El Parque Nicolás Salmerón: de su inicio y sus cambios de nombre. Historias de Almería · Se levantó cuando terminó de desaparecer la muralla de Almería y, con el tiempo, ha llevado el nombre de Nicolás Salmerón y de Primo de Rivera Víctor J. Hernández Bru Domingo, 1 de septiembre 2019. El Parque Nicolás Salmerón es uno de los 'pulmones' de la ciudad de Almería y, sin duda, el más antiguo de ellos en cuanto a parque urbano de determinadas dimensiones. La vida de muchos almerienses de cierta ha discurrido muy relacionada con él pero ¿cuáles son sus orígenes? ¿Cómo ha sido su historia en el siglo y medio de vida que tiene? Los orígenes del Parque Nicolás Salmerón datan del año 1860, cuando la ciudad deja definitivamente de estar separada de su litoral por la muralla que se había levantado en época musulmana. Poco a poco, en la ciudad había ido desapareciendo esa muralla perimetral, que había quedado sin utilidad con el paso de los años pero que conservaba restos en ese espacio. Corría el año 1860, cuando la monarquía daba sus últimos coletazos antes de la llegada del Sexenio Revolucionario y la Primera República, cuando fue ordenado el desarrollo del denominado Parque Viejo, que ocuparía el espacio del Baluarte de San Luis. De hecho, los jardines que existen justo por encima del Parque Nicolás Salmerón, ante la puerta del Hospital Provincial, siguen siendo conocidos como el Paseo de San Luis. José Martínez Acosta fue el diseñador del espacio que se levantaría décadas más tarde, en 1890, ya en la época de la Restauración, con Alfonso XII. Su padre, Alfonso XIII, daría nombre al parque en los comienzos del siglo XX, coincidiendo con su primera visita a la ciudad de Almería y años después, en 1913, el Ayuntamiento cedería su gestión a la Junta de Obras del Puerto que, por aquel entonces, se ocupaba de unas faraónicas construcciones y de un desarrollo que ha sido y seguirá siendo constante desde entonces. La llegada de la Segunda República supondría el primer período en el que el Parque llevaría su nombre actual, el del único presidente de gobierno que ha tenido esta provincia, Nicolás Salmerón y Alonso, precisamente en la primera época republicana de la historia de España. Fue el consistorio republicano de Almería el que adoptó tal decisión, que no duraría más allá del final de la Guerra Civil. Antes de ello, el Parque volvió a ser propiedad del Ayuntamiento, al mismo tiempo que vio modificada su estructura, por la llegada de la Carretera Nacional 340, que lo partió por la mitad. La época franquista supuso más cambios, para empezar, el del nombre, puesto que se eliminó el de Nicolás Salmerón, en un ejemplo más de esa costumbre tan habitual de los gobernantes de hacer desaparecer los testimonios del pasado no acorde con sus ideas, y pasó a llamarse Parque José Antonio Primo de Rivera, en honor al líder de la Falange, fallecido durante la guerra. Además, también experimentó cambios en su morfología, puesto que el arquitecto municipal que seguramente más testimonios de su obra haya dejado en la ciudad, Guillermo Langle, proyectó su extensión en nuevos tramos, conocidos hoy como Parque Nuevo, configurando la base de lo que hoy es el Parque Nicolás Salmerón. Al final del régimen franquista, con la llegada de la democracia, en 1979, bajo el gobierno municipal del socialista Santiago Martínez Cabrejas, volvió a cambiarse el nombre, recuperando el de Nicolás Salmerón. Su mayor modificación en la época democrática llegó en el año 2010, cuando bajo el mandato de alcaldía de Luis Rogelio Rodríguez Comendador, se proyectó y ejecutó una remodelación integral del Parque, que se llevó a cabo respetando las especies más singulares del mismo, especialmente sus ficus centenarios. El Parque será, sin duda, el gran beneficiado de la operación puerto ciudad puesto que ello posibilitará que deje de ser una especie de paso fronterizo con el Puerto de Almería y suponga el lugar de paso para la nueva zona de expansión. El parque Nicolás Salmerón es un parque urbano situado en la ciudad de Almería (España), entre el puerto y la ciudad. Se halla dividido en tres áreas conocidas como parque Viejo, parque Nuevo y paseo de San Luis. El parque Viejo, como se conoce popularmente a la zona junto al puerto, desde la rambla de la Chanca hasta la rotonda de la fuente de los Peces obra de Jesús de Perceval, a los pies de la calle Real, fue diseñada por José María de Acosta y en él se hallan multitud de árboles centenarios. El entorno del parque se encuentra adornado con fuentes y estanques, junto a mobiliario urbano, así como hileras de palmeras. Por su parte, el parque Nuevo es una zona adornada con estanques y fuentes rediseñada por Guillermo Langle Rubio en los años setenta con motivo de la celebración de la semana naval de España. Va desde la citada rotonda hasta la avenida de la Reina Regente. |
El krausismo español. |
