Apuntes Personales y de Derecho de las Universidades Bernardo O Higgins y Santo Tomas.


1).-APUNTES SOBRE NUMISMÁTICA.

2).- ORDEN DEL TOISÓN DE ORO.

3).-LA ORATORIA.

4).-APUNTES DE DERECHO POLÍTICO.

5).-HERÁLDICA.

6).-LA VEXILOLOGÍA.

7).-EDUCACIÓN SUPERIOR.

8).-DEMÁS MATERIAS DE DERECHO.

9).-MISCELÁNEO


domingo, 5 de octubre de 2014

154.-Nicolás Salmerón y Alonso (1838-1908).-a

  Esteban Aguilar Orellana ; Giovani Barbatos Epple.; Ismael Barrenechea Samaniego ; Jorge Catalán Nuñez; Boris Díaz Carrasco; -Rafael Díaz del Río Martí ; Alfredo Francisco Eloy Barra ; Rodrigo Farias Picon; -Franco González Fortunatti ; Patricio Hernández Jara; Walter Imilan Ojeda; Jaime Jamet Rojas ; Gustavo Morales Guajardo ; Francisco Moreno Gallardo ; Boris Ormeño Rojas; José Oyarzún Villa ; Rodrigo Palacios Marambio; Demetrio Protopsaltis Palma ; Cristian Quezada Moreno ; Edison Reyes Aramburu ; Rodrigo Rivera Hernández; Jorge Rojas Bustos ; Alejandro Suau Figueroa; Cristian Vergara Torrealba ; Rodrigo Villela Díaz; Nicolas Wasiliew Sala ; Marcelo Yañez Garin; 

  
Nicolás Salmerón y Alonso.


 
 ANA GONZÁLEZ HUENCHUÑIR 


Biografía. 

Nicolás Salmerón Alonso (Alhama la Seca, 10 de abril de 1838-Pau, 20 de septiembre de 1908), fue un político, abogado y filósofo español, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República durante mes y medio en 1873.

En Almería hizo los estudios de la segunda enseñanza. Después se trasladó a Granada, en cuya Universidad cursó la carrera de Filosofía y Letras y la de Derecho. Ambas las terminó en Madrid, a donde se trasladó en 1856. Sanz del Río, su maestro, conoció muy pronto el mérito de Salmerón, en quien halló un sucesor de su doctrina y un continuador de la obra de su pensamiento. Salmerón sobresalió entre sus compañeros, ya por su talento, ya por su incansable amor al estudio. Terminadas las dos carreras que se han dicho, acudió al Ateneo de Madrid, centro en el que expuso con franqueza sus opiniones, declarándose demócrata socialista y ganando en breve fama de tribuno elocuente y de profundo filósofo. Más tarde se dedicó al periodismo (1860), y se contó, aunque por breve tiempo, entre los redactores de La Discusión, diario madrileño. También fue redactor de La Democracia; pero ciertas cuestiones de doctrina le obligaron a separarse de dicho periódico, que también veía la luz en la capital de España. Cediendo a su vocación por la enseñanza, muy propia de su carácter reflexivo, logró ser nombrado catedrático auxiliar de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Madrid. 
En reñidas oposiciones a la cátedra de Historia, vacante en la Universidad de Oviedo, conquistó (1864) el primer lugar de la terna. Deseando permanecer en Madrid, solicitó una plaza de profesor supernumerario, a la sazón vacante en la Universidad Central; pero el Ministro de Fomento no se la dio, a pesar de no ser la primera concesión que hacía de este género. Sacada la plaza a oposición, la obtuvo el joven filósofo después de unos brillantes ejercicios. De acuerdo con Castelar, a quien se había despojado de su cátedra de Historia de España, que fue sacada a oposición, concurrió a esta nueva lid intelectual con el propósito de conservar para el insigne orador aquel puesto, en el caso de que el tribunal se lo concediera a Salmerón; pero éste no pudo realizar sus deseos porque los jueces desestimaron sus ejercicios, no porque fueran malos, sino porque no se ajustaban a las disposiciones de la ley de Instrucción pública. Por oposición entró a desempeñar una cátedra de Filosofía en la Universidad Central (1866), y por el mismo medio se le dio en aquel centro de enseñanza la cátedra de Metafísica (1869). Ventajosamente conocido ya por sus ideas avanzadas, fue nombrado (1867) individuo del comité democrático establecido secretamente en Madrid. De aquí su prisión, verificada por la policía a las altas horas de la noche del 13 de julio de 1867. Cinco meses permaneció Salmerón en la cárcel del Saladero. 
Puesto en libertad, su salud, muy resentida, le obligó a trasladarse a su pueblo natal, en el que, a poco de llegar, cayó gravemente enfermo. Convaleciente vivía Salmerón en la ciudad de Almería, decidido a trasladarlo en breve a Madrid, cuando estalló la revolución de septiembre de 1868. Entonces marchó apresuradamente a la capital de España, en la que fue elegido individuo de la Junta revolucionaria. Iniciadas las reuniones públicas que habían de dar vida a los nuevos partidos, Salmerón concurrió a una celebrada en el Circo de Price, y desagradó a republicanos y monárquicos, porque, lejos de exponer claras afirmaciones, se limitó a recomendar la mayor reflexión antes de decidirse por la república o por la monarquía. 
Los individuos del gobierno provisional subscribieron un acta en favor de la monarquía, y otro tanto hicieron bien pronto muchos políticos importantes. Salmerón se negó a firmar dicho manifiesto y se apartó de los que le habían subscrito. Poco después se realizaron las elecciones de diputados para las Cortes Constituyentes de 1869. Al presentar su candidatura por Huércal Overa (Almería), publicó Salmerón un extenso manifiesto, que algunos han calificado de Constitución en regla. No obstante su fama, fue derrotado. Por primera vez, logró ser elegido diputado en 1871. Figuró en aquel Congreso entre los jefes del partido republicano, y pronunció un elocuente discurso, no en defensa de la Internacional, sino para demostrar que esta asociación era perfectamente legal. Volvió al Congreso en 1872; y como aún era diputado en 1873, dio su voto a la República (11 de febrero) después de haber sido aceptada la dimisión de Amadeo I. 
Elegido inmediatamente el poder Ejecutivo, a Salmerón se confió la cartera de Gracia y Justicia (13 de febrero) bajo la presidencia de Figueras, que con todos sus compañeros se retiró del gobierno en 7 de junio del mismo año. Transcurridos algunos días, Salmerón fue elegido presidente de las Cortes (13 de junio). En el discurso de gracias recomendó a los diputados que procuraran amparar los intereses de las clases conservadoras; pidió que se hiciera una república para todos los españoles; proclamó la República federal; aconsejó que la minoría se disciplinase y que fuese prudente la mayoría. Antes se había negado a entrar en el Ministerio que presidía Pí y Margall. Este no tardó en renunciar la presidencia del poder Ejecutivo después de la insurrección de Cartagena.
 Entonces Salmerón, que para sucederle obtuvo 119 votos contra 93 que deseaban la continuación de Pí en el gobierno, aceptó la presidencia de la República, teniendo por Ministros a Soler y Plá (Estado), Maisonnave (Gobernación), José Carvajal (Hacienda), González Iscar (Guerra), Moreno Rodríguez (Fomento) y Palanca (Ultramar). Esto sucedió en 18 de julio de 1873. Al presentarse en las Cortes Salmerón dio las gracias a los que le habían honrado con su voto; se felicitó de que la izquierda hubiese ido al Parlamento; elogió la conducta de los monárquicos, que concurrían a la salvación de la patria; declaró que continuaba siendo republicano federal; encareció la necesidad del orden, y afirmó que sería inexorable con los trastornadores de la paz, castigando lo mismo a los jefes que a los soldados. 
Luego pidió consejo sobre la guerra civil y la reorganización del ejército a los generales marqués del Duero, marqués de la Habana, Turón, Quesada, Mata y Alós, Makenna, Lemerik, Izquierdo, Jovellar, Balmaseda y otros; hizo algunos nombramientos oportunos; disolvió los regimientos que habían fraternizado con los cantonales; declaró piratas a las tripulaciones de los buques sublevados, y pidió a las Cortes autorización para que las Diputaciones provinciales pudiesen imponer contribuciones a los carlistas. En vano trabajó para que el cantón valenciano reconociese a la Asamblea y al gobierno. De aquí que diera a Arsenio Martínez Campos el mando militar de Valencia y del ejército de operaciones en aquel distrito (V. Martínez Campos, Arsenio), con lo que consiguió que las tropas vencedoras entrasen en Valencia en 8 de agosto. 
Al mismo tiempo confió a Pavía la campaña contra los cantonales andaluces, siendo el resultado también favorable al gobierno (V. Pavía y Rodríguez de Albuquerque, Manuel), que tampoco descuidó el sitio de Cartagena. Intentó además Salmerón restablecer el cuerpo de artillería, pero no pudo conseguirlo por los obstáculos que le pusieron hombres tan influyentes como Castelar. Había sido siempre partidario de la abolición de la pena de muerte. Las Cortes discutieron en aquellos días la conveniencia de aplicar o no aquella pena; Salmerón, firme en sus convicciones, que al presente no ha variado, [230] molestado también por los ataques de una parte de la Cámara, dimitió la presidencia de la República, para no firmar una sentencia de muerte (7 de septiembre de 1873). Le sucedió Castelar, que dejó vacante la presidencia de las Cortes, puesto al que fue elevado Salmerón al cabo de dos días por unanimidad de votos. He aquí las palabras que ante la Cámara pronunció Salmerón poco antes de dejar el gobierno: «Mientras no se inspire (la Cámara) en otros principios, mientras no tenga otro sentido, mientras estos estrechos moldes de los partidos políticos no se abran y deje de haber ese egoísmo, esa pasión mezquina y satánica, que enorgullecía al Sr. Pí y Margall por ser objeto de ella, de parte de los conservadores, y que á mí me contrista, yo he muerto para la política contemporánea, porque creo que por ese medio, ni el Derecho, ni la civilización, ni el progreso, ni la justicia se afirmaran jamás en los pueblos modernos.» A los pocos días de ser elegido presidente de las Cortes éstas suspendieron sus tareas, que reanudaron en 2 de enero de 1874. En el interregno parlamentario el Ministerio de Castelar se enajenó las simpatías del centro y de la izquierda por el abuso de la dictadura.
 Al abrirse de nuevo las Cortes en la fecha citada, Salmerón continuaba siendo su presidente y Castelar era aún jefe del gobierno. Este último fue objeto de un voto de censura, por lo que presentó la dimisión con todos sus colegas. Los amigos de Salmerón habían votado contra Castelar. Tratábase de organizar otro Ministerio presidido por Salmerón cuando las tropas que mandaba el general Pavía disolvieron por la fuerza aquellas Cortes, no sin que Salmerón, desde la presidencia, propusiera a los diputados (3 de enero) la resistencia pasiva. Fuera del salón de Sesiones, Salmerón, con 20 ó 30 diputados, entró en el archivo, pero a los pocos momentos salió a la calle. 
Al día siguiente presentó al Tribunal Supremo de Justicia la denuncia contra el golpe de Estado realizado por Pavía; pero el Tribunal le contestó aceptando los hechos consumados. Apartado de la vida pública desde aquel suceso, vio, sin embargo, con disgusto la proclamación de Alfonso XII (30 de diciembre de 1874). Con otros varios catedráticos fue despojado de su cátedra en 1875 y se vio obligado a refugiarse en Francia. 
En París hizo causa común con Ruiz Zorrilla, con quien firmó dos manifiestos republicanos dirigidos a los españoles (septiembre de 1876 y diciembre de 1879). Con el mismo político y con otros muchos subscribió el manifiesto que en abril de 1880 señaló el nacimiento del partido republicano progresista, cuya jefatura se confió a Ruiz Zorrilla. En Francia conquistó gran crédito como abogado, y en tal concepto ganó el sustento de su familia, que en dicha capital le acompañaba.

