Colecciones. El Palacio Real de Madrid es custodio de una gran variedad de colecciones artísticas que comprenden desde cuadros y esculturas hasta los tarros de la Real Farmacia, muchas de las cuales se encuentran almacenadas debido a la falta de espacio hasta tanto se culminen las obras de la construcción del Museo de las Colecciones Reales que se encuentra en curso entre la Plaza de la Armería y la cercana Catedral de la Almudena, sitio donde se proyecta albergar las colecciones entre las cuales se cuentan: Los Stradivarius Palatinos Los Stradivarius Palatinos son un conjunto de instrumentos realizados por el famoso luthier Antonio Stradivari, compuesto por dos violines, una viola y un violonchelo. También se guarda otro violonchelo del mismo del año 1700. Pintura La mayor parte de la colección de pinturas del Palacio Real se encuentran expuestas en el Museo del Prado pero aún se conservan algunas obras como valiosos frescos que decoran las bóvedas del palacio y varios cuadros de Goya, Velázquez, Luis de Morales, Rubens, Tiepolo, Mengs, Caravaggio, Luca Giordano. Escultura La escultura está representada en el Palacio Real por obras de Gian Lorenzo Bernini, Mariano Benlliure, Antoine Coysevox y Agustín Querol, sobresaliendo la serie de Los Planetas del Salón del Trono. Mobiliario La mayor parte de los muebles del Palacio Real datan de la época de su construcción y reinados sucesivos, en una serie ininterrumpida de estilos rococó, neoclásico, imperio e isabelino. Relojes Una de las colecciones mas importantes de relojes de España y el mundo se encuentran en guarda en el Palacio Real de Madrid. los relojes de época rococó construidos para Fernando VI por el relojero suizo Jacquet Droz, el reloj denominado El Calvario, del siglo XVII y construido en Núremberg y un gran número de relojes de época imperio integran la colección. Porcelanas La colección de porcelanas es de diversas épocas, estilos y procedencias, siendo las más valiosas los restos de la vajilla de bodas de Carlos III y María Amalia de Sajonia. Tapices La colección de tapices está considerada como la principal colección del mundo, compuesta de paños fabricados en Bruselas y en la Real Fábrica de Tapices sobre cartones de Francisco de Goya. Orfebrería El Palacio Real conserva muestras muy importantes de orfebrería y platería, entre ellas las mas valiosas corresponden a una parte del Tesoro de Guarrazar, regalo a la reina Isabel II, un conjunto de Alhajas de la Virgen de Atocha, coronas cuajadas de brillantes y topacios de gran tamaño. Otros elementos son una arqueta que perteneció a la infanta Isabel Clara Eugenia (siglo XVI), trabajo renacentista decorado con entalles y camafeos, y un relieve en plata de Alessandro Algardi. Real Farmacia La Real Farmacia fue fundada como Museo de Farmacia en 1964 y sus salas de destilaciones y dos salas adyacentes a la farmacia fueron reconstruidas como eran durante los reinados de Alfonso XII y Alfonso XIII. La Real Farmacia conserva frascos anteriores realizados en las fábricas de la Granja y del Buen Retiro, a los que se suman otros enseres fabricados en loza de Talavera en el siglo XVII. Real Armería La Real Armería del Palacio Real está conformada por piezas que van desde el siglo XV en adelante, entre ellas hay piezas de torneo realizadas para Carlos V y Felipe II por los principales maestros armeros de Milán y Augsburgo. Las mas destacadas son la armadura y aperos completos que el emperador Carlos V usó en la Batalla de Mühlberg.
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catedral de madrid |
Villa y corte. |
Villa y corte es una denominación histórica utilizada para designar Madrid, relacionada con la capitalidad de Madrid en el Antiguo Régimen. Historia El término surgió en la década de 1560 tras el traslado de la corte española de Toledo a Madrid, ordenado por Felipe II. En el ámbito político y jurídico el término cayó en desuso de forma paralela a la emergencia de los regímenes constitucionales españoles, especialmente desde 1837. Posteriormente se utilizaría la denominación en distintas publicaciones como: Historia de la villa y corte de Madrid (1867), de José Amador de los Ríos y Juan de Dios de la Rada o Madrid viejo: crónicas, avisos, costumbres, leyendas y descripciones de la villa y corte en los siglos pasados (1887) de Ricardo Sepúlveda. Descripción Según Miguel Artola el término designa la confluencia de dos sistemas institucionales, cada uno de ellos de difícil delimitación:
Esta confluencia daría lugar a distintos conflictos que durarían hasta la aparición de los regímenes constitucionales españoles en el segundo cuarto del siglo XIX. Además Artola señala dos problemas principales de la confluencia de los dos sistemas institucionales:
Medalla conmemorativa: Fundación Villa y Corte. Departamento: Museo Nº Inventario: AD-A-360 Dimensiones: D. 50 mm Serie: Medallística y numismática. Datación: 1984 Técnica: Acuñación. Inscripciones: En anverso: "FUNDACION VILLA Y CORTE MADRID". En reverso: "MADRID: OBJETIVO CULTURAL / FEBRERO / 1984 / PATROCINA / CAJA DE AHORROS Y / MONTE DE PIEDAD DE MADRID". Razones del establecimiento de la capital en Madrid. La capitalidad de Madrid, con sus evidentes efectos espaciales, funcionales y fisonómicos, constituye el hecho diferencial de Madrid en relación con el resto de ciudades españolas; de esta manera la acerca a otras capitales europeas, como París, Londres o Viena. Es evidente que el devenir de la ciudad y su conversión en una gran metrópoli está indisolublemente unido a la institución de la capitalidad, pero, además de sus consecuencias metropolitanas, el hecho confiere un carácter distintivo a la ciudad, que la hace diferente al que poseen otras grandes ciudades no capitales. Mucho se ha escrito sobre las razones que movieron a Felipe II para elegir Madrid como sede permanente de la monarquía española. Entre los motivos para elevar al lugar preeminente del reino, en detrimento de otras ciudades como Toledo (con 60.000 habitantes) o Valladolid, a Madrid, ciudad-cruce de caminos que albergaba menos de 30.000 habitantes en 1561 (entre las diez ciudades más pobladas de España en el momento de la elección), y en la cual se celebraron las Cortes de Castilla en nueve ocasiones desde 1309, con largas estancias de la Corte en el Alcázar y los Jerónimos, se han señalado:
