Apuntes Personales y de Derecho de las Universidades Bernardo O Higgins y Santo Tomas.


1).-APUNTES SOBRE NUMISMÁTICA.

2).- ORDEN DEL TOISÓN DE ORO.

3).-LA ORATORIA.

4).-APUNTES DE DERECHO POLÍTICO.

5).-HERÁLDICA.

6).-LA VEXILOLOGÍA.

7).-EDUCACIÓN SUPERIOR.

8).-DEMÁS MATERIAS DE DERECHO.

9).-MISCELÁNEO


domingo, 18 de mayo de 2014

124.-Discurso de Antonio Cánovas del Castillo I. a


 

 

Ex libris «Escudo partido: 1: en campo de azur una faja de oro acompañada en jefe de tres estrellas con ocho rayas de plata, y bordura de de oro dimidiada (Cánovas); 2: en campo de oro una torre de plata abierta de sable, y bastón de sable moviente en banda desde la puerte hasta en flanco siniestro, y bordura de gules cargada de ocho besantes de oro (del Castillo)»

 

Discurso sobre la nación
1882-11-01 - Antonio Cánovas del Castillo

Señores: 

Años ha que, al abrir sus cátedras el Ateneo, se examina en él, desde este sitio, alguna grave cuestión: aquella, por lo común, que preocupa entonces principalmente la opinión pública. Inútil fuera recordar las disertaciones brillantísimas que habéis oído en casos tales de labios de mis antecesores, pues de seguro las recordáis, sin más que ver la ocasión y el lugar que nos reúne, y aún temo que para mí con exceso, llegando hasta echarlas hoy de menos, y con razón. Baste traer a la memoria que también yo he tenido el honor de dirigiros en noches como ésta la palabra, y por cuatro años consecutivos, desde el de 1870 al de 1873, sometiendo a vuestro juicio mis opiniones sobre los hechos y las ideas que juzgué a la sazón más interesantes. No por otro motivo patenticé aquí doce años ha la anulación inevitable de aquel primado del honor que de la gente helénica heredó la del Lacio un día, y alternativamente guardaron los romano-iberogalos por muchos siglos, señalando las consecuencias probables o posibles de tamaño suceso, [54] alguna de las cuales quizá ahora mismo se esté desenvolviendo en las clásicas aguas del mar grecolatino. En medio del estruendo de la mayor de nuestras revoluciones políticas, traté luego aquí de la primera y más importante de las instituciones sociales, del Estado; poniendo de mi parte lo que pude para fortalecerlo en los ánimos, a tiempo que, sobrado enfermo y débil para cumplir sus obligaciones, parecía condenado a asistir paralítico, si con ojos para verlo, sin fuerzas para remediarlo, al incendio lastimoso de la patria. Después hablé del problema religioso, no tan sólo el más íntimo y oscuro del siglo, sino el más peligroso por aquel tiempo para España. Discurrí, por último, acerca de la libertad y el progreso, los más perseguidos y amados, al par que los más confusos de los ideales modernos. Si difíciles eran tales asuntos, no lo han sido menos, y maravillosamente tratados además, los que mis predecesores han expuesto y desarrollado después. ¿Cuál, pues, cuál que no desmerezca de ellos podría yo elegir esta noche? Por de contado que la índole de los estudios de mis antecesores y de los míos ha dado hasta aquí lugar a que nunca abandonen tales discursos el terreno de las Ciencias morales y políticas, y a que los más de ellos versen sobre temas de pura filosofía. ¿Debería yo seguir igual camino ahora? Permitidme convertir la respuesta en una digresión, que acaso no sea imponuna al cabo y al fin. 

Tengo yo para mí, señores, que será siempre el más noble de los ejercicios intelectuales el de pensar, u oír pensar, acerca de las cosas [55] universales y eternas; y no he de ser, por tanto, quien de tal dirección quiera ver siempre lejos al Ateneo. Que las tentativas generosas de la filosofía, no ya sólo cuando están guiadas por la pura razón, sino aunque las dirija exclusivamente el empirismo, por tal manera me parecen necesarias al humano espíritu, que sin ellas juzgo que a la postre caería en radical impotencia. Ni cabe dudar que la gloria del Ateneo singularmente consista en no haber cerrado los oídos nunca al rumor de las disputas filosóficas, si en apariencia estériles, en realidad fecundísimas. Mas no se ha de deducir de aquí que ellas deban ser exclusivas, o sean por igual útiles en todo tiempo. Estudios hay, referentes a la indagación, combinación u organización de los hechos, ya naturales, ya históricos, que, sobre dar primera materia al propio y superior trabajo de la filosofía, rinden riquísimos frutos a la vida práctica, estimulando el progreso intelectual, social, político, industrial, económico, antropológico, en fin, con que de día en día se engrandece el ser del hombre. No piden temas tales al entendimiento tan sublimes vuelos, pero suelen más generalmente conmovemos en cambio, hiriendo, por más próximos, con mucha mayor energía el corazón; y aún sé yo de alguno, que, si acertara a tratarlo cual merece, de cierto os interesaría más por todos estilos que la más alta filosofía. Pero el valor mismo que a ésta doy, oblígame ahora a justificar la preferencia que para asunto de otro linaje pretendo esta noche. 

Bien sabéis todos que, después de más de un siglo de elaboración filosófica, libre y potente; después de criticismos y dogmatismos [56] múltiples, sin otra consecuencia incontestable que robustecer más y más con el trabajo la inteligencia humana; después, en suma, de tan duros desengaños metafísicos y tantas audacias empíricas, la filosofía, la verdadera filosofía, parece como que al presente duerme, rendido el cuerpo a la fatiga. Solo anda suelto por el mundo, ahora, con traje de sistema metafísico, aunque no lo sea, el pesimismo: no ya aquel individual, instintivo, sentimentalmente poético, que todos experimentamos en este siglo a las veces, al modo que Byron, Heine o Leopardi, sino otro, racional y coordinado, en que, antes que la verdad, campea el ingenio de algunos pensadores contemporáneos. Bien se ve que esa doctrina, de que fue primer apóstol Schopenhauer, es primero que todo una protesta contra el pueril o senil optimismo, obra singular de materialistas o positivistas incrédulos, que en el pasado y el presente siglo ha dado origen a tantos ideales aparentemente pacíficos y filantrópicos, aunque en realidad devastadores y sangrientos, y a tanto número de anárquicos sistemas, políticos, económicos o sociales. Mas, si en tal concepto atiende a cierta necesidad de ahora, poniendo en su justo punto las pretensiones de una época sobradamente engreída con sus victorias sobre la naturaleza, y tanto o más alejada de la verdad íntegra que nunca, supuesto que la despedaza de ordinario, al suprimir lo puramente racional, lo moral y lo divino, quedándose no más que con lo material y empírico; imposible es negar, en conclusión, la deficiencia doctrinal de una teoría que, no contenta con sobreponer a la razón la voluntad, busca tan sólo en esta [57] última la esencia de las cosas, en especial, la de la vida racional, y, al fin y al cabo, llega a la anulación de la voluntad misma, sugiriendo el suicidio como única solución práctica de los conflictos humanos. Natural era que por tal camino se adelantase luego el pesimismo de Hartmann hasta negar todo valor al progreso; duro sarcasmo, en verdad, para este siglo, que del progreso ha hecho un dogma, bien que de más difícil definición que ningún dogma religioso todavía. 

Pero, si falsa es tal doctrina, no lo es más, por cierto, que el optimismo materialista o positivista, según he dicho aquí otras veces. Que si, al pronto, parece el optimismo de buen carácter y hasta alegre, porque adula sin escrúpulos nuestro egoísmo, a la larga provoca, con los desengaños que trae, profundas e inconsolables tristezas. Tiene, a no dudar, la vida humana más valor real y científico; el hombre otros medios de progreso; su existencia distintos y mayores fines que el pesimismo pretende; pero tan seguro, y más que eso, es que ni el planeta nuestro ni los otros darán nunca satisfacción completa al espíritu, ni encerrarán dentro de sí el conocimiento absoluto, ni prestarán asilo a la perfecta justicia. No logrará, pues, traspasar a la tierra el optimismo positivista lo que le roba al cielo; no explicará mejor el progreso indefinido, que cualquiera religión sus propios dogmas; no describirá más exactamente al hombre glorificado del porvenir, que la piedad más ingenua se representa la dicha de quien alcanza, por merecimientos propios, el reino de Dios. Ya el positivismo optimista no se libra siquiera de que la [58] crítica moteje de supersticiones sus esperanzas, según se ve en libros recientes y muy celebrados. 

Todavía os pido, señores, que por algunos más instantes me consintáis prolongar esta digresión, para bosquejar del todo el cuadro que, descontados el pesimismo y el optimismo, ofrece hoy la filosofía. 

Pudiera repetir con tal objeto lo que va ya para dos años dije, en otra ocasión solemne; pero hoy prefiero apoyarme en testimonios posteriores, mucho más autorizados. Uno de los principales órganos del movimiento filosófico universal (la Revue philosophique de la France et de l´étranger) dio a conocer, en febrero de este año, del lado acá de las fronteras germánicas, cierto discurso dirigido a la Academia de Ciencias de Berlín por el célebre fisiólogo Dubois-Reymond, en el cual da éste por corolarios de todo el trabajo especulativo contemporáneo los enigmas siguientes(1). El primero de ellos, que declara insuperable, la constitución íntima de la materia y la fuerza; el segundo, para él insuperable también, el origen del movimiento; el tercero y cuarto, la vida y la finalidad que aparece en la naturaleza, no tan insuperable cual otros, en su opinión; el quinto, el origen de la sensación, que de todo punto reputa insuperable, al modo que los primeros; [59] el sexto, la facultad de pensar y de hablar; el séptimo, el libre albedrío, que sólo cuenta por insuperable mientras no hallen solución algunos de los anteriores(2). Y ¿no es claro, señores, que misterios tales, altamente confesados así por la ciencia experimental, están pidiendo a voces que la metafísica sea también ciencia eterna, y eterna la teodicea? ¿No es verdad, por tanto, que el abandono de la metafísica significa, en puridad, el de la filosofía misma? Presente tenéis, sin duda, lo que poco ha decía en Francia el insigne experimentador M. Pasteur, respecto a los límites de la experimentación y a las esenciales diferencias de este procedimiento científico con el de la observación y experiencia, que engendra tantas ilusiones positivistas. En la sola noción de lo infinito hay algo, como con razón decía M. Pasteur, más milagroso que los milagros de todas las religiones juntas; y ella basta para que ni la metafísica ni la teodicea puedan morir. Y lo que ayer Pasteur, dícelo de nuevo ahora, casi hoy mismo, Dumas, el eminente químico, otro de los más grandes experimentadores con que puedan envanecerse las ciencias naturales, el cual, no ya sólo confirma los secretos que para ellas tiene y ha de tener siempre el ser, sino que ardientemente protesta contra la teoría de la evolución, por convertir al hombre en mero esclavo y juguete de la fuerza, prorrumpiendo ante las conclusiones del moderno positivismo en las siguientes frases: «¡Qué abismo de degradación! [60] ¡Qué desgracia para la humanidad el que tales doctrinas tengan adeptos!»(3) Por donde se ve que no es en los verdaderos y grandes experimentadores donde ha de buscar sus mayores testimonios la doctrina filosófica reinante. La crítica más despreocupada tiene que reconocer hoy que el entendimiento humano anda cautivo entre estas dos aparentes certidumbres: la imposibilidad física de las cosas puramente morales, y la absoluta necesidad de estas cosas morales mismas, que les da tanto y más valor real que a las físicas. Vive así, pues, aunque bajo otra forma en nuestros días, el dualismo kantiano; y M. de Renouvier(4), el más docto de los que perseveran en aquella escuela crítica, comentando los enigmas de Dubois-Reymond, acaba, en prueba de ello, de declarar que ni la finalidad de la naturaleza debe ser descontada de la ciencia, por más que se halle en manifiesta contradicción con la tesis de que el Universo consiste en un puro mecanismo, ni cabe negar el libre albedrío, aunque sea cierta la ley matemática e ideal de la conservación absoluta de la cantidad existente de energía o de fuerza; llegando hasta proclamar, sin reparo, que la materia, tal y como se la presenta en los nuevos sistemas, merece «infinitamente menos respeto» para la ciencia «que lo absoluto teológico» cosa que, por casi idéntico [61] modo, dije yo en la ocasión a que aludí antes, si bien con la diferencia de que esto último, no tan sólo es respetable, para mí, sino cierto. 