Tumba

 Llamados al poder los liberales en febrero de 1881, Albareda, Ministro de Fomento, repuso en sus cátedras a los profesores separados por Orovio en 1875, y el gobierno decretó la amnistía para todos los desterrados políticos. Entonces Salmerón visitó temporalmente la capital de España, pero aún vivió algún tiempo en la de Francia. Después fijó su residencia en Madrid (1884) y volvió a explicar su cátedra de Metafísica, que sigue desempeñando en la Universidad Central, luciendo su profundo juicio filosófico, su erudición vastísima en la materia y su incomparable palabra. Como candidato del partido republicano progresista, fue elegido diputado a Cortes por Madrid (abril de 1886); y proclamado como tal en 14 de mayo, no juró, pero prometió respeto a la Constitución (11 de junio). 

Hallábase recorriendo el Noroeste de España, donde había pronunciado algunos discursos políticos, cuando estalló en Madrid (19 de septiembre de 1886) una revolución republicana. Regresó apresuradamente a dicha capital y dirigió los trabajos de la minoría republicana del Congreso encaminados a obtener el indulto de Villacampa, jefe de aquella revolución, y de otros sublevados. A nombre de dicha minoría visitó al presidente del Consejo de Ministros (Sagasta) para pedirle el perdón de aquellos revolucionarios, amenazados por la pena de muerte, declarando que la minoría republicana había sido dolorosamenle sorprendida por la revolución del 19 de septiembre. Villacampa y sus compañeros conservaron la vida. 
Transcurridos algunos meses Salmerón concurrió con sus amigos a la Asamblea del partido republicano progresista celebrada en Madrid, y no estando conforme con los acuerdos de la mayoría de la misma, se retiró de ella antes de que terminaran sus sesiones. Los 10 comités de distrito que en la capital de España tenían los republicanos progresistas censuraron la conducta de su representante en el Congreso, y entonces Salmerón, reconociendo que estaba en desacuerdo con los electores, renunció el cargo de diputado. No mucho más tarde, con Azcárate, Pedregal, Labra y otros políticos notables, organizó el partido republicano centralista, que le reconoce por jefe. 

Nicolás Salmerón, por Federico Madrazo. 1879.


Asistió a la Asamblea republicana verificada en Madrid en 1890 con propósitos de unión; pero en ella, al tomar acuerdos, unió sus votos a los de los diputados republicanos que allí quedaron en minoría, y para explicar su conducta publicó un manifiesto en La Justicia (1º de marzo), diario madrileño y su órgano en la prensa. En las elecciones generales para diputados a Cortes hechas más tarde siendo Cánovas jefe del gobierno, Salmerón presentó su candidatura por el distrito de Gracia (Barcelona), y aunque se aseguró que había obtenido la mayoría de los sufragios, oficialmente apareció derrotado, y aquellas Cortes terminaron su vida sin que Salmerón hubiese tomado asiento en el Congreso. Con Pí y los representantes del partido republicano progresista acordó en los comienzos del año de 1893 las bases de una coalición republicana aceptada por Ruiz Zorrilla y que apareció con gran fuerza en el meeting republicano celebrado en Madrid en la noche del 4 de febrero de 1893 en el Circo de Rivas. Allí pronunció un elocuente discurso, y otro en Zaragoza, en un meeting verificado pocos días después (20 de febrero) en el Teatro de Goya, donde al salir el público se halló debajo de una butaca del salón de descanso una bomba cuya mecha apagó un obrero. Resultado de la coalición fue el triunfo completo de la candidatura republicana, en la que iba comprendido Salmerón, en la capital de España, al hacerse nuevas elecciones de diputados a Cortes por el gobierno que presidía Sagasta. 
Además Salmerón fue elegido diputado por el distrito de Gracia (Barcelona), donde se hallaba el día de la elección. En seguida regresó a Madrid, cap. en la que fue recibido (15 de marzo de 1893) en la estación por gran número de republicanos que lo acompañaron hasta su casa. En otro viaje de propaganda visitó, pronunciando discursos, Badajoz, donde se celebró un meeting (junio) de republicanos españoles y portugueses, Ciudad Rodrigo y Salamanca (día 27). 
Después recorrió Asturias, dejando oír su voz en Gijón (11 de septiembre), Oviedo (día 18) y otras poblaciones. De vuelta en Madrid, inició conferencias del nuevo curso en el Círculo de la Unión Mercantil, desarrollando el tema de la moralidad pública, (11 de noviembre de 1893). En octubre del año siguiente marchó a Lisboa; pero antes de que realizase allí acto político ninguno de importancia, el gobierno portugués decretó su prisión, que fue muy breve, y su expulsión del territorio portugués, inmediatamente realizada. Resuelta por Sagasta una crisis, dando la cartera de Ultramar al posibilista Abarzuza, Salmerón en el Congreso, tratando el asunto, pronunció un discurso de enérgica oposición, y censuró con la mayor dureza (29 de noviembre de 1894) la conducta del nuevo Ministro, republicano hasta la víspera de su entrada en el gobierno. Abarzuza envió sus padrinos a Salmerón, que nombró los suyos, pero no llegó a verificarse un lance de honor. No es para olvidar la parte activa que Salmerón había tomado algún tiempo antes en la campaña obstruccionista de los diputados republicanos para impedir el aplazamiento de las elecciones municipales. Al efecto había pronunciado varios discursos en la famosa sesión del Congreso comenzada en la tarde del 10 de mayo y acabada en la del 13 de dicho mes del año de 1893. 