En cualquier caso, alejada del mar y de ríos navegables, la situación de la ciudad de Madrid no deja de constituir una anomalía entre las ciudades capital del Antiguo Régimen, que dificultó enormemente su desarrollo hasta la llegada del ferrocarril a mediados del siglo XIX. La conciencia de estos inconvenientes está presente en el supuesto consejo atribuido a Carlos I para su hijo Felipe II: Si quieres conservar tus reinos deja la capital en Toledo, si quieres aumentarlos, llévala a Lisboa, y si quieres perderlos, trasládala a Madrid La frase, muy impactante, no obstante contiene alguna imprecisión y un evidente anacronismo: Toledo, aunque ostentaba el título de ciudad imperial, era la capital histórica del Reino Visigodo y la capital religiosa como "Primada" de España, no era capital ni disponía de ninguna institución judicial o administrativa exclusiva (como sí disponían Valladolid, Granada o Sevilla); en cuanto a Lisboa, Carlos I murió en 1558, y Lisboa no pasó a formar parte de la Monarquía Hispánica hasta 1580, esto es, 22 años después de la muerte de su padre. Por otro lado, lo cierto es que las supuestas ventajas que la situación central otorga a Madrid no se hubieran podido materializar sin una serie de decisiones de tipo político: el establecimiento de la red de carreteras y de ferrocarril con Madrid como centro de ambas redes: el modelo de ejes radiales planteado por Fernando VI (los Caminos Reales, origen de las futuras A-1 a A-6) sólo se puede entender desde la lógica de un centralismo creciente del Estado, lo que inició un proceso de concentración en torno a la capital que se consolidó con el desarrollo de la red ferroviaria. Desarrollo urbanístico. Además de las puramente demográficas, las consecuencias morfológicas y territoriales no se hicieron esperar. La ciudad se fue poblando de palacios de nobles que buscaban la cercanía de la corte, concentrándose en los alrededores del Alcázar (futuro Palacio Real) y del Buen Retiro; la incipiente burocracia (los Consejos) se acomodaban en edificios propios y diferenciados. La regalía de aposento que permitía el alojamiento de la Corte en distintas ciudades cuando era itinerante, al fijarse de modo definitivo en la villa de Madrid perdió su carácter de repartimiento de huéspedes en cada casa y se convirtió en un impuesto gravoso sobre los inmuebles según su tamaño, lo que suscitó una curiosa forma picaresca de eludirlo (construcción de "casas de difícil partición" o casas a la malicia). Madrid se convirtió en el centro de un sistema de Reales Sitios situados en su entorno, grandes posesiones donde el monarca y su séquito pasaban largas temporadas con un ritmo bien establecido: primavera en Aranjuez, verano en La Granja, otoño en El Escorial, invierno en El Pardo. Algunos de estos sitios reales, situados a las puertas de la ciudad (Casa de Campo, Buen Retiro, la Moncloa, la Florida), han influido notablemente en la estructura actual de la ciudad, en particular en el sistema de zonas verdes o en la dotación de espacios de uso público. No obstante, la sede de la Corte, entendida como la presencia continuada de las instituciones burocráticas (Consejos, Sala de Alcaldes, Cárcel de Corte), no se trasladaba más que en su cúspide, permaneciendo físicamente en los edificios para ellos destinados en Madrid la mayor parte de los funcionarios, aunque los dirigentes políticos, como el valido, los secretarios y los cortesanos, acompañaran al rey en sus desplazamientos. Desde finales del siglo XVII y comienzos del siglo XVIII, la administración española se acostumbró a funcionar con independencia de la persona del rey, incluso en caso de incapacidad del monarca, como en los casos del último Habsburgo (Carlos II el hechizado), los primeros Borbones: Felipe V y Fernando VI, crónicamente aquejados de melancolía, y el efímero Luis I). Capital cultural Por otro lado, la irradiación de Madrid no se circunscribió a su creciente poder político y económico, ya que se convirtió también en capital de la cultura española. Del mecenazgo de la corte se fue pasando, a partir del siglo XVIII, a la institucionalización de una cultura oficial, representada por las Academias, primero, los grandes museos nacionales después (Prado, Arqueológico, Etnológico, Ciencias Naturales), la Biblioteca Nacional... hasta hacer de Madrid, y de su eje Prado-Recoletos, el escaparate y referente cultural y artístico de la nación en un proceso seguido e intensificado por la actividad no oficial. Capital del Estado. Pero, además de corte, con la llegada del régimen liberal, Madrid se convirtió también en capital del Estado, al desarrollarse una función administrativa amplia y compleja, sustento de buena parte de la base económica urbana. Ya durante el siglo XVIII, la creciente importancia del aparato administrativo, como consecuencia del desarrollo de los mecanismos de control del territorio, provocó una progresiva dotación de edificios administrativos: la Casa de Correos (actual sede de la Presidencia de la Comunidad de Madrid) o la Real Casa de la Aduana (hoy Ministerio de Hacienda), en un proceso que se intensificó en los siglos XIX (con la utilización de bienes desamortizados) y XX. Siglos XX y XXI
La prolongación del paseo de la Castellana y la construcción de los Nuevos Ministerios, iniciada en época republicana, se transformaron en unos de los sectores de mayor empeño político de exaltación del Nuevo Estado Nacional durante el régimen franquista, piezas clave para manifestar la nueva concepción de capitalidad. La consolidación del eje de la Castellana como espacio administrativo de la ciudad fue la vanguardia de posteriores y generalizados procesos de implantación de edificios de oficinas en este sector (AZCA «Asociación Mixta de Compensación de la Manzana A de la Zona Comercial de la Avenida del Generalísimo» ) (CTBA Cuatro Torres Business Area ). La aparición de un paisaje administrativo en ejes y zonas característicos ha influido de manera decisiva en la definición de áreas de centralidad en la ciudad. |