El krausismo español es el reflejo, desarrollo y continuación en España del modelo filosófico de K. Ch. F. Krause, filósofo alemán contemporáneo de Fichte, Schelling y Hegel, cuya influencia fue la base de la Institución Libre de Enseñanza. Sus principales representantes fueron Julián Sanz del Río, su introductor, Gumersindo de Azcárate y Francisco Giner de los Ríos. Orígenes y desarrollo. La presentación del movimiento krausista en España esta asociada al discurso pronunciado por Julián Sanz del Río en la Universidad Central de Madrid el curso 1857-58. El profesor y pensador soriano había tomado contacto con el pensamiento de Krause tras una estancia en Alemania (1843), y su discurso puede considerarse bien un acto fundacional o bien un manifiesto filosófico, orientados hacia el cambio social. Esta voluntad de transformación se apoyó en la puesta en marcha de un conjunto de innovaciones en el terreno de la filosofía práctica y la pedagogía, desde una base antropológica. Una de las claves del sistema krausista gira en torno a una concepción armonicista, que se opone al tradicional «dualismo» materia-espíritu –enfrentados como irreconciliables–, y que incidirá de forma creativa en el Derecho natural, la filosofía jurídica, o el origen de un planteamiento sociológico. Con todo, Sanz del Río continúa y desarrolla la interpretación de los principales alumnos de Krause, Heinrich Ahrens, Guillermo Tiberghien etcétera. Tras la presentación académica de Sanz del Río, y un violento rechazo en los estamentos de poder de la universidad española y el gobierno alfonsino –culminado con el llamado ‘Decreto Orovio’–, el krausismo español tendría en Francisco Giner de los Ríos su más efectivo gestor y pensador,5 no solo en el ámbito de la Universidad Central de Madrid.a A su lado o en torno a él aparecen los nombres de Federico de Castro, Adolfo González Posada, Francisco de Paula Canalejas, y de manera esencial Gumersindo de Azcárate. La separación de Giner de la docencia oficial a raíz de la «cuestión universitaria»,6 no fue sino la primera piedra de uno de los empeños educacionales y culturales de mayor significación en la historia de España: la Institución Libre de Enseñanza, como propuesta de un establecimiento privado de enseñanza frente a la decadencia de las antiguas Universidades y el monopolio de la Iglesia en la educación en España. Objetivos y programa. El krausismo surgiría en Alemania como intento de abrir una vía intermedia entre las dos grandes líneas de pensamiento germánico: el Idealismo (espíritu, ideas, teoría) y el Materialismo (naturaleza, hechos, práctica). En España, sin embargo, los seguidores de Krause buscaron un medio de conciliar los conflictos que dividieron al país durante el siglo xix como consecuencia del enfrentamiento entre tradición y modernidad mantenido en la España contemporánea. Algunos estudios consideran el krausismo español una vía intermedia entre la corriente alemana de pensamiento y el Positivismo (o ‘krausopositivismo’) de la segunda mitad del siglo xix. Desde su visión armónica del Universo, el krausismo español buscó superar el escollo de las dos españas, planteando un modelo organicista de la sociedad humana estructurado en esferas y una voluntad de conciliación con un programa de preceptos básicos: Secularización progresiva de la sociedad, más cercana al panteismo que al ateísmo, en el ámbito de un «talante moderno, liberal, de intachable moralidad y de carácter reformador, frente a los tradicionales, ultramontanos neocatólicos, de tradición antiliberal». Desarrollo del Derecho como garante de las condiciones que permitieran un desarrollarse armónico de la convivencia entre las clases y confesiones reunidas en el país y representadas en el Estado, defendiendo posiciones intermedias entre el individualismo y el socialismo. La Pedagogía como eje de la Educación, introduciendo nuevos planteamientos, técnicas y métodos, capítulo esencial para el progreso de la sociedad española. El universalismo como opción para la superación del atraso cultural español provocado por regímenes absolutistas monárquicos desde el siglo xvi, abriendo las fronteras a las corrientes culturales europeas. Empresa que a través de instituciones como la Junta para Ampliación de Estudios e Investigaciones Científicas (JAE), conseguiría, en apenas un cuarto de siglo, poner a España en primera línea de la ciencia y la intelectualidad Europea. Progresión que quedaría interrumpida con la guerra civil española y luego perdida con el primer franquismo. |
Krausistas españoles. Además de sus ya mencionados impulsores, Sanz del Río, Giner, De Azcárate, De Paula, De Castro y González Posada, y los no citados Manuel Pedregal y Cañedo, Teodoro Sainz Rueda, Fernando de Castro y Pajares o Nicolás Salmerón, se pueden integrar en una lista abierta de intelectuales del krausismo español las tres generaciones de alumnos de la Institución Libre definidas por Giner: Primera promoción, compuesta por el círculo de Giner de los Ríos después de su vuelta a la Universidad en 1881, tras la expulsión de 1875, entre ellos: Manuel Bartolomé Cossío, Joaquín Costa, Leopoldo Alas (Clarín), Alfredo Calderón, Eduardo Soler, Jacinto Messía, Adolfo Posada, Pedro Dorado Montero, Aniceto Sela, Rafael Altamira, Antonio Machado Núñez, etc. Segunda promoción, o los que Giner los denominaba sus ‘hijos’: Julián Besteiro, Pedro Corominas, José Manuel Pedregal, Martín Navarro Flores, Constancio Bernaldo de Quirós, Antonio Machado Álvarez, Domingo Barnés, José Castillejo, Gonzalo Jiménez de la Espada, Luis de Zulueta, Fernando de los Ríos, etc. Tercera promoción, o de los nacidos entre 1880 y 1890, los ‘nietos’ de Giner, de cuya larga lista podrían mencionarse: José Pijoán, Antonio Machado, Juan Ramón Jiménez, Francisco Ribera Pastor, José Ortega y Gasset, Américo Castro, Gregorio Marañón, José Deleito y Piñuela, Manuel García Morente, Lorenzo Luzuriaga, Pablo de Azcárate (sobrino de Gumersindo), Alberto Jiménez Fraud, Joaquín Xirau, etc. Quizá podría añadirse un grupo de ‘seguidores’ del programa krausista, en el que estarían –ya en el siglo xx–: José Luis Abellán, Josefina Aldecoa, Vicente Cacho Viu, Julio Caro Baroja, Elías Díaz, Franco Díaz de Cerio, León Esteban Mateo, Fernando Fernández Bastarreche, María Dolores Gómez Molleda, Antonio Jiménez-Landi, Juan López Morillas, Luis Rodríguez Aranda, Eloy Terrón Abad... |