Concurrió más tarde a la inauguración del Centro Republicano de Castellón de la Plana, en el que, en un discurso, declaró (17 de diciembre de 1894) que era necesario persistir en la evolución, considerando la revolución como el último instante de aquélla. Añadió que era necesario respetar los derechos de la Iglesia, no combatiéndola más que en el caso de que provocara a la guerra por intransigencia del fanatismo. Dijo también que hacía falta organizar y enaltecer al ejército con el servicio obligatorio, la justicia militar y la reorganización del material de guerra, agregando que no pediría al ejército que se sublevara, si bien trataría de convencerle de que la monarquía era incompatible con la felicidad del país y el bien de la patria. Otro discurso semejante pronunció en Valencia (19 de diciembre). 

Su último acto importante hasta el día (febrero de 1896) ha sido su intervención en los debates del Congreso al discutirse las causas de la crisis que había dado entrada en el gobierno a los conservadores (marzo 1895), presididos por Cánovas. Residiendo en París, Salmerón, con Fernández de los Ríos y Tomás Rodríguez Pinilla, había traducido al castellano los Estudios sobre la historia de la humanidad, por Laurent, aunque la traducción se publicó en Madrid (1879, 5 t. en fol.). 
Notable es el trabajo que sobre el concepto de la Metafísica había insertado años antes en la Revista de la Universidad de Madrid. De sus Discursos parlamentarios existe una edición (Madrid, 1881, en 8º mayor), con un prólogo de Gumersindo de Azcárate.


 
El Parque Nicolás Salmerón: de su inicio y sus cambios de nombre.



Historias de Almería · Se levantó cuando terminó de desaparecer la muralla de Almería y, con el tiempo, ha llevado el nombre de Nicolás Salmerón y de Primo de Rivera

Víctor J. Hernández Bru
Domingo, 1 de septiembre 2019.

El Parque Nicolás Salmerón es uno de los 'pulmones' de la ciudad de Almería y, sin duda, el más antiguo de ellos en cuanto a parque urbano de determinadas dimensiones.
La vida de muchos almerienses de cierta ha discurrido muy relacionada con él pero ¿cuáles son sus orígenes? ¿Cómo ha sido su historia en el siglo y medio de vida que tiene?
Los orígenes del Parque Nicolás Salmerón datan del año 1860, cuando la ciudad deja definitivamente de estar separada de su litoral por la muralla que se había levantado en época musulmana.
Poco a poco, en la ciudad había ido desapareciendo esa muralla perimetral, que había quedado sin utilidad con el paso de los años pero que conservaba restos en ese espacio.
Corría el año 1860, cuando la monarquía daba sus últimos coletazos antes de la llegada del Sexenio Revolucionario y la Primera República, cuando fue ordenado el desarrollo del denominado Parque Viejo, que ocuparía el espacio del Baluarte de San Luis. De hecho, los jardines que existen justo por encima del Parque Nicolás Salmerón, ante la puerta del Hospital Provincial, siguen siendo conocidos como el Paseo de San Luis.

José Martínez Acosta fue el diseñador del espacio que se levantaría décadas más tarde, en 1890, ya en la época de la Restauración, con Alfonso XII.
Su padre, Alfonso XIII, daría nombre al parque en los comienzos del siglo XX, coincidiendo con su primera visita a la ciudad de Almería y años después, en 1913, el Ayuntamiento cedería su gestión a la Junta de Obras del Puerto que, por aquel entonces, se ocupaba de unas faraónicas construcciones y de un desarrollo que ha sido y seguirá siendo constante desde entonces.
La llegada de la Segunda República supondría el primer período en el que el Parque llevaría su nombre actual, el del único presidente de gobierno que ha tenido esta provincia, Nicolás Salmerón y Alonso, precisamente en la primera época republicana de la historia de España.
Fue el consistorio republicano de Almería el que adoptó tal decisión, que no duraría más allá del final de la Guerra Civil. Antes de ello, el Parque volvió a ser propiedad del Ayuntamiento, al mismo tiempo que vio modificada su estructura, por la llegada de la Carretera Nacional 340, que lo partió por la mitad.

La época franquista supuso más cambios, para empezar, el del nombre, puesto que se eliminó el de Nicolás Salmerón, en un ejemplo más de esa costumbre tan habitual de los gobernantes de hacer desaparecer los testimonios del pasado no acorde con sus ideas, y pasó a llamarse Parque José Antonio Primo de Rivera, en honor al líder de la Falange, fallecido durante la guerra.
Además, también experimentó cambios en su morfología, puesto que el arquitecto municipal que seguramente más testimonios de su obra haya dejado en la ciudad, Guillermo Langle, proyectó su extensión en nuevos tramos, conocidos hoy como Parque Nuevo, configurando la base de lo que hoy es el Parque Nicolás Salmerón.

Al final del régimen franquista, con la llegada de la democracia, en 1979, bajo el gobierno municipal del socialista Santiago Martínez Cabrejas, volvió a cambiarse el nombre, recuperando el de Nicolás Salmerón.
Su mayor modificación en la época democrática llegó en el año 2010, cuando bajo el mandato de alcaldía de Luis Rogelio Rodríguez Comendador, se proyectó y ejecutó una remodelación integral del Parque, que se llevó a cabo respetando las especies más singulares del mismo, especialmente sus ficus centenarios.
El Parque será, sin duda, el gran beneficiado de la operación puerto ciudad puesto que ello posibilitará que deje de ser una especie de paso fronterizo con el Puerto de Almería y suponga el lugar de paso para la nueva zona de expansión.


El parque Nicolás Salmerón es un parque urbano situado en la ciudad de Almería (España), entre el puerto y la ciudad. Se halla dividido en tres áreas conocidas como parque Viejo, parque Nuevo y paseo de San Luis.
El parque Viejo, como se conoce popularmente a la zona junto al puerto, desde la rambla de la Chanca hasta la rotonda de la fuente de los Peces obra de Jesús de Perceval, a los pies de la calle Real, fue diseñada por José María de Acosta y en él se hallan multitud de árboles centenarios. El entorno del parque se encuentra adornado con fuentes y estanques, junto a mobiliario urbano, así como hileras de palmeras.
Por su parte, el parque Nuevo es una zona adornada con estanques y fuentes rediseñada por Guillermo Langle Rubio en los años setenta con motivo de la celebración de la semana naval de España. Va desde la citada rotonda hasta la avenida de la Reina Regente.


 
El krausismo español.