José Amador de los Ríos y Serrano. Biografía Amador de los Ríos y Serrano, José. Baena (Córdoba), 1.I.1816 – Sevilla, 17.II.1878. Crítico literario, poeta e historiador. Hijo del escultor José M.ª de los Ríos y de M.ª del Carmen Serrano. Toda la familia hubo de abandonar Baena y marcharse a Córdoba en 1827 por las tendencias liberales del padre. Allí estudió en el Seminario Conciliar de San Pelagio. En 1832 la familia se traslada a Madrid y Amador de los Ríos reanuda sus estudios en el Colegio Imperial de San Isidro, matriculándose también en las clases de Pintura en la Academia de Bellas Artes, donde entabló amistad con los hermanos Madrazo. Asistió en el Ateneo al curso de Literatura Dramática que impartía Alberto Lista en 1836, y a fines de 1837 se trasladó de nuevo con su familia, esta vez a Sevilla, donde tuvo que dedicarse a la Pintura, copiando las obras de Murillo que existían en la Biblioteca Colombina, para ayudar a la economía familiar. En Sevilla entra en contacto con el literato Manuel M.ª del Mármol, quien le propuso formar parte de la Academia Sevillana de Buenas Letras en 1839. Publicó sus primeras poesías en las revistas El Cisne y La Floresta andaluza. En esos años inició su labor de traductor, primero de las obras de Sismondi y posteriormente de Lerminier. Fue testigo del sitio de Sevilla por el ejército del general esparterista Van Halen en 1843, hecho que narró en un libro a petición de la Junta de Gobierno de la ciudad; en esta obra, Alzamiento y defensa de Sevilla, su primer trabajo histórico, el autor da muestras de su rigor histórico al incluir en el estudio treinta y siete documentos relativos al sitio. Esta búsqueda y transcripción de todo tipo de documentos será una constante a lo largo de toda su producción histórica y literaria. De esta etapa sevillana datan también sus producciones como autor dramático; al menos una de ellas, Empeños de amor y honra, se representó en 1842 en el teatro Principal de Sevilla. Continuó publicando poesías en El Siglo Pintoresco, El Laberinto, La Academia, El Semanario Pintoresco Español, y otras revistas. Durante esta época mantuvo su relación con Alberto Lista, entonces residente en Cádiz, a quien informó de su plan de escribir una historia de la literatura española. En 1844 se traslada Amador de los Ríos a Madrid con el apoyo del duque de Rivas. Allí conocerá a Antonio Gil de Zárate, director general de Instrucción Pública, quien será su mentor y con quien colabora en la implantación del plan de estudios de 1845. Ese mismo año es nombrado secretario de la Comisión Central de Monumentos, organismo creado por el ministro Pidal y el mismo Gil de Zárate para la conservación del patrimonio histórico artístico nacional tras la política desamortizadora del decenio anterior. En la Memoria que escribió para dicha Comisión denunció el lamentable estado de gran cantidad de monumentos españoles. Este puesto, por otro lado, estimuló definitivamente sus aficiones artísticas y arqueológicas. Además de estos trabajos, continúa con sus estudios en Madrid: amplió el estudio del hebreo con Antonio García Blanco, leyó su memoria de licenciatura en 1848 y fue investido doctor en Filosofía y Letras por la Universidad Central en 1850. La publicación de su primera obra sobre los judíos españoles, Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España (1848), tema en el que fue pionero, le valió la cátedra de Literatura Española en la Universidad Central y el ingreso en la Real Academia de la Historia, donde fue propuesto por Martínez de la Rosa y Lafuente y Alcántara. Pudo acceder a la cátedra sin realizar oposiciones, ya que una modificación del Plan de Estudios efectuada en 1847 permitía conceder cátedras en casos de extraordinario mérito científico. Siguió su vida dedicado a los estudios y a la enseñanza, siendo nombrado decano de la Facultad de Filosofía y Letras en 1857, y comisionado en 1858 para visitar centros homólogos en diferentes países de Europa, viaje que aprovechó para conocer a diversos intelectuales europeos y para copiar manuscritos españoles existentes en bibliotecas de París. Fueron alumnos suyos, entre otros, Cánovas del Castillo, Alonso Martínez, Castelar, Francisco Fernández y González, quien se casará con su hija Isabel, Menéndez Pelayo y Leopoldo Alas. Su labor académica se vio ampliada al ingresar en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en 1859; en su discurso de ingreso en esta corporación acuñó el término mudéjar y explicó por vez primera las características de este estilo, hasta entonces denostado. Fue comisionado por la Academia de la Historia en 1859 para investigar las coronas visigodas de Guarrazar, descubiertas ese mismo año, y sobre las que publicó una memoria en la Academia de Bellas Artes, donde defendía el carácter netamente hispánico, y no germánico, del arte visigodo. Entre 1861 y 1865 publica su Historia crítica de la Literatura española, obra de gran erudición en la que aparecen por primera vez gran cantidad de documentos inéditos, fruto de su constante búsqueda de material y su gran capacidad investigadora; pasó, por ejemplo, once veranos consecutivos investigando y copiando códices en la biblioteca del monasterio de El Escorial. Realizó una breve incursión en la política, siendo elegido diputado por Almería en la legislatura 1863- 1864. No debió satisfacerle esa experiencia y pronto volvió a sus estudios y su cátedra. Fue nombrado vicerrector de la Universidad Central en 1867 y director del Museo Arqueológico Nacional en 1868, cargo que abandonó tras la Revolución de septiembre. Con la nueva situación política se suprimió la cátedra de Historia Crítica de la Literatura Española y Amador de los Ríos fue declarado excedente. Dos años después, y gracias a la mediación de su amigo Juan Valera, entonces director general de Instrucción Pública, se le repuso en la cátedra. Aprovechó este tiempo de retiro forzoso para finalizar su segunda gran obra sobre los judíos; su conocimiento del hebreo le permitió sacar a la luz gran cantidad de documentos hasta entonces desconocidos. En 1874 fue nombrado inspector general de Instrucción Pública. En 1875 fue condecorado con la Gran Cruz de Isabel la Católica y solicitó y obtuvo de Alfonso XII el cambio de apellido, uniendo su segundo nombre, Amador, al apellido de los Ríos. Si en la década de los sesenta alcanzó sus máximos puestos profesionales, en los años setenta publicó gran cantidad de monografías de Arte y Arqueología, casi todas de temática medieval, en el Museo Español de Antigüedades y en la serie Monumentos Arquitectónicos de España. Había contraído matrimonio con M.