Mas ¿qué es, señores, lo que todo esto significa, en resumen? Significa que la filosofía, o ciencia primera, ni por el método de la experimentación, que tiene otros distintos fines peculiares y menores, aunque también de gran valor, ni por el de la observación empírica, que malamente se intenta confundir con el de la experimentación verdadera, responde hoy a las preguntas eternas del hombre: ¿qué es lo que sé?, ¿qué es lo que puedo saber? Y no en otra cosa me fundo yo para pensar que, mientras no aparezcan nuevas direcciones que den siquiera remota esperanza de llegar más lejos o de subir más arriba, conviene ahora hacer alto y esperar por algún tiempo, hasta que naturalmente recobre la metafísica su imperio y despierte el pensamiento filosófico con nuevo brío, dedicando nuestra actividad en el ínterin, a otros ramos del saber. Consuélenos, desde luego, el que la humanidad, por más que yerra, no pierde su trabajo jamás. Para mí, tengo yo, además, una esperanza que me ha de sostener e inspirar en todo este discurso: la de que la filosofía restaurada reconozca al fin como hechos reales, aunque empíricamente no se expliquen, esas cosas que son enigmas para la ciencia dominante; a saber: la libertad, la ley del progreso y la finalidad del Universo, o más bien las causas finales; cosas sin las cuales carecería de fundamento cuanto vais a oír. [65] 

- II - 

Y ya, en verdad, es hora de que entre en mi asunto especial. Tanto lo he dilatado, que no puedo menos de decir de un golpe cuál sea. Quiero examinar el hecho de las naciones e inquirir y exponer su concepto. Trataré de ello en general; pero algo he de decir también de lo que peculiarmente importe a España. Y tal tema no debe de sorprendernos, porque antes que lo adoptase definitivamente, me estaba, hasta cierto punto, prefijado. Alguna indicación mía de que este asunto, últimamente tratado en varias partes de Europa, podía prestar motivo a nuevo estudio, bastó para que se me adelantase la voz pública dictándome la resolución; y, en puridad, no lo siento. Porque en esta ocasión quizá justifica la voz pública su vulgar, pero nunca del todo desmentida fama. Por lo menos, yo imagino ya que ningún otro tema sería tan oportuno hoy en día, y procuraré demostrarlo, entre lo demás que intento demostrar. 

Entendámonos primero, que no es cosa llana, respecto al sentido de las palabras nación, nacionalidad y patria. Aquí, cual en muchas otras materias, el afán de hacerlo todo [66] modernísimo, y por lo mismo ignorado de las pasadas generaciones, da origen a errores. Si, para comenzar por lo más sencillo, registráis los antiguos Vocabularios o Diccionarios, y principalmente los de la lengua castellana esto será lo que hallaréis: que las palabras nación y nacionalidad en sus acepciones principales, son de muy antiguo propias de nuestra lengua, lo cual no se aviene con la opinión de dos graves escritores contemporáneos(5), que comienzan su estudio sobre la materia, fallando de plano que tales palabras, en la significación que tienen, son neologismos recientísimos. Viene en gran parte, el error del uno, de hacer nación y nacionalidad sinónimos; y el del otro, de no distinguir bien lo que es la nacionalidad en el orden jurídico, de lo que es en el orden político. Pero, cualquiera que la causa sea, lo cierto es que nuestros libros desmienten sus asertos. Siglos ha que en su Vocabulario Universal escribió ya Alonso de Palencia que del latino natio, nationis, decíanse naciones, «aquellas gentes juntas, en propios parentescos y lenguas»; y Antonio de Nebrija, autor de otro Vocabulario, que nación es gente «que por lengua se distingue». Desde entonces acá, nación ha valido para los españoles, ahora «reino o provincia extendida», según testimonio de Covarrubias; ahora «colección de los habitadores de un país o reino», conforme [67] al Diccionario de Autoridades; ahora, en opinión del P. Terreros, «nombre colectivo de algún pueblo grande, reino o Estado sujeto a un mismo príncipe o gobierno». El sustantivo nacionalidad se encuentra igualmente en el primer Diccionario de nuestra Academia, o sea el de Autoridades, significando afección particular de una nación, tanto como cosa propia de ella, habiendo sido ya empleada esta voz, durante el siglo XVII, por el P. Moret, en un lugar de sus Anales, no bien citado por el Diccionario referido, donde tocar en nacionalidad está dicho por herir el sentimiento o afecto, y excitar el apasionamiento nacional(6). ¿Cabe pretender, después de eso, que la última de tales palabras sea un neologismo en la Europa latina, o que cualquiera de las dos tenga hoy diverso sentido que el que entre nosotros, al menos, tenía siglos hace? 

No pretendo yo, claro está, que las definiciones de los dichos Vocabularios sean completas, ni tan buenas como las que hoy corren, aunque también dejen éstas que desear generalmente. Que no se define con exactitud aquello de que previamente no hay total y claro concepto; y en formar bien el de nación tenemos que trabajar y no poco todavía. Pero es indudable que en las citadas definiciones antiguas hay ya sobrada distinción o descripción, de lo que realmente sean nación y nacionalidad, para que ni lo uno ni lo otro se confunda con cualquier concepto diferente, y [68] para reconocer a primera vista las cosas particulares de que se trata. Juntas en uno, presentan las citadas definiciones un total concepto de nación, que en nada esencial difiere del que la generalidad de los hombres tiene ahora formado. Pongamos desde luego aparte la sinonimia que entre nación y nacionalidad se suele hoy hacer, porque la desinencia ad en las voces derivadas determina diferencia, con otras cualesquiera, de las cosas que anteriormente representan las voces de que se derivan, y tal sinonimia en realidad no existe, sobre ser inútil y ocasionada a confusiones. Y volviendo a las definiciones antiguas que examino, fijaos, señores, en las observaciones siguientes. 

Sin duda es cierto que la lengua no basta por sí sola, como quería Nebrija, para determinar una nación; cierto que el parentesco, o sea la raza, tampoco es suficiente, como Palencia pretendía, para hacer o deshacer una nación, y reconozco asimismo que ni la limitación territorial de un país, ni la mera colección de habitadores de él, ni el ser el tal país grande y estar sujeto a un mismo príncipe o gobierno, dan señales absolutamente exactas de lo que una nación sea. Pero, sin embargo, ¿qué otra cosa entendemos, en general, por nación hoy día, sino un conjunto de hombres reunidos por comunidad de raza, o parentesco, y de lengua, que habitan un territorio o país extenso, y que por tales o cuales circunstancias históricas, están sometidos a un mismo régimen y gobierno? Pues ya sabéis que todo eso entraba en unas u otras de las definiciones de nuestros antepasados: por donde se ve que, si cada una de ellas era expresión parcial del concepto, éste existía, indudablemente, [69] en común, difundido entre los hombres de entonces. ¿Qué es lo que en todo caso faltaba? Pudiera argüirse que el reconocimiento de que la nación es hecho u obra divina, como asientan, ya el uno, ya el otro de los escritores modernos que hasta aquí he citado; mas, ¿qué hecho social no traía divino origen, y no era, por tanto, natural para nuestros antepasados, que nunca se separaban en sus especulaciones de Dios? ¿No es a ellos a quienes, por mal sabida y peor expuesta, se les ha echado tantas veces en cara la opinión de que toda autoridad, no la de los monarcas sólo, es de derecho divino? Lo social todo entero era de derecho divino, en aquellos tiempos; lo era especialmente el poder, en cada nación, ¿cómo se había de dudar, pues, que lo fuese la nación misma? Ni cabe censura por no indicar las posibles excepciones en los términos absolutos, con que establecieron cada una de las condiciones que solía tener la nación, que nuestros mayores se referían sólo a lo ordinario y general evidentemente. Y lo general y de ordinario cierto es esto: que las naciones habitan un territorio común, aunque bien puedan tener apartadas colonias, o carecer, como la hebraica, de propio suelo mucho ha: que las naciones, o tienen raza propia originaria, o la constituyen, a la larga, no de otro modo que en la corteza terrestre hay rocas primitivas y sedimentarias; que lo más natural en las naciones es tener comunidad de idioma, aunque cada tronco lingüístico críe ramas divergentes y hasta plantas parásitas, que es lo que son por lo común los dialectos: siendo, por último, notorio que el idioma es la primera prueba que ofrecen de sí y de su individualidad las naciones, así [70] como no hay nada que tanto importe a su conservación, a su desarrollo histórico, a su restauración, si temporalmente y por acaso pierden la independencia. 

Lo cual no quiere decir, señores, que los españoles del decimoséptimo siglo no supieran ya, por desgracia, que se puede muy bien poseer y cultivar con amor cualquiera lengua, sin que por eso se estrechen o se mantengan los vínculos de los pueblos. Porque sin acordarse ellos ya de Gil Vicente, de Gregorio Silvestre, de Jorge de Montemayor, ni del mismo Camoens, que tan dulcemente escribía nuestra lengua, tuvieron harta ocasión de ver que, al tiempo mismo en que los portugueses preparaban, realizaban, o valerosamente sustentaban su separación de España, rendían constante y magnífico tributo a la nacionalidad común, escribiendo en el más puro castellano, ahora notables obras críticas, históricas y poéticas, como Faria y Sousa, y todavía mejor Manuel de Melo, imitador felicísimo y entusiasta de Góngora y Quevedo; ahora epopeyas de tan alto estilo como el Macabeo de Silveira, o tan patrióticos asuntos como la Hespaña libertada de Bernarda Ferreira de Lacerda; ahora discretísimas rimas y prosas, como Francisco de Portugal, en su Arte de Galantería, en sus Tempestades y batallas, y en sus Divinos y humanos versos; ahora poesía lírica únicamente, pero rival de la más hermosa de Castilla, como en su Jardín de Apolo Francisco de Fresneda, y en sus Varias poesías Paulo Gonzálvez de Andrada, precedidas por cierto de tantas otras, que hacen pensar si tendrían por obligación suya los portugueses del levantamiento [71] el componer buenos versos españoles. Añádase a estos el capitán Miguel Botello de Carvallo con su poema intitulado La Filis, con sus Rimas varias, o la Tragicomedia del Mártir de Etiopia; y con sus místicos cantares, por último, de suavísimo perfume, la santa virgen que desde el fondo de su claustro se asoció a la gloria de Fray Luis de León y San Juan de la Cruz, aquella buena Madre Sor Violante del Cielo, autora de unas Rimas varias y de un Parnaso lusitano, casi por entero pensado y versificado en nuestro idioma. ¿Quién diría, al leer tales libros, que no deben de ser los únicos que por el mismo estilo se encuentren, sino que Portugal nos igualaba, cuando no nos superase, en amor a la lengua castellana, allá por los propios días en que ferozmente reñía batallas con nosotros en los campos infelices de Elvas, Estremoz y Villaviciosa? Tan cerca estuvieron los portugueses de aventajarnos entonces en el manejo del habla castellana, como con efecto nos aventajaron en el de las armas, aunque fuese cierto lo que uno de ellos dijo en cierta ocasión, que, apostando unos y otros ejércitos a errar, vencían al fin los que erraban más(7). Y todo este felicísimo cultivo de nuestra lengua tenía lugar, por mayor maravilla, en un pueblo en que se habían escrito Los Lusiadas, y que poseía ya literatura propia; cuando las comunes epopeyas y [72] la existencia de una misma poesía lírica y dramática, no sin razón pasan, en el sentir general, por seguro indicio de la realidad y particularidad de una nación, confirmándolo varios casos, y muy recientemente la total reintegración de la nacionalidad italiana, y la que en tanta parte ha llevado a término Alemania. Pero tales son las contradicciones que los contrapuestos pensamientos y afectos engendran en los ánimos humanos. Otra y más reciente contradicción de este linaje hubo al tiempo de la lucha enconadísima que sostuvieron las antiguas colonias españolas con la madre patria, pues no ha habido más intransigentes gramáticos castellanos, ni hombres más apegados a nuestra literatura, que los redactores, por ejemplo, de la Miscelánea o Repertorio Americano, de Londres, en especial Andrés Bello. Lo que indica esto es que tales luchas, en el seno de una misma nacionalidad, aunque por ellas nazcan nuevas naciones, tienen más de guerra civil que extranjera. Y de todos modos, la excepción no contradice ahora tampoco la regla general: la lengua es seguramente expresión de nacionalidad, aunque no lo sea siempre de nación; y lo que de la lengua dijeron nuestros escritores al tratar de las naciones, no demuestra, por tanto, que fuera falso el concepto que de ellas tenían: el cual no debía de ser, por otro lado, muy distinto del que los demás hombres cultos tuvieran a la sazón, aunque no lo expresaran tan cumplidamente. Falta, en conclusión, todo motivo para suponer novísimo el concepto de nación: lo único que se ha hecho, lo que cabe hacer todavía mejor, es definirlo, depurando y [73] esclareciendo sobre todo su sentido filosófico, según yo mismo intento ahora. 

Tocante al sustantivo nacionalidad, tengo ya dicho lo bastante, a mi juicio, para fijar su sentido propio y demostrar que es mucho más lo que ha perdido que ganado en este siglo, gracias a la incorrecta sinonimia que se le atribuye. Tal y como fue definida por nuestra Real Academia, ciento diez años antes que la consignara en su Diccionario la Academia Francesa, la nacionalidad consiste, según tenéis ya oído, en lo que es de calidad nacional, de una parte, y de otra más principal, en la afección a lo que es suyo, o debe serlo, que cada nación siente y encierra en sí, lo cual solemos también apellidar hoy espíritu nacional. Poco me detendré, pues no atañe a mi propósito, en la primera acepción, a que da ahora determinado sentido jurídico el derecho internacional. privado y público; sentido muy generalmente aceptado, aunque no tanto que deje de suscitar, a las veces, sus dificultades prácticas. Baste recordar que la nacionalidad no es en el derecho internacional moderno sino la facultad de invocar cada cual la ley de su nación, que vale tanto como decir la de su origen y naturaleza, dentro de las otras naciones, con tal que en éstas no se sobreponga al derecho público ni al orden social(8). El principio jurídico de la nacionalidad, señaladamente entendido y por tal manera expuesto en Italia, está lejos, dicho sea de paso, y muy lejos, de haber logrado [74] aún la sanción del derecho positivo internacional, y aún en la esfera especulativa encuentra también oposición no escasa. Desacordes están, sobre todo, las teorías italianas acerca de este punto con la del ilustre Savigny, que no pasó de admitir que lo nacional, en el sentido del derecho, se tuviera sólo por parte intrínseca del derecho positivo internacional. Apártanse igualmente de los juristas italianos, que han llegado en esto a formar escuela, los que pretenden que por encima de las nacionalidades y su peculiar egoísmo se eleve y cree un derecho universal, por todo el mundo reconocido, que informe el derecho internacional positivo, dejando lo particular o nacional de todo punto a un lado. Mientras tales opiniones recíprocamente se eliminan o a la larga se conciertan, dictando a la jurisprudencia en general nuevos cánones, reclama con más imperio, y mucho mayor motivo, esta voz nacionalidad la política para su propio tecnicismo, y no soy yo quien ha de desoírla en este instante. Continuaré, pues, comparando lo que dicha voz significaba antiguamente con lo que significa hoy, para ver si por ventura hay novedad en ella, ya que tocante a nación no la encuentre por mi parte. 