El krausismo español es el reflejo, desarrollo y continuación en España del modelo filosófico de K. Ch. F. Krause, filósofo alemán contemporáneo de Fichte, Schelling y Hegel, cuya influencia fue la base de la Institución Libre de Enseñanza.​ Sus principales representantes fueron Julián Sanz del Río, su introductor, Gumersindo de Azcárate y Francisco Giner de los Ríos.

Orígenes y desarrollo.

La presentación del movimiento krausista en España esta asociada al discurso pronunciado por Julián Sanz del Río en la Universidad Central de Madrid el curso 1857-58. El profesor y pensador soriano había tomado contacto con el pensamiento de Krause tras una estancia en Alemania (1843), y su discurso puede considerarse bien un acto fundacional o bien un manifiesto filosófico, orientados hacia el cambio social. Esta voluntad de transformación se apoyó en la puesta en marcha de un conjunto de innovaciones en el terreno de la filosofía práctica y la pedagogía, desde una base antropológica. Una de las claves del sistema krausista gira en torno a una concepción armonicista, que se opone al tradicional «dualismo» materia-espíritu –enfrentados como irreconciliables–, y que incidirá de forma creativa en el Derecho natural, la filosofía jurídica, o el origen de un planteamiento sociológico. Con todo, Sanz del Río continúa y desarrolla la interpretación de los principales alumnos de Krause, Heinrich Ahrens, Guillermo Tiberghien etcétera​.

Tras la presentación académica de Sanz del Río, y un violento rechazo en los estamentos de poder de la universidad española y el gobierno alfonsino –culminado con el llamado ‘Decreto Orovio’–, el krausismo español tendría en Francisco Giner de los Ríos su más efectivo gestor y pensador,5​ no solo en el ámbito de la Universidad Central de Madrid.a​ A su lado o en torno a él aparecen los nombres de Federico de Castro, Adolfo González Posada, Francisco de Paula Canalejas, y de manera esencial Gumersindo de Azcárate.

La separación de Giner de la docencia oficial a raíz de la «cuestión universitaria»,6​ no fue sino la primera piedra de uno de los empeños educacionales y culturales de mayor significación en la historia de España: la Institución Libre de Enseñanza, como propuesta de un establecimiento privado de enseñanza frente a la decadencia de las antiguas Universidades y el monopolio de la Iglesia en la educación en España.

Objetivos y programa.

El krausismo surgiría en Alemania como intento de abrir una vía intermedia entre las dos grandes líneas de pensamiento germánico: el Idealismo (espíritu, ideas, teoría) y el Materialismo (naturaleza, hechos, práctica).

En España, sin embargo, los seguidores de Krause buscaron un medio de conciliar los conflictos que dividieron al país durante el siglo xix como consecuencia del enfrentamiento entre tradición y modernidad mantenido en la España contemporánea.

Algunos estudios consideran el krausismo español una vía intermedia entre la corriente alemana de pensamiento y el Positivismo (o ‘krausopositivismo’) de la segunda mitad del siglo xix. Desde su visión armónica del Universo, el krausismo español buscó superar el escollo de las dos españas,​ planteando un modelo organicista de la sociedad humana estructurado en esferas y una voluntad de conciliación con un programa de preceptos básicos:

Secularización progresiva de la sociedad, más cercana al panteismo que al ateísmo, en el ámbito de un «talante moderno, liberal, de intachable moralidad y de carácter reformador, frente a los tradicionales, ultramontanos neocatólicos, de tradición antiliberal».

Desarrollo del Derecho como garante de las condiciones que permitieran un desarrollarse armónico de la convivencia entre las clases y confesiones reunidas en el país y representadas en el Estado, defendiendo posiciones intermedias entre el individualismo y el socialismo.

La Pedagogía como eje de la Educación,​ introduciendo nuevos planteamientos, técnicas y métodos, capítulo esencial para el progreso de la sociedad española.

El universalismo como opción para la superación del atraso cultural español provocado por regímenes absolutistas monárquicos desde el siglo xvi, abriendo las fronteras a las corrientes culturales europeas. Empresa que a través de instituciones como la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), conseguiría, en apenas un cuarto de siglo, poner a España en primera línea de la ciencia y la intelectualidad Europea. Progresión que quedaría interrumpida con la guerra civil española y luego perdida con el primer franquismo.


 
Krausistas españoles.

Además de sus ya mencionados impulsores, Sanz del Río, Giner, De Azcárate, De Paula, De Castro y González Posada, y los no citados Manuel Pedregal y Cañedo, Teodoro Sainz Rueda, Fernando de Castro y Pajares o Nicolás Salmerón, se pueden integrar en una lista abierta de intelectuales del krausismo español las tres generaciones de alumnos de la Institución Libre definidas por Giner:

Primera promoción, compuesta por el círculo de Giner de los Ríos después de su vuelta a la Universidad en 1881, tras la expulsión de 1875, entre ellos: Manuel Bartolomé Cossío, Joaquín Costa, Leopoldo Alas (Clarín), Alfredo Calderón, Eduardo Soler, Jacinto Messía, Adolfo Posada, Pedro Dorado Montero, Aniceto Sela, Rafael Altamira, Antonio Machado Núñez, etc.

Segunda promoción, o los que Giner los denominaba sus ‘hijos’: Julián Besteiro, Pedro Corominas, José Manuel Pedregal, Martín Navarro Flores, Constancio Bernaldo de Quirós, Antonio Machado Álvarez, Domingo Barnés, José Castillejo, Gonzalo Jiménez de la Espada, Luis de Zulueta, Fernando de los Ríos, etc.

Tercera promoción, o de los nacidos entre 1880 y 1890, los ‘nietos’ de Giner, de cuya larga lista podrían mencionarse: José Pijoán, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Francisco Ribera Pastor, José Ortega y Gasset, Américo Castro, Gregorio Marañón, José Deleito y Piñuela, Manuel García Morente, Lorenzo Luzuriaga, Pablo de Azcárate (sobrino de Gumersindo), Alberto Jiménez Fraud, Joaquín Xirau, etc.

Quizá podría añadirse un grupo de ‘seguidores’ del programa krausista, en el que estarían –ya en el siglo xx–: José Luis Abellán, Josefina Aldecoa, Vicente Cacho Viu, Julio Caro Baroja, Elías Díaz, Franco Díaz de Cerio, León Esteban Mateo, Fernando Fernández Bastarreche, María Dolores Gómez Molleda, Antonio Jiménez-Landi, Juan López Morillas, Luis Rodríguez Aranda, Eloy Terrón Abad...​


 
Valores éticos del krausismo.

Julián Sanz del Río tomó los llamados "Mandamientos particulares y prohibitivos" de El ideal para la vida de Krause en su Institución Libre de Enseñanza. Son los siguientes:
  • Debes hacer el bien, no por la esperanza ni por el temor ni por el goce, sino por su propia bondad: entonces sentirás en ti la esperanza firme en Dios y vivirás sin temor.
  • Debes cumplir su derecho a todo ser, no por tu utilidad, sino por la justicia para los seres sensibles, no por el agradecimiento o la retribución de ellos y respetando su libertad; y al que bien te hace, vuélvele el bien colmado.
  • Debes amar individualmente una persona y vivir todo para ella, no por tu goce o tu provecho, sino porque esta persona forma contigo bajo Dios y la humanidad una persona superior (el matrimonio).
  • Debes ser social, no por tu utilidad, ni por el placer, ni por la vanidad, sino para reunirte con todos los seres en amor y mutuo auxilio ante Dios.
  • Debes estimarte y amarte no más que estimas y amas a los otros hombres, sino lo mismo que los estimas a ellos en la humanidad.
  • Debes afirmar la verdad solo porque y en cuanto la conoces, no porque otro la conozca; sin el propio examen no debes afirmar ni negar cosa alguna.
  • No debes ser orgulloso, ni egoísta, ni perezoso, ni falso, ni hipócrita, ni servil, ni envidioso, ni vengativo, ni colérico, ni atrevido; sino modesto, circunspecto, moderado, aplicado, verdadero, leal y de llano corazón, benévolo, amable y pronto a perdonar.
  • Renuncia de una vez al mal y a los malos medios aún para el buen fin; nunca disculpes ni excuses en ti ni en otros el mal a sabiendas. Al mal no opongas mal, sino solo bien, dejando a Dios el resultado.
  • Así, combatirás el error con la ciencia, la fealdad con la belleza, el pecado con la virtud; la injusticia con la justicia; al odio con el amor; el rencor con la benevolencia; la pereza con el trabajo; la vanidad con la modestia; el egoísmo con el sentido social y la moderación; la mentira con la verdad; la provocación con la firme serenidad y la igualdad de ánimo; la malignidad con la tolerancia; la ingratitud con la nobleza; la censura con la docilidad y la reforma; la venganza con el perdón. De este modo, combatirás el mal con el bien, prohibiéndote todo otro medio.
  • Al mal histórico, que te alcanza en la limitación del mundo y en la tuya particular, no opongas el enojo ni la pusilanimidad, ni la inacción; sino el ánimo firme, el esfuerzo perseverante y la confianza, hasta vencerlo con la ayuda de Dios y de ti mismo.