ª Juana Fernández de Villalta en 1840, en Sevilla, con la que tuvo cinco hijos; dos de ellos murieron en 1876, lo que afectó a su ya deteriorada salud. Abandonó Madrid y se trasladó a Córdoba y después a Málaga y Sevilla, donde falleció en febrero de 1878. A lo largo de su vida mantuvo correspondencia e intercambio de ideas con numerosos intelectuales europeos, en particular con hispanistas (Philarète-Chasles, Magnabal, su traductor francés, Merimé, Circourt, Ticknor, Teófilo Braga, Puibusque, Rosseeuw de Saint Hilaire y Ferdinand J. Wolf, director de la Biblioteca Imperial de Viena) gracias sobre todo a sus estudios sobre los judíos y a la Historia crítica de la literatura española, obras que le dieron gran fama en España y en el extranjero. Una característica común a su pensamiento histórico y artístico fue la defensa del iberismo, la existencia de una conciencia nacional del ingenio ibérico a lo largo de toda su historia. En su interpretación de la historia española separa claramente la política de la religión, desmarcándose del tradicionalismo vigente en España y acercándose a las teorías liberales y nacionalistas que empezaban a proliferar en Europa. En las Academias de la Historia y Bellas Artes fue encargado de editar diversas obras, casi siempre con la Edad Media como telón de fondo. En la Academia de la Historia se encargó de contestar a Aureliano Fernández-Guerra, Tomás Muñoz y Romero, Francisco de Cárdenas, Francisco Fernández y González, Carlos Fort y Pazos y Víctor Balaguer en sus discursos de ingreso; en la de Bellas Artes hizo lo propio con el marqués de Cubas, Francisco Jareño de Alarcón y Vicente Palmaroli. Además de estas dos corporaciones, fue miembro de la Academia Sevillana de Buenas Letras (1839), Academia de Buenas Letras de Barcelona (1847), Academia Greco-Latina Matritense, Société des Antiquaires de Normandie (1862), Academia Real de Ciencias de Lisboa y Sociedad Geográfica de Madrid (1876). Obras de ~: con J. J. Bueno, Colección de poesías escogidas, Sevilla, Imprenta El Sevillano, 1839; J. C. L. Sismonde de Sismondi, Historia de la literatura española, trad. de J. L. Figueroa y de ~, Sevilla, Imprenta de Álvarez y Cía., 1841-1842, 2 vols.; Empeños de amor y honra, 1842 (inéd.); Felipe el atrevido, 1842 (inéd.); Alzamiento y defensa de Sevilla, Sevilla, Imprenta de Álvarez y Cía., 1843; Don Juan de Luna, 1844 (inéd.); Sevilla pintoresca, o descripción de sus más célebres monumentos, Sevilla, Francisco Álvarez, 1844; G. Lerminier, Estudios sobre la influencia de la filosofía del siglo xviii en la legislación y la sociabilidad del siglo xix, trad. de ~, Madrid, 1844; Toledo pintoresca, o descripción de sus más célebres monumentos, Madrid, Imprenta de Ignacio Boix, 1845; J. C. L. Sismonde de Sismondi, Estudios sobre las constituciones de los pueblos libres, trad. de ~, Sevilla, Imprenta de Álvarez y Cía., 1845; Estudios históricos, políticos y literarios sobre los judíos de España, Madrid, Imprenta de M. Díaz, 1848; Influencia de los árabes en las artes y literatura españolas (discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia), Madrid, 1848; La poesía española no debe su nacimiento a la lemosina (discurso pronunciado en la investidura del grado de doctor en letras), Madrid, Celestino Álvarez, 1850; G. Fernández de Oviedo, Historia general y natural de las Indias, islas y tierra firme del Mar Océano, ed. de ~, Madrid, Real Academia de la Historia, 1851-1854, 4 vols.; Marqués de Santillana, Obras, ed. de ~, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1852; El estilo mudéjar en arquitectura (discurso de ingreso en la Real Academia de Bellas Artes), Madrid, 1859; con J. D. de la Rada y Delgado, Historia de la Villa y Corte de Madrid, Madrid, J. Gil Dorregaray, 1860-1864, 4 vols.; El arte latino-bizantino en España y las coronas visigodas de Guarrazar: Ensayo histórico-crítico, Madrid, Imprenta Nacional, 1861; “Poesía popular de España. Romances tradicionales de Asturias”, en Revista Ibérica, I (1861), págs. 5-29; Historia crítica de la literatura española, Madrid, Imprenta de José Rodríguez, 1861-1865, 7 vols.; Discurso en elogio del Excmo. Sr. Duque de Rivas, director que fue de la Real Academia de Nobles Artes de San Fernando, Madrid, Imprenta de Manuel Tello, 1866; “El Museo Arqueológico Nacional”, en Revista de España (RdE), IV (1868), págs. 98-104 y 577-584; V (1868), págs. 220-230; “Silvestre II y las escuelas isidorianas”, en RdE, VI (1869), págs. 217-231; “De los errores de lenguaje de la historia de España”, en RdE, X (1869), págs. 207-222; “Estudios sobre la educación de las clases civilizadas de España durante la Edad Media”, en RdE, VI (1869), págs. 509-528; IX (1869), págs. 395-421; X (1869), págs. 383-399; “De las artes mágicas y de adivinación en el siglo ibérico”, en RdE, XVII-XVIII (1870-1871), págs. 5-26; Memoria histórico-crítica sobre las treguas celebradas en 1439 entre los reyes de Castilla y de Granada, Madrid, Real Academia de la Historia, 1871; “El condestable D. Álvaro de Luna y sus doctrinas políticas y morales”, en RdE, XIX (1871); “La poesía política del siglo xv”, en RdE, XXIV (1872), págs. 337-364; “Arcas, arquetas y cajas-relicarios”, “Arqueta arábiga de San Isidoro de León”, “Díptico consular ovetense”, “Pinturas murales nuevamente descubiertas en la Ermita del Santo Cristo de la Luz en Toledo” y “Sepulcro mural de los caballeros D. Pedro y D. Felipe de Boil, señores de Boil y de Manises”, en Museo Español de Antigüedades (MEA), I (1872), págs. 49, 61, 385, 483 y 235, respect.; “La crítica literaria en Portugal”, en RdE, XXVII (1872), págs. 157-178; “Estudios monumentales y arqueológicos: Portugal”, RdE (1872-1874), XXIX, págs. 462-481; XXXI, págs. 145-169; XXXIII, págs. 145-165; “Llaves de ciudades, villas, castillos y fortalezas”, “Arqueta de marfil de la Colegiata de San Isidoro de León, existente en el Museo Arqueológico Nacional”, “Díptico de marfil existente en el Monasterio de El Escorial”, “Sarcófagos paganos custodiados en los museos de Porto y de Lisboa” y “Tríptico-relicario de la Santa Iglesia de Sevilla”, en MEA, II (1873), págs. 361, 545, 361 y 235, respect.; “Códice de los Cantares et loores de Sancta María, conocido bajo el título de las Cantigas del Rey Sabio: Ensayo artístico-arqueológico”, “Púlpito de estilo