Valores éticos del krausismo. Julián Sanz del Río tomó los llamados "Mandamientos particulares y prohibitivos" de El ideal para la vida de Krause en su Institución Libre de Enseñanza. Son los siguientes:
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Karl Christian Friedrich Krause (Eisenberg, 6 de mayo de 1781 - Múnich, 27 de septiembre de 1832) fue un autor y filósofo alemán. Es principalmente conocido por ser el creador del panenteísmo y por haber contribuido a la formación de una línea ideológica denominada krausismo que llegó a inspirar la fundación de centros académicos y culturales, así como grupos intelectuales y políticos de gran influencia, sobre todo en España y los países de lengua española. Biografía Hijo de un ministro protestante, se matriculó en la Universidad de Jena, donde asistió a clases de Fichte y Schelling, de los que se proclamó discípulo siguiendo el proyecto idealista por estos diseñado. Obtuvo el título o habilitación de "profesor autónomo" o privatdozent en la Universidad de Jena en 1802 y en ese mismo año, con una característica imprudencia, se casó con una esposa sin dote. Dos años después, la falta de alumnos le obligó a trasladarse a Rudolstadt. Pasó luego a Dresde, donde impartió además lecciones de música. En 1805 ingresó en la Masonería y escribió sobre la filosofía de esta sociedad secreta, sus dos obras, Die drei ältesten Kunsturkunden der Freimaurerbrüderschaft [`Los tres documentos más antiguos sobre las artes de la hermandad francmasona´] y Höhere Vergeistigung der echt überlieferten Grundsymbole der Freimaurerei in zwölf Logenvorträgen [`Mayor espiritualización de los símbolos tradicionales auténticos de la francmasonería en doce ponencias en la logia´]; se le expulsó de la misma por no haber respetado el debido secreto. En 1811 dio a conocer un ensayo titulado Das Urbild der Menschheit. Ein Versuch [`El Ideal de la Humanidad´], en el que expone los puntos esenciales de su doctrina y que fue traducido al español como El Ideal de la Humanidad para la vida. Allí sugiere la constitución de una república mundial que agrupe cinco federaciones regionales de Europa, Asia, África, América y Australia y se postula como precursor de los partidarios de un único gobierno mundial. En 1817 realizó un viaje por Alemania y Francia y estuvo asimismo en Italia. En 1830 sus ideas políticas le valieron un incómodo proceso ante el tribunal de Gotinga. Vivió después en Berlín, donde Fichte intentó en vano conseguirle un puesto en su recién creada Universidad, y luego en Gotinga, donde Arthur Schopenhauer fue uno de sus alumnos. Por fin fue a Múnich, donde su amigo Franz Xaver von Baader era profesor de filosofía y teología especulativa y le había conseguido por fin una cátedra, pero murió antes de ocuparla a causa de un accidente vascular cerebral, lo que entonces se conocía como apoplejía. |
Diccionario Enciclopédico Hispano-Americano Montaner y Simón Editores, Barcelona 1892 tomo 11 páginas 431-432 Krausismo. (de Krause, n. pr.): m. Fil. Sistema filosófico concebido por C. Cristián Federico Krause como punto intermedio entre los ideados por Schelling y Hegel para dar solución al problema crítico acerca del valor de nuestros conocimientos, problema formulado por Kant (V. Kantismo) con un rigor científico que excede a todos los ensayos anteriores. El krausismo se ocupa y preocupa, ante todo, del principio de unidad, que debe servir de nexo a la relación, en la cual se constituyen los términos del conocimiento (sujeto y objeto). De las célebres antinomias kantianas, la que más preocupa a Krause es la del dualismo lógico, puesto de relieve por el filósofo de Königsberg con su célebre distinción del fenómeno y del nóumeno. El pensamiento de Krause, informado por las enseñanzas de Schelling y Hegel, más parece una síntesis prematura o anticipada de análisis, por cierto muy discreto, que un eclecticismo indefinido, según pretende Pascal Duprat. La concepción general del krausismo (Analítica y Sintética), posee parte firme y en cierto modo definitiva, la del sentido certero y exacto, que diera el análisis, más que subjetivo, real de la conciencia, y otra ideal (sin base cierta en la experiencia), especie de inducción precipitada, donde la Metafísica se construye según los moldes que previamente han sido percibidos por el sujeto en una observación de carácter mixto o empírico racional. La importancia del krausismo más procede de su extensión en los países latinos (Bélgica, Francia y España) que de su éxito en Alemania, donde salvo algunas aplicaciones al Derecho (Roëder) y a las Ciencias naturales (Ocken), produjo poco eco, quizá porque, al parecer, la inteligencia individual (y aun la colectiva) se sentía inclinada y predispuesta a una reacción empírica contra los abusos especulativos del idealismo absoluto. En Bélgica (Ahrens, Tiberghien y otros), en Francia (Damirón y Duprat) y en España todos los pensadores que buscaban disciplina para su pensamiento fuera del nominalismo escolástico, aceptaron el procedimiento y aun las soluciones del krausismo. En nuestro país sobre todo, Sanz del Río dio con su enseñanza oral y con sus escritos un impulso bien acentuado a los estudios filosóficos. Los numerosos discípulos de Sanz del Río (muchos de los cuales aún viven afortunadamente), aceptaron el punto de partida de toda investigación filosófica que dejara indicado Krause en sus obras. Con sentido libre y vario han modificado, más o menos todos, sus primitivas ideas, y de su educación científica anterior sólo conservan cierto espíritu de libre indagación, extraño ya a la ortodoxia krausista, pero fiel siempre a aquella propedéutica reflexiva y metódica que ha encauzado la predisposición imaginativa de nuestro espíritu de raza. Lo mismo en sus expositores (V. Vidart, La Filosofía española), que en sus adeptos (Giner, Castro, Canalejas, Salmerón y otros) y contradictores (Laverde, Ortí y Lara, Menéndez Pelayo), se observa que el krausismo ha prestado a la cultura patria el inestimable servicio de despertarla del sueño dogmático y de la indiferente inercia en que vegetara antes de la obra iniciada por Sanz del Río, más meritoria por sus propósitos e intenciones que por sus resultados prácticos. Con el relativo retraso con que a nuestro país llegan las más acentuadas corrientes de la cultura general, dejó sentir en él su influencia innegable el movimiento o tendencia del positivismo, que con la contradicción logró depurar de muchos idealismos vagos la primitiva ortodoxia krausista. De todas suertes la influencia del krausismo en la cultura patria es tan evidente, que para declararla benéfica o para censurarla como perjudicial, unos y otros, blancos y azules, toman como punto inicial del lento, pero fecundo renacimiento filosófico de nuestro país, las enseñanzas del malogrado Sanz del Río. Se eleva Krause, mediante la observación psicológica, a la unidad de la ciencia. Bajo ella distingue la variedad, que debe encontrarse también en el objeto del conocimiento (el ser). Este ser intuitivamente concebido, aunque tomando como causa ocasional para ello un análisis de carácter inductivo, es indemostrable, porque la demostración consiste en establecer la relación de los seres particulares con el ser uno y total, que no puede relacionarse consigo mismo sino como idéntico, lo cual no demuestra nada. Explica la unidad de la ciencia por la del ser. Pero cuando el sujeto finito comienza a reflexionar procura ante todo conocerse a sí mismo, de donde procede la primera parte del sistema de la ciencia (Analítica). al sujeto se halla el objeto, el ser considerado en su unidad y en su variedad, estudio que da origen a la segunda parte del sistema de la ciencia (Sintética). En esta concepción general se ven condensadas las anteriores, que constituyen el desarrollo del movimiento idealista. En la primera parte Krause analiza los tres conocimientos que poseemos: el del mundo exterior, el de nosotros mismos y el de los demás espíritus. De ellos, sólo el de nosotros mismos (el yo) es percibido directamente por la conciencia (conciencia inmediata de nuestro propio ser, implícita en toda percepción) y, por tanto, es el único conocimiento que reúne las condiciones de una certeza completa y que puede servir de base (punto de partida) al sistema de la ciencia. Es el mismo principio, reconocido por Descartes en la evidencia inmediata de que existe el ser que duda (cogito ego sum), desarrollado por Leibnitz y analizado con mayor profundidad por Kant. El yo para Krause es ser, que no puede ser definido, que sirve de base a la definición de su contenido (yo soy... las cualidades que el análisis descubre), espíritu y cuerpo en unidad y principio inmediato de la posible distinción de lo anímico y de lo fisiológico. En la distinción, las notas características de lo espiritual, que revela el análisis, son la espontaneidad y la libertad. Para conocer el yo es preciso señalar sus categorías o cualidades primeras (que habrán de ser en lo sucesivo esencias universales de todo lo cognoscible, salvo el límite de cada ser in concreto). La primera, la que domina a todas las demás es la del ser, pensado después en unidad y totalidad armónicas entre sí y bajo la unidad superior de la esencia, que implica a la vez cómo o manera de ser, forma. La combinación de estas categorías constituye la existencia, bajo la cual el yo cambia y se determina en el tiempo como principio de sus modificaciones (permanece y subsiste el mismo). No limita Krause la idea de las categorías y la de su posible combinación en otras más complejas al yo; las reconoce, mediante el análisis, en el no-yo, la naturaleza, el espíritu, la humanidad y Dios mismo. Así, se completa, por su existencia simultánea en el sujeto y en el objeto, el sistema de las leyes primeras que presiden al desarrollo del conocimiento sensible y racional, y según las cuales todos los seres (salvo siempre su