula del crimen ritual; Shinan, 2013: xvi n. 9, cxx-cxxi. Esta acusación fue rechazada furiosamente por sus detractores neocatólicos, Mateos Gago, 1869: 18; Pidal y Mon (Marqués de Pidal), 1869: 20-21. 29. Manterola, 2003: 150. 30. Castelar, 2006b: 263-264. 31. Llorca, 1966: 142-143, encontró una versión anterior de estas famosas palabras en una novela castelariana de juventud, Ernesto (Madrid 1855). En esta novela el protagonista, Ernesto, ponderó el poder de estos dos dioses, mientras consolaba a su pecadora madre en su lecho de muerte. Hay que notar, no obstante, una gran diferencia entre los dos discursos, que muestra claramente que Castelar sabía bien ajustar sus frases a las situaciones históricas concretas y a las varias sensibilidades que quería forjar en sus oyentes. Así, mientras que en Ernesto aludió Castelar al Cristo que «rodeado de un pueblo que le mofa y escarnece», en su discurso sobre la libertad religiosa esta frase desapareció por completo. No es muy aconsejable mencionar la presencia del pueblo judío en la crucifixión exactamente cuando se hace un esfuerzo para absolverlo de esta culpa. Castelar, 1855: 55. Curiosamente, quince años más tarde, en un banquete en honor suyo celebrado el 28 de septiembre de 1884 en Bilbao, repitió Castelar de memoria sus palabras sobre el Dios del Sinaí, entre las cuales apareció otra vez la frase del Ernesto «rodeado de un pueblo que se mofa de él y le escarnece»; ver: Castelar: 1884. 32. Castelar, 1923c: 287-288. Sobre la famosa disputa con Manterola y el discurso sobre la libertad religiosa ya existe una abundante bibliografía; ver por ejemplo: Llorca, 1966: 140-145; Coca Ramírez, 2011: 99-116; Carlos, 2011: 75-84; Sanz de Bremond, 1971: 78-89. 33. Además, creyendo Castelar que el conocimiento humano de Dios es un poder constante y universal en la historia que influía y abarca a todos los hombres y naciones, nunca podía aceptar algún destino antiguo o maldición continua puesta sobre una raza; Castelar, 2006a: 262-264. 34. Castelar, 1999b: 32. 35. Castelar, 1923c: 287. Estas afirmaciones fueron también contestadas por sus detractores neocatólicos; ver: Mateos Gago, 1869: 18-19. 36. Castelar, 2003d: 138; Castelar, 1923c: 285-286; Castelar, 1881: 351–352; Castelar, 1883: 257-258. Algo poética es la especulación que hizo Castelar en su libro sobre el descubrimiento de Ámerica sobre un posible encuentro entre los buques de Colón, «portadores de tantas promesas para lo porvenir» y los buques de los judíos expulsados de España, «portadores de odios y de rencores provenientes de lo pasado»: Castelar, 1892: 297. 37. Castelar, 1999b: 34. 38. «¿Qué raza no lleva sobre sí algún crimen semejante al crimen de los judíos? ¿Qué grande hombre no ha sido víctima de las leyes o víctima de las ingratitudes humanas?»,1999b: 35. 39. Castelar, 1999b: 35. También los cristianos, ponderaba Castelar, ¿no han sacrificado a los innovadores cuando han predicado contra la Iglesia, como Cristo predicó contra la sinagoga?. Ibid. 40. Castelar, 1891; Castelar, 1883: 242-244. 41. Castelar, 1891. 42. Castelar, 1999a: 38. 43. Castelar, 1883: 244. 44. Castelar, 1999a: 38. |
uno de los mas grandes oradores españoles del siglo XIX
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