mudéjar en Toledo”, “El tenebrario de la catedral de Sevilla” y “Puertas del Salón de Embajadores del Alcázar de Sevilla”, en MEA, III (1874), págs. 1, 325, 213 y 433, respect.; “El arca sepulcral de San Isidro Labrador, patrono de Madrid, conservada en la Iglesia parroquial de San Andrés”, “Carta de Juan II al Concejo y Homes buenos de la ciudad de Segovia, anunciándoles el nacimiento de la Reina Católica” y “Pintura mural recientemente descubierta en una casa particular de Toledo”, en MEA, IV (1875), págs. 593, 283 y 193, respect.; “Sepulcro del cardenal Cisneros, custodiado en la Iglesia Magistral de Alcalá de Henares”, en MEA, V (1875), pág. 341; “Gran tríptico relicario del Monasterio de Piedra en Aragón, conservado en el Gabinete Arqueológico de la Real Academia de la Historia”, en MEA, VI (1875), pág. 207; Historia social, política y religiosa de los judíos de España y Portugal, Madrid, Imprenta de T. Fortanet, 1875-1876, 3 vols.; “Sepulcro de D. Juan I en Batalha” y “La Basílica de S. Andrés de Armentia y la Iglesia de Santa María de Estíbaliz (Álava)”, en MEA, VII (1876), págs. 33 y 383, respect.; La Casa-Lonja de Valencia del Cid (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1876; “Cabezas de bronce encontradas en el sitio llamado Máquir, término de Mengíbar”, en Boletín de la Real Academia de la Historia (BRAH), I (1877), págs. 27-32; La Cámara Santa de la catedral de Oviedo y sus más antiguos monumentos artístico-industriales (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1877; Ermita de Santa Cristina en el concejo de Pola de Lena (Asturias), (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1877; Iglesia de San Miguel de Lillo y Palacio de Ramiro I, actualmente destinado a Iglesia parroquial bajo el nombre de Santa María del Naranco (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1877; Iglesias de San Salvador de Val‑de-Dios y Parroquial de San Salvador de Priesca, en el concejo de Villaviciosa (Asturias); (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1877; El Monasterio de San Juan de los Reyes en Toledo (Monumentos Arquitectónicos de España) Madrid, 1877; Monumentos latino-bizantinos de Mérida (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1877; Mosaico de Galatea en Elche (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1877; Primeros monumentos religiosos del arte mahometano en Toledo: mezquitas llamadas del Santo Cristo de la Luz y de las Tornerías (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1877; Puerta antigua de Bisagra en Toledo (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1877; con R. Amador de los Ríos, Monumentos latino-bizantinos de Córdoba (Monumentos Arquitectónicos de España), Madrid, 1879; Poesías, Madrid, 1880; “Os musicos portuguezes”, en BRAH, II (1883), págs. 395-405. Bibl.: F. de B. Pavón, “Necrología de D. José Amador de los Ríos”, en Diario de Córdoba (27-28 de febrero de 1878); “Necrología de D. José Amador de los Ríos”, en BRAH, I, cuad. 2.º (1878); J. de Dios de la Rada y Delgado, Discurso leído ante S. M. el rey D. Alfonso XII, presidiendo la Real Academia de la Historia en la sesión pública anual conmemorativa de su fundación el día 29 de junio de 1879, y dedicado a la buena memoria del Excmo. Sr. D. José Amador de los Ríos, Madrid, Fortanet, 1879; F. Valverde y Perales, Historia de la villa de Baena, Toledo, Viuda e Hijos de Peláez, 1903; Discursos pronunciados en la Real Academia de Bellas Artes y Ciencias históricas de Toledo para conmemorar el primer centenario del nacimiento de D. José Amador de los Ríos, Toledo, 1918; V. Lampérez y Romea, A. Ballesteros y A. Maura, “Discursos leídos en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la celebración del centenario del nacimiento de los señores Amador de los Ríos y Madrazo”, en BRAH, LXXIII, 1 (1918), págs. 5-41; R. Ramírez de Arellano, Ensayo de un catálogo biográfico de escritores de la provincia y Diócesis de Córdoba, Madrid, Tipografía de la Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1921-1922, 2 vols.; A. Ruiz Cabriada, Bio-bibliografía del Cuerpo Facultatitvo de Archiveros, Bibliotecarios y arqueólogos (1858-1958), Madrid, Junta Técnica de Archivos, Bibliotecas y Museos, 1958, págs. 55-63; P. Guenoun, “Un inédit de José Amador de los Ríos sur Leandro Fernández de Moratín”, en Mélanges à la memoire de Jean Sarraihl, Paris, 1966; D. Gonzalo Maeso, “D. José Amador de los Ríos, historiador de los judíos de España y Portugal”, J. Gómez Crespo, “José Amador de los Ríos en el panorama cultural del siglo xix” y J. M.ª Ocaña Vergara, “Amador de los Ríos entre dos centenarios”, en Boletín de la Real Academia de Córdoba de Ciencias, Bellas Letras y Nobles Artes, 99 (1978), págs. 5-27, 29-46 y 65-93, respect.; J. Martín Abad, “La biblioteca manuscrita de José Amador de los Ríos, adquirida en 1908 por la Biblioteca Nacional de Madrid”, en Cuadernos para la Investigación de la Literatura Hispánica, 15 (1992), págs. 169-194; R. López Vela, “Judíos, fanatismo y decadencia. Amador de los Ríos y la interpretación de la historia nacional en 1848”, en Manuscrits. Revista d’Historia Moderna, 17 (1999), págs. 69-95; B. Pellistrandi, Un discours national?: la Real Academia de la Historia entre science et politique (1847-1897), Madrid, Casa de Velázquez, 2004, págs. 373-374; J. L. Serrano Reyes, “Sobre fechas y nombres: aportaciones para la biografía de José Amador de los Ríos, Córdoba”, en ITVCI, (2014), núm. 4, págs. 121-136. |