límite) deben ser concebidos en el organismo de la ciencia. Después de un examen detallado de las distintas esferas del conocimiento (señaladas por su fuente u origen), recurre Krause a la razón como medio que nos eleva (conciencia racional) al conocimiento de Dios, principio del ser y del conocer. En él se reconoce el principio fundamental de la ciencia (Sintética) y a él aplica Krause las categorías directamente reconocidas en el yo para declarar que Dios es el ser absolutamente infinito e infinitamente absoluto, cuya personalidad es concebida, ante todo, como relación íntima de Dios con sus atributos. Con procedimiento, sólo inverso en la dirección, pero idéntico en el pensamiento y aun en las categorías que examina, Krause desenvuelve la sintética cual una Analítica invertida. Careciendo, en los problemas de orden trascendente que examina en la segunda parte, de la piedra de toque que para verificar sus soluciones tuviera en el análisis, degenera toda su metafísica en un idealismo preconcebido, que carece del valor requerido para la verdad científica (conocimiento por cosa). De su análisis, de la parte primera del sistema, quedará algo positivo y real para el progreso de la Ciencia y de la Filosofía. De la segunda, de su sintética, sólo se puede recoger una hipótesis más, que, en cuanto no es susceptible de verificación, ni desciende de lo abstracto ni encarna en lo real. |
Memoria histórica. La Revolución del petróleo en Alcoi. Se cumplen 150 años de la primera insurrección internacionalista en la Península ibérica, en el contexto de la primera república y apenas unos días antes que estallase la rebelión cantonal. Leandro Bernabéu Munuera Historiador 9 jul 2023 09:38 El 9 de julio de 1873 una multitud de unas 7.000 personas se concentró en la Plaza de San Agustín de Alcoi (actual Plaza de España), frente al ayuntamiento. Exigían el cese del alcalde y de la corporación municipal ante la negativa de satisfacer las peticiones y demandas de la Federación Regional Española de trabajadores y trabajadoras local. Después de algunas conversaciones fracasadas con los encargados de la comisión obrera, el alcalde Agustín Albors dio la orden de abrir fuego contra los amotinados, desatando una insurrección que sería conocida como “Revolución del Petróleo”. Miles de trabajadores se levantaron en armas, asesinaron al alcalde y se hicieron con el poder del ayuntamiento por unos días. Esta revuelta se desarrolla apenas dos años después de la Comuna de París (1871) y tan solo cinco años tras la llegada de Fanelli a España, anarquista italiano divulgador del movimiento libertario en la Península. Europa se encuentra en un momento álgido del imperialismo y el nacionalismo, pero también asiste al auge del movimiento obrero internacionalista. Esta revuelta se desarrolla apenas dos años después de la Comuna de París (1871) y tan solo cinco años tras la llegada de Fanelli a España, anarquista italiano divulgador del movimiento libertario en la Península De diciembre de 1872 a enero de 1873 tuvo lugar en Córdoba el III Congreso de la Federación Española, donde se acordó sustituir el Consejo por una Comisión de Estadística y Correspondencia con sede en Alcoy, convirtiéndose esta localidad en una de las sedes de la AIT (Asociación Internacional de los Trabajadores), es decir la Internacional obrera. Esta comisión estuvo compuesta por Severino Albarracín y Francisco Tomás, entre otros. En aquellos momentos ya eran 2.591 los trabajadores de Alcoi afiliados. Pronto se crearon secciones en pueblos vecinos (Cocentaina, Benilloba, Muro, Bocairent, Ibi y Tibi). Los miembros, obreros del sector textil, del papel y personas jornaleras del campo, propusieron luchar colectivamente por mejoras laborales y salariales que no habían sido atendidas por los industriales o patronos. Como consecuencia, el día 7 de julio se convocó a todos los trabajadores y trabajadoras a una huelga general. La Federación Local describió la necesidad de la convocatoria ante “la triste y miserable situación que atraviesan los trabajadores alcoyanos y el justo deseo de mejorar sus condiciones sociales”. “La huelga tuvo como objetivo conseguir la rebaja de horas y el aumento de nuestro escatimado salario”. Al día siguiente, 8 de julio, desde las primeras horas de la mañana grupos de obreros recorrían las calles de Alcoy para asegurarse de que la huelga se cumpliera. Los huelguistas esperaban que el alcalde Albors hiciera de mediador entre los industriales y la comisión internacionalista, para que se cumplieran las reivindicaciones. La Federación Local describió la necesidad de la convocatoria ante “la triste y miserable situación que atraviesan los trabajadores alcoyanos y el justo deseo de mejorar sus condiciones sociales” El alcalde, procedente de una familia burguesa y de idas republicanas, había sido durante su juventud un destacado activista liberal, tomando parte en los acontecimientos revolucionarios de 1844 y de 1868. Aunque no era militante del movimiento obrero ni internacionalista, la comisión pensaba que, dada su trayectoria política, podría jugar un papel interesante como mediador. Sin embargo, ya el día 8 de junio, la confianza de los huelguistas en el alcalde quedó truncada. El alcalde Albors les había traicionado y había mantenido reuniones