Una pregunta ahora, señores: el gran movimiento de este siglo -que sería superficial a mis ojos no mirar más que como hijo bastardo de ambiciones territoriales o gubernamentales- hacia la agrupación etnológica de las sociedades humanas, bajo el supuesto de que por el modo mismo con que las familias formaron tribus y ciudades, y las ciudades naciones, ya republicanas, ya monárquicas, se deben [75] ahora constituir, o más bien reconstituir en naciones las razas históricas, movimiento que apellida de las nacionalidades todo el mundo, ¿de qué trae su origen y fundamento? Pues está originado y fundado, a no dudar, en la afección o simpatía íntima, en los innatos y perseverantes sentimientos de amor, de piedad, de orgullo, que toda nación bien constituida experimenta hacia aquellos hombres o agrupaciones humanas que, por el origen, por el idioma, por antiguos recuerdos históricos, se encuentran en parentesco con ella, y moralmente están con ella en comunión constante, aunque hayan vivido muchos siglos aparte y en asociación con gente de diferente raza, lengua y tradiciones antiguas. Si en algunos hombres o pueblos, no obstante el origen, la raza, las tradiciones y los primeros recuerdos históricos, falta por acaso la afección dicha, quiere eso decir que podrán muy bien constituir una verdadera nación, independiente y distinta de todas, hasta de aquella con quien tengan más próximo parentesco; pero de su nacionalidad prescinden desde luego, tomada esta voz en la que no puedo menos de mirar como principal de sus acepciones, y que ha dado motivo o pretexto a los más de los cambios territoriales de nuestra época. Porque la nacionalidad es en tal sentido fuerza viva, a las veces latente, a las veces manifiesta, que por interior explosión, y luego externo y violento desarrollo, impele a concertarse y reunirse a hombres y pueblos, por más o menos tiempo separados mediante el derecho internacional vigente, obra, no de razón, ni de sentimiento, sino antes bien del acaso, y consecuencia [76] confusa de las guerras, de los tratados, de los matrimonios, de las revoluciones empíricas de todo linaje que hasta aquí han marcado y amojonado las fronteras. Y si mediante el progreso sucesivo de las nacionalidades, y la atracción hacia el centro común que naturalmente ejercen, significaran un día nación y raza una misma cosa, ¿qué sería ello, en realidad, sino volver racional, reflexiva, sistemáticamente al primitivo estado en que representa a la humanidad la historia? [79] 

- III - 

Al abrir la antropología sus anales, contempla ya separados en razas, que muchos apellidan pueblos, a los hombres, harto tiempo antes que la historia propiamente dicha los muestre repartidos en naciones. Pero raza no es más al cabo que una forma primordial de nación, dada en la extensión territorial, en la simplicidad de elementos y diferenciación perezosa y tenue con que aparecía todo en la humanidad primitivamente. He hablado por demás ya del significado de las palabras, para que me detenga sin necesidad a examinar la sinonimia de pueblos con razas, que en muchos lugares de la historia escrita es, sin duda, evidente. Consignaré sólo que pueblo, del mismo modo que raza, quiere decir nación a veces, además de población, y fuera de otro limitado sentido, correspondiente al tecnicismo práctico de la política; que lo que importa es que la confusión de las palabras no haga más confusa que es de por sí la materia. Tampoco he de entrar aquí, claro está, en la cuestión, ya etnológica, ya etnográfica, de las razas, una de las más oscuras que todavía existan para la ciencia. Soy yo [80] de los que creen en la unidad de origen de la especie humana, opinión que no ha sido del todo abandonada todavía ni aun por el positivismo o materialismo contemporáneo; pero eso nada importa ahora a mi intento. Que sean originariamente tres, diez, veintidós, sesenta o más las razas; que se las distinga por los cráneos o, cual más recientemente se intenta, por los cabellos; que tocante a su clasificación y entronques anden en el entretanto discordes la lingüística y la historia con la antropología, o si se quiere con la zoología, digno es de discutirse, en verdad, y aun pienso que lo discutiréis aquí muchos; más sin detenerme a examinarlo muy bien puedo pasar, y pasaré adelante. 

Ello es lo cierto que desde que las agregaciones o agrupaciones naturales de familias humanas necesitan nombre, por fuerza hay que darles el de nación o el de raza, y este último responde mejor que el primero al hecho que encierra. Formáronse las primitivas razas conocidas con reuniones más o menos numerosas de familias primero, luego de tribus, separadas de otros grupos de ellas, según toda probabilidad, por no bastar en un territorio mismo la caza o la pesca para alimentarlas, y por el espíritu de discordia, en todo tiempo tan poderoso; las cuales gentes viviendo aisladas, y bajo el imperio largos siglos de condiciones climatológicas semejantes, en un suelo poco diferente, adquirieron al fin, no tan sólo caracteres físicos uniformes, y distintos, aunque en nada esencial, de los de los hombres de quienes se habían apartado, sino aun caracteres psíquicos diversos, en la corta medida que [81] lo psíquico influía en la vida a la sazón, hasta llegar lentísimamente a constituir un especial modo de ser colectivo, representado por cierta personalidad y conciencia propias, por peculiares rudimentos de cultura y por un particular sistema de hablar, o sea un idioma: expresión última y acabada de la nueva individualidad social que se elevaba sobre la familia y la tribu, en el proceso maravilloso del ser humano. Pero las razas así formadas, ¿han llegado a ser especies distintas, o solamente variedades de una especie misma? Bien podría omitir la respuesta, pues que, según dije antes, no es mi objeto entrar en disquisiciones innecesarias, y toca este asunto, más que a las morales y políticas, a las ciencias naturales. Pero no sé si se aprobaría mi reserva, y quiero por eso decir que las razas no son, a mi juicio, sino variedades, cuando más, de la humana especie; variedades que las primitivas condiciones de vida imprimían física más bien que moralmente en los hombres, así como en los tiempos posteriores las causas morales son las que más notable variedad originan, dando carácter a las nuevas razas que podemos llamar históricas, como la latina, la teutónica o germánica y la eslava, paulatinamente formadas en el seno de una de las razas primordiales, que hoy se intitula caucásica o mediterránea. Durante muchos siglos, las sucesivas emigraciones e invasiones del Asia, del Norte de Europa y aun del África austral, fueron suministrando a la vasta extensión de gentes sujetas antes al Imperio romano, nuevos y nuevos elementos étnicos constantemente, los cuales mantuvieron y aun aumentaron las variedades físicas, [82] más o menos importantes, que ya entre los habitantes del derrocado Imperio existían; pero desde que cesaron las emigraciones de pueblos enteros, escitas o escandinavos, visigodos, sarracenos, o almorávides, poco a poco fue decayendo el elemento físico de la variedad en las razas civilizadas, y sobreponiéndose del todo el moral, como se ve ahora. 

De todo esto no se deduce más sino que en realidad impera cierta ley de diferenciación sobre las cosas, ley que en lo primitivamente simple y uno de la naturaleza va lenta y sucesivamente descubriendo después lo múltiple, lo compuesto, lo heterogéneo, hasta que, terminado el proceso analítico, la necesidad definitiva de la síntesis se impone a la razón, y emprende ésta el arduo empeño de reconstituir, armonizar y unificar, convirtiendo a la larga en racional o espiritual lo que al principio era sólo natural o instintivo. Así fue, señores cómo en las razas primitivas y prehistóricas se determinaron las históricas y modernas; así es cómo dentro de estas últimas razas se han diferenciado y constituido muchas veces después nuevas y novísimas naciones. No es temerario pensar que lo que entre estas últimas diferenció y separó el acaso, o la fuerza, muy poco a poco sin duda, pero incesantemente, lo vaya reconstituyendo la razón. Y en el ínterin, si el derecho público internacional vigente ni puede ni debe regularse por los apetitos de las naciones, preciso es reconocer, en cambio, que las que de éstas viven robusta vida, no sin razón aspiran a devolver la unidad a su raza, obedeciendo a un deseo de reconstitución que inmensamente se aparta del deseo [83] de aislamiento, del exclusivismo de otros tiempos. No puede, tampoco, otorgársele (me apresuro a declararlo altamente) bastante autoridad jurídica a la nacionalidad por sí sola para fijar los límites de los actuales Estados o potencias; pero así como se la tiene ya en tanta cuenta, por lo que hace al derecho público-privado, que aspira ella a informar de más en más cada día, constantemente crecerá también su influjo político en lo por venir, y nunca podrá ser ya suprimida del derecho público internacional, piense la diplomacia lo que quiera. El espíritu de la nacionalidad y el de la raza se juntan ahora y se completan. Y nación o nacionalidad, y raza, constituyen, por todo eso, conceptos y palabras que, aunque no sean de nueva invención, tienen hoy una importancia en la sociedad de los pueblos que no se había sospechado hasta aquí jamás. [87] 

- IV - 

Ya que me he entretenido tanto en la discusión léxica de nación o nacionalidad, y luego de raza o pueblo, y expuestas ya también las consideraciones generales que tales vocablos y los conceptos que representan sugieren, fuerza será concretar mi razonamiento ahora, manifestando, si con la brevedad que exige un discurso, con la exactitud que me sea dable, lo que finalmente entiendo y pienso que debe entenderse por nación, asunto principal del que dirijo en este momento al Ateneo. Aquí he de alejarme también, mal mi grado, de algunas opiniones corrientes. Porque, así como he procurado demostrar que aquella nación que pensaron, amaron y tantas veces defendieron a costa de ríos de sangre nuestros padres, con igual esfuerzo, por lo común, en días de decadencia o de fortuna, no era otra, en suma, que esta que pensamos, amamos y defenderíamos nosotros, si llegase el caso, quisiera llevar ahora el convencimiento a los ánimos de que, sea cualquiera la opinión dominante entre los doctos, tampoco es diferente en su esencia la nación presente de lo que fue la ciudad grecorromana, la civitas o [88] patria antigua. Por supuesto que este otro sustantivo patria, se ha tomado muchas veces también, cual nadie ignora, en más estrecho sentido que el que a nación corresponde, significando el sitio, fuese cual fuese, lo mismo ciudad que aldea, en que se nacía; mas hoy, en el uso general, vale tanto patria como nación, con la diferencia de que no solemos decir nación sino en nuestras relaciones con los extraños, pues acá para nosotros, en la interior conversación o sentimiento íntimo, no tiene nación otro nombre que patria. Viene a ser así la patria, conciencia que cada nación posee de sí misma; y aun por eso cabe decir que la patria no ha existido ni existe en las aglomeraciones inconscientes de hombres, a quienes tan sólo el instinto, o necesidades materiales y recíprocas, mantienen juntos, por más que formen ciudades y hasta grandes naciones. La patria es, donde en su plenitud se posee, aquel ente social que más íntimamente amamos, el que nos entusiasma más, el que mueve y electriza nuestra voluntad más fácilmente, y no pienso yo que esta voz nobilísima haya perdido tanto valor y hechizo como se supone, desde la antigüedad hasta ahora, ni en los corazones ni en los oídos. No es ya ciertamente patria lo que en Grecia o Roma era: la morada exclusiva de los propios Dioses; la tierra que en sus funerarias urnas sustentaba, no ya los cuerpos, sino, con las cenizas, las almas mismas de los antepasados: único templo en que cada cual podía practicar su culto y ser regido por verdaderas leyes, solo territorio en que no se era impuro bárbaro, al modo que los egipcios por un lado, y por otro los griegos y romanos, [89] consideraban a todo extranjero; sola ciudad o agrupación de hombres, en fin, donde cupiera poseer y disfrutar los derechos civiles y a veces los naturales. Pero la diferencia entre aquel concepto y el nuestro, consiste, no en que la patria o la nación dejaran de existir en la antigüedad, sino en que las modernas naciones, soberanamente informadas por el cristianismo, hasta a pesar de ellas mismas con frecuencia, ya no les consienten a los hombres preocupaciones o iniquidades semejantes. 

Nadie, por lo demás, ha negado hasta aquí, ni en la geografía, ni en la etnología o etnografía, el título de naciones a las antiquísimas gentes, o semibárbaras o realmente bárbaras, que formaron los primeros imperios históricos del Asia, o los de Moctezuma y Atahualpa, de que todavía quedan míseros residuos en el Nuevo Mundo; y nadie se lo suele tampoco negar a las gentes de la Oceanía, más recientemente descubiertas y conocidas: que bien que inferiores, imperfectas, rudimentarias, naciones eran o son seguramente. Las primitivas, ya pescadoras, ya cazadoras, ya pastoriles y nómadas, inmolaron de ordinario a los extranjeros vencidos, porque así el sentimiento como la idea de humanidad del todo estaban de ellas ausentes; siguiéronse otras, más o menos fijas, pero algo industriales ya o comerciantes, que, empezando a sentir confusamente su comunidad con los demás hombres, se limitaron a convertir a los vencidos en castas inferiores (por donde la servidumbre y la esclavitud misma fueron progresos en la historia), mientras que ellas mismas se sujetaban [90] pacientemente al régimen tiránico de la guerra, de la invasión y de la conquista, que eran su único ideal de vida, por lo cual encerraron en la disciplina militar todo su derecho civil o penal, y se sometieron al mando absoluto del General, o Emperador, según se dijo más tarde; largos siglos ostentó éste luego el triste nombre de déspota en regiones inmensas; y allá a lo último, apareció en fin la ciudad antigua: la ciudad, tal como se organizó en el mundo grecorromano. Esta, con sus estrechos límites territoriales, y todavía más estrechos límites jurídicos, con su inhumano exclusivismo y todo, fue ya entonces, y no cabe dudarlo, la primera realización racional de la nación, en lo exterior, y, en lo interior, de la patria. 