Juan de Dios de la Rada y Delgado. Biografía Rada y Delgado, Juan de Dios de la. Almería, 13.VIII.1827 – Madrid, 3.VIII.1901. Arqueólogo, historiador y escritor, anticuario interino de la Real Academia de la Historia (1901). Este ilustre arqueólogo era hijo del catedrático de Medicina (1817) y Física (1835-1850) de la Universidad de Granada Juan de Dios de la Rada y Henares, y de Margarita Delgado, padres de cuatro hijos; otro de ellos fue Fabio, también fue jurista e investido doctor en la Facultad de Derecho ante el Claustro de la Universidad Central en 1867, con quien publicó algunas obras de Derecho. Casado, tuvo un hijo que perteneció también al Cuerpo de Archivos: Enrique de la Rada y Méndez. Juan de Dios se licenció y doctoró en la Universidad de Granada y se doctoró en Jurisprudencia con una tesis sobre pruebas criminales en materia judicial, ejerciendo de oficial primero de la secretaría de la Universidad Central (1850-1853), de profesor agregado de la Facultad de Filosofía y Letras de Granada (1849-1850), de interino de la Cátedra de Notariado (1852-1853) y de director de periódico (4 de junio de 1856), así como de abogado-consultor del Real Patrimonio hasta la revolución de 1868. En 1858 ingresó en el recién creado Cuerpo de Archiveros, Bibliotecarios y Anticuarios, pasando en 1868 al Museo Arqueológico Nacional, del que fue nombrado director (19 de febrero de 1891) hasta su jubilación el 4 de agosto de 1900, fecha desde la que ocupó el cargo de director del Museo de Reproducciones Artísticas hasta su muerte. Fue catedrático de “Arqueología, Numismática y Epigrafía” de la Escuela Superior de Diplomática (1856-1900), de la que llegó a ser director (1876-1900) y también fue catedrático de “Disciplina eclesiástica” (1854-1857) en la Universidad Central. Fue miembro activo en numerosas comisiones, como la Comisión mixta organizadora de las Provinciales de Monumentos Históricos y Artísticos (10 de junio de 1901), al vacar la plaza de Facundo Riaño; vocal para las Cátedras de Geografía e Historia de Soria y Baeza, y comisionado por el Museo Arqueológico para adquirir estatuas del Cerro de los Santos, redactando el correspondiente informe (1871); presidente de la Comisión del Centenario del Descubrimiento de América, por lo que recibió Gran Cruz de Isabel la Católica y caballero de la Orden de Carlos III y recibió igualmente condecoraciones extranjeras, como la de comendador del Cristo de Portugal, de la Imperial Turca, o de la Rosa del Brasil. Fue también vocal del Consejo de Instrucción Pública y del de Filipinas y Ultramar; vocal de la Junta Superior de Prisiones (22 de abril de 1890); senador del Reino (Exp. HIS-0362-03) por las provincias de Lérida (Acta electoral de 25 de abril de 1886) y Castellón (acta electoral de 29 de abril de 1894) y militó en el Partido Liberal de Cánovas, siendo persona allegada a la Familia Real. Erudito y buen gestor, a través de la Escuela Superior de Diplomática contribuyó a imponer el método histórico en el estudio y preservación del Patrimonio de España y fue el arqueólogo más prestigiado y conocido de su tiempo, contribuyendo a la formación de su principal discípulo, José Ramón Mélida. Metódico, eficiente y dotado de iniciativa, desde promover la expedición de la fragata Arapiles por el Mediterráneo a impulsar las Comisiones del Museo Arqueológico Nacional, la redacción de sus catálogos. Era patriota y de afinidades políticas monárquico conservadoras y profundamente católico, como deja traslucir en sus escritos y su mentalidad liberal y romántica, por lo que fue un exponente de la burguesía liberal que creían en la ciencia, la técnica y el progreso, el capitalismo y el desarrollo comercial e industrial, aproximándose, en la práctica, al clima cultural de la Europa de su tiempo. Correspondiente de la Real Academia de la Historia (28 de abril de 1854), fue presentado como numerario por la medalla 29 por Aureliano Fernández-Guerra, Pedro de Madrazo, Carlos R. Fort, Vicente de la Fuente y Francisco Fernández González, siendo electo el 8 de marzo de 1872. Tomó posesión el 27 de junio de 1875, contestando Fernández-Guerra a su discurso sobre Antigüedades del Cerro de los Santos en el término de Montealegre del Castillo (Madrid), el cual, aun confundiendo esculturas auténticas y falsas, tiene el interés de representar el inicio del Arte y la Arqueología Ibéricos. Rada, a su vez, contestó a los discursos de Juan Catalina García y López (1894) y de Jerónimo López de Ayala, conde de Cedillo (1901). También fue numerario de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando (14 de mayo de 1882), contestando a su discurso el marqués de Monistrol y contestando él a los discursos de ingreso de Ricardo Velázquez Bosco (1894) y José Ramón Mélida (1899). Fue nombrado académico de número por Arquitectura de la Real Academia de San Fernando y académico profesor de la Real Academia Matritense de Jurisprudencia y Legislación. En la Real Academia de la Historia fue autor de diversos trabajos arqueológicos y de multitud de informes y comisiones sobre objetos hallados en Tarragona, un anillo de Guarrazar, la interpretación de jeroglíficos egipcios, tres cartas de Colón regaladas por la duquesa de Alba (11 de marzo de 1892) y una memoria sobre la situación de la antigua Illiberis (28 de abril de 54). Miembro de la Comisión de Publicaciones, publicó más de veintiséis comunicaciones en el Boletín de la Real Academia de la Historia y ocupó el cargo de anticuario como interino a partir del 8 de marzo de 1901 hasta su muerte, ocurrida el 3 de agosto de ese mismo año. En el Gabinete de Antigüedades, comenzó el inventario de sus antigüedades, obra que, pocos años más tarde, en 1903, sería completada y publicada por su sucesor, Juan Catalina García. Más destacó en Arqueología, donde su mayor empresa es haber organizado y redactado la memoria de la expedición de la fragata Arapiles por el Mediterráneo Oriental, que visitó Argelia, Italia, Grecia, Turquía, Tierra Santa, Egipto en un momento de bonanza económica durante el reinado de Amadeo I de Saboya. Este viaje, bien preparado, evidencia su erudición y también su vena literaria dentro de la tradición pintoresquista, describiendo objetos, personas, costumbres y paisajes exóticos para su cultura europea. La comisión, de la que Rada era presidente y promotor, se organizó por Real Orden de 10 de junio de 1871 del rey Amadeo I de Saboya en el verano de 1871, siendo Práxedes Mateo Sagasta, Ministro de Fomento, y Juan Valera, director general de Instrucción Pública. El Gobierno español envió a los mares del Mediterráneo oriental a la fragata de guerra Arapiles para “mostrar la bandera española, aumentar el prestigio nacional en Oriente e instruir a la marinería”, además de adquirir piezas procedentes de esta zona con destino al recién fundado Museo Arqueológico Nacional. A pesar de que las 2500 pesetas destinadas a dicho fin eran totalmente insuficientes, logró traer veintidós cajones con trescientos veintinueve objetos, como vasos griegos y chipriotas, esculturas, monedas, vaciados de los relieves de la Acrópolis, etc., siendo el autor de la crónica publicada como Viaje a Oriente