con los fabricantes y con los rentistas locales sin consultarles. Para los trabajadores esto significó una “puñalada por la espalda”. Ante esta coyuntura la comisión convocó una nueva asamblea el día 9 por la mañana. La comisión optó por pedir la dimisión del alcalde y de toda la corporación municipal, así como exigir la cesión de la autoridad municipal para una junta o comité formada por los internacionalistas. La asamblea frente al ayuntamiento. En la asamblea se dio cita una multitud que decidió concentrarse frente al ayuntamiento. El alcalde dio órdenes a la guardia municipal para que tomara posiciones, apuntando con sus fusiles hacia los concentrados desde lo alto del campanario de la iglesia de Santa María, así como en los balcones del ayuntamiento. Severino Albarracín, dirigente de la comisión se dirigió al interior de la casa consistorial para negociar con el alcalde Agustín Albors, “el Pelletes”, exigiendo su renuncia como alcalde y la cesión de la autoridad municipal a la comisión obrera. El alcalde no cedió, aunque se comprometió a estudiar soluciones y a no atacar a la masa allí concentrada. A partir de este momento la situación se volvió bastante tensa en la plaza. Parte de la multitud mostraba su descontento ante el fracaso de las negociaciones con agresividad, incluso algunos empezaron a armarse. Pero la tragedia se desencadenó cuando el propio Albors lanzó un tiro al aire y, finalmente, dio la orden a los guardias de disparar. Fue una situación trágica, gritos, heridos y finalmente, un muerto. A partir de este momento la concentración, ya convertida en insurrección, comenzó a levantar barricadas por la ciudad. Muchas viviendas de patronos fueron asaltadas y algunos de los dueños de las fabricas fueron tomados como rehenes. Esa misma noche empezaron los incendios. Los insurrectos utilizaron el petróleo que se guardaba para prender el alumbrado público para incendiar algunas casas colindantes al ayuntamiento y la calle San Lorenzo. El abundante uso de este combustible para prender las casas de los patronos sirvio para que esta revuelta pasase a ser conocida popularmente como “La revolución del Petróleo”. Incluso llegaron a rociar las paredes del ayuntamiento para intentar prender fuego al edificio. Ante esta situación, el alcalde y el resto de la corporación local entraron en pánico e intentaron huir del edificio a través de la parte trasera de la casa consistorial sin éxito, ya que una barricada aguardaba en el extremo de la calle. El día 10, a primera hora de la mañana, los guardias municipales apostados en el campanario se quedaron sin munición y fueron abatidos. Sobre las 10 de la mañana el alcalde trató de huir pero fue interceptado por la multitud. El testimonio de una mujer allí presente, lo cuenta así:
La muerte de Albors fue bastante impactante y traumática, ya que una vez asesinado por la turba de insurrectos, fue atado de pies y arrastrado por las calles principales de Alcoy, paseando el cadáver para escarnio público. La muerte de Albors fue bastante impactante y traumática, ya que una vez asesinado por la turba de insurrectos, fue atado de pies y arrastrado por las calles principales de Alcoy, paseando el cadáver para escarnio público. Por donde pasaba su cuerpo moribundo fue maltratado por algunos simpatizantes de la insurrección. Se dice que a su paso varios muchachos iban arrojando piedras al cadáver. Incluso hay un testimonio contando que en un vecino salió y le llegó a cortar la oreja con una navaja de afeitar. Parece ser que hay parte de verdad, ya que según el parte médico:
Si algo podría definir a Albors, “El Pelletes”, sería la imagen de un antiguo revolucionario, víctima de otros revolucionarios. Aunque no fue socialista, durante su juventud fue un destacado líder revolucionario, que protagonizó en Alcoy la revolución de 1844. También fue líder de la revolución de 1868 (La Gloriosa) y acabó militando en las filas republicanas. Paradójicamente terminó sus días víctima de una revolución social: “De mal predicamento gozaba un hombre que fue sacrificado en aras de sus ideales de izquierda radical y muerto a manos de otros más radicales que él”. Al mismo tiempo, también el testimonio del juez Lavín (juez encargado de investigar posteriormente los sucesos) hace mención a lo que ocurrió en el ayuntamiento, explicando el asalto por los insurrectos, que derribaron las puertas y asesinaron a los atrincherados en el ayuntamiento, entre los que se encontraban algún miembro de la corporación municipal, funcionarios y guardias municipales. El fin de la insurrección. El mismo día 10 la Comisión federal se hizo cargo de la corporación municipal, estableciéndose una especie de Junta llamado Comité de Salud Pública, presidida por los dirigentes internacionalistas de la comisión, entre ellos Severino Albarracín. Esta corporación fue declarada revolucionaria y socialista internacionalista, independiente del gobierno, aunque distaba mucho del movimiento cantonal como tal, como ocurriría en Cartagena días después. La primera medida que tomó el comité ese mismo día 10 fue hacer frente a la reparación de los daños que los incendios habían ocasionado. El comité se enteró de que las tropas del gobierno avanzaban hacia Alcoi, transmitiendo que las Cortes estaban al corriente de la