 

Karl Christian Friedrich Krause (Eisenberg, 6 de mayo de 1781 - Múnich, 27 de septiembre de 1832) fue un autor y filósofo alemán. Es principalmente conocido por ser el creador del panenteísmo y por haber contribuido a la formación de una línea ideológica denominada krausismo que llegó a inspirar la fundación de centros académicos y culturales, así como grupos intelectuales y políticos de gran influencia, sobre todo en España y los países de lengua española.

Biografía

Hijo de un ministro protestante, se matriculó en la Universidad de Jena, donde asistió a clases de Fichte y Schelling, de los que se proclamó discípulo siguiendo el proyecto idealista por estos diseñado. Obtuvo el título o habilitación de "profesor autónomo" o privatdozent en la Universidad de Jena en 1802 y en ese mismo año, con una característica imprudencia, se casó con una esposa sin dote. Dos años después, la falta de alumnos le obligó a trasladarse a Rudolstadt.

 Pasó luego a Dresde, donde impartió además lecciones de música. En 1805 ingresó en la Masonería y escribió sobre la filosofía de esta sociedad secreta, sus dos obras, Die drei ältesten Kunsturkunden der Freimaurerbrüderschaft [`Los tres documentos más antiguos sobre las artes de la hermandad francmasona´] y Höhere Vergeistigung der echt überlieferten Grundsymbole der Freimaurerei in zwölf Logenvorträgen [`Mayor espiritualización de los símbolos tradicionales auténticos de la francmasonería en doce ponencias en la logia´]; se le expulsó de la misma por no haber respetado el debido secreto.
 En 1811 dio a conocer un ensayo titulado Das Urbild der Menschheit. Ein Versuch [`El Ideal de la Humanidad´], en el que expone los puntos esenciales de su doctrina y que fue traducido al español como El Ideal de la Humanidad para la vida. Allí sugiere la constitución de una república mundial que agrupe cinco federaciones regionales de Europa, Asia, África, América y Australia y se postula como precursor de los partidarios de un único gobierno mundial.
 En 1817 realizó un viaje por Alemania y Francia y estuvo asimismo en Italia. En 1830 sus ideas políticas le valieron un incómodo proceso ante el tribunal de Gotinga.
Vivió después en Berlín, donde Fichte intentó en vano conseguirle un puesto en su recién creada Universidad, y luego en Gotinga, donde Arthur Schopenhauer fue uno de sus alumnos. Por fin fue a Múnich, donde su amigo Franz Xaver von Baader era profesor de filosofía y teología especulativa y le había conseguido por fin una cátedra, pero murió antes de ocuparla a causa de un accidente vascular cerebral, lo que entonces se conocía como apoplejía.




Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano
Montaner y Simón Editores, Barcelona 1892 tomo 11
páginas 431-432

Krausismo.

(de Krause, n. pr.): m. Fil. Sistema filosófico concebido por C. Cristián Federico Krause como punto intermedio entre los ideados por Schelling y Hegel para dar solución al problema crítico acerca del valor de nuestros conocimientos, problema formulado por Kant (V. Kantismo) con un rigor científico que excede a todos los ensayos anteriores. El krausismo se ocupa y preocupa, ante todo, del principio de unidad, que debe servir de nexo a la relación, en la cual se constituyen los términos del conocimiento (sujeto y objeto). De las célebres antinomias kantianas, la que más preocupa a Krause es la del dualismo lógico, puesto de relieve por el filósofo de Königsberg con su célebre distinción del fenómeno y del nóumeno.

El pensamiento de Krause, informado por las enseñanzas de Schelling y Hegel, más parece una síntesis prematura o anticipada de análisis, por cierto muy discreto, que un eclecticismo indefinido, según pretende Pascal Duprat. La concepción general del krausismo (Analítica y Sintética), posee parte firme y en cierto modo definitiva, la del sentido certero y exacto, que diera el análisis, más que subjetivo, real de la conciencia, y otra ideal (sin base cierta en la experiencia), especie de inducción precipitada, donde la Metafísica se construye según los moldes que previamente han sido percibidos por el sujeto en una observación de carácter mixto o empírico racional. La importancia del krausismo más procede de su extensión en los países latinos (Bélgica, Francia y España) que de su éxito en Alemania, donde salvo algunas aplicaciones al Derecho (Roëder) y a las Ciencias naturales (Ocken), produjo poco eco, quizá porque, al parecer, la inteligencia individual (y aun la colectiva) se sentía inclinada y predispuesta a una reacción empírica contra los abusos especulativos del idealismo absoluto. En Bélgica (Ahrens, Tiberghien y otros), en Francia (Damirón y Duprat) y en España todos los pensadores que buscaban disciplina para su pensamiento fuera del nominalismo escolástico, aceptaron el procedimiento y aun las soluciones del krausismo. 

En nuestro país sobre todo, Sanz del Río dio con su enseñanza oral y con sus escritos un impulso bien acentuado a los estudios filosóficos. Los numerosos discípulos de Sanz del Río (muchos de los cuales aún viven afortunadamente), aceptaron el punto de partida de toda investigación filosófica que dejara indicado Krause en sus obras. Con sentido libre y vario han modificado, más o menos todos, sus primitivas ideas, y de su educación científica anterior sólo conservan cierto espíritu de libre indagación, extraño ya a la ortodoxia krausista, pero fiel siempre a aquella propedéutica reflexiva y metódica que ha encauzado la predisposición imaginativa de nuestro espíritu de raza. Lo mismo en sus expositores (V. Vidart, La Filosofía española), que en sus adeptos (Giner, Castro, Canalejas, Salmerón y otros) y contradictores (Laverde, Ortí y Lara, Menéndez Pelayo), se observa que el krausismo ha prestado a la cultura patria el inestimable servicio de despertarla del sueño dogmático y de la indiferente inercia en que vegetara antes de la obra iniciada por Sanz del Río, más meritoria por sus propósitos e intenciones que por sus resultados prácticos. Con el relativo retraso con que a nuestro país llegan las más acentuadas corrientes de la cultura general, dejó sentir en él su influencia innegable el movimiento o tendencia del positivismo, que con la contradicción logró depurar de muchos idealismos vagos la primitiva ortodoxia krausista. De todas suertes la influencia del krausismo en la cultura patria es tan evidente, que para declararla benéfica o para censurarla como perjudicial, unos y otros, blancos y azules, toman como punto inicial del lento, pero fecundo renacimiento filosófico de nuestro país, las enseñanzas del malogrado Sanz del Río.