Pocas cosas parecen tan evidentes como el que la corta jurisdicción territorial de estos antiguos Estados no da motivo para que se les niegue valor nacional. Naciones pequeñas y hasta mínimas se han conocido después, y si por lo que hace a la extensión y población, sufren bien la comparación con los de ahora los antiguos imperios asiáticos, no por eso merecen más que merecían las ciudades griegas el nombre de que se trata. Y ¿quién negará que Roma, la Roma invencible, dominadora, conquistadora, aunque tuviese el derecho de ciudad circunscrito a los descendientes de sus primeros pobladores, tantos siglos, no tan sólo fuera una patria gloriosísima, sino por eso mismo, y desde sus orígenes una nación, verdadera? Ni más ni menos que la romana ha habido siempre otras, y aún las hay, que no dan participación en los derechos políticos de [91] sus propios ciudadanos a los hombres de otro linaje, aunque juntamente con ellos constituyan Estados, sin que nadie por eso haya creído que no fuesen tales naciones. Una notable diferencia se observa, a la verdad, entre las antiguas ciudades autónomas y aquellas naciones populosísimas, con territorio inmenso, que formaron los primitivos imperios de la historia, la cual consiste en que estas últimas solían estar constituidas por una raza única, y eran naciones-razas, en la apariencia al menos, ya que la crítica no puede descomponerlas y analizar sus remotos orígenes, mientras que, en la ciudad clásica, plenamente se manifestaba ya la diferenciación y determinación que, dentro de una propia raza, produce distintas naciones, puesto que idénticas razas históricas engendraron las ciudades griegas o las latinas. Fue luego el espíritu municipal de los siglos medios la última y ya degenerada forma de la civitas o ciudad antigua, insensiblemente absorbida por la gran nación que se intituló al fin Imperio romano, hasta que de un modo oficial se incorporó a éste todas sus gentes y pueblos, mediante aquel decreto oscuro que inciertamente ilustra la memoria poco honrosa de Caracalla. La humanidad se afirmó así por primera vez en el orden político, mientras que en el orden religioso era asentada y propagada por el cristianismo, al cual siempre y en todas partes se le ve por cimiento de la civilización moderna. Deshízose más tarde aquella forma superior de imperio, dejando tras sí muchos pueblos sueltos, educados en su grande escuela jurídica, los cuales, por virtud de este vínculo común principalmente, [92] formaron, y todavía forman en nuestros días una raza, no tanto étnica como históricamente separada de las otras, la romano-ibero-gala o latina. Con los bárbaros triunfantes volvieron a salir a la escena las naciones-razas, que otra vez sobrepusieron el elemento étnico o de origen al histórico, como si la humanidad comenzase a dar de nuevo sus primeros pasos en el camino de la civilización. Y desde aquellos tiempos para acá otra vez han ido alejándose, por el contrario, y cada día más y más, de su primitiva unidad de origen las naciones, ora formándose, ora deshaciéndose, por amalgamas o desgarramientos fortuitos, y las más veces involuntarios, hasta el siglo presente, en que nuevamente se inclinan a recobrar su estado antiguo. Pero mientras convulsamente se agitaban antes en tales transformaciones y andanzas, presenció un fenómeno histórico el mundo no menos importante que la invasión de los bárbaros, que fue el feudalismo, el cual, resucitando las castas y dividiendo en plena cristiandad a los hombres en señores y siervos, llenó de pequeñas soberanías personales las naciones; localizó así y pervirtió, no sólo el sentimiento humano universal, sino el de la patria, y puso por largo tiempo en olvido la nacionalidad, tal y como queda explicada anteriormente. La anulación del más perfecto derecho, todavía formulado, del derecho romano, por la más brutal de las fuerzas humanas hasta entonces conocidas, la de los bárbaros del siglo IV; la coetánea y exclusiva sustitución del ideal terrestre por el místico y divino, que trasladaba todo sentimiento y aspiración [93] de la humanidad a otro mundo mejor, y por tanto diferente; el propio individualismo germánico, que, al destruir en la ciudad y el Imperio la noción clásica del Estado, divinización supersticiosa, a la verdad, de la nación o patria, devolvía, en cambio, a los hombres el instinto de independencia individual, divergente del de nacionalidad, aunque no le fuera de todo punto contrario, juntamente dieron lugar entonces a aquel largo eclipse que sufrió el concepto de nación entre los hombres. Y siglos tras siglos corrieron así hasta que, al calor de las monarquías modernas, resucitó él por fin, y con mayor fuerza y brillo que hubiera alcanzado antes. Bien comprenderéis, señores, que sobre todo esto pase rapidísimamente, pues nada podría en ello deciros que no sepáis. Úrgeme, de otra parte, llegar ya a manifestar lo que después han sido, y son hoy día, la nación, la nacionalidad y la patria. 

Que nunca -vuelvo a decíroslo- ni tales palabras ni sus conceptos han despertado la atención que en estos tiempos despiertan. Y en vano el cosmopolitismo, aunque hijo de tan nobles padres como la monarquía universal romana y el espíritu cristiano, y tan estrechamente emparentado con toda la civilización moderna, conspira teóricamente hoy contra el egoísmo o particularismo, cual se dice en otras partes, de las naciones. Éstas, no tan sólo persisten, sino que, sintiendo la nacionalidad con mayor viveza de día en día tienden a fortalecerse, a extenderse, a afirmarse en la vida más y más. No es la nación, no, el último término de la serie que forman [94] las agrupaciones sociales, según el pensamiento moderno; que todavía está y queda por encima aquel concepto universal de humanidad, hoy clarísimo, que entrevió ya la antigüedad clásica. Pero tan está remoto, que aún no divisa la percepción humana el día en que, aparte los filósofos puros, que ponen su razón fuera del espacio y del tiempo, y cierto género de utopistas político-económicos, sobreponga nadie la humanidad a su nación o a su patria, al modo que nadie que esté en juicio, o no sea un malvado, antepondrá nunca el prójimo en general al íntimo prójimo a quien se llama hijo o padre. Los utopistas político-económicos, con algunas puntas siempre de filósofos, son los que trabajan más con tal empeño y con menos fruto. Hace ya mucho tiempo que el famoso abate Saint-Pierre imaginó la paz perpetua, y la idea no ha producido aún sino lugares comunes retóricos, en Congresos más ruidosos que formales. Cierto gran poeta, es verdad, Lamartine, escribió, ebrio de humanitarismo, un día este verso famoso: 
«¡Nations, mot pompeux, pour dire, barbarie!» 



En el entre tanto, mientras más civilizadas están, como, por ejemplo, Inglaterra o Alemania, más enérgicamente afirman las naciones, no tan sólo su existencia, sino hasta su exclusivismo nacional. Pero ¿qué mucho, señores? Yo propio oí un día a cierto sacerdote(9), célebre primero por sus servicios, por sus deservicios [95] después a la Santa Silla, predicar un sermón vehementísimo en la vasta iglesia romana de Santa Andrea de la Valle, contra el amor nacional, procurando demostrar, con aquella exageración de carácter que tanto le ha perjudicado a la postre, que un tal afecto de amor, personificado a modo de deidad en la patria, procedía de la bárbara idolatría, no del espíritu cristiano, según el cual son unos y hermanos todos los hombres. Aquel sermón -vilo yo palpablemente- no entibió lo más mínimo, aunque tan elocuente e informado por tan alto sentido, la pasión nacional de los italianos que le escuchaban, bien que en algo importantísimo errasen para mí también, y por más que a la satisfacción de la nacionalidad sacrificaran por entonces sus más claros intereses. Pues lo que no consiguió la sofística interpretación de la fraternidad cristiana aquel día, mal acertarán a lograrlo, ni por medio del optimismo filosófico, ni de la poesía, ni de la filantropía, ni del comunismo, bajo ninguna de sus formas, los discursos profanos. Ya habéis visto en qué han quedado todas aquellas seguridades de paz perpetua, entre las naciones industriales y comerciales del siglo, que hacia 1848 regocijaban a tantos cándidos, con apariencia o pretensiones de hombres pensadores. Littré, el laborioso y docto Littré, a quien sería injustísimo calificar de ese modo, cayó también, a fuer de positivista, en aquel error inocentísimo. Nunca han luchado más y más tremendamente las naciones, que desde que se dio tamaño bien por adquirido. Y no lo dudéis, señores, aunque con razón nos contriste esta verdad a todos: el [96] mundo está preñado de futuras, inmensas, inauditas guerras, al lado de las cuales, según se puede juzgar ya por las últimas, fueron no más que ensayos las de la antigüedad, las de la Edad Media, y las de los tres siglos que nos preceden. Ellas han de dar testimonio plenísimo de que continuará habiendo por largo tiempo naciones, de que no dejará de haberlas hasta un período, que sólo el pensamiento filosófico alcanza, tal y como hoy las hay. [99] 

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lunes, 12 de mayo de 2014

123.-La persuasión en el discurso de EMILIO CASTELAR.-a


Luis Alberto Bustamante Robin; Jose Guillermo Gonzalez Cornejo; Jennifer Angelica Ponce Ponce; Francia Carolina Vera Valdes;  Carolina Ivonne Reyes Candia; Mario Alberto  Correa Manríquez; Enrique Alejandro Valenzuela Erazo; Gardo Francisco Valencia Avaria; Alvaro Gonzalo  Andaur Medina; Carla Veronica Barrientos Melendez;  Luis Alberto Cortes Aguilera; Ricardo Adolfo  Price Toro;  Julio César  Gil Saladrina; Ivette Renee Mourguet Besoain; Marcelo Andres Oyarse Reyes; Franco Gonzalez Fortunatti; Patricio Hernández Jara;  Demetrio Protopsaltis Palma; Paula Flores Vargas ; Ricardo Matias Heredia Sanchez; Alamiro Fernandez Acevedo;  Soledad García Nannig;Carla Nicol Vargas Berrios


La persuasión  en el discurso de EMILIO CASTELAR




Emilio Castelar y Ripoll (Cádiz, 7 de septiembre de 1832-San Pedro del Pinatar, 25 de mayo de 1899) fue un político, historiador, periodista y escritor español, presidente del Poder Ejecutivo de la Primera República entre 1873 y 1874.

Durante el reinado de Isabel II militó en la oposición a la monarquía desde diversos periódicos, al mismo tiempo que impartía clases de Historia en la Universidad de Madrid. Uno de sus artículos le costó la cátedra, siendo condenado a muerte en 1865. Consiguió escapar al exilio en París pero regresó a España con la Revolución de 1868, que destronó a Isabel II. Ya en suelo español se opuso al Gobierno provisional de Prim y a la monarquía de Amadeo I como uno de los principales líderes de los republicanos. Con el advenimiento de la Primera República en 1873 fue nombrado ministro de Estado, después presidente del Congreso de los Diputados y por último jefe del Estado el 7 de septiembre del mismo año. Partidario de un republicanismo unitario y conservador, no tuvo objeciones en aplazar las reformas sociales y en utilizar la fuerza para establecer el orden, provocando una moción de censura en su contra de la mayoría federal, lo que precipitó el golpe de Estado del general Pavía el 3 de enero de 1874. Durante la Restauración borbónica volvió al escaño en Cortes desde posiciones próximas al dinástico Partido Liberal. Es recordado como uno de los oradores más importantes de la historia de España.

Consideraciones previas.

Recurrir a Castelar en el año dos mil para tratar de aproximarnos a la comprensión de los textos orales puede parecer un anacronismo. Castelar es un olvidado para la gran mayoría. No obstante, todavía se le recuerda a través de las expresiones de algunos abuelos cuando dicen “este niño habla como Castelar”. Mostrando así cierta admiración por la capacidad de comunicación oral del nieto más elocuente. Lo cual quiere decir que el nombre de Castelar caló en el pueblo por su dominio de la palabra. Esa palabra que utilizamos para tratar de entendernos y convencer, aunque sea firmando constantemente acuerdos bilaterales que nos vienen a dejar bastante claro que, finalmente, la comunicación comprensiva en un mero acuerdo entre partes. Quienes recuerdan todavía a Castelar, como lo evocan algunos abuelos, no saben que, quizás, la palabra, en la época dorada del orador gaditano, era capaz de transformar la realidad. Así Souto al referirse al brillante parlamentario que fue Castelar señala:

“El ritmo poderoso de sus discursos, la rica imaginería que los vestía suntuosamente, la reiteración que martilleaba una y otra vez el mismo argumento en el auditorio, no podían menos que recordar a sus modelos: los retóricos romanos, los oradores de la revolución francesa. Y con todo, esas largas batallas verbales que llenaban el tiempo y los bancos de las cortes, que el pueblo comentaba en los cafés y en la calle, constituían una especie de gran teatro.” (Souto 1980: X)

En este sentido se manifiesta asimismo Llorca:

“El que hablara Castelar en las Cortes se anunciaba en la prensa exactamente igual que si se tratara de la actuación de un famoso cantante de opera. Y él se cuidaba la voz con la misma protección que la usada por un tenor. Jamás fumaba, y tomaba una alimentación adecuada a mantener su garganta en perfecto estado de conservación.” (Llorca 1966: 139)

Posiblemente Castelar debía, en cierta medida, el poder de su palabra al carácter enciclopédico de sus saberes. En la actualidad asistimos a la especialización del hombre en determinados temas desechando, con frecuencia, el dominio de los conocimientos formativos más universales. Lo que conlleva a perder de vista el sentido global de los conocimientos humanos en favor del dominio de los saberes que impregnan las corrientes científicas y técnicas. Sería bueno aproximarse, hoy, a un punto intermedio en la cuestión que trata sobre la formación del ser humano. Habría que fortalecer los distintos saberes que ha desarrollado el hombre a lo largo de su devenir, y aquellos otros de los que necesariamente es indispensable servirse para avanzar en el tiempo. Creemos que se debería animar, al menos, a aquellos que pretenden todavía que la palabra dicha de forma que parezca nueva y conocida a la vez, sea la mejor de las razones que nos acerque a la comprensión interesada de lo que se oye. Sería extraordinario que pudiéramos escuchar hoy a hablantes como Castelar “sus periodos largos y ondulantes; frases que se detienen en un suspenso efectista para luego resolverse inesperadamente; interrogantes que se dejan para siempre inconclusas; oraciones esmaltadas de imágenes, símiles, comparaciones (...) referencias a los libros sagrados, a la mitología, a la historia, a la geología, a la flora, a la fauna, que debía no sólo deslumbrar al auditorio, sino aturdirlo, abrumarlo y apabullarlo.” (Souto, XIV).