insurrección. Estas tropas estaban dirigidas por el capitán general Velarde y acantonadas en Biar, con instrucciones de marchar a Alcoi para que se reestableciese el orden anterior. Finalmente, se llegó a un acuerdo bajo la mediación del delegado del gobernador. El día 12 por la noche los miembros del Comité, huyeron de Alcoi. El día 13 de julio, a las 12:30, el capitán general Velarde entraba en la ciudad pacíficamente y sin resistencia, restableciéndose horas después el ayuntamiento. Represión y encausados La mediación del conflicto y la entrada pacífica del ejército, con el tiempo no daría impunidad hacia los insurrectos participantes del Petróleo, sino represalias. El día 13 de septiembre es cuando se iniciaron las detenciones de los encausados investigados, continuándose el proceso en el mes de octubre. La información obtenida en las actas arroja que en total entre 500 y 700 personas fueron encausadas, finalizándose el proceso en 1876, aunque la revisión de penas y cargos de los detenidos no acabó hasta 1887. En general, los sucesos fueron investigados a fondo y se examinaron gran cantidad de declaraciones de testigos. Entre los delitos más predominantes que se procesaron a los encausados fueron, en este orden, la sedición, asesinato, homicidio, amenazas, lesiones, incendios y robos. Así cuenta un testimonio de la época, de la situación de los presos: “Los presos hacinados en la cárcel de Alcoi y después en el castillo de Alicante, yendo y viniendo a pie de una a otra ciudad, bajo un sol abrasador y atados codo con codo, sufrieron martirios horrendos {…}”. Una mirada hacia la revolución del Petróleo. No es exagerado afirmar que los llamados sucesos del Petróleo representaron una de las insurrecciones más importantes para el movimiento obrero. Además teniendo en cuenta que son unos sucesos que empiezan con una huelga, con demandas laborales y salariales y acabando en una insurrección, propia de una revolución social en toda regla. Aunque en los libros de historia muchas veces aparezca esta insurrección enmarcada en las insurrecciones cantonalistas, a diferencia de Cartagena y el resto de cantones, Alcoi tenía un carácter de insurrección obrera e internacionalista. Recalcaba su carácter antipolítico (que no apolítico), diferenciándola de los republicanos federales o los marxistas. De hecho, el mismo Engels criticaría la forma de actuar de los insurrectos de Alcoi en su memoria “Los Bakuninistas en acción”. Fue una insurrección al mismo tiempo con muchas controversias, incluso el mismo alcalde, Albors, “El Pelletes” fue una figura controvertida y muy interesante. Quizá fue uno de los acontecimientos que más repercusión tuvo en su momento después de la comuna de París, además teniendo en cuenta que Alcoi cuenta con una larga tradición de lucha obrera. Está localidad fue foco de revueltas luditas y conflictos obreros. Toda esta lucha culminó en el siglo XIX con los hechos de la insurrección del Petróleo. La revolución del petróleo (en valenciano, revolució del petroli o revolta del petroli) fue una revolución obrera de carácter libertario y sindicalista que tuvo lugar en Alcoy, en julio de 1873, durante la Primera República Española. Según el historiador Manuel Cerdá, se denominó revolució del petroli «por haberse producido el incendio del Ayuntamiento y algunas casas colindantes donde se ofrecía resistencia a los amotinados».
Alcoy (cooficialmente en valenciano: Alcoi) es un municipio y una ciudad situada al sureste de España, en la provincia de Alicante, Comunidad Valenciana. Es capital de la comarca de la Hoya de Alcoy, dentro de la subcomarca de los Valles de Alcoy. Cuenta con 60.322 habitantes (INE 2024). Históricamente ha sido una ciudad con especial relevancia tras la Revolución Industrial en España, especialmente en el sector textil, aunque también en el metalúrgico y la industria papelera. Además, es conocida como la «ciudad de los puentes», ya que su peculiar orografía está marcada por barrancos que condicionan su urbanismo. |
Agustín Albors Blanes. Biografía Albors Blanes, Agustín. Alcoy (Alicante), 25.V.1822 – 9.VII.1873. Industrial y político liberal. Hijo de un industrial papelero llamado Agustín, que tomó parte activa en los acontecimientos del Trienio y fue perseguido por sus ideas liberales. A los quince años ingresó en la Milicia Nacional y en 1840 en el Partido Progresista, en el que militaba su padre. Tres años después se opuso al pronunciamiento que acabó con el regente Espartero, teniendo por ello que ocultarse. En 1844 participó en la insurrección progresista del coronel Pantaleón Boné en Alicante, levantando el 29 de enero una partida que fracasó en su intento de ocupar Alcoy, defendida por el general Roncali, lo que motivó su huida a Francia. Al regresar a su pueblo natal, fue condenado a veintidós años de presidio y al pago de lo requisado en su anterior rebelión. Tras abonar la cantidad que se le exigía con la venta de una finca heredada de sus padres, permaneció ocultó hasta que pudo beneficiarse de la amnistía que concedió el gobierno, por el casamiento de Isabel II, en 1846. Retirado a Gandía, fue detenido y encerrado tres meses en la cárcel de Alcoy. Al recobrar la libertad, salió ileso de un atentado con arma de fuego, aunque su mujer quedó fuertemente impresionada, muriendo