de la fragata de guerra “Arapiles”. Pero Rada percibió el atraso económico de España y su falta de influencia en Oriente, tanto en el campo comercial como político o cultural, cuando tantas otras naciones abrían escuelas y misiones, por lo que intentó en vano lograr una mayor presencia española en Oriente. Fue poeta y escritor, faceta criticada en su tiempo y hoy día olvidada, y compaginó sus cargos y trabajos con el ejercicio privado de la abogacía. Como era habitual en su época, publicó obras muy diversas, desde literarias a estudios sobre Jurisprudencia y Astronomía, además de sobre Historia, Arqueología y Numismática. En Prehistoria colaboró con el también académico Juan Vilanova y Piera y, en el campo de los estudios americanistas, destaca la edición de la obra de fray Diego de Landa, La relación de las cosas de Yucatán (Madrid, 1884) y del Códice de Madrid (1892) con el vizconde de Palazuelos para celebrar el descubrimiento de América, etc. Muy importante fue su papel como cofundador, editor, director y autor de más de cuarenta artículos de la revista el Museo Español de Antigüedades (Madrid, T. Fortanet, 1872-1880, 11 vols.), exponente de los logros alcanzados por la Restauración en la valoración del Patrimonio. Pero también dirigió la Revista Universitaria (1856-1861), La Academia (1877-1879) y codirigió con Juan Valera El Centenario (1892-1894), colaborando en otras muchas. En su conjunto, su obra manifiesta su personalidad polifacética, muy activa y de gran capacidad de trabajo. Pero más que por sus estudios, eruditos y desfasados en la Europa de su época, destaca como funcionario público especializado en la Antigüedad siguiendo el método histórico, pues puede considerar el primer arqueólogo con este perfil profesional característico del siglo XX. Obras de ~: Reflexiones sobre las pruebas criminales en materia judicial, Granada, Manuel Suárez, 1852; Manual preparatorio para los exámenes del 1º y 2º año de Notariado, Granada, Astudillo y Garrido, 1853 (2.ª ed); Don Ramón Berenguer (el Viejo), Conde de Barcelona (novela histórica), Barcelona, Manero, 1858; Viaje de SS. MM. y AA. por Castilla, León, Asturias y Galicia verificado en el verano de 1858, Madrid, Aguado, 1860; Canto en octavas, por la toma de Tetuán, Madrid, Imprenta de J. M. Ducazcal, 1860; Curso de estadística elemental, Granada, 1961; con J. Amador de los Ríos, Historia de la vida y corte de Madrid, Madrid, 1860-1864; Cristóbal Colón, Madrid, 1863; Código penal de España, Madrid, P. Palacios, 1863; Cristóbal Colón (drama), Madrid, 1863; Programa de la asignatura de Numismática Antigua y de la Edad Media, y especialmente de España, Madrid, 1865; “Historia de la Orden de María Luisa”, en Órdenes de caballería II, Madrid, 1865; Estudios de geografía astronómica, Barcelona, 1866; Historia de las Mujeres célebres de España y Portugal, Barcelona, Pérez, 1868; “Crónica de la provincia de Granada”, en Crónica general de España ó sea Historia ilustrada y descriptiva de sus provincias, Madrid, Rubio, Grilo y Vitturi, 1869; Novísimo manual para los Juzgados municipales, Madrid, 1875 (2.ª ed.); Antigüedades del Cerro de los Santos en el término de Montealegre del Castillo (Discurso de ingreso en la Real Academia de la Historia), Madrid, Real Academia de la Historia, 1875; Viaje a Oriente de la fragata de guerra “Arapiles” y la Comisión científica que llevó a su bordo, Barcelona, Emilio Oliver y Cía., 1876-1882 (3 vols.); El amigo del soldado, Madrid, 1881; Discursos [Cuál es y debe ser el Carácter distintivo de la Arquitectura de nuestra época] leídos ante la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en la recepción pública de ~, Madrid, Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, 1882; Catálogo del Museo Arqueológico Nacional. Primera Sección, Madrid, 1883; Viaje de SS. MM. los Reyes de España á Portugal en el mes de Enero de 1882, Madrid, Tello, 1883; Elementos de Derecho Romano, Madrid, 1885; El mundo solar. Elementos de Geografía astronómica, Barcelona, Librería de Juan y Antonio Bastinos, Editores, 1885 (2.ª ed.); Memoria sobre la Necrópolis de Carmona, Madrid, Real Academia de Bellas Artes, 1885; Don Ramón Berenguer (El Viejo), Conde de Barcelona, Barcelona, Ed. Manero, 1858; (novela histórica); Bibliografía numismática española, Madrid, Manuel Tello, 1886; con F. de la Rada y Delgado, Elementos de Derecho Romano, Madrid, Hernando, 1886; Frescos de Goya en San Antonio de la Florida, Madrid, 1888; con J. Vilanova y Piera, Geología y protohistoria ibéricas, Madrid, 1892; Catálogo de monedas arábigas españolas que se conservan en el Museo Arqueológico Nacional, Madrid, Fortanet, 1892; con D. J. López de Ayala y del Hierro, Códice Maya denominado Cortesiano que se conserva en el Museo Arqueológico Nacional (Madrid), Madrid, 1892; con A. Fernández Guerra y E. de Hinojosa, Historia de España desde la invasión de los pueblos germánicos hasta la ruina de la Monarquía visigoda, Madrid, 1893; Discurso leido en la Real Academia de la Historia [La Alcarria en los primeros dos siglos de su reconquista], Madrid, 1894; Derecho usual, Madrid, 1895; Museo Español de Antigüedades (editor y director de la revista); Abecedario de la Virtud, dedicado a los niños, Madrid, Hernando, 1926 (24.ª ed.). Fuentes y bibl.: Archivo General de la Administración, Sección Educación y Ciencia, leg. 6084; Real Academia de la Historia, Expediente personal. N. Sentenach, “Don Juan de Dios de la Rada y Delgado”, en Revista de Archivos, Bibliotecas y Museos, 8-9 (1901), págs. 638-645; J. Crooke, conde Vdo. de Valencia de Don Juan, “Apuntes necrológicos acerca del Excmo. Sr. D. Juan de Dios de la Rada y Delgado”, Armas y tapices de la Corona de España. Discursos leídos ante la Real Academia de la Historia en la recepción pública del Excmo. Sr. ~, Madrid, Real Academia de la Historia, 1902, págs. 23-27; VV. AA., Enciclopedia Universal Ilustrada Europeo-americana, vol. XLIX, Madrid, Espasa Calpe, S. A., 1923, pág. 118; Marqués de Siete Iglesias, “Real Academia de la Historia. Catálogo de sus individuos. Noticias sacadas de su archivo”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, CLXXV, n.º 186 (1978), págs. 198-200; A. Marcos Pous, “Origen y desarrollo del Museo Arqueológico Nacional”, A. Marcos Pous (ed.), De Gabinete a Museo. Tres siglos de Historia. Museo Arqueológico Nacional, Madrid, Ministerio de Cultura, 1993, pág. 61; M. Almagro Gorbea, “El Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia. Pasado, presente y futuro”, en M. Almagro Gorbea (ed.), El Gabinete de Antigüedades de la Real Academia de la Historia, Madrid, Real Academia de la Historia, 1999, págs. 146-148; G. Pasamar e I. Peiró, Diccionario Akal de Historiadores Españoles Contemporáneos (1840-1980), Madrid, Akal, 2002, págs. 509-510. En 4 tomos de 28 x 38 cm. T. I: 3 hs. + XIX + 554 págs. + 6 págs. + 59 láminas. T. II: 472 págs. + 6 págs. + 60 láminas. T. III: 4 hs. + 498 págs. + 6 págs. + 62 láminas. T. IV: 1 h. + 456 págs. + 59 láminas. En total 240 láminas bellamente litografiadas. Enc. de época en plena piel con nervios en lomo y gofrados en planos. Bien impreso sobre limpio de papel, con amplios márgenes y adornado con capitulares, viñetas y colofones. |