Azorín nos habla de la sensibilidad de Castelar basándose en la correspondencia que el político gaditano mantiene con Calzado, banquero residente en París, que le prestó dinero a Castelar, en no pocas ocasiones, para que pudiera salir de diversos apuros económicos. Para Azorín esa sensibilidad proviene del interés que Castelar posee por todo lo que le rodea: los libros, la política, la vida en sociedad. Azorín cree que la sensibilidad de Castelar es la sensibilidad cercana al Romanticismo de Meléndez Valdés, incrementada, ensalzada por un don verbal espléndido que es capaz de llenar su forma de hablar de imágenes portentosas y de cierto sentimiento exagerado de la propia personalidad.

Azorín refiriéndose a la estética de Castelar afirma:

“Pero Castelar, por su musicalidad, ha hecho caminar un gran trecho a la prosa castellana. La prosa castellana es otra desde Castelar, y eso es lo que habría que estudiar detenidamente en la obra del gran orador. Habría que estudiar la amplitud - soberbia - de la prosa de Castelar, su flexibilidad, su movimiento y, sobre todo, el ritmo musical, la magnífica musicalidad de ese estilo único...” (Azorín 1944:132)

Para Azorín las palabras del orador gaditano que aparecen en Historia del año 1983: 

“...entre las ramas olientes, y los nidos poblados, y las mariposas multicolores, y los coros alegres y la exuberancia de vida, que rebosan los pechos ubérrimos de la próvida Naturaleza” (Azorín 1944:132), son el germen de ésas otras “ Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispannia fecunda”, de Rubén Darío.

La musicalidad, el ritmo poderoso, las imágenes, la reiteración de las ideas, las comparaciones, las referencias diversas, las preguntas a los receptores son elementos básicos para llegar a la mejor comprensión de lo que se oye, para convencer con la palabra.

Hernández Guerrero manifiesta, en la línea de otros estudiosos, que el objeto de la Retórica es la persuasión:

“Persuadir es invitar a la adhesión a una idea, a la aceptación de una teoría, a la identificación con una doctrina; es formular una propuesta para que el oyente asuma y asimile un mensaje, para que se identifique con unos valores. Persuadir es cambiar el pensamiento, es convertir las ideas, es orientar las actitudes, es estimular los comportamientos. Persuadir es influir en la vida de los oyentes.” (Hernández 1997:76)

Con certeza persuadir se logrará siempre de una manera más efectiva si buscamos emocionar a los oyentes, si tratamos de llegar a sus sentimientos e incluso a sus pasiones Y eso siempre es difícil de conseguir. Las palabras, con las ideas que transportan, que van a ser descodificadas oralmente, están cercadas por un laberinto engañoso, fabricado por la manera se ser y de sentir de los que al final quieren o tienen la necesidad de entendernos cuando les hablamos. El ruido psicológico que eso puede producir en los oyentes es atacado por Castelar para conseguir los propósitos de una buena comunicación.

Castelar, como los antiguos griegos, llama con sus palabras a la puerta del alma de quien lo quiere escuchar. Convierte a la palabra en un conjuro, trata de exorcizar a sus oyentes para conseguir sus propósitos. Leyendo muchos de los discursos de Castelar comprobamos la fuerza pragmática de la palabra para despertar las emociones que nos invaden como seres humanos. Ya Gorgias de Leontino (siglo V a. J. C.) cree que los discursos deben atraer, hechizar y apoderarse de la voluntad de los oyentes por medio del emotividad y del goce. Castelar se apresta a ello. Sabe que el poder mágico de la palabra arrastra como la poesía. Por eso Castelar va a servirse de técnicas psicagógicas, que evocan a las almas, además de apoyar sus argumentos en la claridad y en un carácter de orador muy por encima de los caracteres de la mayoría de sus oyentes. Además sabe que tiene cierto poder taumatúrgico, de persona capaz de hacer cosas maravillosas con las palabras, sustentado todo por su preparación y por la fama que poseía en su tiempo de dominador de los sentimientos y las emociones.

Para situar, aunque sea con brevedad, el discurso de Castelar que vamos a estudiar diremos que en junio de 1870 Isabel II abdica en favor de su hijo Alfonso; en noviembre del mismo año es elegido rey, por las Cortes españolas, Amadeo de Saboya; en diciembre es asesinado Prim. Política y socialmente la nación española estaba ciertamente revuelta. Las Cortes eran lugar de diatribas constantes sobre cuestiones que afectaban a las formas de gobierno, a las garantías individuales, a reyes extranjeros, a la esclavitud, que aún se mantenía en las colonias españolas que en 1870 eran consideradas como una prolongación de España. Para personas como Castelar la esclavitud era una razón social con la que había que terminar en un Estado de progreso. Se creía en el deber de persuadir a sus conciudadanos de la ignominia que representaba mantener tal estado de cosas.

Castelar en el periodo de tiempo que va del 17 de febrero de 1869 al 16 de diciembre de 1870 logra llevar la oratoria española a su cima. Se transformaba al hablar hasta convertirse - como dice Carmen Llorca- “ en el medio de captación más fascinante.” En el mismo sentido, el 21 de mayo de 1969, había publicado El Imparcial “ el señor Castelar se rodea de una aureola refulgente que deslumbra y arrebata, que conmueve y agita, que obliga a su auditorio a que se identifique por completo con sus sentimientos”. Sus intervenciones durante el tiempo mencionado, que coincide con el periodo de las Cortes Constituyentes, fueron sobre todo para defender las causas de los oprimidos entre los que se encontraban los esclavos de Cuba y Puerto Rico. Según Martínez Carreras (1986) la idea abolicionista aparece en 1811, en las Cortes de Cádiz, en una propuesta de Alcocer y Argüelles, pero la situación política española de entonces hace que no salga adelante. No hay manifestaciones importantes sobre la abolición de la esclavitud hasta el decenio que va de 1850 a 1860. En este periodo Castelar sostiene polémicas en la prensa sobre este asunto, pero no es hasta 1869 cuando el problema de la esclavitud llega a las Cortes de una forma virulenta. Los debates que se producen entre oradores que están a favor y en contra de la esclavitud son determinantes para el triunfo final de la idea abolicionista. En mayo de 1870 otro ilustre gaditano, Segismundo Moret, a la sazón ministro de Ultramar, presenta un proyecto de ley, todavía limitado, en favor de la abolición de la esclavitud. Da cierto escalofrío pensar que, en términos históricos, el baldón de la esclavitud en España no está muy lejano de nosotros. Es terrible lo que manifiesta Lucena en varias referencias a los códigos de negros: 
“Los códigos negros iniciaron una sistematización jurídica moderna sobre la esclavitud americana (que) se continuó (...) con los dos Reglamentos de esclavos para Puerto Rico y Cuba de 1826 y 1842.” (Lucena 1996:161)

Los códigos y los reglamentos aparecían para regular, en cierto modo, “la perversión de algunos de sus amos, que les obligaban a trabajar excesivamente, no les suministraban lo necesario para su sustento, y los maltrataban con castigos crueles.” 
No obstante el código de 1842, en su artículo 12, dice: “En tiempos ordinarios trabajarán los esclavos de nueve a diez horas diarias (...) durante la zafra o recolección serán diez y seis horas de trabajo.”

En cuanto a las penas y correcciones, podrá ser castigado el esclavo por sus amos, según el artículo 41 del citado código:

 “...con prisión, grillete, cadena, maza o cepo, donde se le pondrá por los pies, y nunca de cabeza, o con azotes que no podrán pasar del número de veinte y cinco”.

Como es evidente los códigos de negros españoles dejan mucho que desear en cuanto a su humanidad. Son tan inhumanos y miserables como los esclavistas que harán uso indebido de ellos.
Vamos a analizar los intentos de persuasión, contra este estado de cosas, que aparecen en el discurso sobre la abolición de la esclavitud pronunciado, en las Cortes, por Castelar, el 20 de junio de 1870.

Análisis del discurso.

Habida cuenta de los ciento treinta años pasados desde la elocución del discurso de Castelar debemos tener en cuenta además del lugar y el tiempo, la identificación de los oyentes con sus ideas, con sus escalas de valores. Asimismo es necesario tomar en consideración el contexto social que da importancia significativa a las relaciones existente entre los participantes en el evento comunicativo. También es esencial saber de la influencia que tiene el contexto psicológico en consonancia con la serie de suposiciones que el orador intuye acerca de sus oyentes, sus conocimientos previos sobre el tema tratado, su vinculación con los significados propuestos en las palabras que dispone en su discurso.

Ellis y Mc Clintock (1993:222) refieren que el mensaje “ es atendido, filtrado, descalificado o reforzado” por el grupo que lo escucha. Asimismo la credibilidad del mensaje tiene que ser tan clara como la credibilidad de quien lo presenta. Además la redundancia de la idea principal del texto oral, que se va a referir a la “maldad de la esclavitud y de los que la defienden”, aumenta la posibilidad de que el mensaje sea percibido y comprendido, aunque hay que procurar que las repeticiones no lo parezcan, ya que de ser así la redundancia podría tener un efecto contrario al que se persigue.

Inicia Castelar el discurso formulando una proposición general, simple y categórica:
 “La esclavitud antigua tenía una fuente, al fin heroica, que era la guerra. La esclavitud moderna tiene una fuente cenagosa, que se llama trata”. 
Y de forma brusca inicia las preguntas para todos los que están en el hemiciclo y aquellos otros que acuden como espectadores deseosos de ser fascinados. En la primera interrogación que aparece en el discurso “ ¿Creéis que hay en el mundo algo más horrible, algo más espantoso, más abominable que el negrero?” 
Estamos ante una modalidad de pregunta a la que sólo alcanzan dos respuestas posibles: sí o no. Los oyentes, mayoritariamente, se verían abocados a responderse: no. Ese no supone confirmar el acuerdo con lo que se oye. En esta pregunta Castelar trata de poner barreras a la oportunidad de la respuesta sí con una batería de ideas encadenadas que van desde la aversión profunda a la consternación, para terminar en lo condenable. Además, para el que no esté ganado para su causa, Castelar hace llegar que el negrero es peor que el tiburón que pasa por debajo del barco: 
“ataúd flotante de gentes vivas”. 
El negrero, a latigazos, une el dolor del alma con la inmundicias de los cuerpos y con el dolor de los corazones. ¿Qué receptor va a aceptar este estado de cosas sin repugnancia?

En la segunda interrogación “¿Y aún temeréis que nuestras leyes perturben las digestiones de los negreros, cuando estos crímenes no han perturbado sus conciencias?” 
Castelar les está planteando a los diputados de las Cortes, con cierto humor negro, la estupidez que significaría tener miedo de perturbar, de molestar a quien vive del crimen, a quien del crimen hace negocio. Que aboca al oyente a responderse que no tiene miedo, ya que tenerlo sería una majadería. Estamos ante una forma de persuasión, puesto que nadie desea ser considerado un majadero. Castelar, como buen orador, sabría que dentro de cada uno de los que escuchan hay un orador en potencia, puesto que escuchar y hablar son tan inseparables como el anverso y el reverso de una moneda. Sus oyentes estarían valorando sus preguntas como si las hubieran hecho ellos mismos. Resaltadas por el entusiasmo y la convicción de quien se las hace llegar. Continúa Castelar:

“¿Puede haber sociedad donde se publican y se leen, en periódicos de Cuba, anuncios como el que sigue?: Se venden dos yeguas de tiro, dos yeguas del Canadá; dos negras, hija y madre; las yeguas juntas o separadas; las negras, la hija y la madre, separadas o juntas”.

Ante lo dicho el transcriptor se limita a acotar (Sensación). Es la sensación que abre camino a la persuasión.

El sentido de las preguntas cambia cuando interpela a los que están en el hemiciclo con cuestiones como:
 “¿No tenéis todos el sentimiento de humanidad?” - “¿Y en que consiste este gran sentimiento que distingue a los pueblos modernos de los pueblos antiguos?”

Si en las primeras preguntas Castelar se plantea la iniquidad del ser humano, con estas últimas hace aflorar el sentimiento de humanidad que debían albergar sus oyentes. Con la contraposición intenta lograr la intensificación de sus propósitos de persuasión.