Se eleva Krause, mediante la observación psicológica, a la unidad de la ciencia. Bajo ella distingue la variedad, que debe encontrarse también en el objeto del conocimiento (el ser). Este ser intuitivamente concebido, aunque tomando como causa ocasional para ello un análisis de carácter inductivo, es indemostrable, porque la demostración  consiste en establecer la relación de los seres particulares con el ser uno y total, que no puede relacionarse consigo mismo sino como idéntico, lo cual no demuestra nada. Explica la unidad de la ciencia por la del ser. Pero cuando el sujeto finito comienza a reflexionar procura ante todo conocerse a sí mismo, de donde procede la primera parte del sistema de la ciencia (Analítica). 

al sujeto se halla el objeto, el ser considerado en su unidad y en su variedad, estudio que da origen a la segunda parte del sistema de la ciencia (Sintética). En esta concepción general se ven condensadas las anteriores, que constituyen el desarrollo del movimiento idealista. En la primera parte Krause analiza los tres conocimientos que poseemos: el del mundo exterior, el de nosotros mismos y el de los demás espíritus. De ellos, sólo el de nosotros mismos (el yo) es percibido directamente por la conciencia (conciencia inmediata de nuestro propio ser, implícita en toda percepción) y, por tanto, es el único conocimiento que reúne las condiciones de una certeza completa y que puede servir de base (punto de partida) al sistema de la ciencia. Es el mismo principio, reconocido por Descartes en la evidencia inmediata de que existe el ser que duda (cogito ego sum), desarrollado por Leibnitz y analizado con mayor profundidad por Kant. 

El yo para Krause es ser, que no puede ser definido, que sirve de base a la definición de su contenido (yo soy... las cualidades que el análisis descubre), espíritu y cuerpo en unidad y principio inmediato de la posible distinción de lo anímico y de lo fisiológico. En la distinción, las notas características de lo espiritual, que revela el análisis, son la espontaneidad y la libertad. Para conocer el yo es preciso señalar sus categorías o cualidades primeras (que habrán de ser en lo sucesivo esencias universales de todo lo cognoscible, salvo el límite de cada ser in concreto). La primera, la que domina a todas las demás es la del ser, pensado después en unidad y totalidad armónicas entre sí y bajo la unidad superior de la esencia, que implica a la vez cómo o manera de ser, forma. 

La combinación de estas categorías constituye la existencia, bajo la cual el yo cambia y se determina en el tiempo como principio de sus modificaciones (permanece y subsiste el mismo). No limita Krause la idea de las categorías y la de su posible combinación en otras más complejas al yo; las reconoce, mediante el análisis, en el no-yo, la naturaleza, el espíritu, la humanidad y Dios mismo. Así, se completa, por su existencia simultánea en el sujeto y en el objeto, el sistema de las leyes primeras que presiden al desarrollo del conocimiento sensible y racional, y según las cuales todos los seres (salvo siempre su límite) deben ser concebidos en el organismo de la ciencia. Después de un examen detallado de las distintas esferas del conocimiento (señaladas por su fuente u origen), recurre Krause a la razón como medio que nos eleva (conciencia racional) al conocimiento de Dios, principio del ser y del conocer. En él se reconoce el principio fundamental de la ciencia (Sintética) y a él aplica Krause las categorías directamente reconocidas en el yo para declarar que Dios es el ser absolutamente infinito e infinitamente absoluto, cuya personalidad es concebida, ante todo, como relación íntima de Dios con sus atributos. Con procedimiento, sólo inverso en la dirección, pero idéntico en el pensamiento y aun en las categorías que examina, Krause desenvuelve la sintética cual una Analítica invertida. 
Careciendo, en los problemas de orden trascendente que examina en la segunda parte, de la piedra de toque que para verificar sus soluciones tuviera en el análisis, degenera toda su metafísica en un idealismo preconcebido, que carece del valor requerido para la verdad científica (conocimiento por cosa). De su análisis, de la parte primera del sistema, quedará algo positivo y real para el progreso de la Ciencia y de la Filosofía. De la segunda, de su sintética, sólo se puede recoger una hipótesis más, que, en cuanto no es susceptible de verificación, ni desciende de lo abstracto ni encarna en lo real.


 

 Anexo.



 

Memoria histórica.

La Revolución del petróleo en Alcoi.




Se cumplen 150 años de la primera insurrección internacionalista en la Península ibérica, en el contexto de la primera república y apenas unos días antes que estallase la rebelión cantonal.


Leandro Bernabéu Munuera

Historiador

9 jul 2023 09:38


El 9 de julio de 1873 una multitud de unas 7.000 personas se concentró en la Plaza de San Agustín de Alcoi (actual Plaza de España), frente al ayuntamiento. Exigían el cese del alcalde y de la corporación municipal ante la negativa de satisfacer las peticiones y demandas de la Federación Regional Española de trabajadores y trabajadoras local. Después de algunas conversaciones fracasadas con los encargados de la comisión obrera, el alcalde Agustín Albors dio la orden de abrir fuego contra los amotinados, desatando una insurrección que sería conocida como “Revolución del Petróleo”. Miles de trabajadores se levantaron en armas, asesinaron al alcalde y se hicieron con el poder del ayuntamiento por unos días.


Esta revuelta se desarrolla apenas dos años después de la Comuna de París (1871) y tan solo cinco años tras la llegada de Fanelli a España, anarquista italiano divulgador del movimiento libertario en la Península. Europa se encuentra en un momento álgido del imperialismo y el nacionalismo, pero también asiste al auge del movimiento obrero internacionalista.

Esta revuelta se desarrolla apenas dos años después de la Comuna de París (1871) y tan solo cinco años tras la llegada de Fanelli a España, anarquista italiano divulgador del movimiento libertario en la Península

De diciembre de 1872 a enero de 1873 tuvo lugar en Córdoba el III Congreso de la Federación Española, donde se acordó sustituir el Consejo por una Comisión de Estadística y Correspondencia con sede en Alcoy, convirtiéndose esta localidad en una de las sedes de la AIT (Asociación Internacional de los Trabajadores), es decir la Internacional obrera. Esta comisión estuvo compuesta por Severino Albarracín y Francisco Tomás, entre otros.


En aquellos momentos ya eran 2.591 los trabajadores de Alcoi afiliados. Pronto se crearon secciones en pueblos vecinos (Cocentaina, Benilloba, Muro, Bocairent, Ibi y Tibi). Los miembros, obreros del sector textil, del papel y personas jornaleras del campo, propusieron luchar colectivamente por mejoras laborales y salariales que no habían sido atendidas por los industriales o patronos. Como consecuencia, el día 7 de julio se convocó a todos los trabajadores y trabajadoras a una huelga general.

La Federación Local describió la necesidad de la convocatoria ante “la triste y miserable situación que atraviesan los trabajadores alcoyanos y el justo deseo de mejorar sus condiciones sociales”. 

“La huelga tuvo como objetivo conseguir la rebaja de horas y el aumento de nuestro escatimado salario”.

 Al día siguiente, 8 de julio, desde las primeras horas de la mañana grupos de obreros recorrían las calles de Alcoy para asegurarse de que la huelga se cumpliera. Los huelguistas esperaban que el alcalde Albors hiciera de mediador entre los industriales y la comisión internacionalista, para que se cumplieran las reivindicaciones.


La Federación Local describió la necesidad de la convocatoria ante “la triste y miserable situación que atraviesan los trabajadores alcoyanos y el justo deseo de mejorar sus condiciones sociales”

El alcalde, procedente de una familia burguesa y de idas republicanas, había sido durante su juventud un destacado activista liberal, tomando parte en los acontecimientos revolucionarios de 1844 y de 1868. Aunque no era militante del movimiento obrero ni internacionalista, la comisión pensaba que, dada su trayectoria política, podría jugar un papel interesante como mediador.


Sin embargo, ya el día 8 de junio, la confianza de los huelguistas en el alcalde quedó truncada. El alcalde Albors les había traicionado y había mantenido reuniones con los fabricantes y con los rentistas locales sin consultarles. Para los trabajadores esto significó una “puñalada por la espalda”. Ante esta coyuntura la comisión convocó una nueva asamblea el día 9 por la mañana. La comisión optó por pedir la dimisión del alcalde y de toda la corporación municipal, así como exigir la cesión de la autoridad municipal para una junta o comité formada por los internacionalistas.


La asamblea frente al ayuntamiento.