Comunidad Autónoma de Madrid. |
Comunidad Madrileña. Madrid es una provincia desde el año 1833 y una comunidad autónoma en 1983. Antecedentes. En 1561, el rey Felipe II situó la capital de la monarquía española en la villa de Madrid, que sirvió de núcleo central de la posterior provincia madrileña. Con la capitalidad, se impuso un marco de subordinación económica a las tierras colindantes con la villa de Madrid, que incluso iba más allá de los actuales límites de la Comunidad de Madrid. También se promovió una extensión competencial de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte (de cinco a diez leguas en su torno), en un intento por articular una región alrededor de la capital. Pero aún se estaba muy lejos de una auténtica realidad administrativa, sobre todo teniendo en cuenta que el Estado del Antiguo Régimen convivía con la existencia de numerosas jurisdicciones señoriales, tanto laicas como eclesiásticas. Entre las primeras, se encontraban señoríos de gran extensión, como el Real de Manzanares —en manos de los Mendoza— y otros de pequeñas dimensiones, como el señorío de Valverde de Alcalá. Entre las segundas, había jurisdicciones monásticas (como la Cartuja de El Paular), del clero secular (como las extensas posesiones del Arzobispado de Toledo) y de órdenes militares (caso de la Encomienda Mayor de Castilla de la Orden de Santiago, que ocupaba Valdaracete, Villarejo de Salvanés y Fuentidueña de Tajo). Esta dispersión territorial afectaba a procesos tan básicos como el abastecimiento de Madrid, que había disparado su población hasta convertirse en la urbe más habitada de la monarquía. El efecto fue drástico: mientras que la villa de Madrid absorbía un mayor volumen de renta procedente de todo el país, su territorio colindante —en manos de casas nobiliarias y del poder eclesiástico o bajo el influjo real— tendía a empobrecerse, sin posibilidad alguna de desarrollarse un tejido socioeconómico acorde con las necesidades de la capitalidad. Otro de los problemas que la capitalidad puso en evidencia fue la ausencia de infraestructuras. El entramado de caminos de la Submeseta Sur tenía su centro en Toledo y hubo que articular una red para garantizar el abastecimiento de la ciudad. Del siglo XVIII data la estructura radial de las comunicaciones españolas, que tiene su punto neurálgico en la urbe de Madrid. A lo largo del siglo XVIII, la villa de Madrid se transformó con grandes obras urbanísticas, al compás de las corrientes ilustradas. Destaca la labor de Carlos III, que dotó a la ciudad de algunos de sus más bellos edificios y monumentos, al tiempo que promovió la creación de instituciones sociales, económicas y culturales, que aún perviven. La villa de Madrid cerró el siglo XVIII con 156.672 habitantes (antes de la capitalidad, se estimaba una población en torno a los 15.000 vecinos), según el censo realizado en 1787, el primero, con carácter oficial, que se realizó en la urbe. Las municipios fuera de la capital. La capitalidad dispara el crecimiento demográfico de villa de Madrid, que se convirtió en la urbe más habitada de la monarquía española, apenas un siglo después de ser elegida capital, con 120.000 habitantes. Pero, curiosamente, no se produjo el mismo efecto en las poblaciones aledañas. Realmente esta ha sido una constante en la evolución histórica de la región: mientras que la ciudad prácticamente no ha parado de crecer desde su fundación —en el siglo IX— hasta nuestros días, la mayor parte de los núcleos urbanos colindantes dentro de actual territorio de la provincia ha visto truncado cualquier tipo de desarrollo. Solo es posible hablar de una auténtica expansión de los pueblos que hoy conforman la Comunidad de Madrid a partir de bien entrado el siglo XX, cuando se configura el área metropolitana. A todo ello se añade el status especial alcanzado por los Reales Sitios, constituidos en el Renacimiento. A los de El Pardo, Aranjuez y San Lorenzo de El Escorial se les suma en el siglo XVIII el de San Fernando de Henares, que surge en 1746 alrededor de la Real Fábrica de Tapices ordenada construir por Felipe V. Otras poblaciones también quedan vinculadas con la realeza; es el caso de Boadilla del Monte, donde el arquitecto Ventura Rodríguez erige en 1764 el Palacio del Infante Don Luis, hijo de Felipe V. Hubo algunos intentos en el siglo XVIII encaminados a poner fin a esta situación. En la época de Felipe V, se creó, a escala nacional, la figura de las Intendencias, con poder político-administrativo. Sin embargo, la Intendencia de Madrid no resolvió el problema de raíz y la actual provincia continuó fragmentada en varios dominios, si bien se racionalizaron los procesos a la hora de ejecutar proyectos centralizados. Límites provinciales. El territorio de la Comunidad de Madrid alcanzó a grandes rasgos sus límites territoriales actuales en 1833 con la división de España en provincias, una de las cuales fue la de Madrid. Un cambio en los límites de la provincia posterior a la división territorial de 1833 afectaría al pequeño municipio de Valdeavero, de 19 km², hasta entonces perteneciente a la provincia de Guadalajara, que pasó a pertenecer a la provincia de Madrid en 1850. A partir de la década de 1970 comienza de forma incipiente el trasvase poblacional de la capital a los municipios del área metropolitana, proceso que se acentúa con el inicio de la autonomía regional. |
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