-Sí, tenemos sentimiento de humanidad. -Se contestarían sus oyentes-. ¿Quién es capaz de negar eso a sí mismo? Pero la cuestión referida a qué consiste el sentimiento de humanidad, es una interrogación que hay que explicar de forma precisa. Es un momento clave para captar la atención y para persuadir. Estamos en el tiempo en el que la intervención de Castelar alcanza un carácter prioritario. Lo que defiende tiene la suficiente importancia, en el momento de su intervención, como para que los oyentes estén muy atentos en el proceso comunicativo. Castelar sabe que sus oyentes van a interpretar el mensaje desbordando el marco formal en que se sustenta el mismo. Al final aquello que se comprende está entre lo afirmado y lo presupuestado, o entre lo literal y lo sobreentendido. Es lo que Gallardo (1996: 31-33) desarrolla como Ley de sentido amplio. Es interesante, en la pregunta, la mención a pueblos modernos y pueblos antiguos. Alusión que llega hasta nuestros días como arma arrojadiza entre conservadores y progresistas. Y es que casi todos nos queremos considerar modernos, y desechamos el término antiguo como algo peyorativo. Un pueblo moderno no puede aceptar la esclavitud.

A continuación, Castelar, inicia el camino de las oposiciones que tienden a persuadir, a llevar a los oyentes a identificarse con los valores de humanidad en su acepción de sensibilidad, así como de compasión de las desgracias de nuestros semejantes. Es ponerse en el lugar del otro:

“los que tenemos hogar [frente a] de aquellos que no lo tienen [...]
los que tenemos familia [frente a] de los que carecen de familia [...]
los que tenemos libertad [frente a] de los que gimen en las cadenas de la esclavitud”.

Quien oiga esto necesariamente comprenderá el sufrimiento de quien ha perdido hogar, familia y libertad: los elementos sagrados de la convivencia entre los seres humanos. Castelar juega con la antítesis de conceptos más simple, más llana, para acabar con la imagen extraordinaria que nos hace ver las consecuencias terribles de la esclavitud: la pena, el dolor y las cadenas.

Inmediatamente Castelar introduce en el discurso un tema candente en su época: la religión. Ahora relacionándola con la esclavitud. Estamos en la parte del discurso en la que Castelar va a emplear la paradoja para persuadir. El uso de la paradoja tiene gran predicamento en el mundo judicial. Castelar aprovecha la figura de pensamiento para tratar de lograr los mejores resultados en la defensa de una causa, ya que mostrar como lógico lo contrario de lo que se espera despereza el alma y la predispone a la comprensión de lo que no es lógico que suceda. Azaustre y Casas consideran “ la paradoja como una figura retórica peculiar, que manifiesta, de un modo vago, un contenido sorprendente por ser contrario a lo esperado” (1997: 120). En este sentido Castelar recurre, pero no de un modo vago, a la oposición de ideas para lograr sus propósitos de persuasión. Es un maestro en el uso de la antítesis, como mantiene Pulido en su prólogo de Obras Escogidas de D. Emilio Castelar, haciéndose eco de las palabras del diputado Zulueta, en el ciclo de conferencias castelarinas pronunciadas en el Ateneo de Madrid, en mayo de 1922:

“usa, quizás abusa, de la antítesis, tanto en las grandes concepciones como en los menudos giros ornamentales, sin caer, sin embargo, en simples juegos de palabras, en contrastes triviales, ni simétricas contraposiciones; y siempre la antítesis es sabia, natural, no prevista: la de los afectos, de las imágenes o de las circunstancias (...) el parangón, el símil, la oposición, lo contrario, lo opuesto, la antonimia, surgen a cada paso, estableciendo la diferenciación propia para definir cada una de sus ideas por las contraria.” (LXX)

Y así la voz de Castelar truena:

“(...) llevamos diecinueve siglos de predicar la libertad, la igualdad, la fraternidad evangélica (...) y sólo existen (esclavos) en los pueblos católicos; sólo existen en el Brasil y en España.”

“ los primeros mártires ( cristianos) fueron esclavos (y) la cruz patíbulo del esclavo (...) La cruz, la cúspide de la sociedad moderna.”

Castelar, habiendo reconocido, previamente, “ yo no participo, no puedo, la conciencia nos impone las ideas; yo no participo de toda la fe, de todas las creencias, de todas las ideas que tienen los sacerdotes de esta Cámara”, toma el sitio de los sacerdotes presentes, también diputados, y les lanza: “si yo fuera sacerdote, si yo tuviera la alta honra de pertenecer a esa clase elevada, teniendo vuestra fe, me diría(...)” Y llevando a los extremos de la exaltación lo paradójico, quiere dar una lección práctica de cristianismo a todos los presentes y de manera muy especial a los sacerdotes, a los que Castelar ha tildado, previamente, de representantes de la intolerancia religiosa, y a los que arrebata el máximo símbolo del cristiano y lo enarbola rozando el sacrilegio: “Yo levanto la hostia” El orador es, en esos momentos, el pontífice de la palabra. Muestra a aquel público una serie de hechos sostenidos en fascinantes contradicciones:
  • “El criador se redujo a nosotros.” 
  • “Él que condensó las aguas, tuvo sed.” 
  • “Él, que creó la luz, sintió las tinieblas sobre sus ojos.” 
  • “Su redención fue por este gusano, por este vil gusano de la tierra que se llama hombre.”

Y a pesar de lo pasado por Cristo, todavía, refiriéndose a los esclavos, “ hay hombres si familia, sin conciencia, sin dignidad, instrumentos más que seres responsables, cosas más que personas.” Los oyentes de Castelar, sorprendidos, revisarían en su interior sus valores y creencias. Cuando nos comportamos de forma inconsecuente, con nuestros valores, y creencias entramos en un estado de insatisfacción moral. Hay que elegir. Hay que decidir qué es lo prioritario. Logrado el compromiso aparece la predisposición a dejarse convencer por las ideas expuestas, a asumir lo que se nos transmite. Y eso, Castelar, lo sabía.

Llegada la última parte del discurso Castelar dirige una llamada de atención patética a los protagonistas principales de sus palabras. Palabras consistentes que han reforzado las disquisiciones anteriores, inspiradas por el terrible motivo de la esclavitud. Castelar introduce la invocación y la imprecación para dar un nuevo giro a sus palabras, de modo que intensifiquen la emoción e impresionen al máximo los ánimos. Y, para lograrlo, no se dirige a los oyentes que están presentes sino a los protagonistas principales, ausentes de la Cámara: los esclavos y los negreros.

“Levantaos esclavos, porque tenéis patria, porque habéis hallado vuestra redención, porque allende los cielos hay algo más que el abismo, hay Dios, y vosotros huid, negreros, huid de la cólera celeste (...) herís la libertad, herís la igualdad, borráis las promesas evangélicas selladas con la sangre divina del Calvario”.

En este momento Castelar abre un paréntesis, inserta en su alocución el parecer de uno de los representantes en las Cortes, el señor Plaja, que no acepta el abolicionismo y que ha espetado, en una sesión pasada, a los partidarios del grupo político de Castelar:
 “¡Bien se conoce que los señores de enfrente no tienen esclavos!” 
Introducir este sarcasmo, teñido de crueldad encubierta y maliciosa hostilidad, intensifica, proyecta, necesariamente, la indignación, latente en todo el discurso. La indignación que, como manifiesta Lausberg, “es como un trallazo sobre el público para que se indisponga con la causa de la parte contraria” (1975: 365). Y es así como Castelar, indignado, vuelve a colocarse en el lugar del débil, tratando de arrastrar a sus oyentes al mismo camino:

“No tenemos [esclavos], no; los hemos sido nosotros, nosotros hemos sido esclavos [...] pertenecemos a la clase servil, pertenecemos a la clase plebeya [...] hemos sido parias [...] nos han ofrecido en sacrificio [...] hemos derramado nuestra sangre en el circo; hemos sido azotados sobre el terruño; una parte de nuestra alma, de nuestro ser, padece en el Nuevo Mundo con los negros, [...] y queremos redimirlos nosotros, los redimidos por la revolución”.

En estos últimos momentos de su discurso Castelar abruma con sus palabras. Crea un campo de significaciones acerca del padecimiento de nuestros antepasados que acongojaría el aliento de los allí presentes. Muchos diputados y espectadores sentirían sobre sí a los espectros de sus ascendientes, resucitados en los negros todavía esclavos, que en una imagen espléndida se transforman en “sombra de nuestros dolores”. Castelar ha resaltado en esta parte del discurso las enumeraciones asindéticas para dar un carácter abrupto a la oración, y de esa manera lograr intensificar la expresividad que se ayuda de la repetición y de la conexión entre las ideas.

Es sabido que un discurso debe acabar con una conclusión, con un resumen, con una idea global o una petición final, que es el caso del discurso pronunciado por Castelar. Aguadero sostiene que esa petición final “debe ser muy clara y concreta(...) Es la culminación de la comunicación y seguramente la razón de ser de la misma” (1997: 135). El final del discurso llega con extensos periodos limitados por exclamaciones. Castelar quiere lograr con ellos intensificar al máximo las emociones y los sentimientos de sus oyentes. Las curvas de entonación arrasan a la frase enunciativa y busca, desesperadamente, a través del halago sumar voluntades a sus deseos.

“¡Hijos de este siglo, este siglo os reclama que lo hagáis más grande que el siglo XV, el primero de la Historia moderna con sus descubrimientos, y más grande que el siglo XVIII, el último de la Historia moderna, con sus revoluciones! ¡Levantaos, legisladores españoles, y haced del siglo XIX, vosotros que podéis poner su cúspide, el siglo de la redención definitiva y total de todos los esclavos!” (Grandes aplausos).

Pero la proposición es rechazada. Ya sabemos de las incongruencias de la política. Ahora bien, como manifiesta Llorca: “Éste era Castelar. Le saludaban de todos los lados de la cámara, le aplaudían desde el gobierno hasta la oposición, pero a la hora de votar todos se mostraban irreductibles y seguían las consignas de su partido particular.” (1966: 142)

Podría parecer, en este momento, que la persuasión ha fallado por el resultado obtenido en la votación. Pero no es así. Los convencimientos del momento, que por cuestiones políticas no se pueden substanciar efectivamente, son los antecedentes del discurso que pronuncia el 21 de diciembre de 1872. Castelar vuelve a hablar en las Cortes con una alocución semejante, en sus términos, a la que hemos tratado de acercarnos. De sus palabras afloran premoniciones de lo que en el futuro va a ocurrir:

“Como tenemos el genio del porvenir, os anunciamos ahora y os decimos que la negativa de las reformas, que el mantenimiento de la esclavitud, que el imperio de vuestros capitanes generales y de vuestros burócratas, perderán a Cuba y a Puerto Rico, y que solamente la conservarán nuestras reformas y nuestros principios.” (Llorca, 142)

El eco del éxito de esta intervención de Castelar se extendió por los Estados Unidos y por muchos países de Europa. Meses más tarde - sin debate porque el debate tuvo lugar en la citada sesión de 21 de diciembre de 1872 - se votó a favor de la abolición gracias, en gran medida, a la capacidad de persuasión, y también hay que decirlo, a la persistencia y a las capacidades rebosantes de emoción que don Emilio Castelar ponía en el empeño de hacer de su palabra una buena razón en favor de los más débiles de la sociedad española de aquellos años.

Conclusión.

Después de haber “oído” en nuestra mente “La abolición de la esclavitud”, sentiremos emociones diversas. Sabremos, de forma muy particular, si el texto de Castelar nos ha conmovido, nos ha deleitado, si hemos aprendido de él algo que no sabíamos o nos hemos sorprendido con lo que no sabíamos, o llegamos a la conclusión de que hay formas desconocidas, para nuestra mente, de presentar los argumentos, los contenidos que al final asumimos o no.

Con toda certeza no ha sido necesario, por el paso de esos ciento treinta años, convencernos nosotros, en el año dos mil, de la perversión y la inhumanidad de la esclavitud. Pero, al menos, nos hubiera gustado estar en el lugar reservado al público, en las Cortes, aquel 20 de junio de 1870, para confirmar con nuestra presencia y conformidad el extraordinario beneficio que para la defensa de la abolición de la esclavitud tuvieron las palabras del político gaditano. Palabras que, junto a las de otros excelentes españoles, terminaron por abrir las puertas de la persuasión, de la fuerza de la razón, a la idea de que era necesario acabar social y políticamente con la lacra depravada que representaba la trata de los esclavos, los negreros y sus infames valedores.

Antonio de Gracia Mainé
Universidad de Cádiz



  • AGUADERO, F. El arte de comunicar. Madrid: Ciencia 3. 1997.
  • AZAUSTRE, A. Y J. CASAS. Manual de Retórica Española. Barcelona: Ariel, 1997.
  • AZORÍN. De Granada a Castelar. Buenos Aires: Espasa-Calpe, 1944.
  • CASTELAR, E. Obras escogidas de D. Emilio Castelar. Autobiografía y algunos discursos inéditos. (Prólogo de Ángel Pulido).Madrid: Librería Ángel San Martín.
  • CASTELAR, E. Discursos. Recuerdos de Italia. Ensayos.( Selección e introducción de Arturo Souto). México: Porrúa, 1980.
  • ELLIS, R. - MC CLINTOCK, A. Teoría y práctica de la comunicación humana. Barcelona: Piados, 1993.
  • HERNÁNDEZ GUERRERO, J. A. “La Retórica de las emociones”, en Retórica, Política e Ideología. Desde la Antigüedad hasta nuestros días. Salamanca, Universidad de Salamanca, 1997, pp. 75 - 86.
  • GALLARDO, B. Análisis conversacional y pramática del receptor. Valencia: Episteme, 1996.
  • LAUSBERG, H. Manual de Retórica Literaria. Madrid: Gredos, 1975.
  • LUCENA, M. Los códigos negros de la América Española. Madrid: Ediciones Unesco - Universidad de Alcalá, 1996.
  • LLORCA, C. Emilio Castelar.( Precursor de la Democracia Cristiana). Madrid: Biblioteca Nueva, 1966.
  • MARTÍNEZ CARRERAS, J. “España y la abolición de la esclavitud durante el siglo XIX”, en Solano, F. (Coordinador): Estudios sobre la abolición de la esclavitud. Madrid: C.S. I.C., 1986.