al poco tiempo. Durante la revolución de 1854 tomó parte en el levantamiento alcoyano y en 1855 fue elegido teniente de alcalde de su ciudad, recibiendo la Cruz de Isabel la Católica por su conducta durante la epidemia de cólera de ese año. Destituido del cargo municipal tras el golpe de Estado de O’Donnell de julio de 1856, volvió a ser concejal de Alcoy entre 1857 y 1860. Para entonces era dueño, junto a sus hijos, de dos fábricas textiles, un molino harinero y un negocio de diligencias. En el año 1860 abandonó las filas progresistas para ingresar en las demócratas, fundando en Alcoy el Comité del partido. Conocido con el alias de Pelletes, tomó parte en la insurrección promovida por Prim en 1867, siendo detenido el 19 de agosto por haber intentado tres días antes sublevar Alcoy. Encerrado en la cárcel de Alicante, fue condenado a ser deportado a las islas Marianas, siendo trasladado a Cartagena y luego al castillo de Santa Catalina de Cádiz, desde donde regresó a su casa tras solicitar los vecinos de Alcoy clemencia a la Reina el 25 de septiembre y ser indultado, en octubre, por el gobierno Narváez. Al producirse el pronunciamiento gaditano de septiembre de 1868, dirigió el levantamiento demócrata de Alcoy la noche del 20, presidiendo la Junta revolucionaria que se encargó de la defensa de la población. Tras rechazar durante tres días a la columna del comandante Osorio, terminó huyendo, en compañía de 150 rebeldes, al aproximarse a Alcoy los refuerzos gubernamentales del general Rentero, el día 27. Triunfante la revolución el 29 de septiembre, cesó de sublevar los pueblos de la Marina y regresó a Alcoy, manteniéndose al frente de la Junta de gobierno que le nombró alcalde de la ciudad. Militando en el Partido Demócrata Republicano Federal, fue elegido diputado por Alcoy de las Cortes Constituyentes en enero de 1869. En las elecciones parciales de abril defendió una candidatura mixta, formada por el republicano Buenaventura Abárzuza (que había participado en el levantamiento alcoyano) y los monárquicos Pascual Madoz y Luis Albareda, que al vencer le atrajo la enemistad de parte de sus correligionarios. En mayo se adhirió, junto a otros diputados republicanos, al Pacto federal de Tortosa. Terminada la insurrección federal de octubre del 69, en la que no tuvo protagonismo, firmó el manifiesto de la minoría republicana de 24 de noviembre, en el que se abogaba —sin condenar la rebelión— por los métodos pacíficos para realizar los ideales republicanos. En Madrid fue colaborador del periódico La República Ibérica, que dirigía Morayta. En noviembre de 1870 no asistió a la votación en que fue elegido Amadeo de Saboya rey de España, en la que la minoría del partido votó por la República Federal, lo que motivó que le retirase su confianza el Comité republicano ilicitano, que presidía Carlos Mosser. Ganador en las elecciones municipales de diciembre de 1872, tomó posesión del cargo de alcalde de Alcoy el 9 de febrero de 1873, proclamando oficialmente la República tres días después, al tiempo que aumentaba los efectivos de la guardia municipal y organizaba la milicia de los Voluntarios de la República. Desde el 8 de julio fracasó en sus negociaciones y medidas represivas para acabar con la huelga general convocada en Alcoy por los anarquistas de la Federación Regional Española de la Asociación Internacional de los Trabajadores, cuya Comisión Federal residía desde enero en esa ciudad. Durante la revuelta, los obreros internacionalistas, capitaneados por el maestro de escuela Severino Albarracín, establecieron un Comité de Salud Pública, levantaron barricadas, hicieron prisioneros, quemaron fábricas y edificios y asaltaron el Consistorio, muriendo el alcalde en el enfrentamiento. El cuerpo sin vida de Albors fue cruelmente mutilado y arrastrado por las calles, llegando horas después el delegado del gobernador, Gaspar Beltrán, que negoció el restablecimiento del orden, permitiendo al general García Velarde ocupar la ciudad sin hacer fuego el día 13. Bibl.: Los diputados pintados por sus hechos. Colección de estudios biográficos sobre los elegidos por el sufragio universal en las Constituyentes de 1869, t. I, Madrid, R. Labajos y Cía., 1869-1870, págs. 281-283; R. Sevila, Observaciones sobre los últimos sucesos de Alcoy (Apuntes para la historia), Alicante, Establecimiento Tipográfico de Vicente Costa y Cía., 1874; Un testigo ocular, Episodios internacionales y cantonales en 1873. Sucesos de Alcoy, Alicante, Rafael Jordá, 1878; E. Rodríguez-Solís, Historia del Partido Republicano español, t. II, Madrid, Imprenta de F. Cao y D. del Val, 1893, págs. 457-458 y 550; J. Botella Asensi, Vindicatoria de Albors, Alcoy, s. f.; R. Coloma, La revolución internacionalista alcoyana de 1873, Alicante, Instituto de Estudios Alicantinos, 1959; A. Espí Valdés, Alcoy y la “septembrina”, 1868, Alcoy, Imprenta La Victoria, 1968; C. E. Lida, Anarquismo y revolución en la España del siglo XIX, Madrid, Siglo XXI, 1972, págs. 207-222; A. Revert Cortés, Agustín Albors, entre la libertad y el orden, Alcoy, Obra Cultural del Monte de Piedad y Caja de Ahorros de Alcoy, 1975; V. Ramos Pérez, Crónica de la provincia de Alicante, t. I, Alicante, Diputación Provincial, 1979. |
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