En la asamblea se dio cita una multitud que decidió concentrarse frente al ayuntamiento. El alcalde dio órdenes a la guardia municipal para que tomara posiciones, apuntando con sus fusiles hacia los concentrados desde lo alto del campanario de la iglesia de Santa María, así como en los balcones del ayuntamiento.


Severino Albarracín, dirigente de la comisión se dirigió al interior de la casa consistorial para negociar con el alcalde Agustín Albors, “el Pelletes”, exigiendo su renuncia como alcalde y la cesión de la autoridad municipal a la comisión obrera. El alcalde no cedió, aunque se comprometió a estudiar soluciones y a no atacar a la masa allí concentrada. A partir de este momento la situación se volvió bastante tensa en la plaza. Parte de la multitud mostraba su descontento ante el fracaso de las negociaciones con agresividad, incluso algunos empezaron a armarse. Pero la tragedia se desencadenó cuando el propio Albors lanzó un tiro al aire y, finalmente, dio la orden a los guardias de disparar.

Fue una situación trágica, gritos, heridos y finalmente, un muerto. A partir de este momento la concentración, ya convertida en insurrección, comenzó a levantar barricadas por la ciudad. Muchas viviendas de patronos fueron asaltadas y algunos de los dueños de las fabricas fueron tomados como rehenes.




Esa misma noche empezaron los incendios. Los insurrectos utilizaron el petróleo que se guardaba para prender el alumbrado público para incendiar algunas casas colindantes al ayuntamiento y la calle San Lorenzo. El abundante uso de este combustible para prender las casas de los patronos sirvio para que esta revuelta pasase a ser conocida popularmente como “La revolución del Petróleo”.

Incluso llegaron a rociar las paredes del ayuntamiento para intentar prender fuego al edificio. Ante esta situación, el alcalde y el resto de la corporación local entraron en pánico e intentaron huir del edificio a través de la parte trasera de la casa consistorial sin éxito, ya que una barricada aguardaba en el extremo de la calle.

El día 10, a primera hora de la mañana, los guardias municipales apostados en el campanario se quedaron sin munición y fueron abatidos. Sobre las 10 de la mañana el alcalde trató de huir pero fue interceptado por la multitud. El testimonio de una mujer allí presente, lo cuenta así:


 “Se le dio un bofetón a una persona que sacaban, que lo era Don Algustín Albors y que a esto continuó otro hombre del mismo grupo {…} se encaró con el arma que llevaba y le disparó el primer tiro a bocajarro, disparándole en el mismo acto sus armas los demás del grupo {…} cuyos hombres, dando además al desgraciado Albors varios golpes con armas blancas, lo llevaron arrastrando de las piernas {...} ató una cuerda a los pies del cadáver {…} junto con otros tres, se lo llevaron arrastrando por la calle mayor {…}.”


La muerte de Albors fue bastante impactante y traumática, ya que una vez asesinado por la turba de insurrectos, fue atado de pies y arrastrado por las calles principales de Alcoy, paseando el cadáver para escarnio público.


La muerte de Albors fue bastante impactante y traumática, ya que una vez asesinado por la turba de insurrectos, fue atado de pies y arrastrado por las calles principales de Alcoy, paseando el cadáver para escarnio público. Por donde pasaba su cuerpo moribundo fue maltratado por algunos simpatizantes de la insurrección. Se dice que a su paso varios muchachos iban arrojando piedras al cadáver. Incluso hay un testimonio contando que en un vecino salió y le llegó a cortar la oreja con una navaja de afeitar. Parece ser que hay parte de verdad, ya que según el parte médico: 

“llegó al hospital completamente desnudo de cintura para arriba, con infinidad de lesiones producidas por armas blancas y de fuego, la cabeza completamente destrozada y una oreja menos”.


Si algo podría definir a Albors, “El Pelletes”, sería la imagen de un antiguo revolucionario, víctima de otros revolucionarios. Aunque no fue socialista, durante su juventud fue un destacado líder revolucionario, que protagonizó en Alcoy la revolución de 1844. También fue líder de la revolución de 1868 (La Gloriosa) y acabó militando en las filas republicanas. Paradójicamente terminó sus días víctima de una revolución social:

 “De mal predicamento gozaba un hombre que fue sacrificado en aras de sus ideales de izquierda radical y muerto a manos de otros más radicales que él”.


Al mismo tiempo, también el testimonio del juez Lavín (juez encargado de investigar posteriormente los sucesos) hace mención a lo que ocurrió en el ayuntamiento, explicando el asalto por los insurrectos, que derribaron las puertas y asesinaron a los atrincherados en el ayuntamiento, entre los que se encontraban algún miembro de la corporación municipal, funcionarios y guardias municipales.


El fin de la insurrección.


El mismo día 10 la Comisión federal se hizo cargo de la corporación municipal, estableciéndose una especie de Junta llamado Comité de Salud Pública, presidida por los dirigentes internacionalistas de la comisión, entre ellos Severino Albarracín. Esta corporación fue declarada revolucionaria y socialista internacionalista, independiente del gobierno, aunque distaba mucho del movimiento cantonal como tal, como ocurriría en Cartagena días después.

La primera medida que tomó el comité ese mismo día 10 fue hacer frente a la reparación de los daños que los incendios habían ocasionado. El comité se enteró de que las tropas del gobierno avanzaban hacia Alcoi, transmitiendo que las Cortes estaban al corriente de la insurrección. Estas tropas estaban dirigidas por el capitán general Velarde y acantonadas en Biar, con instrucciones de marchar a Alcoi para que se reestableciese el orden anterior. Finalmente, se llegó a un acuerdo bajo la mediación del delegado del gobernador. El día 12 por la noche los miembros del Comité, huyeron de Alcoi. El día 13 de julio, a las 12:30, el capitán general Velarde entraba en la ciudad pacíficamente y sin resistencia, restableciéndose horas después el ayuntamiento.


Represión y encausados


La mediación del conflicto y la entrada pacífica del ejército, con el tiempo no daría impunidad hacia los insurrectos participantes del Petróleo, sino represalias. El día 13 de septiembre es cuando se iniciaron las detenciones de los encausados investigados, continuándose el proceso en el mes de octubre. La información obtenida en las actas arroja que en total entre 500 y 700 personas fueron encausadas, finalizándose el proceso en 1876, aunque la revisión de penas y cargos de los detenidos no acabó hasta 1887. 

En general, los sucesos fueron investigados a fondo y se examinaron gran cantidad de declaraciones de testigos. Entre los delitos más predominantes que se procesaron a los encausados fueron, en este orden, la sedición, asesinato, homicidio, amenazas, lesiones, incendios y robos.


Así cuenta un testimonio de la época, de la situación de los presos:

“Los presos hacinados en la cárcel de Alcoi y después en el castillo de Alicante, yendo y viniendo a pie de una a otra ciudad, bajo un sol abrasador y atados codo con codo, sufrieron martirios horrendos {…}”.


Una mirada hacia la revolución del Petróleo.


No es exagerado afirmar que los llamados sucesos del Petróleo representaron una de las insurrecciones más importantes para el movimiento obrero. Además teniendo en cuenta que son unos sucesos que empiezan con una huelga, con demandas laborales y salariales y acabando en una insurrección, propia de una revolución social en toda regla.

Aunque en los libros de historia muchas veces aparezca esta insurrección enmarcada en las insurrecciones cantonalistas, a diferencia de Cartagena y el resto de cantones, Alcoi tenía un carácter de insurrección obrera e internacionalista. 

Recalcaba su carácter antipolítico (que no apolítico), diferenciándola de los republicanos federales o los marxistas. De hecho, el mismo Engels criticaría la forma de actuar de los insurrectos de Alcoi en su memoria “Los Bakuninistas en acción”. Fue una insurrección al mismo tiempo con muchas controversias, incluso el mismo alcalde, Albors, “El Pelletes” fue una figura controvertida y muy interesante.