Cardenal





Kevin Farrell

Kevin Joseph Farrell (Dublín, 2 de septiembre de 1947) es un cardenal y obispo católico irlandés. Es el actual camarlengo de la Iglesia católica y Jefe de Estado en funciones de la Ciudad del Vaticano desde el 21 de abril de 2025 por el fallecimiento del Papa Francisco. 

The upper portion, derived from Cardinal McCarrick, shows gold and a red lion, while the lower portion, inspired by the O'Farrells, displays a lion in gold on a blue field. A silver mound of rock in the base symbolizes St. Kevin, and the motto "STATE IN FIDE" ("Stand Firm in the Faith") is from St. Paul. 

Per fess Or and Azure, a lion rampant per fess Gules and Or, standing on a mound of rock Argent.





Leonardo Sapienza R.C.I. (Cassano delle Murge, Apulia, Italia, 18 de noviembre de 1952) es un sacerdote católico y escritor italiano.

De joven ingresó en la Congregación de los Rogacionistas del Corazón de Jesús, y entró en el seminario diocesano, en el cual realizó su formación eclesiástica, filosófica y teológica. Al terminar sus estudios superiores, fue ordenado sacerdote el día 1 de julio de 1978, en la ciudad de Grottaferrata.
Tras su ordenación, inició su ministerio pastoral en su diócesis. Al poco tiempo fue llamado por la Santa Sede, donde permaneció durante unos 30 años como agente oficial de protocolo. Luego, el 4 de agosto de 2012 pasó ser el nuevo Regente de la Prefectura de la Casa Pontificia, sustituyendo en este cargo al obispo Paolo De Nicolò.
Desde el 9 de febrero de 2013, tras haber sido nombrado por el Papa Benedicto XVI, también es Protonotario apostólico.
El 4 de agosto de 2017 fue confirmado como Regente de la Prefectura de la Casa Pontificia donec aliter provideatur.
Es autor de numerosos libros y publicaciones de ámbito religioso.

Obras

  • Messaggi pontifici
  • Paolo VI e l'eucaristia (2004)
  • Charles de Foucauld. Io semino altri raccoglieranno (2005)
  • L'uomo mangiato (2005)
  • L'amore più grande. Giovanni Paolo II ai sacerdoti (2005)
  • Sull'altare del mondo. Pensieri sull'eucarestia (2005)
  • Provocazioni. Aforismi per un cristianesimo anticonformista (2007)
  • L'uomo del divino (2008)
  • Gridare il Vangelo con la vita. Anno A riflessioni (2009)
  • Torniamo al Vangelo. Anno B. Riflessione sulla liturgia della parola (2009)
  • Gridare il Vangelo con la vita. Riflessioni sulla liturgia della parola. Anno B (2009)
  • Gridare il Vangelo con la vita. Riflessioni sulla liturgia della parola. Anno C (2009)
  • Il prete di adesso (2009)
  • L'arte di vivere. La fontana del villaggio (2010)
  • Alla luce del Vangelo (2011)
  • Paolo VI. L'anno della fede (2012)
  • Giovanni d'Avila (2012)
  • La felicità della Pasqua nella dottrina di Paolo VI (2013)
  • Paolo VI al Concilio Ecumenico Vaticano II (2013)
  • 50 messaggi pontifici per la Giornata Mondiale di Preghiera per le Vocazioni (2013)
  • Paolo VI e il Sinodo dei Vescovi (2015)


Cómo hacer que las homilías no sean una «tortura»: el nuevo libro del estrecho colaborador del Papa.

Leonardo Sapienza, regente de la Prefectura de la Casa Pontificia y estrecho colaborador del Papa Francisco, ha publicado un libro con el objetivo de revitalizar las homilías

Ary Waldir Ramos Díaz
Vaticano 20/01/2024 

Durante algunos sermones, es común que la gente se quede dormida o pierda interés debido a la monotonía en la voz del predicador y su falta de pasión. Aunque las homilías eruditas son obras maestras, los expertos sugieren que el orador tiene apenas 30 segundos para capturar la atención y un máximo de 10 minutos para retenerla.

Monseñor Leonardo Sapienza, cercano confidente del Papa Francisco, lanza una advertencia contundente:
«Homilías aburridas, largas, carentes de alma; más que sermones, son torturas inútiles, excesivamente arduas para quienes las escuchan…». 
Esta reflexión no la hace un sacerdote cualquiera, sino el regente de la Prefectura de la Casa Pontificia, quien es responsable de las audiencias, encuentros oficiales, visitas a parroquias, viajes del Pontífice, y, por tanto, autoridad eclesial que desde su experiencia diaria se permite proporcionar sugerencias para hacer los sermones más interesantes.
Sapienza ha publicado el libro La Palabra en el Corazón. Reflexiones sobre los Evangelios Festivos (La Parola nel cuore. Riflessioni sui Vangeli festivi. Ed. Rogate), en el cual critica las homilías leídas y largas hasta media hora. Homilías que producen el efecto contrario: alejar a los fieles de las Misas dominicales, los ritos de precepto y las celebraciones navideñas y pascuales.


Conectar con la realidad y la actualidad.

Se trata de la voz de un estudioso y prolífico escritor, comprometido en temas de oración y catequesis, pero sobre todo en la figura y escritos del Papa Pablo VI. Sapienza ofrece consejos para hacer las homilías más interesantes, instando a los sacerdotes a conectarse con la realidad de sus parroquianos y estar al tanto de eventos actuales. Incluso insta a los predicadores a empaparse o conocer bien situaciones dramáticas actuales: desde las muertes de migrantes en el Mediterráneo, los feminicidios, las críticas eclesiásticas, hasta los problemas laborales, entre otros.
Asimismo, invita a usar pensamientos y palabras de poetas, escritores y cantantes, mencionando algunos autores lejanos del ámbito eclesiástico, como el escritor Ernest Hemingway, junto a intelectuales católicos conocidos por el gran público, por ejemplo el teólogo alemán Karl Rahner, quien ha participado en el Concilio Vaticano II.

Fieles distraídos

«Cada vez más a menudo, se leen en periódicos, revistas y blogs cartas de fieles que se quejan de las predicaciones aburridas, que se convierten en una tortura inútil…», escribe Sapienza en la introducción del volumen. Luego, explica que si se observan los rostros de los fieles durante las Misas dominicales transmitidas por televisión en el momento de la homilía, «las miradas, si no están apagadas, ciertamente no muestran atención y participación».

Y esto sucede porque, los celebrantes no «comprenden la responsabilidad, la importancia, la belleza» de la homilía. «La prisa, la falta de preparación, la improvisación, la ausencia de meditación y rumiación de la Palabra de Dios, contribuyen a hacer que la predicación sea como la espada de Carlomagno, larga y plana». Mientras que, en cambio, «la homilía debe nacer en el corazón del sacerdote y llegar al corazón de los fieles», argumenta Sapienza.


La Biblia es vida.

Por tanto, propone ejemplos concretos y cita una frase de Dietrich Bonhoeffer, célebre pastor protestante, muy apreciado también por el Papa Francisco: «Nadie puede comentar la Biblia desde el púlpito», palabras de Bonhoeffer, «sin practicarla en la mesa del trabajo y de la oración». De aquí la indicación de Sapienza a los sacerdotes de dar «predicaciones cálidas, no abstractas o enrevesadas, de modo que impacten a quienes escuchan. Predicaciones preparadas en la oración y con espíritu apostólico» .

En un intento pedagógico, el regente de la Prefectura de la Casa Pontificia presenta una muestra de homilías como ejemplo a seguir, en consonancia con el calendario litúrgico. Y el ejemplo «inicia en casa». Casi todas las homilías propuestas por monseñor Sapienza no superan la página y media, pero muchas toman como referencia grandes hechos de actualidad, incluso hechos de crónica, y grandes personajes de la literatura universal.
En este sentido, cita a Hemingway: «Los viejos no se vuelven sabios. Se vuelven atentos». Frase que utiliza como clave de interpretación de la homilía del primer Domingo de Adviento cuando el Evangelio invita a estar «atentos» a la venida del Señor. Tampoco desatiende citar bromas que pueden hacer sonreír a los fieles y empatizar mejor con el mensaje evangélico.

Que no falte el buen humor.

Por lo tanto, toma como inspiración el refinado sentido del humor del cardenal Ercole Consalvi, una figura destacada en un periodo tumultuoso de la historia europea. Sapienza utiliza este ejemplo al ofrecer la homilía para la festividad de Cristo Rey, marcando el cierre del año litúrgico. Recuerda la ingeniosa respuesta que el cardenal Consalvi, en calidad de secretario de Estado pontificio, dio a Napoleón cuando dijo: 
«Yo destruiré la Iglesia»
. La réplica del cardenal fue notable:
«Majestad, en casi dos mil años, nosotros, los sacerdotes, aún no lo hemos logrado».

Pero sin prejuicios.

Cabe recordar también que durante un ciclo de predicaciones sobre el significado de la Misa, en la audiencia general del 7 de febrero de 2018, el Papa Francisco instó a los sacerdotes a no aburrir a los fieles con homilías largas e incomprensibles, sugiriendo que estas no deben exceder los diez minutos y tampoco estar cargadas de prejuicios personales. «Me decía un sacerdote que había ido a otra ciudad donde vivían sus padres. El padre le dijo: 'Estoy contento porque con mis amigos hemos encontrado una iglesia donde se hace la misa sin homilía'», explicaba el Papa. En Evangelii gaudium, la exhortación programática del Pontificado, precisamente, hay una sección dedicada a la importancia de la preparación de las homilías.

En fin, monseñor Leonardo Sapienza, con su profunda experiencia como regente de la Prefectura de la Casa Pontificia y estrecho colaborador del Papa, destaca la imperante necesidad de revitalizar las homilías. Su enfoque apunta a alejarlas de la monotonía y la falta de conexión con la realidad de los fieles. Sapienza no solo critica, sino que ofrece soluciones concretas: homilías cálidas, preparadas con oración y corazón apostólico.



Cónclave (película de 2024)





Cónclave es una película de suspenso psicológico dirigida por Edward Berger y escrita por Peter Straughan, basada en la novela homónima de Robert Harris, publicada en 2016.
El elenco principal está conformado por Ralph Fiennes, Stanley Tucci, John Lithgow, Lucian Msamati, Carlos Diehz, Sergio Castellitto e Isabella Rossellini.
La película se estrenó en Estados Unidos el 25 de octubre de 2024, bajo la distribución de Focus Features,  y en el Reino Unido el 29 de noviembre del mismo año, a través de Black Bear UK.
La película recibió comentarios muy positivos de los críticos, con elogios por las actuaciones, la dirección, el guion y la cinematografía, y recaudó 117,7 millones de dólares en todo el mundo.

Fue nombrada una de las diez mejores películas de 2024 por la National Board of Review y el American Film Institute. Entre otros galardones, recibió nominaciones a seis Globos de Oro, incluida «mejor película dramática», y empató con Wicked con once nominaciones líderes en los 30.º Critics' Choice Award, incluida «mejor película». Además, recibió el premio a mejor película de los Bafta 2025.

Argumento

Después de la muerte del papa a consecuencia de un ataque cardíaco, el colegio cardenalicio, bajo el liderazgo del cardenal decano Thomas Lawrence, se reúne en cónclave para elegir a su sucesor. Los cuatro candidatos principales son el italiano Aldo Bellini (un progresista en la línea del difunto papa), el nigeriano Joshua Adeyemi (un conservador social), el canadiense Joseph Tremblay (un conservador convencional) y el italiano Goffredo Tedesco (un tradicionalista reaccionario).

El día antes del cónclave, Janusz Woźniak, el prefecto de la Casa Pontificia, afirma que el difunto papa exigió la dimisión de Tremblay la noche de su muerte, algo que Tremblay niega enérgicamente, y Bellini deja claro que su posición es impedir que Tedesco se convierta en papa.

El Colegio Cardenalicio, mientras tanto, se sorprende con la llegada a última hora de Vincent Benítez, que un año antes había sido nombrado in pectore (en secreto) cardenal y arzobispo de Kabul (Afganistán).

Lawrence pronuncia la homilía de la misa de inauguración del cónclave animando al Colegio a abrazar la duda y la incertidumbre, que algunos interpretan como una declaración de sus ambiciones papales. En la primera votación, ningún candidato se acerca a la mayoría requerida de dos tercios; Adeyemi tiene una ligera ventaja, mientras que Bellini y Lawrence dividen el voto progresista. Los progresistas se consolidan detrás de Adeyemi para disgusto de Bellini, que desprecia la homofobia de Adeyemi. A medida que Adeyemi gana impulso, el asistente de Lawrence descubre que Benítez era cercano al difunto papa, quien pagó el billete de avión de Benítez a Suiza para una cita médica que luego fue cancelada.