Quizá fue uno de los acontecimientos que más repercusión tuvo en su momento después de la comuna de París, además teniendo en cuenta que Alcoi cuenta con una larga tradición de lucha obrera. Está localidad fue foco de revueltas luditas y conflictos obreros. Toda esta lucha culminó en el siglo XIX con los hechos de la insurrección del Petróleo.




La revolución del petróleo (en valenciano, revolució del petroli o revolta del petroli) fue una revolución obrera de carácter libertario y sindicalista que tuvo lugar en Alcoy, en julio de 1873, durante la Primera República Española. Según el historiador Manuel Cerdá, se denominó revolució del petroli «por haberse producido el incendio del Ayuntamiento y algunas casas colindantes donde se ofrecía resistencia a los amotinados».


Ayuntamiento de Alcoy 


Alcoy (cooficialmente en valenciano: Alcoi)​ es un municipio y una ciudad situada al sureste de España, en la provincia de Alicante, Comunidad Valenciana. Es capital de la comarca de la Hoya de Alcoy, dentro de la subcomarca de los Valles de Alcoy. Cuenta con 60.322 habitantes (INE 2024).

Históricamente ha sido una ciudad con especial relevancia tras la Revolución Industrial en España, especialmente en el sector textil, aunque también en el metalúrgico y la industria papelera. Además, es conocida como la «ciudad de los puentes», ya que su peculiar orografía está marcada por barrancos que condicionan su urbanismo.



 
Agustín Albors Blanes.



Biografía

Albors Blanes, Agustín. Alcoy (Alicante), 25.V.1822 – 9.VII.1873. Industrial y político liberal.

Hijo de un industrial papelero llamado Agustín, que tomó parte activa en los acontecimientos del Trienio y fue perseguido por sus ideas liberales. A los quince años ingresó en la Milicia Nacional y en 1840 en el Partido Progresista, en el que militaba su padre. Tres años después se opuso al pronunciamiento que acabó con el regente Espartero, teniendo por ello que ocultarse.

En 1844 participó en la insurrección progresista del coronel Pantaleón Boné en Alicante, levantando el 29 de enero una partida que fracasó en su intento de ocupar Alcoy, defendida por el general Roncali, lo que motivó su huida a Francia. Al regresar a su pueblo natal, fue condenado a veintidós años de presidio y al pago de lo requisado en su anterior rebelión. Tras abonar la cantidad que se le exigía con la venta de una finca heredada de sus padres, permaneció ocultó hasta que pudo beneficiarse de la amnistía que concedió el gobierno, por el casamiento de Isabel II, en 1846. Retirado a Gandía, fue detenido y encerrado tres meses en la cárcel de Alcoy. Al recobrar la libertad, salió ileso de un atentado con arma de fuego, aunque su mujer quedó fuertemente impresionada, muriendo al poco tiempo. Durante la revolución de 1854 tomó parte en el levantamiento alcoyano y en 1855 fue elegido teniente de alcalde de su ciudad, recibiendo la Cruz de Isabel la Católica por su conducta durante la epidemia de cólera de ese año. Destituido del cargo municipal tras el golpe de Estado de O’Donnell de julio de 1856, volvió a ser concejal de Alcoy entre 1857 y 1860. Para entonces era dueño, junto a sus hijos, de dos fábricas textiles, un molino harinero y un negocio de diligencias. 
En el año 1860 abandonó las filas progresistas para ingresar en las demócratas, fundando en Alcoy el Comité del partido. Conocido con el alias de Pelletes, tomó parte en la insurrección promovida por Prim en 1867, siendo detenido el 19 de agosto por haber intentado tres días antes sublevar Alcoy. Encerrado en la cárcel de Alicante, fue condenado a ser deportado a las islas Marianas, siendo trasladado a Cartagena y luego al castillo de Santa Catalina de Cádiz, desde donde regresó a su casa tras solicitar los vecinos de Alcoy clemencia a la Reina el 25 de septiembre y ser indultado, en octubre, por el gobierno Narváez. Al producirse el pronunciamiento gaditano de septiembre de 1868, dirigió el levantamiento demócrata de Alcoy la noche del 20, presidiendo la Junta revolucionaria que se encargó de la defensa de la población. Tras rechazar durante tres días a la columna del comandante Osorio, terminó huyendo, en compañía de 150 rebeldes, al aproximarse a Alcoy los refuerzos gubernamentales del general Rentero, el día 27. Triunfante la revolución el 29 de septiembre, cesó de sublevar los pueblos de la Marina y regresó a Alcoy, manteniéndose al frente de la Junta de gobierno que le nombró alcalde de la ciudad.

Militando en el Partido Demócrata Republicano Federal, fue elegido diputado por Alcoy de las Cortes Constituyentes en enero de 1869. En las elecciones parciales de abril defendió una candidatura mixta, formada por el republicano Buenaventura Abárzuza (que había participado en el levantamiento alcoyano) y los monárquicos Pascual Madoz y Luis Albareda, que al vencer le atrajo la enemistad de parte de sus correligionarios.

En mayo se adhirió, junto a otros diputados republicanos, al Pacto federal de Tortosa. Terminada la insurrección federal de octubre del 69, en la que no tuvo protagonismo, firmó el manifiesto de la minoría republicana de 24 de noviembre, en el que se abogaba —sin condenar la rebelión— por los métodos pacíficos para realizar los ideales republicanos. En Madrid fue colaborador del periódico La República Ibérica, que dirigía Morayta. En noviembre de 1870 no asistió a la votación en que fue elegido Amadeo de Saboya rey de España, en la que la minoría del partido votó por la República Federal, lo que motivó que le retirase su confianza el Comité republicano ilicitano, que presidía Carlos Mosser. Ganador en las elecciones municipales de diciembre de 1872, tomó posesión del cargo de alcalde de Alcoy el 9 de febrero de 1873, proclamando oficialmente la República tres días después, al tiempo que aumentaba los efectivos de la guardia municipal y organizaba la milicia de los Voluntarios de la República. Desde el 8 de julio fracasó en sus negociaciones y medidas represivas para acabar con la huelga general convocada en Alcoy por los anarquistas de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de los Trabajadores, cuya Comisión Federal residía desde enero en esa ciudad. Durante la revuelta, los obreros internacionalistas, capitaneados por el maestro de escuela Severino Albarracín, establecieron un Comité de Salud Pública, levantaron barricadas, hicieron prisioneros, quemaron fábricas y edificios y asaltaron el Consistorio, muriendo el alcalde en el enfrentamiento. El cuerpo sin vida de Albors fue cruelmente mutilado y arrastrado por las calles, llegando horas después el delegado del gobernador, Gaspar Beltrán, que negoció el restablecimiento del orden, permitiendo al general García Velarde ocupar la ciudad sin hacer fuego el día 13.

Bibl.: Los diputados pintados por sus hechos. Colección de estudios biográficos sobre los elegidos por el sufragio universal en las Constituyentes de 1869, t. I, Madrid, R. Labajos y Cía., 1869-1870, págs. 281-283; R. Sevila, Observaciones sobre los últimos sucesos de Alcoy (Apuntes para la historia), Alicante, Establecimiento Tipográfico de Vicente Costa y Cía., 1874; Un testigo ocular, Episodios internacionales y cantonales en 1873. Sucesos de Alcoy, Alicante, Rafael Jordá, 1878; E. Rodríguez-Solís, Historia del Partido Republicano español, t. II, Madrid, Imprenta de F. Cao y D. del Val, 1893, págs. 457-458 y 550; J. Botella Asensi, Vindicatoria de Albors, Alcoy, s. f.; R. Coloma, La revolución internacionalista alcoyana de 1873, Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1959; A. Espí Valdés, Alcoy y la “septembrina”, 1868, Alcoy, Imprenta La Victoria, 1968; C. E. Lida, Anarquismo y revolución en la España del siglo XIX, Madrid, Siglo XXI, 1972, págs. 207-222; A. Revert Cortés, Agustín Albors, entre la libertad y el orden, Alcoy, Obra Cultural del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Alcoy, 1975; V. Ramos Pérez, Crónica de la provincia de Alicante, t. I, Alicante, Diputación Provincial, 1979.


  
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