Tras la tercera votación, la hermana Shanumi, una monja nigeriana, causa revuelo al enfrentarse a Adeyemi en el refectorio de los cardenales. Más tarde le confiesa a Lawrence que ella y Adeyemi tuvieron una relación ilícita, que dio como resultado el nacimiento de un hijo que ella dio en adopción. Aunque Lawrence tiene el deber de guardar el secreto, una campaña de rumores hace descarrilar la candidatura de Adeyemi. Bellini transfiere su apoyo a Tremblay para bloquear a Tedesco.

La hermana Agnes (Isabella Rosellini), la jefa de las monjas responsables del alojamiento de los cardenales, informa a Lawrence que Tremblay había dispuesto que Shanumi fuese trasladada al Vaticano. Tremblay lo confirma, pero afirma que lo hizo a petición del papa y que no sabía de la conexión de Shanumi con Adeyemi. Lawrence irrumpe en las dependencias del papa y descubre documentos que muestran que Tremblay sobornó a los cardenales para obtener votos. Bellini insta a Lawrence a quemar los documentos para evitar la protesta pública por la corrupción de la Iglesia, lo que hace que Lawrence se dé cuenta de que Bellini también aceptó un soborno. Lawrence y Agnes revelan las acciones de Tremblay a los cardenales, destruyendo así la candidatura de Tremblay. Tedesco y Lawrence se convierten en los únicos candidatos principales restantes, aunque Benítez ha ganado apoyo de manera constante, para continua sorpresa de Lawrence.

Finalmente en la sexta votación, mientras Lawrence emite su voto a regañadientes, un ataque terrorista en Roma mata a muchas personas que se encuentran afuera de la multitud y daña una ventana de la Capilla Sixtina, lo que hace entonces que Tedesco se enoje de la debilidad de la Iglesia desde el Concilio Vaticano II, afirmando que es necesario dejar de ser ingenuo y conciliador con los musulmanes, a quienes considera animales sedientos de sangre; en ese momento el cardenal Benítez toma la palabra para invocar su experiencia pastoral en lugares difíciles, alejados del remanso de paz de Europa y afirma que la violencia no puede ser la solución a la violencia. Conmovidos por el último discurso, finalmente los cardenales acaban eligiendo en la séptima votación a Benítez, quien adopta el nombre papal de Inocencio XIV.
En los últimos minutos de la película, Benítez confiesa al cardenal Lawrence que es intersexual, una condición conocida y aceptada por el anterior papa. Lawrence decide proteger este secreto y encuentra una renovada fe en la Iglesia.
La película concluye con una nota de esperanza, sugiriendo una apertura hacia una Iglesia más inclusiva.

Elenco

  • Ralph Fiennes como el cardenal decano, Thomas Lawrence
  • Stanley Tucci como el cardenal Aldo Bellini
  • John Lithgow como el cardenal camarlengo, Joseph Tremblay
  • Isabella Rossellini como la hermana Agnes
  • Lucian Msamati como el cardenal Joshua Adeyemi
  • Carlos Diehz como el cardenal Vincent Benítez
  • Sergio Castellitto como el cardenal Goffredo Tedesco
  • Brían F. O'Byrne como monseñor Raymond O’Malley, asistente de Thomas Lawrence
  • Merab Ninidze como el cardenal Sabbadin
  • Thomas Loibl como el arzobispo Mandorff
  • Jacek Koman como el arzobispo Janusz Woźniak

Frases de la película: Cónclave.

Lawrence: Pablo nos recuerda que el regalo de Dios a la Iglesia... es su variedad. Es esta variedad, esta diversidad de personas y de puntos de vista... lo que da a nuestra Iglesia su fuerza.

Lawrence: Nuestra fe es algo vivo, precisamente porque camina de la mano de la duda. Si sólo existiera la certeza... y ninguna duda... no habría ningún misterio... y por lo tanto no habría necesidad... de la fe. Recemos para que Dios nos conceda a un Papa que dude. Y que nos conceda a un Papa que peque y pida perdón, y que siga adelante.

Lawrence: Y tras el transcurso de muchos años... al servicio de nuestra Madre la Iglesia, déjenme decirles que hay un pecado, que he llegado a temer por encima de todos los demás. La certeza. La certeza es el gran enemigo de la unidad. La certeza es el mortal enemigo de la tolerancia. Ni siquiera Cristo estuvo seguro al final. "Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?" Él gritó en su agonía, a la hora novena en la cruz.




Los tres errores de la película “Cónclave”



Ralph Fiennes dans le film "Conclave".

Con Ralph Fiennes en el papel protagonista, "Cónclave", un thriller americano-británico de Edward Berger, cuenta la historia que se esconde tras la elección de un Papa. Aquí un análisis
Aparentemente, Cónclave contiene todos los ingredientes de un thriller de alto octanaje. Pero, ¿está la película de Edward Berger a la altura de sus promesas? La desenfadada Habemus Papam (2011), de Nanni Moretti, se centraba en el terror que siente el cardenal Melville cuando es elegido Papa y que le lleva a huir de su cargo. Los dos Papas, de Fernando Meirelles (2019), presentaba la revelación de la renuncia del Papa Benedicto XVI al hombre que no sabe que le sucederá en la silla de Pedro.

Cónclave también ahonda en los misterios de uno de los fenómenos más secretos, la elección del Romano Pontífice, y aborda las preguntas que él mismo se hace. Pero, por primera vez, intenta mostrar el proceso de elección desde dentro.

El mejor thriller de suspense

La película ha sido aclamada por la calidad de su trama, con sus numerosos giros (basada principalmente en la novela homónima del escritor británico), sus actores (con una mención especial para Ralph Fiennes en el papel principal, notable por su tensión interior) y su dirección (el suntuoso y a la vez claustrofóbico escenario de la Ciudad del Vaticano y, más aún, de la Capilla Sixtina).
Por un lado, el contenedor es el ideal, la regla de las tres unidades, con una ampliación de la unidad de tiempo a siete vueltas de elección, es decir, unos pocos días. Por otra, el contenido es la historia simple pero eficaz del mayor suspense de todos: ¿quién será el próximo Papa, con lo mucho que está en juego en esta elección? Todo ello con el telón de fondo de una descripción casi documental de los diversos acontecimientos, altamente ritualizados, que rodean la muerte del Obispo de Roma.

Las tres viejas concupiscencias

Pero ahí acaban la originalidad y el interés de la película. En términos de suspense, y por tanto de sorpresa, se nos presenta la más trillada de las tres concupiscencias (cf. 1 Jn 2,16). Practicadas por los candidatos favoritos y reveladas sucesivamente, son todas acrobacias teatrales que conducen a su descrédito: la "concupiscencia de los ojos" o avaricia con el pecado de "simonía" (dice la película) o más bien de corrupción, ya que se revela la maniobra por la que el cardenal canadiense Tremblay (John Lithgow) compró los votos de otros cardenales; la "concupiscencia de la carne" o lujuria, ya que descubrimos que el cardenal nigeriano Joshua Adeyemi (Lucian Msamati) tuvo una relación íntima con una monja nigeriana treinta años antes, de la que nació un hijo que fue adoptado; la "soberbia de la vida", aquí en forma de búsqueda desmesurada de poder, cuando el cardenal estadounidense Aldo Bellini (Stanley Tucci) sospecha del cardenal Thomas Lawrence (Ralph Fiennes) por la ambición que le corroe, según el revelador test proyectivo de la paja y la viga.

La duda, el vicio que destruye la fe.



El único que no sucumbe a estas tentaciones deletéreas es el personaje más rico, el cardenal decano Lawrence, introducido y simbolizado por la primera escena, en la que le seguimos de espaldas mientras camina enérgicamente por el túnel bajo la colina vaticana que conduce al palacio pontificio. Pero este hombre íntegro y preocupado cederá a una falta no menos grave, porque su tema es teológico: pecar contra la fe. El hecho de que se tratara de una duda no contra Dios, sino contra la Iglesia, no la hacía más aceptable.

El cónclave es un acto eminentemente religioso en el que el cardenal no entra en campaña de influencias, sino en oración
¿Acaso no confesamos:
"Creo en la santa Iglesia católica" (no importa que no se trate de un cuarto artículo del Credo, sino de un desarrollo del tercero: "Creo en el Espíritu Santo")?
Añadamos una aclaración, porque a menudo se dice que la duda no solo no se opone a la fe, sino que es un signo probado de ella. Todo lo contrario: la duda, o más bien la cultura de la incertidumbre que Lawrence preconizaba en su homilía previa al cónclave (1), es el vicio que destruye la virtud de la fe -del mismo modo que la desconfianza disuelve el vínculo de la amistad, el matrimonio, etc. La fe, en cambio, se aviva con la duda. La fe, por el contrario, se aviva con preguntas, como la que la Virgen María hace al ángel (cf. Lc 1, 34): "Diez mil dificultades no hacen una sola duda", decía el santo cardenal Newman (citado en el Catecismo de la Iglesia Católica, n. 157).

La esencia misma del cónclave.

Pero, ¿es posible un thriller sobre el cónclave sin traicionar, no el secreto (por supuesto, es ficción), sino la esencia misma del cónclave? (2) De hecho, el cardenal Bellini revela la clave de lectura de la película cuando, ante la objeción del cardenal Lawrence: "Es un cónclave, no una guerra", afirma con rabia y dureza: "Por supuesto que es una guerra. Y vas a tener que elegir un bando. Y, en este caso, una guerra política que, si bien no es sangrienta, no es menos violenta, entre dos extremos bien definidos, cada uno ilustrado por un trío: de un lado, los liberales (el difunto Papa, los cardenales Bellini y Lawrence), del otro, los conservadores hasta el punto de ser reaccionarios (los cardenales Adeyemi, Tremblay y Tedesco).
Desde este punto de vista, Edward Berger sigue los pasos de su última película, Nada nuevo en Occidente (también adaptación de un libro, la obra maestra de Erich Maria Remarque, que obtuvo cuatro premios Oscar, entre ellos el de mejor película internacional 2022): Al igual que el joven soldado alemán intenta escapar de la guerra sin conseguirlo nunca, el cardenal Lawrence solo encontrará la serenidad consintiendo lo que, para el director, constituye la esencia intrínsecamente polémica (del sustantivo griego polémos, "guerra") del cónclave.

Un acto eminentemente religioso

Pero el cineasta está muy equivocado, y por partida triple. Prescindamos de la vulgata simplista que equipara el polo conservador con la homofobia, la islamofobia, etc. y el polo liberal con la emancipación sexual y social. En segundo lugar, aunque en la Iglesia existen, por supuesto, lo que nos gusta llamar "sensibilidades" opuestas, éstas no son binarias, como cree cierta sociología eclesiástica (más representada en Francia o Estados Unidos), sino múltiples (basta con visitar los países más latinos para darse cuenta de lo poco que afectan las oposiciones entre tradicionalismo y progresismo). Por último, pero no por ello menos importante, el cónclave es un acto eminentemente religioso en el que el cardenal no entra en una campaña de influencia, sino en oración.

El problema de la película, pues, no es que nos recuerde el homenaje, sino que lo deja ahí

Es muy significativo que la película no muestre la importantísima misa de inicio del cónclave en la Basílica de San Pedro de Roma. En segundo lugar, la prenda roja que llevan los cardenales es una prenda litúrgica, no una prenda de identidad, y menos aún una prenda de desfile. En tercer lugar, aunque la cámara se toma el tiempo de filmar a cada votante balbuceando unas palabras en latín antes de depositar la papeleta en la urna, el realizador del video no sugiere en absoluto que se trate de una oración muy solemne por la que el votante compromete la salvación de su alma en la elección que haga del futuro Papa. ¿Tiene un ciudadano o un político tal conciencia?

El cardenal Jean-Marie Lustiger, en abril de 2005, cuando se convocó el cónclave tras la muerte de Juan Pablo II, confesó: "Le rogué a Dios que me ahorrara la prueba de participar en la elección del Papa". Era tan consciente de que un cónclave era un acto de gran responsabilidad que no tenía nada de político.

El problema de la película, pues, no es que nos recuerde el homenaje, sino que lo deja ahí. Bernanos lo entendió tan bien que, en lugar de detenerse en las turpitudes sexuales de sus personajes "demoníacos", algunos de los cuales, como el abate Cénabre, son sacerdotes, detalló su impostura teológica. Pero, ¿cómo mostrar esto en la pantalla, a menos que se fuera Dreyer (La pasión de Juana de Arco), Bresson (Au hasard Balthazar) o Bergman (El séptimo sello)?


Cónclave, drama estadounidense-británico de Edward Berger, 2024 y adaptación de la novela homónima de Robert Harris, 2016,  estará disponible en carteleras a partir del 9 de enero en México.

(1) He aquí un extracto de la homilía de Lawrence, que dejó su papel para improvisar ante los emocionados cardenales: "El regalo de Dios a su Iglesia es la variedad. Después de todos estos años de servicio a la Iglesia, he aprendido a temer un pecado más que cualquier otro: la certeza. La certeza es el mayor enemigo de la unidad. La certeza es el enemigo mortal de la tolerancia. Incluso Cristo dudó al final: 'Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?'. Nuestra fe está eternamente viva precisamente porque camina de la mano de la duda. Si hubiera certeza y no hubiera duda, no habría misterio. Y sin misterio, no habría fe. Recemos para que el Señor nos conceda la gracia de un Papa que duda. Y también de un Papa que peque y sea capaz de pedir perdón".

(2) Sin decir nada del final consentido y ampliamente publicitado: aparte de la concesión a la ideología de género (la difuminación de las fronteras entre los sexos), parece ignorar que la ordenación sacerdotal de una mujer sería ipso facto inválida.